domingo, 11 de noviembre de 2018

Paga y calla






El Chorrillo, 14 de noviembre de 2018

Paga y calla, eso dice ese individuo, un tal Lesmes presidente del Tribunal Supremo que se retrata frente a los periodistas en una mesa de despacho presidida por un crucifijo, crucifijo por demás en un despacho oficial de un estado que se dice constitucionalmente laico. Paga y calla, eso dicen estos mercenarios de la banca. Paga y calla. Y el personal obediente no solo paga sino que además calla refugiados en un lamentable conformismo que se hará calor y fuego en el siguiente encuentro importante de cualquier liga de fútbol. Consecuencia: mañana y pasado mañana tendremos más de lo mismo, y dentro de una década igual, y así estaremos abonando un día y otro en este país a todos los sinvergüenzas años tras años, año tras año en que seguirán reproduciéndose gracias a nuestra pasividad y a ese “pa qué” vamos a manifestarnos si eso no sirva para nada. Eso, paga y calla.



Somos un estado laico, pero el señor Lesmes se pasa la laicidad por la entrepierna.

Me indigna lo que hace esta gentuza, pero creo que me indigna más ese silencio con el que permitimos que un atracador saquee nuestra cuenta bancaria sin decir esta boca es mía. Ayer, según me dirigía a la concentración frente al Tribunal Supremo en el Cercanías me iba fijando en los rostros de los viajeros tratando de imaginar cuántos de ellos han sido expoliados por la banca por el asunto de las hipotecas, ¿cuántos? ¿El ochenta, el noventa por ciento? El tren iba lleno, pero no imaginaba que en todos los vagones del tren fueran más de dos o tres personas a aquella manifestación.

Hemos perdido tanto fuelle que se ríen de nosotros y no somos capaces de abrir la boca; sí, protestar en las redes y decir que esta gente es malisima, sí, pero fuera de eso bajamos la cerviz y pagamos, como está mandado. Toda esa cueva de Alí Babá, como rezaba ayer una pancarta en la concentración, protegida por el Tribunal Supremo de Justicia, ahí es na, supremo tribunal de justicia, expresión que se convertiría en un hazmerreír si no fuera por lo dramático del caso; toda esa cueva de Alí Babá que es la banca, decía, protegidos por jueces y gobernantes y a los que se les tienden a cada paso un puente de plata para seguir alimentando su insaciable codicia, seguirán ahí por los siglos de los siglos mientras los ciudadanos no tengamos narices para enfrentarnos a ellos, mientras nos quedemos en casa dando calor con nuestros traseros al sillón de turno.

Y mientras, nosotros, eso, paga y calla, pero sobre todo calla. Somos la sociedad del silencio, los de la cerviz baja y el traga y no protestes. Ayer en las cercanías del edificio del Supremo no vi más que dos lecheras; los antidisturbios que había junto a ellas bostezaban de aburrimiento; probablemente ellos también estaban afectados por el asunto de las hipotecas, también, pero ahí estaban por si alguno protestaba más de la cuenta por la injusticia de la rectificación del Supremo. Charlaban entre ellos, ni cascos ni nada, estaba claro que estar allí era una cuestión de simple procedimiento. A las manifestaciones ya no va ni Dios, cuatro gatos siempre en los últimos años porque las pensiones, las violaciones, el asunto de Alsasua, las injusticias de todo tipo parecen ser temas que si se arreglan será por casualidad.

La manera en como bostezaba uno de los antidisturbios da que pensar; no hay cuidado… son cuatro gatos. Estamos tan dormidos que un día nos van a dejar en cueros y no nos vamos a enterar porque estaremos entretenidos en alguna jugada de Ronaldo o Messi, en comprar chismes o averiguar si es galgo o podenco lo que se nos viene encima. Días atrás, en las redes, un compañero mostraba un gran cabreo por el asunto del supremo. Bajo sus líneas comenté algo sobre su enfado y le invitaba posteriormente a ir a gritar ese enfado ante la sede del Tribunal. Su contestación más o menos fue que aquello no servía para nada; incluso, para hacer desmerecer la manifestación, hacía mención a cierto chalet que se compró un señor de larga melena que sale frecuentemente en la televisión. Ese es el tipo de despistes en que se enredan muchos confundiendo, sí, el culo con las témporas. Despistes de todo tipo están a la orden del día. Y lo más lamentable es que la cosa funciona. Días atrás, David Moore, el documentalista americano, que presenta estos días el documental Fahrenheit 11/9, parece que sobre Trump, decía textualmente lo siguiente; “Si vuelves a la gente estúpida, votarán a un estúpido”. Esta afirmación no tiene que ver directamente con el contexto de estas líneas, pero apunta a la gran fuerza que tienen los medios de comunicación para idiotizarnos mezclando churras con merinas y confundiendo al personal con una infracción informativa dirigida a diluir los verdaderos problemas de los ciudadanos. Y si no es fútbol y toros será otra cosa, todo encaminado a lo mismo, a perpetuar el poder de una élite atrincherada por jueces corruptos y leyes dirigidas a favorecer a los de siempre.

Le preguntaba en las redes a mi comentario que si se podía imaginar lo distinta que sería nuestra realidad si cada vez que surgiera una injusticia todos los afectados, todos con mayúscula, se manifestaran en la calle. Qué mundo podríamos estar creando si todos los que sienten una injusticia en sus venas las chillaran frente al Parlamento, frente a los Juzgados, frente a la Banca, frente a todos los locos que hacen de la vida una mierda porque no saben todavía que se van a morir.

Me aburro. Doy por terminadas estas líneas. A pagar y a callar se ha dicho.
















miércoles, 7 de noviembre de 2018

Alex Honnold y “El milagro de Ana Sullivan”, dos emociones para una noche de otoño.




El Chorrillo, 7 de noviembre de 2018

Anoche probé dos clases de emociones, la primera consiguió que se me humedecieran los ojos, extraña circunstancia por las que muy raramente, y hace ya muchísimos años, pasé y que no creí atravesar nuevamente y que sin embargo ahí estaba frente a las secuencias de El milagro de Ana Sullivan que trataba de resucitar el alma muerta de una niña sordomuda de nacimiento a la que los mimos desde sus primeros días habían convertido en una tirana de su familia y a la que su maestra consigue resucitar en medio de una lucha titánica que bien podría compararse con la lucha que han mantenido contra las tormentas en las cumbres del Himalaya los más grandes alpinistas. Se nos olvida fácilmente que la lucha por la vida no es solamente lucha contra los elementos y las dificultades de las montañas y que tiene también sus paralelos en el campo de la pedagogía, que es el caso del relato de esta película basada en un hecho real y que anoche me conmovía tanto o más que aquella última ascensión de Hermann Buhl al Nanga Parbat sobre la que escribía días atrás. La segunda emoción por la que había sido visitado en la tarde venía de la lectura del libro de Alex Honnold, Solo en la pared, que había comenzado horas antes mientras mi nieto trasteaba por mi cabaña encantado con el tren de madera que se había encontrado inesperadamente en casa de sus abuelos.

