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| Mario, Andrea y nuestro nieto Manuel. |
Mis hijos
son ligeramente reacios a leer lo que escribe su padre; no obstante voy a
dedicarles estas líneas como recuerdo entrañable de nuestro vida en común en
este pequeño espacio que llamamos El Chorrillo, un recuerdo muy especial en
estos momentos de confinamiento y espera. ¡Ea!, para vosotros, con cariño.
El Chorrillo, 31 de marzo de
2020
Mira, no es casualidad que en
estos días te sienta tan cerca, tan acogedores tus rincones. Días pasados
escribía yo en algún lado de la necesidad a veces de que las piedras nos hablen
y que nosotros pudiéramos conversar con ellas, las montañas, el mar, incluso con
los pájaros y los árboles sobre cuyo tronco descansamos nuestro cansancio tras
una larga caminata.
¿Sabes?, a
veces pienso que somos unos cortos de vista, todos, sí, necesitamos una plaga
como ésta que nos rodea por todos los lados para tomar conciencia de cuánto
apego tenemos a todo lo que nos acompaña en la vida; digo todo, y no lo pongo
entero con mayúscula por una cuestión de estética. En primer lugar tú, la casa
que habito, pero después otras muchas cosas más, esta ventana desde la que hoy
contemplo el campo lleno de jaramagos, por ejemplo; el sillón y el rincón donde
me siento a leer cada tarde, las tres paredes que tengo enfrente cuando estoy
en la cama, el cuerpo desnudo tan bonito de aquella novia que tuve hace una
quincena, ¿recuerdas?; ese paisaje nevado junto a Poladura de la Tercia que tomé al amanecer
con todas las montañas nevadas antes de emprender la fatigosa subida con la
nieve a veces hasta casi la cintura para atravesar la cordillera, o los libros
siempre ahí acompañándome, consejeros uno, placer sin trabas otros, en todo
momento enseñándome, aconsejándome, deleitándome. Pero no sólo es mi cabaña y
toda esa vida que se encierra dentro, está la casa entera.
Seguramente
recordarás que hace unos años te dediqué unos escritos glosando alguno de tus
rincones; hubo uno dedicado al cuarto de estar, otro al cuarto de baño y creo
que también escribí uno sobre ese lugar tan especial que es la cabaña. Hoy el
tiempo y nuestros gustos estéticos han cambiado algo ese entorno, pero en el
fondo allí siguen viviendo nuestros recuerdos y parte de lo que somos porque,
es verdad, no hay que olvidar que lo que somos, en buena parte está
desperdigado por tus paredes y tus rincones, y claro, sin lugar a duda, los
sonidos, aquellos que salían sin más de las habitaciones de nuestros hijos, las
notas de la guitarra de Guillermo, los ronquidos de Mario (jajaja… y es que a
Mario le sucedía como a su padre, que agarraba un libro para estudiar y con
frecuencia se quedaba sopa) o bien los requerimientos de nuestra Gorda, Lucía, para
que la ayudáramos a apagar el fuego de algún conflicto entre hermanos.
Hoy estás algo
más solitaria a diario, lo sé, desde el cuarto de estar a veces se oye el piano
de Victoria, o en la biblioteca se puede escuchar por las mañanas música de
baile matinal que nos despabila a nosotros cada día, pero más allá yo sigo
escuchando entre tus paredes la cadente entrañable monotonía de los temas de
Leonard Cohen que Guille nos regalaba tan frecuentemente desde su habitación;
sigo escuchando la voz de mis hijos; sigo, sí, viendo a mi madre, cuando su
muerte estaba tan cerca a causa de aquel mortífero cáncer, jugar en la mesa con
nuestro pastor alemán con el que compartía divertidísima algún filete; divertida
cuando le quedaban apenas unos pocos días de vida y para ella, en el momento en
que el dolor se relajaba, la vida era jugar con sus nietos y mirar desorientada
la labor de punto que ya entonces era incapaz de continuar porque un tumor en el
cerebro había trastocado sus esquemas mentales.
