El Chorrillo, 30 de abril de
2020
Era una noche muy oscura muy
oscura en que unos copos de nieve que vivían en unas nubes en el cielo de
Valdemanco se sentían muy solos allí donde tanto frío hacía. Los copos de nieve
desde muy lejos muy lejos habían visto jugar alguna vez allí abajo a dos niños
en un patio, bueno no dos niños, mejor dicho un niño y una niña. El viento, que
es muy fuerte a veces por allí porque choca con unas montañas que llaman La Cabrera , les había traído
algunas veces las voces de sus juegos. Los copos sabían que esos niños se
llamaban Manuel y Manuela. Manuela era una niña muy graciosa que, como era mayor,
ayudaba a ponerse las botas al otro niño; siempre estaba alegre, muy alegre, su
mamá se llamaba Andrea; el otro niño se llamaba Manuel, Manuelillo le llamaba
su abuelo a veces, era un niño grandote con ojos como una luna grande de esas
que se ven desde la choza de su papi, porque ¿sabéis?, su papi tiene una choza
por arriba del pueblo donde los días de luna llena ésta aparece grandota
grandota como una gran sandía pintada de blanco. Y es que a Manuel y Manuela,
que suele ir con sus papis a dormir allá a la choza, les gusta montón
contemplar la luna por encima de las montañas cuando antes de dormir, tumbados
los cuatro sobre la hierba, juegan a nombrar las estrellas y las constelaciones
que Andrea y Mario les enseñan. Bueno, ¿me diréis? Y quien ese Mario. Pues
nada, Mario es el papá de Manuel, y es que Mario, que tiene una yegua muy
bonita llamada Gitano, un día le gustó tanto tanto ese trocito de bosque que
decidió construirse allí una choza. Es un lugar lindísimo, ¿sabéis?, uno de los
sitios más bonitos del mundo.
Versión contada
Bueno, pues
es el caso que aquellos copos de nieve se sentían muy huérfanos y lo que más
necesitaban del mundo era jugar con otros niños. Pero tenían otro problema además,
y era que los copos de nieve tan pequeños tan pequeños habían deseado de
siempre formar parte de una cosa más grandota, es decir que pudieran juntarse
muchos muchos copos de nieve y así juntitos formar, por ejemplo, un muñeco de
esos que los niños llaman muñeco de nieve, y así unidos unos al lado de otros
sentir el calor de la compañía y no ese frío y esa soledad que sentían subidos
en su nube.
Los copos de
nieve, llenos de frío allí arriba, cuando veían a los niños jugar en el patio
de la escuela del pueblo se les llenaba el alma de ganas de jugar con ellos. Así
las cosas sucedió que cierta noche el frío fue muy intenso y a las nubes les
entraron muchas ganas de llover, bueno, llover es un decir, porque con tanto
frío el agua se convertiría en nieve, en unos grandes y afelpados copos de
nieve. Pues eso, que cerca del amanecer las nubes fueron soltando sus copos de
nieve sobre Valdemanco. Parecían paracaídas, todos a montones cayendo en la
oscuridad del cielo. Y así poco a poco los copos fueron cubriendo las calles y
los prados junto al pueblo.
Amanecía y
los copos, pobres, con su alma blanca quedaron sobre la calle como formando una
bonita alfombra de terciopelo claro. Huérfanos como eran de padre y madre los
copos de nieve se miraban unos a otros en las primeras luces del amanecer como
bebés recién nacidos que no tuvieran cerca los brazos de su mamá. Porque os lo
podéis imaginar, ¿qué podría hacer un niño chico sin los brazos de una mamá que
los acurrucase en su regazo y le besara y le dijera cosas bonitas como “mi
cachorrito”, mi nene guapo?
Las calles estaban
muy silenciosas porque en ese pueblo ahora la gente no madrugaba, ¿sabéis por
qué? Porque al mundo había venido un bichito muy malo que enfermaba a muchas
personas y entonces ahora estaba prohibido salir de casa para no contagiar ni
contagiarse de los vecinos. Así que todo el mundo dormía. Hasta las vacas y los
perros dormían. Desde hacía dos semanas nadie caminaba por las calles, sólo el
viento que hacía uuuuuuuuuú uuuuuú se paseaba por el pueblo. Y ellos, los copos
de nieve, miraban y miraban hacia las ventanas del pueblo buscando que se
encendiera alguna luz, buscando que en alguna ventana apareciera la cabecita de
algún niño, de una mamá, de un papá, pero nada.