De madrugada, tras la película, y sirviéndome como música de fondo, colgada más arriba del hueco de la chimenea una pantalla de un metro y medio de ancho, ésta, mientras reflexionaba sobre lo que debía de pasar por el cerebro de Alex Honnold cuando se enfrentaba con lo puesto a una pared de máxima dificultad, me fue suministrando imágenes de  este joven de aspecto tímido y sencillo escalando en free solo, primero el Capitán en Yosemite y después en otras paredes del planeta, siempre ascensiones de dificultad extrema. Usaba, lo repito, estas imágenes de música de fondo como quien sumergido en sus reflexiones necesita de un apoyo ambiental que estimule sus pensamientos. En esas circunstancias Youtube me sugirió al final de uno de los vídeos uno de Alexander Huber escalando, también en free solo la pared Norte de la Cima Grande de Lavadero. Escribía alguna cosa en mi portátil, levantaba la vista y, unas veces veía a Honnold buscando presas minúsculas y elevándose con pasmosa tranquilidad en una pared que caía rigurosamente vertical por debajo de él quinientos metros, mientras que otras era Alex Huber con barba de una semana y la melena asomándole por debajo del casco superando solo y sin ningún tipo de seguro un espeluznante techo en la Cima Grande de Lavaredo. En el vídeo se alternaba una entrevista en alemán, que no podía seguir, con la ascensión; ahora con la melena al aire como un sioux ajeno a nuestro mundo que en vez de haber nacido para domar caballos en el Oeste americano dos siglos medio atrás había elegido las paredes de las Dolomitas para explorar su fuerza y su inteligencia.



No sé si habrá alguna conexión entre ese misterio de la Santísima Trinidad que es tratar de entender lo que sucede en el cuerpo y la mente de estos dos escaladores y aquel otro misterio de la mente humana en el que se sumerge Ana Sullivan para tratar de resucitar Ana el alma soterrada de su discípula sordomuda. En ambos casos las sinapsis que transmiten las impresiones a mi cerebro son tan complejas que no soy capaz de discernir lo que está sucediendo en mí cuando me enfrento a ese tipo de realidades. Eso indefinible que se va imponiendo en nosotros y que llamamos emociones y sensaciones debe de tener sus raíces en algo muy profundo de nuestra naturaleza para que sea capaz de inquietarme, emocionarme y dejarme al final en el cuerpo una delgada hila de nerviosismo.

En el caso de El milagro de Ana Sullivan creo que la emoción arranca de la confrontación de un mundo terrible el primero, en que vive encerrada la niña sordomuda condenada a vivir en la sordidez de su aislamiento y otro, el segundo, el de su maestra, firmemente convencida de que esa alma que los padres perdieron la esperanza de rescatar, puede ser resucitada. Si nadie deja, reflexiona la maestra, que el cuerpo de una niña quede sepultado bajo unos escombros y trata de utilizar todos los medios posibles para salvarla, ¿cómo no hacer todo lo imaginable para conseguir salvar su alma y recuperarla para la vida?



En el caso de Alex Honnold es la perplejidad del lector ante otra lucha, la del individuo contra sus propias flaquezas y sus miedos. Así, cuando oigo a Honnold hablar con esa tranquila voz que le sale de dentro si un periodista le hace una entrevista y le plantea esas dos preguntas que aparecen en todos los cuestionarios, es decir, “¿No te da miedo que puedas matarte?, o ¿Por qué haces esto?”, a mí me parece que lo que subyace siempre en estas cuestiones es la conmoción que podemos sentir ante alguien que roza voluntariamente muy cerca muy cerca la posibilidad de perder el bien más preciado que todos tenemos: la vida. Cuando estos amantes del free solo nos hipnotizan viéndoles subir a pelo, sólo con lo puesto y una bolsa de magnesio atada a la cintura las paredes más difíciles del mundo, incitando así en nosotros esa actitud que mantenemos para los misterios sin resolver porque nos resultan inexplicables y les vemos al fin tocar la cumbre, o cuando ante la abundancia de dificultades insalvables en la educación de la sordomuda de la película, vemos aparecer, tras la perseverancia de la maestra y su forcejeo con todo tipo de dificultades, un rayo de luz que puede llegar a poner en comunicación a la alumna con el mundo que le rodea y hacer expandirse hacia los demás sus emociones y sus afectos, el requiebro emocional es enorme, grande como el alivio que un amigo o familiar pueda tener cuando Alex Honnold asoma por encima de la pared del Gran Capitán después de cuatro interminables horas de escalada en las que cualquier espectador no dejará de ver cien veces la posibilidad de que Honnold se mate, grande también cuando la alumna de Ana Sullivan llega a pronunciar la palabra “agua” y a identificar los nombres que ha aprendido con los objetos que aquellos se refieren.   



El modo en como las pasiones se nos agarran al alma, tantas veces sin comerlo ni beberlo, sigue siendo un gran misterio. Las ansias de escalar tal o cual pared siempre una tras otra que le asaltaban a Hermann Buhl a partir de los trece años, o en el caso de hoy a Alex Honnold y tantos conocidos alpinistas, o ese afán con que Ana Sullivan se vuelca en la educación de su alumna, tiene parecidas características a esos “anómalos” flechazos que se producen en los corazones de los enamorados. Es tópico hablar de los porqués que llevan a muchos a escalar montañas, pero a la luz de estos últimos ejemplos que encuentro en mis lecturas, cada vez creo encontrarme más cerca de la “explicación” de sus porqués. Si echamos la vista a las grandes pasiones que se agarran al corazón humano, y que bien podían quedar representadas por las serpientes marinas que estrangulan a Laocoonte y sus hijos, acaso no habría nada que explicar, de manera parecida a que no hay nada que explicar cuando dos personas se enamoran hasta el deliquio. La pasión de la escalada, la pasión del dinero, la pasión del amor, la pasión del poder, podrían ser esa serpiente que se ciñe al cuerpo de Laocoonte, probablemente, hasta estrangularlo. Si a ello añadimos el dicho de San Agustín de que la virtud está en el medio, tendremos el retrato del hombre común y mediocre (en su acepción no peyorativa) en que nos situamos la gran mayoría de los humanos que preferimos un determinado grado de seguridad a satisfacción personal de vivir las pasiones hasta nuestros límites.  















