viernes, 19 de octubre de 2018

De la Obsesión de Jelinek a la Nada de Carmen Laforet




Gracias a José Manuel Vinches por haberme motivado para volver a leer esta pequeña joya literaria de Carmen Laforet.

El Chorrillo, 19 de octubre de 2018

Andar entre los libros como quien pasea por un bosque y decides aquí o allí qué sendero tomar y encuentras que aquel sendero no cuadra con tu disposición actual, o que no te gusta, o que está en exceso empinado y entonces echar un vistazo al mapa o al paisaje y elegir a tu gusto. Así me sucedió días atrás que, llegado a un punto me cansé de las gafas con que Elfriede Jelinek ve la realidad, de su ir y venir por un mundo de en que los personajes no tienen en la cabeza más que apetitos de propiedades o el deseo recalcitrante que duerme bajo las faldas de las féminas o más allá de la bragueta de un gendarme; me cansé de su verbosidad sin freno donde no es posible encontrar el alivio del agua fresca de una fuente o un rincón donde codearse con la gente de la calle y su discurrir cotidiano y, tras un breve intervalo decidí coger un sendero que me llevara del Austria de hoy a la España de lo años cuarenta. Tenía yo un débito con Carmen Laforet desde que un compañero del FB usó a esta autora para dar un zurriagazo en los morros a un presuntuoso personaje que aparece de tanto en tanto en las redes para sentar cátedra en todo lo que se le presenta delante. La cita que usó era ésta: “Eran como pájaros envejecidos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un trozo de cielo muy pequeño”. El personaje a que se referían estas líneas tenía tanto de narciso que tuvo que plegar sus alas y eliminar el comentario. Total, que pasé unos días paseando por la Barcelona de la posguerra releyendo y redescubriendo a esta autora que a los veintitrés años escribió una de las novelas más esenciales de la literatura del último siglo. 

Terminando esta tarde con Nada pienso que no el no haber estudiado critica literaria favorece la calidad de lectura porque así no hay nada que distraiga mi emoción, soy yo y lo que el libro me comunica en cada instante, no hay referencias, cánones con los que tenga que comparar el relato, no hay afán de análisis o de saber qué quiere o no comunicar la autora con su relato. Es su historia, lo que piensan y sienten Andrea, Ena, su madre, la abuela, lo que aprendes del perturbado temperamento de Juan, de la lastimosa situación de Gloria, de las dañinas fijaciones mentales de la tía Angustias, del desperdicio que hace Román de su vida, de las emociones, el dolor, las contrariedades de la vida, su benevolencia, conoces del rumor de una ciudad, del afán… y eso es todo, unas cuantas tardes sentado frente al campo, hoy ventoso y lleno de lluvia, ayer y los días anteriores soleado, mientras las páginas del libro iban pasando lentamente ofreciendo conocimientos elementales, daguerrotipos de una Barcelona salida de la lucha fraticida de una guerra miserable que partió el país en pedazos.

A última hora, tras la plácida lectura, no exenta del dramatismo que provoca la muerte de Román, vuelvo a retomar la lectura de Obsesión, de Jelinek, que había abandonado a mitad del libro, con la idea de tratar de averiguar por qué la lectura de Nada se me hace tan grata y por qué Obsesión termina pareciéndome soporífera. Hay obras literarias que bajo el aspecto de un anarquismo narrativo o una concepción críptica del lenguaje, esconden pequeñas joyas que tras recorrer farragosos párrafos terminan encontrando la luz a la vuelta de algún párrafo. La recompensa por el esfuerzo acaba ofreciéndosenos con una fuerza inusitada; a mí me sucede, por ejemplo, con El hombre sin atributos, de Musil, con T.S. Eliot y con un buen puñado más de autores. Pero no es el caso de Obsesión, que resistí leer hasta la mitad del libro, pero que llegado a este punto me pareció ocioso continuar. “Obsesión trata de la caza del dinero, del irrefrenable anhelo de posesión y de cómo hacerse con el cuerpo y después con las propiedades de las mujeres”. Es cierto que el tema, que te puede ser ajeno o indiferente, será un motivo suficiente como para dejar la lectura de un libro, pero aún así me parece que en un buen libro siempre termina uno por encontrar materiales o formas de decir que, como el paisaje que atraviesa tras la ventanilla de un tren, animan la retina del viajero, luces, colores, el perfil de un personaje, también el horror que acecha en algunos párrafos, el alma truculenta de un mercader de Venecia, el grito desesperado de amor de Isolda, los ojos deslumbrados de Andrea en Nada, cuando descubre qué mundo se esconde en la casa de sus tías de la calle Aribau. Algo que no es el caso en la novela de Elfriede Jelinek y que, sin embargo, brilla con tanta frecuencia en las páginas de Nada.


 En la novela de Laforet los personajes se han vuelto locos con la guerra, afirma Rosa Montero en la introducción. Yo nací en el 48 y mis primeros recuerdos de niño, en torno a los cinco años, nebulosos pero firmes y precisos en algunas escenas, me hacen pensar que sí, que algo de esa locura que menciona Rosa Montero debía de andar esparcida por las calles de las ciudades de nuestro país. La casa de mis abuelos no era la de la calle Aribau de Barcelona, donde la vida contradictoria de una tía Angustias de hábitos mojigatos y temperamento de general sometiendo bajo su bota a sus soldados, o la irascibilidad de Juan apaleando a su esposa, o Román, asumido de la nobleza de un melómano pero viviendo en un cuartucho de muerte, creaban un clima que hacía insoportable la vida en un hogar, pero sí recuerdo gritos, portazos, malas maneras, un mundo en que todos iban a lo suyo en medio de medio de unas condiciones de vida muy elementales donde el dinero jamás llegaba a final de mes. Un patio grande a donde daban las ventanas de una veintena de viviendas como una corrala de un solo piso en la que la intimidad era casi inconcebible y donde era posible compartir las peleas, los gritos, las disputas y también la espontaneidad de todos aquellos a los que un repentino buen humor invitaba a cantar voz en grito mientras se oreaba la ropa en una ventana o se trabajaba en algún arreglo casero. Las películas del neorrealismo italiano son un buen muestrario de aquella época en una Italia que había pasado igual que nosotros por el castigo de una guerra.

El cuento de la vida cuando ésta se hace fea y dura de llevar, cuando las pasiones hierven descontroladas alimentadas por la necesidad o la diversidad de las posiciones políticas que han llevado al enfrentamiento y a la delación a familiares y amigos entre sí. Y en medio de todo este desbarajuste, pillada entre varios fuegos, la protagonista Andrea que con los ojos como platos parece mirar una realidad que la sobrepasa y que tan lejos está del sentido común y de la armonía de una convivencia medianamente civilizada. Hay que volver a leer Nada, ese pequeño tesoro de la posguerra puede echar algo de luz sobre parte de nuestros orígenes como ciudadanos que compartimos este espacio físico que llamamos España.


jueves, 18 de octubre de 2018

El arte de Fred Beckey




El Chorrillo, 18 de octubre de 2018

La conciencia de ser un tanto salvaje en medio de una civilización hace que mis percepciones del arte y el modo como me acerco a un cuadro tenga mucho de ese mirar del hombre de las cuevas que, sin conocimiento de otra cosa que nos sea lo que ven sus ojos o perciben sus sentidos, aprecia en la composición, en los colores o en las formas, aprecia mirando un cuadro, cierto pálpito interior del que no sabría explicar su procedencia pero que como un atardecer especialmente atractivo se posa en el ánimo con la suavidad con que las olas de un mar en calma acarician la arena de la playa. Sensaciones.