Mi querida
casa… ¡Qué entrañablemente cerca te siento hoy! ¿Sabes?, por ahí fuera, en el
otro mundo, diría yo, más allá de tus paredes, se ha desencadenando una
pandemia que está amenazando de muerte a mucha gente y el gobierno nos ha
prohibido que salgamos fuera de tus paredes. No podemos salir. Así que ya
sabes, hoy también podemos decir que además de casa eres calabozo. Pero ¡qué
hermoso calabozo!, qué tiempo éste en que definitivamente podemos parar los
relojes para que al fin tengamos la posibilidad de darnos cuenta de qué es
importante realmente en esta agitada vida que llevamos, que podamos como ahora
apreciar tan profundamente estos brazos generosos y acogedores como regazo
materno que hoy nos protege del contagio y, diría más, de la agresión de una
filosofía loca y egoísta que estaba haciendo de la vida una puñetera mierda con
tanta competencia y desordenados deseos de acumular, de trajín, de no tener
tiempo, tiempo, tiempo para nosotros, para los que nos rodean. Tú hoy nos
proteges de la barbarie de esas ideas necias que esquilman nuestro planeta.
Perdóname,
pero tengo que hacer una pausa, el guasap lleva un rato sonando insistentemente
y además ha entrado Victoria por la puerta de la cabaña a preguntarme si los
había visto. Vuelvo enseguida.
¿Recuerdas,
casa, a aquel Mario de temperamento fuerte y largas parrafadas ininteligibles
que un día se fue a trabajar con chicos y chicas con el síndrome de Down y más
tarde se hizo cabrero? Pues de ahí provenía la algarabía de los guasap. Mario,
Andrea y Manuel en persona habían grabado una canción y la compartían con
nosotros. “Precioso. Gracias bonita familia…”, les contesté. Les voy a
preguntar a Andrea y Mario si me dejan poner su vídeo aquí debajo para que tú
también lo veas.
Montaña, ríos,
bosques, mar, y muy especialmente hoy, casa, en cuyos brazos pasamos una gran
parte de la existencia, ¿quién encontrará estos días un juglar en este caótico
mundo que os cante? Loas que como campanadas a media noche reviertan muchos de
nuestros hábitos y nos hagan comprender eso que hoy corre por la calle: éramos
felices entre tus brazos y no lo sabíamos. El calor de tus paredes, el descanso
que nos ofreces, tu incondicional disposición a dar reposo a nuestro ánimo,
todo eso resurge hoy de las cenizas de la crisis que vivimos.
Te contaré un
secreto, espero que no te entren celos por ello. Mira, probablemente sepas, a
juzgar por esa habitación que llamamos taller, y que está repleta de trastos de
montaña, de mi afición al monte y a corretear por los caminos durante semanas y
meses; pues bien, yo tengo una “casa”, sí, con comillas, en la que me cobijo
largas temporadas, a la que mi agradecimiento me ha llevado en varias ocasiones
a escribirle loas y alabanzas sin número. Se trata de una pequeña construcción
de tela que me sirve para protegerme de la lluvia y las tormentas, esa clase de
cosas. Pues es que esa “casa” en la que he tenido que permanecer en ocasiones
más de dos días seguidos debido a las tormentas y tempestades que asolaban las
montañas que recorría, con ser tan pequeña, fíjate, setenta centímetros de
ancho por uno ochenta de largo, ha sido tantas y tantas veces mi salvación, mi
cobijo, mi útero materno, llegué a nombrarla muchas veces en algún momento en
que el viento huracanado y la tormenta la hacían inclinarse hasta cubrirme como
si fuera una manta, que mi agradecimiento hacia ella, mi simpatía, mi cariño,
no tienen límites. Así que ya lo sabes, tienes una prima hermana de apenas
metro cuadrado y medio que te podría hacer competencia.
En realidad tanto tú, como mi tienda, como todo lo que nos rodea en el estrecho límite de ciento y pico metros cuadrados, formáis conmigo, con mi chica, y por carambola o por empatía, con toda mi familia, un espacio que el lenguaje ha dado en llamar hogar y que es uno de los conceptos más entrañables que los humanos podemos usar para expresar ese gracias a la vida que hoy, más que nunca está en la punta de nuestras lenguas.
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| Mi otra casa, esta vez a la vera del Cervino. |
En realidad tanto tú, como mi tienda, como todo lo que nos rodea en el estrecho límite de ciento y pico metros cuadrados, formáis conmigo, con mi chica, y por carambola o por empatía, con toda mi familia, un espacio que el lenguaje ha dado en llamar hogar y que es uno de los conceptos más entrañables que los humanos podemos usar para expresar ese gracias a la vida que hoy, más que nunca está en la punta de nuestras lenguas.
Hasta otra.
Gracias por tu acogida y el cariño con que nos tratas.



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