domingo, 4 de noviembre de 2018

Hermann Bulh en el Nanga Parbat



“Cuán ricos nos sentimos con que la Naturaleza nos haya concedido el don de poder transitar por este grandioso terreno de la montaña.” (Del Tirol al Nanga Parbat, Hermann Buhl)


El Chorrillo, 4 de noviembre de 2018

Pese a toda mi afición a la montaña creo que no me metería entre pecho y espalda en estos meses tanta literatura de la misma si no estuviera descubriendo cuánto esa lectura me está ayudando a caminar un poco más erguido de lo normal. Me explico, la vida corriente en la que uno puede levantarse a la hora que le dé la gana, viajar a cualquier país del mundo que se le antoje o, más corrientemente todavía, en que uno tiene “todo” ya al alcance de la mano, entre otras cosas porque se habituó desde adolescente a una vida un tanto rústica y elemental, amén de estar jubilado, tiene unos grandes inconvenientes que no se pueden olvidar. Un día uno empieza por saltar párrafos enteros de un libro que no entiende, diciendo, bueno, es lo mismo, a otra cosa; otro haraganea en la cama durante las mañanas de todo un  invierno; más adelante le empieza a dar pereza hacer esto y aquello y comienza a perder poco a poco el pulso a la vida, que requiere disponibilidad, ausencia de procrastinación (una palabreja que descubrí recientemente y que está siendo la clave para corregir la mala disposición a aplazar las tareas), fuerza de voluntad y disposición para seguir poniéndose el mundo por montera, si es necesario. Vamos, que yo, que me he hecho friolero con los años, o que me puedo sentir cansado en muchos momentos o desganado para darme una larga vuelta por la Pedriza o emprender el próximo invierno el recorrido de un Camino de Santiago más, ese dulce gusto de empezar a caminar a las seis de la mañana o de encontrar los albergues solitarios; yo, que me encuentro en una cierta situación de blandura de voluntad, cuando en la madrugada de ayer mismo leía el relato de Hermann Buhl subiendo solo camino de la cima del Nanga Parbat, ese infinito cansancio, ese sobreponerse con un hilo de esfuerzo más al hambre, la sed, el frío, pues que a un servidor esas cosas le ponen las pilas un montón.

Y es que estoy leyendo cómo, de pies en un pequeño resalte a ocho mil metros, Hermann Buhl pasa la noche inmóvil a muchos grados bajo cero, con un crampón perdido, sin agua, con los pies en el punto de congelación, y ya mismo siento dentro de mí ese subidón energético que necesita mi cuerpo para acometer cualquier tarea que se me ponga por delante sin dilación, eficazmente, con la atención despierta, virilmente. Sí, todos somos burros de carga, no te quejes y tira para adelante con todo lo que la vida te eche o tú mismo cargues sobre tus espaldas, que diría Nietzsche por boca de Zaratustra. No sé si estas cosas la gente las valora mucho o poco, pero estoy completamente convencido de que ir  por la vida, como ´decía ayer en un artículo de El Diario, Amador Savater, que titulaba El camino del guerrero, dispuesto a aprender a manejar de manera inteligente el mundo de la vida cotidiana, es la cosa más esencial que uno pueda plantearse durante su existencia.

Bueno, para esto desde luego no se trata de encontrar recetas al caso, hay algo mucho más práctico que todo eso y que consiste en poner el cuerpo en disposición de… en disposición simplemente. Cuando ponemos al cuerpo en disposición en esos dos canales con que funciona el cerebro, uno racional y totalmente controlado por nuestro pensamiento, otro abierto a la intuición, a lo que llegue, esos estados de relajación en que es posible que en nuestro interior despierte unas líneas de inspiración, la concepción de un hermoso proyecto, ese dejar vagar a la mente sin rumbo fijo; en este segundo estado de conciencia se producen situaciones que yo relaciono hoy con la lectura de Buhl en su ascensión al Nanga Parbat. Cuando se lee de la grandeza del hombre, sus fuerzas ocultas, su capacidad para llegar a situaciones extremas inconcebibles, éstas se nos presentan como parte de un yo que, inexplorado y no practicado, de repente hacen aflorar en nosotros una energía capaz de catapultarnos por encima de nuestro cómodo comportamiento abriéndonos así la puerta a una nueva actitud desde la cual nos será mucho más fácil hacer aquello que la pereza o nuestra gandulería no fue capaz de vencer durante mucho tiempo. Saber de las posibilidades que tenemos dentro, ocultas, improductivas, adormiladas, es una de las cosas que se desprenden del comportamiento que leemos de otros que fueron capaces de sobreponerse con tanta entereza ante el sufrimiento o las dificultades extremas.



A mí desde luego la lectura de Hermann Bulh no me va a servir para concebir ningún proyecto en el Himalaya obviamente, pero sí me pone en disposición de andar más erguido. Los miedos que a veces nos visitan, nuestra sensación de pequeñez, nuestra pereza e indecisión en determinado momento se ven sorprendidos durante este tipo de apasionantes lecturas por un tan espléndido horizonte de posibilidades que es como despertar a otra dimensión. Dice Amador Savater en su artículo: “La fuerza de los libros está en la narración de un proceso de conocimiento en el que está en juego la auto-transformación de un sujeto”. En ese contexto sitúo yo estos días mis lecturas de libros de montaña, o mejor, no lo sitúo, sino que simplemente se me imponen mientras capítulo a capítulo voy siguiendo los paso de escaladores que van forjándose a sí mismos en un proceso que tanto puede llegar a puntuales momentos de plenitud como al conocimiento de esa verdad intangible de que hablaba Casarotto y que parece alumbrarse más allá de uno mismo cuando somos capaces de acercarnos a nuestros propios límites.

Dice Amador Savater en su artículo, haciendo memoria de la obra de Carlos Castaneda, que en la estrategia del guerrero no cuentan las victorias y las derrotas, los éxitos o los fracasos, sólo la naturaleza de las acciones. No habría que olvidar este punto. Lo especialmente notable en la “conquista” del Nanga Parbat, lo que realmente nos conmueve, no es la llegada a la cumbre por más que ello suponga la culminación del objetivo propuesto, sino la naturaleza de las acciones que tienen lugar entre el campamento V y el IV. La llegada a la cumbre no deja de ser un hecho casi anecdótico en el conjunto de la experiencia de Bulh en esos tres interminables días en que transcurre la lucha que nos conmueve.