A veces me imagino indagando en libros los conceptos que envuelven la crítica del arte moderno y no me siento capaz más allá de sobrevolar con los ojos alguna ilustración, presiento que entre el artista y el espectador no debería haber ningún intermediario y que si un cuadro es capaz de llegar a las lindes de mi emoción bienvenido será, pero no creo que pueda pretender acceder a la pintura que no me dice nada por mediación de ningún gurú de las artes. Con la música me sucede otro tanto de lo mismo. Si fuera a vivir tropecientos años probablemente debería atender a los trabajos de los estudiosos para penetrar más profundamente en una obra de arte, pero siendo que los años que uno vive son una misérrima cosa en relación a todo lo que nos puede ofrecer la vida, no queda más que seleccionar y acercarse a la realidad, al arte, con los pocos medios que uno tiene, su inteligencia, la capacidad de percepción, la sensibilidad y, por supuesto, sí, algo de ese mínimo conocimiento que requiere acercarse a cualquier realidad.
Hoy tenía la mañana libre en Madrid y entre dar una vuelta por el Retiro y pasar un rato allí leyendo Non ti farò aspettare: Tre volte sul Kangchendzonga de Nives Meroi y acercarme a ver algunos cuadros, elegí pasarme por el Museo Thyssen. Había algo en mi cabeza que me decía que debía de encontrar alguna relación entre alguno de los cuadros que más me gustan y la vida de Nives y Romano, y aquí podría igualmente anotar a personajes de mis lecturas recientes, Juanjo San Sebastián, Kurtika, Casarotto o personajes de lecturas que me esperan, Miriam García en su libro Bájame una estrella, Hermann Buhl. Total, que me fui al museo con esa idea en la cabeza.
El arte abstracto no es mi fuerte, pero de vez en cuando encuentro algunas sugerencias en las formas, los colores o la composición que hacen que me detenga ante un lienzo; incluso puede suceder que inesperadamente un grupo de colores suscite una débil emoción sin que mi razón pueda dar en absoluto cuenta del porqué; otras veces puede ser la fugacidad de unas líneas o el aspecto de juego infantil con sus colores primarios o la broma de un sol coloradote colgando del extremo de un cuadro como me sucede con algunas pinturas de Miró.


En algún momento tropiezo con una obra de Kurt Schwitters que me hace pensar en un abuelo construyendo un complejo juguete para su nieto pequeño.


En otro me paro frente a un cuadro de Max Ernst que lleva este bonito título: Treinta y tres muchachas salen a cazar la mariposa blanca, y comprendo que además de pintar también se puede estar jugando, algo quizás similar a lo que hacen los alpinistas que juegan con su vida en pos de una seducción que se les ha metido en el corazón.


Y entonces encuentro que tanto Miró como Schwitters como Max Ernst lo que están haciendo es jugar e invitarnos a participar en su juego. Luego hay tipos más serios como Liubov Popova, que nos propone con su Juego de arquitectura un trabajo como el que ofrece el test de Rorschach en donde adivino una fría mañana de altas montañas al fondo de un bosque de abetos junto a la promesa del calor que surge del fuego de una chimenea.


O una fiesta de colores, esta vez de Sonia Delaunay, sus Contrastes simultáneos, que también me gusta; colores cálidos y fríos entreverados caprichosamente bajo la mirada inquisitiva de un círculo que como ojo de cíclope mira desde el balcón de una buhardilla lo que sucede bajo la baranda.



Después del Thyssen, a la tarde, asistiría al Festival de cine de montaña que se celebraba en la sala Golem, así que no tenía más remedio que recurrir a la personalidad de Fred Beckey para seguir mi reflexión, ya que este era el personaje que glosaba The Legend of Fred Beckey, la película de la tarde.

Si hacemos el esfuerzo de contemplar la vida de las personas desde un punto de vista estético acaso nos sea más fácil establecer ciertas correlaciones entre la armonía y los colores de un cuadro y la armonía de los hechos y los conceptos de la vida de una persona. Si uno se pone a contemplar a algunos personajes de la vida pública española, pongamos por caso algo un tanto absurdo, es fácil que nos pueda dar un patatús ante la fealdad que encontramos en algunas personas, un Aznar, un Rato, un Casado, un Trump, obviamente no me refiero al físico; ahora, si en el extremo opuesto ponemos, pongamos por caso de nuevo, y para seguir en el mismo ámbito de lo público, a un Pepe Mujica la cosa cambia diametralmente. Lo bello y lo feo son constitutivos de la vida y naturalmente es de cajón que nos sintamos atraídos por lo bello mientras rechazamos lo feo.




Así que yendo desde la similitud entre la belleza que nos ofrece un lienzo a aquella otra que se desprende de la vida de una persona, ya que en ambos casos, aunque de constitución tan diferente, se da el hecho de que existe un espectador que se emociona o se conmueve ante la presencia de su objeto de contemplación, de repente me encontré en la sala oscura del cine con ese personaje, Fred Beckey, del que desconocía todo y que secuencia a secuencia me iba revelando algunas facetas de su personalidad que para mí eran constitutivas de belleza, pese a la torpeza de los realizadores de cargar las tintas en aspectos anecdóticos de su vida presentándonos al personaje como un devorador de comida basura y un mujeriego sin remedio, ofreciéndonos para ello un amplio muestrario de mujeres propias para ilustrar las páginas de un Playboy.



Cada personaje y cada actor de estas empresas de montaña en las que buceo estos días, tiene algo diferente que ofrecerme y Beckey empezó a caerme muy bien desde el principio. Dormir allí donde le pille, vivir casi con lo puesto, hacer auto-stop, vivir la pasión de la montaña hasta convertirse en un alpinista con cientos de primeras ascensiones, más que cualquier otro escalador norteamericano, seguir en la brecha incluso después de sus noventa años, hace que su persona sea enormemente atractiva. No es que me fíe de la película de la que sospecho, creo que con razón, adolece de un estudio serio y fundamentado de la persona pareciendo lamentablemente encerrar en la anécdota a su personaje al que según ellos sólo le interesaba la escalada, el tiempo y las mujeres, según se afirma en el film. No es que me fíe, pero puedo imaginarme su vida como una de esas grandes obras maestras del arte de vivir. Y por tanto, para retratarla se requiere un análisis fílmico mucho más profundo que las anécdotas que nos muestra la película, que nos ofrece bellas imágenes pero que podían haber hecho un esfuerzo mayor por mostrarnos esa escondida belleza que deben albergar las almas de alguno de estos seres excepcionales que dedicaron su vida a la montaña.

