lunes, 30 de marzo de 2020

Carta a mi casa... y a mi familia de paso.


Mario, Andrea y nuestro nieto Manuel.

Mis hijos son ligeramente reacios a leer lo que escribe su padre; no obstante voy a dedicarles estas líneas como recuerdo entrañable de nuestro vida en común en este pequeño espacio que llamamos El Chorrillo, un recuerdo muy especial en estos momentos de confinamiento y espera. ¡Ea!, para vosotros, con cariño.

El Chorrillo, 31 de marzo de 2020

Mira, no es casualidad que en estos días te sienta tan cerca, tan acogedores tus rincones. Días pasados escribía yo en algún lado de la necesidad a veces de que las piedras nos hablen y que nosotros pudiéramos conversar con ellas, las montañas, el mar, incluso con los pájaros y los árboles sobre cuyo tronco descansamos nuestro cansancio tras una larga caminata.
¿Sabes?, a veces pienso que somos unos cortos de vista, todos, sí, necesitamos una plaga como ésta que nos rodea por todos los lados para tomar conciencia de cuánto apego tenemos a todo lo que nos acompaña en la vida; digo todo, y no lo pongo entero con mayúscula por una cuestión de estética. En primer lugar tú, la casa que habito, pero después otras muchas cosas más, esta ventana desde la que hoy contemplo el campo lleno de jaramagos, por ejemplo; el sillón y el rincón donde me siento a leer cada tarde, las tres paredes que tengo enfrente cuando estoy en la cama, el cuerpo desnudo tan bonito de aquella novia que tuve hace una quincena, ¿recuerdas?; ese paisaje nevado junto a Poladura de la Tercia que tomé al amanecer con todas las montañas nevadas antes de emprender la fatigosa subida con la nieve a veces hasta casi la cintura para atravesar la cordillera, o los libros siempre ahí acompañándome, consejeros uno, placer sin trabas otros, en todo momento enseñándome, aconsejándome, deleitándome. Pero no sólo es mi cabaña y toda esa vida que se encierra dentro, está la casa entera.
Seguramente recordarás que hace unos años te dediqué unos escritos glosando alguno de tus rincones; hubo uno dedicado al cuarto de estar, otro al cuarto de baño y creo que también escribí uno sobre ese lugar tan especial que es la cabaña. Hoy el tiempo y nuestros gustos estéticos han cambiado algo ese entorno, pero en el fondo allí siguen viviendo nuestros recuerdos y parte de lo que somos porque, es verdad, no hay que olvidar que lo que somos, en buena parte está desperdigado por tus paredes y tus rincones, y claro, sin lugar a duda, los sonidos, aquellos que salían sin más de las habitaciones de nuestros hijos, las notas de la guitarra de Guillermo, los ronquidos de Mario (jajaja… y es que a Mario le sucedía como a su padre, que agarraba un libro para estudiar y con frecuencia se quedaba sopa) o bien los requerimientos de nuestra Gorda, Lucía, para que la ayudáramos a apagar el fuego de algún conflicto entre hermanos.
Hoy estás algo más solitaria a diario, lo sé, desde el cuarto de estar a veces se oye el piano de Victoria, o en la biblioteca se puede escuchar por las mañanas música de baile matinal que nos despabila a nosotros cada día, pero más allá yo sigo escuchando entre tus paredes la cadente entrañable monotonía de los temas de Leonard Cohen que Guille nos regalaba tan frecuentemente desde su habitación; sigo escuchando la voz de mis hijos; sigo, sí, viendo a mi madre, cuando su muerte estaba tan cerca a causa de aquel mortífero cáncer, jugar en la mesa con nuestro pastor alemán con el que compartía divertidísima algún filete; divertida cuando le quedaban apenas unos pocos días de vida y para ella, en el momento en que el dolor se relajaba, la vida era jugar con sus nietos y mirar desorientada la labor de punto que ya entonces era incapaz de continuar porque un tumor en el cerebro había trastocado sus esquemas mentales.
Mi querida casa… ¡Qué entrañablemente cerca te siento hoy! ¿Sabes?, por ahí fuera, en el otro mundo, diría yo, más allá de tus paredes, se ha desencadenando una pandemia que está amenazando de muerte a mucha gente y el gobierno nos ha prohibido que salgamos fuera de tus paredes. No podemos salir. Así que ya sabes, hoy también podemos decir que además de casa eres calabozo. Pero ¡qué hermoso calabozo!, qué tiempo éste en que definitivamente podemos parar los relojes para que al fin tengamos la posibilidad de darnos cuenta de qué es importante realmente en esta agitada vida que llevamos, que podamos como ahora apreciar tan profundamente estos brazos generosos y acogedores como regazo materno que hoy nos protege del contagio y, diría más, de la agresión de una filosofía loca y egoísta que estaba haciendo de la vida una puñetera mierda con tanta competencia y desordenados deseos de acumular, de trajín, de no tener tiempo, tiempo, tiempo para nosotros, para los que nos rodean. Tú hoy nos proteges de la barbarie de esas ideas necias que esquilman nuestro planeta.
Perdóname, pero tengo que hacer una pausa, el guasap lleva un rato sonando insistentemente y además ha entrado Victoria por la puerta de la cabaña a preguntarme si los había visto. Vuelvo enseguida.
¿Recuerdas, casa, a aquel Mario de temperamento fuerte y largas parrafadas ininteligibles que un día se fue a trabajar con chicos y chicas con el síndrome de Down y más tarde se hizo cabrero? Pues de ahí provenía la algarabía de los guasap. Mario, Andrea y Manuel en persona habían grabado una canción y la compartían con nosotros. “Precioso. Gracias bonita familia…”, les contesté. Les voy a preguntar a Andrea y Mario si me dejan poner su vídeo aquí debajo para que tú también lo veas.