Anoche me fui a la cama a las tres de la madrugada, había empezado a leer tarde el capítulo sobre el Nanga Parbat del libro de Hermann Buhl y me fue imposible abandonarlo hasta que la aventura hubo terminado. El día anterior había leído en la cama el capítulo de la ascensión a la Norte del Eiger, donde en algún momento, unos largos más abajo había aparecido también Rebuffat, y ya aquella ascensión me había resarcido de la fatigosa lectura de los capítulos anteriores atrapándome y dejando excitado mi sistema nervioso disponiendo así mi curiosidad para la siguiente salida al Himalaya. Las casi cuarenta páginas que ocupa el relato del Nanga Parbat es de lo más emotivo y grandioso que he leído de las aventuras de la montaña. La reiteración de sus múltiples escaladas en el Tirol y Alpes  me habían hecho fatigosa la lectura, pero llegado al Eiger, e inmediatamente al Nanga Parbat, el relato dio un respingo y acaparó por entero mi interés. Era el año 53 cuando todavía las grandes montañas del Himalaya estaba prácticamente inexploradas.

En el relato captó mi atención la intervención de Hans Ertl, el “vagabundo de la montaña” como lo llama Buhl, alpinista y cineasta fuertemente vinculado a alguien que admiro, a Leni Riefenstahl, de las que hay alguna magnífica película de montaña, por la belleza y profundidad humana de sus films. Hans Ertl rodó una película que me prometo ver esta noche y que a simple vista bien merece la pena, aunque, eso sí, sólo podré atenerme a las imágenes porque están en alemán y no pude encontrar subtítulos para ella. Sólo las bellas imágenes captadas por el cineasta viendo bajar a Hermann Bulh hasta el campamento IV, vacilante y exhausto después de su aventura, merece la pena. Dejó aquí el vínculo del Youtube para los interesados.



Referencias:
Del Tirol al Nanga Parbat, de Herman Buhl.
El camino del guerrero, artículo de Amador Savater. Aquí
Nanga Parbat (1953), de von Hans Ertl: aquí.
















jueves, 1 de noviembre de 2018

El Reino de la Pedriza y sus mitos



  

El Chorrillo, 1 de noviembre de 2018


A estas alturas, cuando la lectura de Hermann Buhl me fatiga tanto; no, no se le da bien esto de la escritura al gran Hermann Buhl, aunque me tropiece de tanto en tanto con una bella reflexión hay momentos en que transcurren páginas y páginas en que no le veo final a su relato, en que además me sigue admirando el excesivo margen que deja a la suerte en alguna de sus ascensiones al punto de, a toro pasado, regodearse incluso de no haber dejado en un largo de cuarenta metros ningún clavo de seguro para escribir después unas contradictorias líneas en que decir de lo que les hubiera sucedido a él y a su compañero si hubiera resbalado en algún lado; en que además descubro en Hermann Buhl un grado de inconsciencia que me desagrada; a estas alturas de la lectura de Buhl, decía, resulta que hago una pausa y en lo alto de la aplicación del FB me encuentro a primera vista, y sin ponerme las gafas todavía, una especie de mapa de la Tierra Media de la obra de Tolkien. Uno, cuando casualmente aterriza en las páginas del FB, pasa con una velocidad que apremia intentando pescar acá o allá algo que distraiga su atención y sirva de descanso a la tarea que está haciendo, hoy según manda el método Pomodoro, un sistema de gestión del tiempo que descubrí recientemente y que aplico a mi trabajo a ver qué tal funciona; pero hoy no fue necesario pasar adelante, la entrada de Loren Escalador y su ilustración ya me fue suficiente para colmar ese break time a que me obligaba el Pomodoro.


Dibujo original de Loren Escalador

Naturalmente, cuando me puse las gafas, descubrí que no se trataba de un mapa sino de un dibujo del Pájaro y la Muela, donde aquél, transformado en Gran Tótem y ésta última en Tótem, por la gracia del arte de Loren, mostraban, en el viejo papel de manuscrito en que se dibuja la localización de un tesoro o la ubicación de la tumba de Tutankamon, las esbeltas figuras de dos de las cumbres más señeras de nuestra cara Pedriza. Más abajo, en el lenguaje propio de El Silmarillón, Loren narraba la historia del reinado de Loremba en que éste y Brujus, el gran sacerdote musguey, aprovechando el largo periodo de paz que había seguido a los tiempos de hambruna y en que los Tichis habían evolucionado hasta convertirse en el gran clan familiar “que habita bajo las sagradas rocas caballeras en los fríos inviernos”, se habían dedicado a descifrar el enigma que cubría la majestuosa pared que defendía la gran cabezota somera del Tótem (la Muela) con la intención de describir en ella una sinuosa y bella línea de ascensión que llevara a la cumbre, arte que el otro gran sacerdote polaco Voytek Kurtika consideraba de consumado cuando hablaba sobre el arte de trazar bellos itinerarios en el lienzo de piedra de las montañas. “¿Existe acaso un grabado más impresionante que el que dibuja un escalador en una gran pared o en una hermosa arista de granito?”, escribía aquel maestro artista al que no se le escapaba que la Belleza, diosa de todos los reinos donde de los pies de las montañas surge la vida, habría de informar todo los cometidos de los hombres. La vía abierta por Loremba y el sacerdote Brujus fue bautizada con el nombre de Vía del Centenario y, como podrá verse en el croquis de más arriba, la cosa tiene tan buena pinta desde el punto de vista estético, que imagino que todo el reino de Loremba estará supercontento de tener en su haber un nuevo cauce para que los lorembeses y sus vecinos puedan ejercitar esa hermosa actividad que es trepar por los arracimados riscos de la Pedriza.




Curioso el parecido entre Peña Mataelvicial (sobre estas líneas) y la Muela junto al Pájaro, más arriba.