De arte iba la cosa en el día de ayer y después del recorrido por las salas del Thyssen y por la vida de Fred Beckey estoy convencido de que sí se puede hablar de arte en ambos casos. Dos artes bien diferentes, por supuesto, el de la vida y el que cuelga de las paredes de algunos museos o que llega a nosotros a través de la música o se traduce en versos, pero que en cualquier modo ambos se presentan como imprescindibles para seguir transitando amablemente por la existencia.

  











martes, 16 de octubre de 2018

Cita con la cumbre



“A veces la vida es así: uno asume sacrificios y riesgos prolongados sólo por un momento de plenitud”. (Juanjo San Sebastián. Cita con la cumbre)

El Chorrillo, 16 de octubre de 2018


O la seducción como fuente de sentido.

Son las dos de la mañana. La excitación, la emoción, no me dejan conciliar el sueño. Pasé toda la tarde devorando página tras página los capítulos de un libro sin apenas levantar cabeza y mis nervios se niegan a dar entrada al sueño, así que desisto de dar vueltas en la cama y termino encendiendo la luz junto al arcón de mimbre. Me medio incorporo sobre unos cojines y trato de poner orden en mis emociones. Tengo en mi pensamiento la impronta del descenso de la cumbre del K2 de Atxo y Juanjo San Sebastián. La lucha por sortear la muerte abrazados a la esperanza de seguir viviendo, el desvarío mental de Atxo por encima de un espolón rocoso que lleva al campamento IV, la caída libre de cuatrocientos metros de desnivel de Juanjo, los dos vivacs con lo puesto por encima de los ocho mil metros, la ventisca, el frío, los dedos congelados, la sed, componen un cuadro dramático difícil de imaginar, pero que según van pasando las páginas ahondan en mí, por simple empatía con estos dos hombres, una sensación de desasosiego.

Hace una semana viví una situación similar cuando daba fin a un libro que narraba el desenlace de un intento a la misma cumbre, esta vez por el sur a través de la Magic Line. En esta ocasión era la conclusión de una vida dedicada por entero a la montaña; Casarotto era el sujeto de aquellas páginas, un alpinista solitario que dejó su vida en una grieta cercana al campo base del K2. «Todo el que vive muere, pero no todos los que mueren han vivido», recuerda que leyó en la camiseta de un alpinista neozelandés que le precedía en la cola de un aeropuerto, Juanjo San Sebastián. Y pienso que algo de esto tiene que ver con mi emoción de esta noche y con mi estado de excitación en los días posteriores que siguieron a la lectura del libro de Casarotto. El continuum de estas actividades de dificultad extrema, aunque sólo sea desde la distancia del lector, junto con las situaciones anímicas que se producen en su rededor, junto con la cercanía de la muerte y la lucha por superarla que subyace en todos estos libros que leo últimamente, Kukuczka, Kurtyka, Juanjo San Sebastián, Casarotto, mueven resortes internos que a uno le gustaría conocer en los detalles de su mecanismo.

A fin de cuentas, dentro de tantas cosas inexplicables que se dan cita en el hecho de vivir, estas actividades extremas de montaña son quizás uno de los paradigmas más significativos de los actos de un hombre por llegar a la esencia de uno mismo, sea él mismo consciente de ello o no, porque no se explica de otro modo que un esfuerzo tan descomunal y un peligro para la vida tan enorme no tenga como referente interno algo determinante y sustancial para la existencia de uno. Que la capacidad de expresar las motivaciones y el sentido de los actos sea un don que unos tienen, y de los que otros carecen y que estos últimos pueden simplificar al modo de Mallory diciendo que emprenden la ascensión a una montaña porque está ahí, sea un regalo para los modestos amantes de la montaña para los que sus emociones y “gestas” sólo son un lejano reflejo de su pasión, da pie para que éstos puedan admirar y conocer en aquellos la sustancia de su propia adicción, o acaso para conocer de más cerca los pormenores que llevan a estos hombres y mujeres excepcionales a enfrentarse a sus propios límites.

Cuando uno trata de esclarecer qué es esto de la vida, un asunto que no deja de estar presente ni en la dicha ni en el dolor, porque uno se admira siempre cuando se siente vivo de que pueda existir un tiempo en que la vida se transforme en la nada de la muerte, y se encuentra con ese “extraviado” comportamiento de quien se acerca al abismo de la nada sin otro imperativo que el de profundizar en sí mismo y en sus límites o, según afirmaba Casarotto, porque el K2 podía abrirle nuevas espirales de conocimiento, y se encuentra con dramáticos relatos que ponen en duda el valor de la vida, lo que a uno le sugiere esto es que acaso el lector, de la mano de algún iluminado alpinista, esté entreabriendo la puerta de ese jardín enigmático del que habla H.G. Wells en su relato La puerta en el muro, asomándose a un mundo desconocido que tira de nosotros con parecida fuerza a como el hombre y la mujer en su más íntimo sentir se ven constreñidos a perpetuar la reproducción de la especie, una fuerza que evoca energías escondidas en el individuo y que, como esa puerta en el muro del relato de Wells, da a acceso a una realidad que nos trasciende y nos seduce hasta el punto de dejar al margen provisionalmente ese mandato biológico universal de preservar la vida por encima de todo.

Quizás lo que haya más allá de esa hipotética puerta no sea más que una supuesta Ítaca que nuestro psiquismo necesita alimentar para conservar viva la llama del deseo y entonces la seducción de Ítaca, de la cumbre, como fuente de todo sentido, sea sólo una añagaza de la que se vale la naturaleza para darnos la oportunidad de experimentar nuestros propios límites. Con lo cual “la seducción se transforma en una fuente ilimitada de deslimitaciones al enfrentarnos a la posibilidad de ir más allá de lo que nos limita”. Y una observación importante, que viene al caso de las situaciones extremas que se viven en las actividades de la montaña, “sí la seducción es potente y se hace cada vez más irresistible, se dará paso a las extralimitaciones, como lo que provocó que el protagonista de La puerta en el muro, o en su defecto el alpinista que alcanza cierto estado de plenitud al lograr objetivos insospechados, traspasara la puerta en el muro, acercándose más y más a una entrevista verdad que se ofrece como culminación de todos los esfuerzos y privaciones.

Cierto o no que más allá efectivamente haya un maravilloso jardín, el descubrimiento de alguna verdad inescrutable, o la plenitud en persona, el hecho irrenunciable es que Ítaca cumple un cometido, el hecho esencial de hacernos vivir en el sentido más profundo de la palabra, en contraposición con el simple hecho de existir.  