Mira, se
decían unos a otros, porque ¿sabéis?, aquellos copos de esta historia habían
caído precisamente en el patio de la casa donde habían visto jugar todos los
días a esos niños que os contaba al principio; sí, en el patio de la casa de
Manuel y Manuela. Por ello, ahora, no tenían otra ilusión de ver aparecer por
la ventana la carita redonda de Manuela, que además, que además, sí, ¡qué
casualidad!, ese día cumplía, seis años. Mira, se decían unos a otros, pero si
es la casa de nuestros niños, esos con los que tantas ganas teníamos de jugar
cuando estábamos allí arriba en las nubes. Oye, se susurraban unos a otros, y ¿si
ellos se despertaran y jugaran con nosotros?, ¿a qué niño no le gusta la
nieve?, ¿y así nos fueran recogiendo a unos y otros del suelo, unieran nuestros
pequeños trozos de nieve e hicieran con ellos un muñeco con ojos, nariz y boca,
unas manitas de niño o niña que construyeran con nuestra nieve un trozo de corazón,
después un cuerpo y más tarde unos brazos?
En esta
conversación estaban los copos de nieve unos con otros cuando de repente se
encendió la luz de la ventana del primer piso y a continuación apareció la
silueta de una mujer en la venta. ¡Hele, hele!, empezaron a decirse los copos
de nieve que enseguida reconocieron en la ventana a Andrea, la mamá de Manuela.
¡Es Andrea, es Andrea,!, se decían unos a otros. Y enseguida se oyó allá arriba
la voz de Andrea que gritaba hacia adentro de la habitación:
–¡Manuela,
Manuel, despertad, despertad, mirad, ¡ha nevado!, ¡ha nevado!
Enseguida, a
contraluz sobre el hueco de la ventana iluminada de ámbar, apareció la cabeza
de un niño y una niña que gritaban uno tras otro:
–Mamá, mira
cuánta nieve, vamos abajo. ¡Vamos abajo! ¡Quiero hacer un muñeco de nieve!
–decía Manuela.
Y Manuel:
–Papá, papá,
quiero la pala, vamos a hacer un muñeco. Quiero la pala, y una zanahoria y un
sombrero…
Minutos
después Manuela, una niña de ojos grandotes y redondos, con una alegría en su
carita de no caberle dentro del cuerpo, salió precipitadamente por el portal
seguida de Manuel. A los copos de nieve que, hasta ahora miraban tristes porque
estaban solos y como abandonados, se les alegraron los ojos de tal manera que
no dudaron en ayudar a Manuel y a Manuela a apretarse unos contra otros para
que éstos pudieran jugar también a tirar bolas de nieve a sus papis en el
momento en que ellos aparecieron por la puerta de la casa. Él, un hombre
fortachón con barba de una semana y ella, una mujer pequeñita con una sonrisa
encantadora, empezaron a juntar nieve para responder a los disparos que Manuela
y Manuel les propinaban con toda su fuerza.
Mientras
tanto los otros copos miraban divertidos la guerra de nieve que se estaba
produciendo en el patio. Así hasta que Manuela alzó los brazos diciendo que no
tiraran más bolas.
–Venga, ahora
vamos a hacer ya un muñeco de nieve.
Instantes
después los copos de nieve, contentos, muy contentos, comprobaban cómo poco a
poco sus pequeños cuerpecitos iban juntándose, hasta tomar la forma de un
cuerpo. Primero fue un cuerpo redondo y grandote, como un gordinflón que
hubiera tomado demasiada cerveza, después siguieron la cabeza, los ojos, la
zanahoria para la nariz, la boca hecha con algunas piedras de los alrededores,
los brazos y, por fin, el sombrero fabricado con una papelera de mimbre.
Los copos de
nieve, ahora juntitos, eran ahora el muñeco más feliz del mundo.
Y colorín,
colorado, este cuento se ha acabado.

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