Pero no quedaba ahí la cosa, que de entre las peñas y monolitos que rodean al Gran Tótem, conocido como el Pájaro por los antiguos pobladores de este reino, surgió la memoria de otro reino anterior, propalado en este caso por el dios del fuego a extinguir Totiemba (conocido en el ámbito de la montaña con el apelativo de Toti) que, después de ilustrarnos sobre el origen del mundo donde sólo existía el vacío, donde ni árboles ni hombres existían, nos narra la formación del reino de Mulesriheim en donde sus nuevos pobladores, Mulero y Alejandro entre otros, constituirán la nueva savia y la nueva luz que habrán de convertir las montañas y los Artifos en 8bs u 9as... Amén.



Hasta aquí la leyenda, que bien podía continuarse lamentablemente, dados lo proclives que son los hombres a transformar la paz y el apacible mundo de las montañas en peleas de gallos y guerras, con aquella lucha que mantenían por el control del mundo y de la Tierra Media, los valar, los elfos y los hombres, con Morgoth y sus siervos. Esperemos que no pese a que no hay leyenda en que en un momento u otro elfos u hombres se líen a palos. Ahora, desde que leí el pasado verano al filósofo alemán Gabriel Markus, Por qué no existe el mundo, aprendí que la realidad no son sólo los pedruscos que se levantan espléndidos por encima de Manzanares el Real, que la realidad es mucho más amplia que ella, así, si viajas por Nueva Zelanda, por ejemplo, la realidad de Nueva Zelanda puede ser más las historias de Tolkien y su El señor de los anillos y los escenarios de la película donde precisamente Victoria y yo nos sentimos atraídos a visitar escalando alguno de los volcanes que rondaban por el film, que la propia Nueva Zelanda en sí con su historia y sus tierras. Las realidades que tocan los ojos del alma son con mucho en ocasiones más tangibles y “reales” que todo aquello que nombramos realidad porque su existencia puede ser constatada por nuestros sentidos. ¿Quiénes pueden ser más reales para un aficionado a Dostoievsky que el Raskolnikov de Crimen y castigo o los hermanos Karamazof, o Hamlet y el rey Lear para un amante de Shakespeare? ¿No es más real para uno tantas veces aquello que soñamos que cualquier isla perdida del archipiélago de las Maldivas?



¿Y si aplicamos esto a la Pedriza? ¿No será para mí más real ese Pájaro con el que soñé hace medio siglo escalar la sur en solitario en un tiempo en que esas cosas eran impensables y cuyo proyecto abandoné después de estudiar cuidadosamente la técnica de autoaseguración porque el menda no pasaba de ser un amante de la montaña que en modo alguno podría nunca emular a aquel nuestro compañero Gerardo Blázquez que en aquellos tiempos marcaba el camino de este tipo de aventuras solitarias? Y sí, todavía soy capaz de verme, una noche que lo soñé, un día bajo la pared sur sopesando si tendría agallas para ascender aquella pared solo. Con la historia de Loren y Toti me podría suceder lo mismo. ¿Qué no daríamos muchos por tener unas bellas historias que recrearan todos esos personajes y roquedales que a lo largo de los siglos el sol, el viento y la lluvia han ido esculpiendo y modelando en el bello granito de la Pedriza? Quizás algún día alguien emprenda una tarea similar y los amantes de la Pedriza podamos entonces agradecérselo profundamente.

























martes, 30 de octubre de 2018

Hermann Buhl, una desbocada pasión




“Hay que haber hollado el borde del abismo para saber cuán hermosa es la vida y cuán maravilloso, el mundo” (Hermann Buhl. Desde el Tirol al Nanga Parbat)


El Chorrillo, 30 de octubre de 2018


O la vida de un hombre atrapado en una obsesión.

Nunca leí nada de Hermann Buhl hasta ahora, le encontraba por aquí y por allá en viejos relatos de hace muchos años, apareciendo siempre como un ser mítico, un solitario que hacía de la montaña su vida y finalidad. Han tenido que pasar más de cuatro décadas, un momento en que me intereso especialmente por la vida de esos solitarios que jalonan la historia del alpinismo, para decidirme a leerlo. Últimamente me acerco a los libros de montaña con la predisposición de quien toma entre sus manos una guía espiritual que le va a servir de lazarillo para comprender algo de la escurridiza realidad por la que uno se mueve y acaso para enfrentarse a la cosa cotidiana con una disposición activa que enfrente la habitual pereza que siempre anda rondándole a uno a cada momento.

Lo primero que me gusta del libro nada más tomarlo entre las manos es su portada, la cornisa del Chogolisa y la imagen de Hermann Buhl degradado de grises y con el grano propio del viejo Tri-X de Kodak, una gama de blancos en donde el cielo y la nieve parecen querer desaparecer de un momento a otro. En la base de la portada Hermann Buhl asciende por una cornisa ayudado por un piolet y un bastón de esquí. De su cuerpo cuelga la cámara fotográfica. La imagen es de Kurt Diemberger y está tomada probablemente poco antes de que aquél se precipitara en el vacío después de romperse la cornisa por la que ascendía. 

Leo los primeros capítulos de Del Tirol al Nanga Parbat. La ingenuidad y la primera pasión con que se retrata a sí mismo en sus iniciales escaramuzas en la montaña a los trece años es cautivadora, sus ascensiones sin calzado, porque no hay dinero para botas o sus escapadas hasta ellas a pie o en bicicleta dan cuenta de ello. Además me gusta la manera en como mezcla los tiempos verbales introduciendo el uso del presente allá dónde él quiere hacer sentir al lector la cercanía de una escalada, de un hecho, y que consigue eficazmente introducir al lector en su mundo del momento.

Desde hace días es mi lectura de antes de dormir, un pequeño reflector ilumina las páginas del libro. Estoy cómodo, ha terminado el día y me gusta sumergirme en el sueño con el perfume de las montañas rondando por el interior de mi cabaña. Después hay noches que me cuesta dormirme, días en que algún susto fenomenal en una de las paredes del Tirol ha dejado a los escaladores al borde de aquí se acabó todo, pero en general me duermo bien arropado por la narración de este joven que está empezando a hacer de su vida algo extraordinariamente bello, pero a la vez frágil como un vidrio que puede quebrarse en cualquier momento en que el azar de una clavija no sólida en una grieta pueda saltar en una caída.