Entre el cierto arropamiento de Juanjo San Sebastián, amigos, compañeros de cordada, promotores y la inhóspita soledad de Casarotto durante semanas encerrado en su mismidad en el helador invierno de un espolón que lleva a la cumbre del McKinley, hay probablemente diferencias en cuanto a la profundización personal en el ámbito de los porqués, sin embargo creo que sólo es cuestión de matices, en el interior de la persona, por muy acompañado que esté, en estas circunstancias debe de habitar un duende en el que con toda probabilidad se aúna la esencia de lo que somos y que debe de ser el responsable último de nuestros actos en ese pulso que se mantiene con la extrema dificultad y, de algún modo, con la muerte.

Estaba con estas líneas cuando recibí un mensaje del amigo Paco, de Hoyos del Espino, que respondía a mi agradecimiento por haberme sugerido la lectura del libro de Juanjo San Sebastián con una nueva propuesta. Le decía yo en mi mensaje último que hay un puñado de cosas que cuestionan con frecuencia el hecho de vivir y estos montañeros que desfilan estos días por mis lecturas parecen concentrar en sí con sus hechos aspectos de algunas respuestas esenciales. Sé que al final los interrogantes seguirán ahí como una montaña totalmente inaccesible, le escribía, pero también es cierto que pese a todo sigue mereciendo la pena continuar dejándose la piel de los dedos en sus laderas. Paco me hablaba de Nives Meroi y Romano, que aparecían en las últimas páginas de Cita con la cumbre. Nives Meroi la cuarta mujer en completar los 14 ochomiles, con su marido Romano, me contaba, podía haber sido la primera, pero un cáncer de su marido detectado en la expedición del Kanchenjunga o el Makalu, no recuerdo, le hizo renunciar a la montaña durante dos o tres años. Volvió con su marido cuando el cáncer cedió y completó los ochomiles. Siempre los dos solos, sin ayuda de porteadores ni sherpas, en estilo alpino. Confieso que esta última afirmación, más, por supuesto que el hecho de que ascendieran todos los ochomiles, me ha atrapado de parecida manera a cuando supe de Casarotto a través de Kukuczka en Mi mundo vertical, donde éste hablaba de la actividad del primero como alpinista solitario en el Himalaya. Cinco minutos después de que Paco me indicara el título del libro que habría escrito Nives Meroi, Non ti farò aspettare: Tre volte sul Kangchendzonga, la storia di noi due raccontata da me, ya tenía una copia digital del mismo en mi lector.

Yo cuando era niño, alumno por demás de un colegio de curas, leía libros ejemplares de santos y mártires con los que alimentaba mi alma de infante que estaba empezando a abrir los ojos a la vida; ahora que ya soy un poco mayorcito no hago otra cosa con estas lecturas. Satisfacen mi curiosidad, cierto, pero sobre todo alimentan mis ganas de vivir siguiendo los pasos de aquellos que hacen de su vida un arte consumado. Ahora mis dos libros que me esperan están sobre la mesa, uno de ellos es de Hermann Buhl y el otro corresponde a esa pareja, Nives y Romano, a los que estoy deseando conocer. Por cierto, gracias, Paco.




domingo, 14 de octubre de 2018

Mi vida como cabrero





Para mi hijo Mario en recuerdo de su invierno de trashumancia por la Sierra Norte. 



El Chorrillo, 14 de octubre de 2018

Hoy me desperté con ganas de jugar conmigo mismo: el juego consistía en algo así como en saltar por encima de obstáculos que en mi vida corriente ni se me pasa por la imaginación superar. Si hace frío me abrigo un montón, si me tengo que duchar, naturalmente uso el agua caliente, vamos, que sigo el comportamiento que más se ciñe a la comodidad y al confort. Y es que estos días con tanto leer libros de montaña, eso, de gente que en lugar de estar en su casa calentitos y seguros conformándose con ver lo que la tele le va largando durante una tarde de ocio, elige pasar frío, superar dificultades sin cuento que no pocas veces lo ponen al borde de darse un tortazo de muerte; sí, con eso de tantas lecturas “estimulantes” se me abrió el apetito de poner a prueba mi pereza, así que visualicé algunas circunstancias de la ascensión invernal de un alpinista al que leí recientemente, los muchos grados bajo cero, el viento helador, una pared de hielo de quitar el hipo, y eso me bastó para levantarme predispuesto a hacer algo que no hago en época de frío desde hace más de cuarenta años, es decir, meterme bajo el chorro del agua fría de la ducha.

A alguno esto le puede parecer un hecho baladí, pero de baladí no tiene nada cuando uno ejerce de vagoneta desde hace ya tiempo, que eso de madrugar, por ejemplo, y de ponerse a correr por la mañana o marcharse a caminar o levantar el culo del asiento para hacer alguna actividad que requiera cierta prestancia, si estás hundido en la pereza se puede convertir en una heroicidad. Así que esta mañana el jueguecito resultó, salí de la ducha con un subidón de energía de ponerme en disposición de subir un ochomil de inmediato.  Así que a rebufo de este pequeño acontecimiento en mi vida cotidiana decidí también poner en marcha otras disposiciones largamente barruntadas como dedicar un rato antes de desayunar a saludar al sol y a hacer un rato de yoga. Con esto ya tuve el día encarrilado y dispuesto a caminar por él con la cabeza erguida de un hombre nuevo. En ese juego a tres de ver quién podía más, el frío, la pereza o yo mismo había ganado yo, así que: marchando…

El caso es que poco antes de levantarme había tenido una fiesta privada a cargo de alguna de mis fantasías sexuales más queridas –¡ah, benditas ellas que se posan en mi cerebro como vagarosas mariposas dispuestas a ofrecerme el néctar de sus flores– que corrientemente dejan mi cuerpo en una dulce laxitud de quedarme en la cama hasta el mediodía, pero esta mañana, además de este bonito juego matinal mis ganas de jugar continuaron en otro sentido y nada más terminar esta fiesta tuve la inspiración de probar otra manera de comenzar el día.

¿Cómo seguiré jugando esta mañana?, me preguntaba después. Tenía que solucionar antes unos problemas de la instalación eléctrica de casa que me llevarían un par de horas, pero ¿y después? Cierto que uno no puede estar continuamente tocando el cielo con la punta de los dedos porque los brazos en alto a la larga terminarían por acalambrarse, pero esta mañana había descubierto un filón con eso de hacer lo contrario que la comodidad de mi cuerpo pedía y tenía que seguir explorando la cosa. Y ya que no puedo subir ochomiles en esta época, ni en ninguna otra, que ya me tengo que conformar con las montañas de vacas y senderos que no provoquen en exceso mi vértigo, pensé en situaciones menos comprometidas e imaginé ser cabrero en invierno al modo en como lo ejercía mi hijo Mario algunos inviernos atrás cuando asumido del espíritu de la trashumancia de los tiempos de María Castaña, decidió pasar parte del invierno pastoreando su rebaño en las montañas de Somosierra. Por entonces, armado de un par de mantas y poco más, recorría los valles al sur del macizo del Pico del Lobo-Cebollera buscando el abrigo de algún cobijo natural o viejas chozas de pastoreo que encontraba por el camino.