Montaña, ríos, bosques, mar, y muy especialmente hoy, casa, en cuyos brazos pasamos una gran parte de la existencia, ¿quién encontrará estos días un juglar en este caótico mundo que os cante? Loas que como campanadas a media noche reviertan muchos de nuestros hábitos y nos hagan comprender eso que hoy corre por la calle: éramos felices entre tus brazos y no lo sabíamos. El calor de tus paredes, el descanso que nos ofreces, tu incondicional disposición a dar reposo a nuestro ánimo, todo eso resurge hoy de las cenizas de la crisis que vivimos.
Te contaré un secreto, espero que no te entren celos por ello. Mira, probablemente sepas, a juzgar por esa habitación que llamamos taller, y que está repleta de trastos de montaña, de mi afición al monte y a corretear por los caminos durante semanas y meses; pues bien, yo tengo una “casa”, sí, con comillas, en la que me cobijo largas temporadas, a la que mi agradecimiento me ha llevado en varias ocasiones a escribirle loas y alabanzas sin número. Se trata de una pequeña construcción de tela que me sirve para protegerme de la lluvia y las tormentas, esa clase de cosas. Pues es que esa “casa” en la que he tenido que permanecer en ocasiones más de dos días seguidos debido a las tormentas y tempestades que asolaban las montañas que recorría, con ser tan pequeña, fíjate, setenta centímetros de ancho por uno ochenta de largo, ha sido tantas y tantas veces mi salvación, mi cobijo, mi útero materno, llegué a nombrarla muchas veces en algún momento en que el viento huracanado y la tormenta la hacían inclinarse hasta cubrirme como si fuera una manta, que mi agradecimiento hacia ella, mi simpatía, mi cariño, no tienen límites. Así que ya lo sabes, tienes una prima hermana de apenas metro cuadrado y medio que te podría hacer competencia. 

Mi otra casa, esta vez a la vera del Cervino.

En realidad tanto tú, como mi tienda, como todo lo que nos rodea en el estrecho límite de ciento y pico metros cuadrados, formáis conmigo, con mi chica, y por carambola o por empatía, con toda mi familia, un espacio que el lenguaje ha dado en llamar hogar y que es uno de los conceptos más entrañables que los humanos podemos usar para expresar ese gracias a la vida que hoy, más que nunca está en la punta de nuestras lenguas.
Hasta otra. Gracias por tu acogida y el cariño con que nos tratas.



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