Hoy me desperté pensando en este hombre. El recuerdo de mis primeras lecturas de montaña en donde aparecía como un referente hacía que un ramalazo de poesía envolviera mi percepción como de un ser mítico que, junto a otros, servía para alimentar mi propio fuego interior, sin embargo hoy, que amaneció lloviendo y ventoso y que me era imposible levantarme porque bajo el estrenado edredón del frío que se ha venido de repente era una delicia escuchar la lluvia y dejar vagar los pensamientos por el infinito mundo de la imaginación y la memoria, hoy ponía en duda aquella lejana afección por el hombre solitario que terminó dejando su vida en una arista del Chogolisa en el Himalaya. Me parecía que, al menos en las páginas de su libro, faltaba el sosiego para encontrar entre escalada y escalada el momento de la contemplación, el gozo de quien no tiene prisa y se sienta a la vera de un arroyo para allí cerrar los ojos y dejarse embaucar por la música del agua, por la lluvia que como esta mañana me sirve a mí de concertina de fondo para apreciar que estoy vivo junto a la belleza de la lluvia y el viento que me acompañan. Escaladas en montañas por mí desconocidas, al menos en su complicada grafía de lengua alemana, en donde capítulo tras capítulo lo que anima la lectura parece ser una caída, la inseguridad de un clavo, grandes largos sin pitones intermedios, al fin la fulgurante carrera de un adolescente en donde el alma parece disuelta en la continua superación de unos largos.

Sí, hay naturalmente en su libro alguna referencia a la belleza de los lugares que visita, pero se lee como una cosa pasajera que roza casi casualmente los ojos porque el ánimo está atrapado por la obsesión de la pared que durante muchos días ha estado bailando en su interior y, cuando asciende valle arriba sus ojos no parecen ver otra cosa que la aventura que se encierra entre el pie de una pared y su cumbre, un extraplomo, una chimenea que escupe hacia el vacío, una expuesta travesía donde no hay manera de colocar un seguro. La lectura de Hermann Buhl en esta primera parte del libro es un continuo y ascender y descender donde no hay tiempo para tomarse un respiro, en donde incluso la guerra, los años que fue llamado a filas para participar en la Segunda Guerra Mundial, es una línea en el manuscrito, un tiempo perdido para esa obsesión por ir sumando paredes tras paredes a su fogosa juventud. Uno un día le ve caer cuarenta metros y milagrosamente salvado a la vida por un pitón, otro día su amigo de cordada se mata, más adelante su compañero tiene una brutal caída por una gran roca que se desprende, el tirón lo saca de la pared elevándole unos metros, los suficientes para evitar que la roca, que cae precisamente en la pequeña repisa en que estaba asegurando a su compañero se estampe contra su propia cabeza (ambos quedan suspendidos de un único clavo que apenas había entrado tres o cuatro centímetros). Pero no pasa nada, al siguiente fin de semana la obsesión de Hermann ya está una vez más sumergida en la necesidad improrrogable de escalar alguna otra pared si se puede más difícil que la anterior.

Dame un respiro, le digo a Hermann Buhl, cuéntame algo de lo que sucede en tu alma, dime algo de la poesía que se respira allá bailando en el vacío, relata qué sucede en tu ánimo cuando después de dejada la cumbre atrás caminas en el silencio del bosque cansado hasta la extenuación. Soy un lector que necesita de esas cosas, necesita de las reflexiones sobre la vida y la existencia que inevitablemente tienen que palpitar dentro de uno cuando cuando la vida se palpa hermosa como una revelación insospechada tras esa lucha con uno mismo en donde tan de cara a cara se mira a la parca. 

Es mediodía y cierta premura que llevo encima me va a obligar a levantarme de la cama. Lástima porque seguro que más tarde no voy a poder recuperar el hilo. Esta mañana también pienso en otros escaladores y  los miro de manera distinta, Messner, Casarotto, Kurtyka, Kukuczka, todos ellos obsesionados en grado extremo por llegar a cumbres por caminos inabordables; les encuentro en exceso absortos en su obsesión. Rara mañana, sin embargo, un día de otoño de plácido mirar a mi alrededor desde el confort de la cama. A Messner lo perdono porque ha sabido diseccionar una parte sustancial de sus porqués, de sus escaladas, de su relación con la montaña y dárnoslos en páginas y páginas de vibrantes vivencias; a Casarotto le agradezco además de los relatos de sus obsesiones, éste también un gran obsesionado, sus interpretaciones místicas y el valor de la poesía de su actividad; en Kurtyka admiro su capacidad para analizar los pequeños y escondidos movimientos que se producen en el alma en relación con el peligro, la muerte, su experimentación de la poesía, la capacidad para tener claro qué hay en la montaña de vanidad, aquella que llevaba a Kukuczka a la obsesión extrema con tal de superar a Messner en la consecución de esos catorce cimas, en fin a ese compromiso con la belleza y la poesía que, aliadas con el reto de una gran escalada, sublimizan todas las facultades del hombre poniéndolas al servicio de un proyecto.

Son tantas las veces que Hermann se ha podido matar en ese corto espacio de tiempo entre los trece y los veinte años, por la casualidad, simplemente la casualidad, un único pitón que parecía no resistir el soplo del viento y del que después quedaron colgados su compañero y él sobre un vacío de cuatrocientos metros, tantas situaciones que le podían haber dejado destrozado el cuerpo, que me asusta que uno pueda dejar tanto margen a la suerte para poder seguir viviendo. Solamente hay que seguir su relato de cómo se hace esquiador novel de competición para comprender que esa pizca de extravagante inconsciencia puede ser un componente que pone a prueba la sensatez de una persona. Ese es el clima de esta primera parte del libro en el que estoy en este momento.

Lo siento, pero no resisto más, tengo que salir corriendo de la cama ya mismo, así que punto final. Espero que las páginas que me restan del libro den oportunidad a mi ánimo para seguir glosando a este hombre que ocupa mi admiración en un día de lluvia que no podré dedicar a otra cosa que no sea escribir y leer.


miércoles, 24 de octubre de 2018

Míriam y el Principito

  


Que nunca falte una montaña en tus sueños (Míriam García Pascual. Bájame una estrella).     


El Chorrillo, 25 de octubre de 2018


Desde que empecé a leer vorazmente libros de montaña, más o menos como hacía de niño cada vez que caía entre mis manos un tebeo del Capitán Trueno y Goliat o cuando de más mayor leía El Principito o las novelas de Emilio Salgari, no hay rato de lectura en que no me asalte alguna sorpresa, una idea, un pensamiento, una situación dramática, uno de esos hechos que difícilmente concibes que pueda afrontar un hombre; sin embargo no me había sucedido hasta ahora en este empeño lector encontrarme con una mezcla tan delicada de poesía y pasión por la montaña como la que me he encontrado en un librito que lleva el sugestivo título de Bájame una estrella, apenas medio centenar de páginas con las que paso la tarde leyendo despacio despacio para que el libro no se me termine antes de la cena porque quisiera vivir más tiempo encerrado en ese clima que tanto me recuerda la inspiración y la mirada del Principito cuando asomado al mundo  de los adultos y sus absurdas preocupaciones por los números y el poder nos va enseñando lo que encuentra en su camino a través de algunos planetas del universo. Esa cantidad de porqués que el Principito ingenuamente va tejiendo alrededor de las preocupaciones humanas, porque él no parece entenderlas cuando consulta a los sabios sobre la finalidad de sus afanes, se disuelven en el libro de Míriam sin apenas rozarlas porque en su vida no tienen cabida los absurdos de este mundo afanado por no se sabe cuántos asuntos que ella no entiende.