Su vida era simple como la de un pastor del Neanderthal que soportara el viento y el frío arrebujado en sus pieles a la boca de alguna cueva. A la tarde, si el techado que había encontrado lo permitía, recogía leña por los alrededores y en un rincón encendía un fuego que amén de calor que daba esparcía por los alrededores el profundo olor de las jaras. Allá, frente al fuego, mientras Cancho, el grandote mastín que defendía al rebaño de los lobos, dormitaba tendido a su lado como viejo servidor al servicio de su dueño, el pastor, recogido en su primigenio mundo donde sólo parecían existir el cielo, los desérticos montes y el huraño viento del invierno que entraba por los resquicios de los muros de una choza donde el aire emitía guturales sonidos a intervalos, pensaba en un mundo hecho de las cosas elementales de la naturaleza. Alguna noche, cuando la ventisca silbaba fuera del cobijo, entre las ráfagas del viento, procedente de la choza, se podía oír la voz del pastor que entonaba viejas canciones de la tierra.

Un día de invierno en que al pastor se le había acabado el tabaco y el sustento en mitad del monte, su padre, yo mismo, me decidí a visitarle en mitad del monte. Salido del confortable calor de mi casa y encontrarme de repente en el “hogar” del cabrero, un chamizo en forma de U en cuyo rincón ardía un fuego de jaras junto al que Mario se había hecho un lecho formado por ramas y paja, fue como pasar de la era digital a los tiempos del Neolítico. Al pastor, mientras se fumaba los restos de un pucho que sostenía entre sus labios, yo le miraba con curiosidad y la verdad es que encontraba que tenía un aspecto saludable, un poco angulosos los pómulos y sin carnes las mejillas, pero su mirada respiraba una paz muy especial. Me explicaba, con un rictus de vivacidad en sus ojos, que había estado pensando que tenía que endurecerse y habituarse al frío. Y yo que hoy que rememoro aquella escena me acuerdo también de esos hombres del Himalaya sobre los que leo últimamente o incluso de mis lejanas experiencias en invierno en Gredos, el tiempo aquel en que el entrenamiento también consistía en habituar las manos y el cuerpo a las bajas temperaturas, y me entran ganas de probar y hacer alguna experiencia más con mi cuerpo.

Mi memoria evoca también un invierno que pasé en la choza de Mario trabajando en enfoscar sus paredes con paja, barro y excrementos de caballo. Construíamos una gran chimenea y un horno y a primera hora de la mañana con un frío que pelaba me subía al tejado y, con la argamasa que había fabricado mezclando íntimamente la paja y el barro con las manos, iba extendiéndola por el muro. Recuerdo el suave contacto con el barro, el primer sol de la mañana rasando sobre la sierra de la Cabrera, unos cabritos como criajos pequeños divirtiéndose saltando junto a la huerta, al fondo el llano de Madrid, otro mundo, despabilando con el primer sol, la nieve pintada de rosa sobre la cima del Mondalindo y la Najarra.

No puedo agenciarme un rebaño y largarme al monte este invierno, pero casi me quedo con las ganas.  Esto escribe Juanjo San Sebastián en su libro Cita con la cumbre: “Todas las cosas que nos hacen disfrutar en plenitud, pueden hacernos sufrir enormemente, no podemos pretender disfrutar sin estar dispuestos a sufrir proporcionalmente”. Y concluye el párrafo de esta manera tan clarividente: “Así es el amor, la pasión, por las montañas o por lo que sea, así es la vida”. Si en la vida de un pastor en invierno o en la de un alpinista somos capaces de encontrar momentos de plenitud ¿por qué coño no sobreponerme a un “exceso de comodidad” con actos que  sé que me van a hacer sentirme mejor, más cercano a la plenitud? Ni siquiera habría que llegar a ese extremo de sufrir proporcionalmente como afirma Juanjo San Sebastián. No, no voy a meterme a cabrero ni voy a desconectar la calefacción de mi casa este invierno, pero de momento las duchas de agua fría de por la mañana ya me están indicando el camino para esta temporada de otoño.






martes, 9 de octubre de 2018

¿La aventura de los ochomiles convertida en absurdo juego de competición?




Me da alas un impulso irresistible, que me exhorta a emprender algo más alto y más difícil cada vez, a dar el máximo de mí. (Hermann Buhl)


El Chorrillo, 9 de octubre de 2018

O de cómo reducir la montaña a una absurda disputa de diecinueve metros de altura.

La vergonzosa versión que hace El País hoy sobre la actividad de algunos montañeros que dedican parte de su vida a escalar las cumbres más altas del Himalaya (ver aquí) y que ha sido provocada y aventada por Darío Rodríguez, editor de Desnivel, y el alpinista español Xavi Metal y a cuya música se ha unido sin rubor Edurne Pasaban para decir, sin nombrar a nadie, pero en el contexto de la noticia de una mujer china que ha alcanzado los catorce ocho miles, que hay muchos alpinistas que suben a esas cumbres de manera muy poco conveniente sembrando todo de cuerdas fijas y acarreando bombonas de oxígeno comprimido, hace pensar que hay que poner en tela de juicio la buena voluntad de estas personas que, armadas de una inesperada animadversión, entre una cerveza y otra se dedican a desprestigiar implícitamente, o no tan implícitamente, a una mujer que ha dedicado los últimos seis años de su vida a ascender las cimas más altas del planeta.

La ridícula interpelación de Darío tuitteando el “acontecimiento” con un “NO ha ascendido los catorce ocho miles porque Luo Jing la última ascensión la hizo al Shisha Pangma Central (8008 m.) en lugar de la otra cumbre mayor (8027 m.)” y la intervención de Xavi Metal dando enfático testimonio de este hecho, lo que demuestra es que estamos en un clima de infantilismo informativo que en absoluto tiene que ver con los valores que sustentan las actividades de riesgo en la montaña; la fuerza de voluntad, la grandeza moral, esfuerzo, la resistencia al sufrimiento, la superación de dificultades de gran magnitud, también el amor a la montaña, quedan para estas personas banalizadas y reducidas a un juego de patio de recreo en donde desde el palco de los notables algunos espectadores se dedican a minusvalorar a los jugadores que corren tras el balón. Las antipatías personales o el simple hecho de querer erigirse en árbitro de actos ajenos dedicándose a poner los puntos sobre las haches ;-) a algunos les hace perder el norte. Sería digno de saberse si el editor habría puesto tanto énfasis en ese NO en su tuit si en lugar de ser Luo Jing la que ha alcanzado la cumbre central del Shisha Pangma (8008 m.) en vez de la cercana Shisha Pangma, diecinueve metros más alta, hubiera sido, pongamos por caso, Carlos Soria en una hipotética culminación de los catorce ocho miles.