Si después de su aterrizaje forzoso en el desierto el aviador de El Principito hubiera interpelado a Míriam sobre quién era, ésta habría respondido de manera parecida al pequeño personaje del relato:

“Ya no soy nada, ando con la ilusión absurda de llegar a ser un pájaro y volar cada vez más alto.

Ya no soy hombre ni pájaro, sólo alguien que se debate entre el vuelo y la ternura, el aire y la soledad”.

Las personas grandes aman cosas muy raras, así, si decís a estas personas mayores: «He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo…», no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: «He visto una casa de cien mil francos». Entonces exclaman: «¡Qué hermosa es!». Algo parecido le sucede a Míriam que, debatiéndose entre el vuelo y la ternura, escala esa famosa y grandota pared de El Gran Capitán, donde la hermosura no se mide ni en euros ni en fama, y entonces tiene tiempo, en un paso al borde de la caída, de charlar con un sapito que ocupa la única fisura en donde ella puede meter sus dedos para proseguir la escalada. El sapito es chiquito y ella y él se miran en silencio, ella preguntándose qué hace ese sapito a quinientos metros del suelo, y él mirándola asustado como quien se ha tropezado con un extraterrestre.

Hay muchos parecidos entre Míriam y el Principito, por ejemplo, durante mucho tiempo la única distracción de el Principito fue la suavidad de las puestas de sol. Para Míriam y Risi por su parte lo era el calor y las llamas de la chimenea en una cabaña bajo la pared del Fitz Roy, que les acogía entre intento e intento a su cumbre; sí, ocho veces.

La gente corriente posee casas, coches, acciones, terrenos pero ni el Principito ni Miriam poseían nada, bueno, sí, 350000 pesetas de una beca que le había concedido el gobierno de Navarra para esos siete meses de volar como los pájaros por las montañas de América, unos seis o siete euros diarios para gastar entre ella y Risi después de pagar los viajes. Sin embargo cuánta era su riqueza. Escribe Miriam: “Cuando por la noche oigo llover en la tienda, algo entrañable me hace apreciar infinitamente lo que tengo: una pizza, una cantimplora y una lona de nailon. Y sé que lo tengo todo, algo tan simple y tan cercano a algo que llaman plenitud”.

En algún momento de la tarde tuve curiosidad por conocer el rostro de Míriam; también quería verla escalar y entonces me fui al Verdón y estuve un buen rato mirándola trepar con Mónica Serentil sobre aquellas bellas paredes de colores cálidos. Me conmovió verla escalar con aquella delicadeza llena de fuerza y voluntad. Aliada al vacío, cayendo, volviendo a la pared, paso a paso, el cuerpo elástico, la armonía de los movimientos, la melena al viento. Era una hermosa imagen de baja calidad fotográfica, pero que mantenía en vilo a este espectador de la vieja escuela que nunca fue capaz de pasar de un V grado, pero al que apasiona, medio siglo después de su propia experiencia, ver trepar a esta generación con tan asombrosa facilidad por las vías más empeñativas.



Era ya de madrugada cuando llegué a la última página del libro. Un hilo de emoción acompañó a aquellos largos días de espera bajo la cumbre del Fitz Roy que terminan con la muerte de un amigo.

Leyendo a Míriam en Bájame una estrella, me es imposible no recordar otro de esos libros que no te cansarás nunca de leer: ¡Eh, petrel!, de Julio Villar, libros para tomar de vez en cuando y leer aquí y allá a la búsqueda de unos versos, una inspiración, el descubrimiento de un cielo donde brillan intensamente las estrellas.

















lunes, 22 de octubre de 2018

El deseo de tocar la belleza




Siamo due solitudine unite in coppia verso la cima (Somos dos soledades unidas en pareja hacia la cima. (Nives Meroi. Non ti faro aspettare)

El Chorrillo, 22 de octubre de 2018


Anoche terminé mi estadía en el Kachenjunga, donde curiosamente, dicho sea de paso, me encontré con Carlos Soria (Carlos en el Kachenjunga) que en el campamento base era vecino de Nives Meroi y Romano Benet. La Grande Madre, cuenta Nives, después de haber creado todas las cosas sobre la Tierra, el mar y el cielo, creo a nuestros progenitores de la pureza eterna y de la nieve sagrada del Kachenjunga; y luego los hizo descender para vivir, prosperar y expandirse por toda la tierra encantada que yace en el vientre de la Montaña. Esto cuenta la leyenda de un pueblo nacido al pie de la montaña. El Kachenjunga baña sus bosques y llena de plantas y animales sus tierras. Ellos son los hijos de la cima nevada y por tanto son el espíritu de los árboles del bosque, el espíritu de las rocas y de la montaña; ellos son los pájaros y el río. Ellos creen que cuando mueren sus almas retornan a la montaña de la cual han sido creados.



Esta mañana retomo el contacto con esta cima y con la historia de Nives y Romano que narra en su libro No te haré esperar (No ti faro aspettare). Pero esta mañana debo de estar con un ojo en la vida de esta pareja y otro en mi nieto Manuel que pretende que le siga a través del túnel que ha hecho con todas las sillas que ha encontrado en la casa. Mi nieto no para. Hoy, después del desayuno, le he fabricado un coche con ruedas de rodamientos con una caja de plástico. Me recordaba aquellos patinetes que hacía de niño, una plataforma de madera, cuatro ruedas para el soporte principal y una más en la parte delantera donde se instalaba un manillar, un bólido con el que bajábamos la cuesta de la avenida de Portugal a toda pastilla. Con el coche ha tenido entretenimiento para toda la mañana. Buelo, tren, me llama Manuel, y el abuelo tiene que dejar la escritura y hacer de maquinista de la general con un nieto a las espaldas a lo Buster Keaton porque el pequeñajo quiere que el tren chifle y haga tracacatrá, tracatrá. 




Leí en algún lugar que el cerebro está hecho especialmente para escuchar historias. Debe de ser verdad. Mi cerebro se alimenta desde hace más de un mes de historias, historias de montaña en mi caso. Y es que sucede, como decía el otro día Francisco Sánchez, que los libros se enredan unos con otros como las cerezas en una cesta y cuando te quieres dar cuenta unos te van llevando a otros enredadas sus historias alrededor de un alma solitaria en ocasiones, una pareja de alpinistas como Nives y Romano empeñados en subir las grandes montañas en estilo alpino con sus propios recursos, una personalidad como Hermann Buhl o en último momento una joven poeta, Míriam García Pascual, que en la pared del Gran Capitán en el Yosemite, sobre el Dihedral Wall, nos habla de un sapito o unos polluelos que ocupan una fisura que ella debe utilizar para superar una largo de extrema dificultad, una alpinista que habla con las chovas y les cuenta su vida.

Mi interés cuando supe de este matrimonio de montañeros se centraba en dos aspectos esencialmente, por una parte el hecho de que fueran por libres al margen de cualquier expedición, que prescindieran de porteadores de altura, es decir que se lo comieran y se lo guisaran todo ello en estilo alpino y, en segundo lugar, por el hecho de que todas sus ascensiones las hubieran realizado juntos, un punto que llamaba especialmente mi atención porque si la vida consiste en hacer de ella un arte, hacerlo en pareja, como quien teje un bello tapiz entreverado con los desafíos que la escalada, las tormentas, el frío o las dificultades proporcionan, se me parecía una extraordinaria proeza, más cuando como cuenta ella misma: “Nosotros dos no escalamos la montaña sólo por pasión alpinística, sino también para llevar adelante nuestra alianza”. Y no puedo dejar de incluir aquí esta hermosa cita con la que termina el párrafo: “Nuestra unión, forjada en la tempestad y en la carencia de oxígeno en las alturas, hecha de silencios y de gestos compartidos, es de una confianza inmensurable que no tiene necesidad de palabras”. Si la pasión por la montaña puede llegar a los límites de lo humanamente posible, hacerlo con la compañera de tu vida, con la madre de tus hijos, debe de ser llegar a alcanzar en la vida una de las mayores cotas de plenitud.




Si miro hacia atrás en mis lecturas siempre me surgen pequeñas dudas respecto a esos alpinistas que leo y admiro porque en definitiva creo que a muchos de ellos le falta ese algo esencial que sí encuentro en la pareja Nives-Romano. Kukuczka espera un hijo en veinte días, pero no obstante se larga de expedición a conseguir una de sus obsesivas 14 cumbres; Kurtika es de un nivel artístico-espiritual más cultivado que Kukuczda pero aún así es incapaz de integrar a sus dos parejas que terminan distanciándose de él porque está tan a sus escaladas que la familia no parece existir para él. Kurtyka se lamenta en relación a su pareja: “¿Dónde habían quedado aquellos tiempos en los que escuchaba embelesada mis fantasías sobre la Senda de la Montaña como método para alcanzar la sabiduría a través de la unión con la naturaleza y la escalada?” En cierto momento Kurtyka, cuenta Bernadette McDonald en Kurtyka, el arte de la libertad, la situación política de Polonia, su negocio y el embarazo de Halina, su pareja, le hace exclamar: “Es como haber caído en una trampa”. En cierto sentido, escribe Bernadette, comprendía que su comportamiento era inaceptable y recogía las palabras del propio Kurtyka: “Un alpinista poseído por su pasión es un granuja, un pobre desgraciado, que se condena a sí mismo y a quienes le rodean a la soledad y el dolor”; si bien, añade a continuación: “Y sin embargo, escalar crea una conexión con las montañas que despierta en nosotros sentimientos de amor”. Tal vez, pero no dentro del matrimonio, añade Bernadette; de hecho su matrimonio quedó roto poco tiempo después.

Nives y Romano han vuelto al Kachenjunga después de haber tenido que retirarse de las cercanías de la cumbre por una fuerte dolencia de éste que después se decantado como un cáncer de médula espinal. Después de dos años de penalidades en el hospital y tras recibir de un donante anónimo células que crean un sistema inmunológico nuevo en su cuerpo, al fin se reestablece y vuelven a la montaña. Ésta es la historia del libro, que es una lástima que no esté traducido al castellano. Cuando terminé la lectura del libro de Goretta sobre Casarotto, Una vita tra le montaghe, escribí un twit a Desnivel lamentando la carencia de la versión en español; ahora debería hacer lo mismo con este de Nives, pero no creo que merezca la pena. Si me atengo a estos dos ejemplos, tengo la impresión que los criterios de selección de la editorial no se ajustan demasiado bien a la calidad de la literatura de montaña, que en ambos casos me parece extraordinaria.

El título con que encabecé estas líneas, El deseo de tocar la belleza, que rescaté de una charla de Nives Meroi en TEDx (aquí), es otro aspecto que nutre mi empatía con esta pareja. La oigo hablar de su ascensión al K2, de la belleza de una arista que les subyuga, de esos breves instantes que pasaron en la cumbre: “Estábamos solos en la montaña, la llamamos nuestro K2, no izamos una bandera, no levantamos los brazos en señal de triunfo, simplemente estuvimos agachados en el suelo mirando alrededor y con nuestros ojos pudimos abrazar el horizonte y, sobre todo, fue un momento de gran claridad, era un sentimiento pacificador porque estábamos inmersos en la inmensidad consoladora del universo y lo miramos y éramos parte de él y en ese momento lo único que nos venía a los labios era un agradecimiento”. La oigo hablar, tranquila, humildemente de la experiencia de ambos en sus ascensiones y admiro esa armonía que desprenden sus palabras donde se armoniza la pasión por la montaña, la belleza y la relación con su pareja.



Para terminar este post dejo unas líneas que escribió Nives en un campamento base y con las que concluye su charla en la TEDx: “Ahora es de noche y creo que nunca he visto una noche tan llena de estrellas que llueva como un crepitar de luces. Algunas luces pequeñas y relucientes lanzan láminas brillantes de luz, una alfombra de puntos resplandecientes como si una mano gigante los hubiera sembrado en puñados y nosotros dos estuviéramos inmersos en la gracia de esta noche donde juntos bailan Tierra, Luna, Sol y estrellas. Qué hermosa sería la belleza si fuera contagiosa”.