Y el discurso de Pasaban no tiene desperdicio. Yo viví un época muy bonita, dice ella, no como ahora (un escenario donde ella parece situar a Luo Jing) “que toda la montaña queda cosida a cuerdas fijas, un cordón umbilical al que se atan todos los candidatos”. A Pasaban sólo le ha faltado decir que probablemente Luo Jing se había hecho todas sus catorce cumbres a la silla de la reina en los brazos de los sherpas)… no como yo, que puestos, vaya usted a saber. Edurne no tiene ni idea de quien es Luo Jing, pero sin tener ni idea imagina “que habrá usado oxigeno artificial de forma masiva, helicópteros para enlazar campos base y que dispondrá de un enorme apoyo económico para moverse a ese ritmo…”. Como se ve la capacidad de Pasaban para los juegos de adivinanzas rozan lo dantesco. No tiene ni idea pero imagina…

Y si nos vamos al palabreo del articulista de El País ya ni te cuento; para la lucidez del periodista, Óscar Gogorza, lo esencial de Reinhold Messner es que ganó una pasta gansa con eso de los ochomiles. Para este individuo Messner “sabía que la empresa de conseguir ascender todos los ochomiles le concedería fama eterna e ingresos millonarios”. Después de esto viene lo del cronómetro y el marica el último. Lo de Luo Jing, ¿récord o anécdota?, se pregunta el periodista; naturalmente, anécdota, dice, porque la cosa se afirma en la revista Desnivel, Dios en persona, y porque allí estaba en carne y hueso Xavi Metal espiando los movimientos de la china para que él pudiera dar testimonio al mundo de la verdad y sólo de la verdad a fin de que la cosa no pasara al libro Guiness de los Records. Oiga, ¿pero no le huele a usted esto un poco a podrido, como si alguien en la Décima Buitrera de la Pedriza estuviera espiando a Pepito Mangasverdes para ver si éste había o no coronado la cumbre del Pájaro o la Pared Santillana? ¿Alpinistas metidos a notarios, a chivato de la clase dispuesto a delatar a su compañero de pupitre?

Yo tampoco tenía ni idea hasta hace un par de días de quien era Luo Jing, pero es obvio que los diecinueve metros de diferencia de altura entre una cumbre y otra, situadas ambas a pocos metros de distancia, teniendo detrás las otras trece cumbres más altas del mundo, no da para este montaje que se han hecho en El País y en Desnivel, y que para mí lo único que hace es desprestigiar a los medios que divulgan esta clase de peripecias mentales. Es penosa la banalización que hacen de una actividad tan noble como el alpinismo.

Me pregunto qué nos están vendiendo estas personas que con tanto entusiasmo se dedican a minimizar las aventuras ajenas. ¿No tuvieron tiempo de averiguar algo más de esta alpinista, que no fueran esos diecinueve metros que según ellos convierten en falso récord las ascensiones? ¡Hombre, sí, tiempo para contarnos algo agradable, humano, significativo de la actividad alpinística de Luo Jin! No, no tuvieron tiempo para eso, sólo les quedó tiempo para el menos-precio y la descalificación. No estaría mal que ahora que ya nos han dado su versión sobre la importancia de esos diecinueve metros se informaran algo sobre esta mujer y nos lo contaran. Su información siempre será mucho más valiosa que sus opiniones, que en casos como éste parecen sólo destinadas a captar audiencia.

 “Lo importante no es llegar más rápido o a la cima más alta”, se dice en el vídeo introductorio de la “noticia”, algo que parece ignorar quien elabora el artículo. Obras son amores… Las palabras de Hermann Buhl que encabezan estas líneas quizás pongan de nuevo las cosas en su sitio. Sería lamentable que redujéramos nuestra actividad en montaña a esa línea de conducta que parece apuntar en el texto del periódico.


  

jueves, 4 de octubre de 2018

Casarotto, “Una vida entre las montañas”.





 El Chorrillo, 4 de octubre de 2018

Anoche terminé la lectura de Una vita tra le montagne, de Goretta y Renato Casarotto. No recuerdo de muchas décadas un libro que me haya dejado más impresionado, casi al borde de las lágrimas. Una pareja de italianos, él, alpinista, ella una joven de una pequeña localidad al norte de Italia sin más connotaciones especiales que la identifiquen. Se conocen, se casan y de inmediato ella le acompaña a una expedición en los Andes. Meses más tarde vuelven, esta vez solos, a las montañas de Huarás. Ella queda sola a los pocos días de casada acampada junto al lago Llanganuco bajo la cara norte del Huscarán durante dos semanas mientras su marido escala la pared en solitario.

Empecé a leer este libro empujado por la fuerte curiosidad de la personalidad de Casarotto. Un hombre cuya pasión por las grandes escaladas en solitario en las paredes más difíciles del mundo,  la mayoría de ellas primeras ascensiones hechas en invierno, por fuerza tenía que ejercer un atractivo personal enorme. Conocer de su actividad y sobre todo de sus pensamientos, sus reflexiones y su filosofía de la vida se me impuso con tal fuerza que esperé con impaciencia a que el libro me llegara de Italia. Mi pobre experiencia de atravesar en medio del viento y la nieve un desértico collado entre dos glaciares en Islandia días atrás, que me había producido una euforia que linda con esos estados de gracia que uno a veces experimenta en la soledad de la montaña, impacto estético y emocional que me hacía exclamar en alta voz en aquel desierto de hielo palabras de gozo, me había hecho desear todavía con más ganas la lectura de este libro que empecé a leer al día siguiente de aterrizar en Madrid.

La tarde, tras nuestra hora de la merienda, hoy té con pastas bajo las ramas de los árboles (hace ese delicioso tiempo que a veces nos regala el mes de octubre), está quedando ahí como suspensa en la incertidumbre de buscar algo que hacer o acaso dejarla pasar mientras escucho distraído la ligera brisa que anda entre la pelambrera de los árboles rumoreando con su suave música como viento en los tubos de un órgano. Terminé ayer con el libro pero todavía estoy bajo el impás de su final, sensación apacible y de contemplación que sería un pecado interrumpir con la lectura de un nuevo libro, porque siento la necesidad de seguir bebiéndome a poquitos las impresiones encontradas que éste ha dejado vibrando en mí como rumor de alas en el desasosiego de los acontecimientos de los días últimos en el K2.

El libro es un continuado desfile de los “despropósitos” de un hombre empeñado por entero en la búsqueda de algo que ni él mismo puede identificar pero a lo que está convencido que se llega a través de una lucha consigo mismo por alcanzar los propios límites en una lucha demencial por afrontar las montañas más difíciles en las condiciones más adversas, en invierno. “Querría probar una vez más, dice Casarotto a su mujer una tarde tras descender de un segundo intento a la Magic Line, que le ha dejado a pocos metros de la cumbre. Hay algo que me empuja a este último esfuerzo. Y tú sabes qué es. Después de tantas escaladas, especialmente aquella última en el McKinley, ciertas respuestas que espero obtener no he sido todavía capaz de encontrarlas. Creo que allá en lo alto, muy en lo alto sobre el K2, esté la clave de mi búsqueda”.

Renato de muy temprano centra su actividad en escalar en solitario y en invierno las paredes más empeñativas de las Dolomitas. Ya desde entonces ascender las paredes de la Civetta, el Pelmo o la cara norte Piccolo Mangart di Coritenza con dificultades hasta el VII, una pared a la postre cubierta totalmente de hielo que se encuentra entre las más difíciles del entero arco alpino, constituyen una objetivo esencial antes de saltar a la cordillera andina. Después será la apertura del espectacular espolón Goreta, también en solitario, al Fitz Roy.

Capítulo tras capítulo la búsqueda de metas cada vez más difíciles le llevan al final de un invierno a otro espolón todavía no escalado y que conduce a la cumbre del McKinley. Una pequeña avioneta deja a la pareja en la inmensa soledad de un glaciar que besa los pies de la gran montaña de P. N. de Denali, en el centro y Alaska. El teatro de su actividad es un inconmensurable desierto de hielo. Tienen que buscar protección contra el viento y las bajas temperaturas cavando una cueva en el hielo. Renato debe recorrer más de veinte kilómetros sobre el glaciar para llegar a la base de la arista. Después pasarán dos semanas absorbido en superar dificultades sin cuento a una temperatura de cuarenta bajo cero, incluida una larga caída que es frenada por su sistema de autoaseguración. “Me detengo y reflexiono. Inmerso en la niebla, tras aquel cabalgamiento de cornisas, todo es solo silencio. Un silencio que me perfora los tímpanos similar a un zumbido angustioso que anula las otras percepciones. Da miedo escuchar el silencio. Si no reaccionas, si no te defiendes psicólogicamente esforzándote en situarte en posiciones mentales positivas, el silencio anula tus percepciones”. Las dificultades, el silencio y la soledad llegan a crearle un estado mental supranatural. La sensación al unísono de vida y muerte lo acompañan en ocasiones. Y ya cercano a la cumbre, “como otras veces en la proximidad de la cima, se desencadenan los elementos y me encuentro resistiendo, luchando contra ellos, el termómetro baja los 45ºC bajo cero, y el fortísimo viento reduplica el mordisco del frío”.

El libro se cierra con este título: El último gran sueño. Será el broche final a una vida. Goretta, como tantas otras veces, vivirá la paciente espera de días eternos los sucesivos intentos de su marido por superar la Magic Line y abrir una variante directa en el tramo final hacia la cumbre. Renato retorna al campo base después de su segundo intento. Allí, sumido de nuevo en un mundo particular de introspección se sincera con Goretta: “Siento en mi corazón una serenidad nunca alcanzada anteriormente. ¿Sabes, Gori, si llego a la cumbre dedicaré la vida a Dios. Una cosa tan bella, llevada a cabo con tantos sacrificios y tribulaciones, no puede ser dedicada más que a Él”. En aquellos largos días en espera de buen tiempo una tarde Renato le dice a Goretta: “Gori… hagamos un hijo”. Pero Goretta rehúsa aquella inesperada petición. La montaña, explica ella, ocupaba todavía un puesto demasiado importante en nuestra vida y no había espacio todavía para la responsabilidad de un hijo. Llegan unos días de buen tiempo y Casarotto inicia su último intento. El radioteléfono les unirá hasta el último momento.

Mientras Renato trata de llegar a la cumbre un puñado de alpinistas muere en las distintas vías del K2. Dos americanos, John Smolish y Alan Pennington, que seguían más abajo los pasos de Renato en la misma vía mueren bajo una avalancha. El cuerpo de Alan es recuperado, John no fue encontrado. Mas tarde regresando de la cumbre desaparece Liliana, que había hecho cumbre con Wanda, la escaladora polaca, y también su compañero Maurice Barrard. No se supo más nada de ellos. En aquellos días llegan a la cumbre también Mari Ábrego y Josema Casimiro; tienen dificultades en el descenso pero salen ilesos aunque Mari tiene alguna congelación en los dedos de la mano. Kukuczka y Piotrowski han abierto una nueva vía en la pared del K2 pero en el descenso Piotrowski pierde la vida. En su diario Goretta escribe estas palabras: “Me parecía estar en la primera línea de un frente de guerra en la que los soldados caían muertos uno tras otro. El problema era que en primera línea estaba también Renato”. En el campo base hay un sentimiento de desolación y conmoción.

Kurt Diemberger, acampado cerca con Julie Tullis, una tarde llega excitado a la tienda de Goretta y le pregunta a ésta si ha hablado por radioteléfono con Renato. Ésta contesta que habló con él por la mañana pero que ahora todavía no es el momento acordado. Diemberger le urge a poner en funcionamiento el radioteléfono porque ha visto hace un rato lejos en el glaciar pero cerca del campo base a una persona y ahora no es capaz de localizarla. Conectan el teléfono y de inmediato oyen la voz de Renato que dice:

“Gori, me estoy muriendo?
“¿Dónde estás?
“En una grieta muy profunda”
“¿Qué te has hecho?
“Estoy roto por todos los lados. No resistiré mucho tiempo.”

Renato es rescatado y sacado de la grieta pero no vivirá muchas horas. Un puente de nieve por el que habían transitado todas las expediciones con toda tranquilidad durante un mes, cedió y dio a término con su vida. Sería sepultado en la grieta por voluntad de Goreta, su mujer.

Retomo estas notas después de asistir, vía Filmin, a la opera de Offenbach, Los cuentos de Hoffmann, que ha logrado sacarme por un par de horas de ese punto muerto en que me había sumido la lectura del libro de Goretta y Casarotto y que a última hora leía como se lee una historia de amor abocada a terminar en tragedia. “A uno le hace grande el amor”, cantaba el coro de la ópera en su último tramo, cuando Hoffmann desolado canta a Stella, el amor a la mujer representado en Olimpia, Julieta y Antonia. Goretta, su amor, sus largas y angustiadas esperas del marido bajo las grandes paredes del Himalaya o de América, su apoyo, su amor silencioso, me turbaba. Sentí deseos de darle las gracias por su libro y por los momentos de tensión y emoción que su relato me había proporcionado.

***

Y sin embargo abro casualmente el Twitter a última hora y me encuentro que hay gente que estas cosas de las montañas las reduce a un simple juego de competición. La futilidad está ahí acechando en una sociedad para la que todo parece reducirse a ver quién mea más lejos. Para mostrarlo ahí está el último twit de Darío Rodríguez, editor de Desnivel, haciendo de notario con un NO en mayúscula en la certificación de quién ha hecho todos los ochomiles o no. Este es su twit: “La alpinista china Luo Jing NO alcanzó cima principal #ShishaPangma, por tanto no ha completado Catorce ochomiles. Otras expediciones que compartieron ruta con la alpinista china el 29 de septiembre confirman hizo cima en Shisha Pangma Central (8.008 m)”. Apena que en los asuntos de montaña, donde tantas cosas nobles, tantos sufrimientos y luchas entre la vida y la muerte se dan cita, tanto amor, añadiría, se llegue a banalizar desde el púlpito de Desnivel. Frente a ese NO, a uno le entran ganas de decirle a ese señor que a boca cerrada no entran moscas.

Algo fuera de tono este último párrafo para el final de este post, lo sé, pero es lo que siento tras un agitado día monopolizado por la magnitud de la personalidad de Renato Casarotto y que a última hora se vio enturbiado por un twit que viene a decirme por dónde andan los tiros de algunos de los principales mentores, editorialmente hablando, de la montaña.











martes, 2 de octubre de 2018

Una hermosa arista de hielo



Casarotto remolca el material de escalada y víveres bajo la cresta sureste del McKinley


“The wonderful things in life is the things you do, 
not the things you have” (Reinhold Messner) 


El Chorrillo, 2 de octubre de 2018

Hoy salí de casa antes del amanecer camino de un promontorio donde saludar al sol. Los campos no tardaron en surgir de la noche y llenarse poco a poco de la cálida lechada de la mañana. Los rastrojales, más allá de la hondonada del pequeño valle desperezando entre los almendros y los olmos, se fueron vistiendo poco a poco saliendo de la tenue oscuridad hasta formar extensas manchas de amarillo claro distribuidas aquí y allá como un disforme tablero de ajedrez en donde los escaques negros correspondían a la tierra recién labrada y los blancos a los restos de paja abandonados sobre los surcos del campo.

Después de saludar al sol, esos armoniosos movimientos que desentumecen los músculos y dan elasticidad al cuerpo, los ojos cerrados, el resplandor en los párpados, el aire penetrando en los pulmones como un chorro de luz que fuera acariciando el rocío de la mañana en mi adormecido interior, me senté frente a él, crucé las piernas y estuve un largo rato escuchando el flujo de mi respiración que entraba despacio hasta mis pulmones, que bajaba por el esófago hasta mi estómago, que quedaba allí retenido por unos instantes saludando a mis vísceras, dándoles los buenos días y que tras esa pausa volvía a subir muy despacio hacia mi tráquea y poco más allá hacia la luz. Seguía el movimiento del oxígeno que alimenta mis células con la atención de quien mira a cámara lenta el funcionamiento de un motor de explosión, la pequeña chispa en las bujías, las bielas arriba y abajo, la expulsión de los gases, todo ese anónimo trabajo que hace nuestro cuerpo. El corazón a su vez, bomba aspirante impelente, toc, toc, toc. Mi pensamiento y mi atención, gracias a una compleja evolución e intercolaboración de estos pequeños mecanismos, mirándose a sí mismos, contemplando el mecanismo entero, eso que llamamos nuestro yo, huesos, músculos, cerebro, sentidos, conciencia, voluntad de vivir.

Y algunas breves escenas, que aparecen en el anverso de mis párpados como si estos fueran una pantalla de cine en donde se reflejaran las imágenes que traen mis pensamientos, atraviesan mi mente, una ascensión de un alpinista italiano que recorre en invierno una cresta, larga arista de cinco kilómetros, que lleva a la cumbre del McKinley. Cuarenta y cinco grados bajo cero con fortísimo viento que incrementa todavía más si se puede el frío, dificultades de escala extrema, una caída, dos semanas en estas condiciones hasta llegar a la cumbre.

El sol bañaba mi rostro pero hacía frío, era sin embargo placentero escuchar los ritmos de la naturaleza dentro del pecho mientras asistía al espectáculo de Renato Casarotto arañando sus límites cada vez más allá, más lejos, su voluntad y su entero cuerpo abatiendo no molinos de viento sino gigantes y monstruos perfectamente reales, el miedo, la Mermelada, que diría Kurtyka, despachadas a golpe de piolet de tracción sobre una pared de hielo que ronda los noventa grados.

¿Quién será ese tal Renato? A ese no le conozco, decía un comentarista en uno de mis post últimos en el que Renato aparecía franqueado por Mari Ábrego y Chema Casimiro después de que estos bajaran de la cumbre del K2. Sólo tengo un conocimiento aproximado de la historia del alpinismo pero si tuviera que hacer una lista con lo que conozco no dudaría en colocar a este hombre en la cabecera del alpinismo mundial.

Bueno, de hecho, si esta mañana estaba ahí meditando en posición loto en mitad del campo mientras el sol se alzaba sobre el horizonte en una fría mañana de octubre, era porque una de sus ascensiones había logrado echar por tierra mi pereza de estas últimas semanas; vamos, su lectura me había dado una patada en el culo y me había puesto de nuevo en disposición de andar un poco más erguido que los días anteriores. Me sentía estremecido por su relato. Alguna breve anotación de su diario me hacían pensar que en esa ascensión Renato había traspasado la línea de lo humanamente posible y cuando quiso expresar algo de aquello se encontró como quien regresa a su casa después de haber permanecido largo tiempo en un lejano planeta interestelar y es incapaz de dar cuenta de aquel otro mundo. “Me es tremendamente difícil rehabituarme a medir el tiempo y dejarme invadir por los deseos de todos los días, por las sensaciones más elementales. Me es muy difícil hablar y contar lo que pasó allí. Es siempre duro llegar tan cerca de la esencia de la vida, y más tarde retornar y sentirte prisionero en la estrechez del lenguaje, totalmente inadecuado para traducir en símbolos los conceptos y la totalidad de la experiencia vivida”.

Había algo en el relato de la ascensión que había trascendido la satisfacción de la simple curiosidad de la lectura para traspasar la dura epidermis de una voluntad adormecida y hacerme comprender una vez más que esa voluntad de vivir que subyace en este tipo de alpinismo, y que aunque de otra manera está también presente cuando el esfuerzo y el íntimo contacto con la naturaleza se congracian en la prístina soledad de las montañas, era algo que debería requerir una prolongada atención por mi parte si quería mantener ese mínimo de tensión que necesita el ser humano para sentirse felizmente vivo.

La lectura de estos relatos refresca el espíritu. No es que nos ponga en disposición de pretender escalar el K2 en el próximo invierno ;-), es que nos señalan constantemente dónde está la vida y, descubrir o reafirmarse en que la vida no está en la comodidad y en vivir repantigado en el confort de una casa, nos acerca, a unos más y a otros menos, a eso que Casarotto llama la esencia de la vida, que sin saber muy bien en qué consiste, todos los que hemos frecuentado la montaña desde nuestra temprana juventud experimentamos en las contadas experiencias de plenitud que hemos tenido escalando o vagando por Pirineos, los Alpes o algunas de las otras montañas del mundo.

Transcurrida media hora, abrí los ojos, me incorporé entre los rastrojos y busqué el camino de mi casa. La luz había iluminado plenamente el campo, vestido ya a esta hora de los delicados amarillos y ocres que anuncian los tiempos del otoño. Me sentía bien, la lectura y mi rato de meditación me habían predispuesto para un biencomenzar una nueva jornada más.