viernes, 22 de enero de 2021

La degradación de la escuela

 

Mis alumnos en la antigua unitaria de Gedrez (Asturias) en traje de faena dispuestos a adecentar, pintar y hacer digna una escuela totalmente abandonada por la desidia de la Administración. Aquello por entonces lo llamábamos escuela activa. 


El Chorrillo, 23 de enero de 2021

 

Recibo esta mañana un guasap del amigo David de Esteban, maestro de vocación, que vuelve a levantar las heridas que siempre suscita en mí la degradación que sufre la escuela en nuestro país desde hace algunas décadas. El artículo lleva el título de Réquiem por los maestros  y hace un recorrido por esos dos caminos divergentes que son la escuela que podía hacerse hace años, que aunque no la practicaran todos los enseñantes permitía a muchos tener claro que las tareas de la escuela no debían circunscribirse a las cuatro paredes del aula, que la escuela debía enseñar a pensar, a saber leer con propiedad, a ser creativos, que la escuela debía fomentar el esfuerzo individual; y en el otro la tendencia de la escuela actual centrada en una alta burocratización por parte de la Administración a la que no parece interesar el desarrollo del pensamiento ni la creatividad ni el desarrollo de la autonomía de los alumnos, a lo que se suma una generación de padres, de papis y mamis bien comidos aquejados de un proteccionismo imperdonable y para los cuales sus hijos son una preciosa joya que tener metida dentro de una urna de cristal para que no se constipen o cojan frío. Niños que no pueden salir al patio a jugar con la nieve porque se enfrían, niños que si tienen problemas los culpables no son ni los padres ni sus hijos, sino los maestros que los atienden, que no comprenden suficientemente bien a sus hijitos del alma.

En nuestra familia cercana de doce hay tres maestros, esa palabra tan bonita, y frecuentemente, el tema salta en nuestras conversaciones. Estamos de acuerdo en muchas cosas pero también disentimos. Frecuentemente les comento cómo observo que poco a poco, tal un sauce inclinado por el fuerte viento, tantos profesionales de la enseñanza que eran netamente progresistas y críticos se van doblegando al Sistema al punto de asimilar una pedagogía que treinta, cuarenta años atrás era impensable porque entonces no vivíamos en una sociedad de mantequilla y era posible hacer una escuela acorde con las necesidades de autonomía y del saber de los niños. Cierto que el giro que está tomando la sociedad y la Administración no depende de los maestros, pero cuando observo que tengo que emplear mucha energía para hacer valer, por ejemplo, la pedagogía del esfuerzo, cuando observo que niños de Primaria están abocados a ser repetidores de esquemas, que apenas escriben y expresan sus ideas, un conducto que nosotros utilizábamos como herramienta de choque para enseñar a los alumnos a dar valor a su mundo a través de una correcta sintaxis; cuando observo esta resistencia a admitir la prioridad de estos valores educativos, entiendo que difícilmente la escuela va a levantar cabeza en el futuro. Una escuela a la que falta una educación en la responsabilidad, en el esfuerzo, la conciencia de que los niños ni son tan imbéciles ni tan blanditos como para que haya que tratarlos con algodones, está condenada a seguir dócilmente los mandatos del mercado social en que vivimos, que no parecen otros que ese que se sigue en otros mercados, la adulación al consumidor y el ceñirse a los valores en boga, y que condenan a la sociedad a vivir en un mundo donde unos pocos, los propietarios de la megafonía universal, van a seguir dirigiendo este enorme y obediente rebaño que constituimos los habitantes de este planeta. Claro que no todos, faltaría más, pero sí un buen número, el suficiente para que su influencia en la educación de las nuevas generaciones lleve a éstas tras los flautistas de siempre.

El Sistema poco a poco nos va engullendo. El Sistema, ese monstruo que intuimos a través de las portadas de los periódicos representado en las gilipolleces de algunos políticos, en los grandes detentadores del poder, en los hábitos de consumo, en una sociedad paternalista y poco dada al análisis de la realidad porque está subsumida por el eco de los medios, tiene una enorme capacidad para fagocitar todo lo que de bueno nace en su seno y en su lugar aplastarlo con disolutas basuras de partido o consumo.

A pocos interesa una sociedad justa en donde el objetivo esencial sea la educación y felicidad de la mayoría, porque eso sería una merma para el negocio o una disminución en el porcentaje de los votos. De ahí la traca en que vivimos: no enseñéis a pensar a vuestros alumnos que eso es peligroso para el Sistema; no les habituéis al esfuerzo, porque eso crea personas fuertes y autónomas, otra cualidad indefectiblemente peligrosa para el Sistema y todos aquellos que se nutren de él como sanguijuelas; no les enseñéis a asomarse a la Historia de una manera crítica, que entonces se enterarán de que los Borbones no fueron más que una panda de aprovechados e inútiles a lo largo de todas sus generaciones; no saquéis a vuestros alumnos a los bosques, al campo porque eso dispersa la concentración que deben tener en asimilar que Felipe II el albañil fue quien construyó El Escorial y Franco el que nos liberó del comunismo y del contubernio judeo masónico. Puaf…

Me cansé. Me voy a leer un rato, que sospecho que como me descuide este asunto va a hacer que la indignación me dispare la tensión una vez más.

 


El sueño del notario

 



El Chorrillo, 22 de enero de 2021

 

Esta tarde me dio un subidón tal la tensión que de solo mirar los resultados en el tensiómetro, cuando hice una lectura más ésta llegó a 197. Vamos que así de repente el vértigo que me dio casi descompuso el aparato. Una rato más tarde ya tenía una ambulancia chiflando rumbo a mi casa. No notaba nada en especial, me encontraba bien, le dije al médico de urgencias que me atendió al teléfono, que podría ir yo en mi propio coche al hospital. Que no, que no, que mandaba una ambulancia… Date, me dije, cuando colgué el teléfono, eso es que lo mismo me puede dar un yuyo de un momento a otro. Mientras Victoria preparaba unas cuantas cosas por si tenía que quedarme en el hospital, no podía faltar el instrumento de escribir y alguno de los libros que estoy leyendo, me fui serenando un poco y cuando el médico me volvió a llamar diez minutos más tarde la aguja del tensiómetro ya había descendido un poco. La primera vez que me presenté ante el cardiólogo ya me contó aquel cuento de que a la presión muy alta se le llamaba la muerte silenciosa. Te sube la tensión, no te enteras, no observas síntomas externos algunos y zas, ya la has palmado. Menuda gracia. Total, que como me hicieron esperar un buen rato después de tomarme de nuevo la tensión, anduve merodeando por las tripas del teléfono hasta darme de bruces con el último post de Gustavo Catalán que hablaba sobre un afamado notario que, dispuesto a recibir a los familiares de un fallecido para leerles los términos del testamento, se queda dormido en la espera. Acaso relacioné lo del testamento con ese endiablado subidón de tensión mío; no lo sé. En todo caso podría ser una disculpa más para entretenerme escribiendo mientras esperaba a ser llamado de nuevo. Así que él notario se quedó frito y,  dormido estaba, cuando un feliz sueño vino a visitarle. Los familiares que esperaba habían escuchado los términos del testamento y todos felices y contentos se comportaban ejemplarmente cediéndose unos a otros los derechos hereditarios con un derroche tal de cortesía y desapego, de generosidad hacia los otros, de hacer pensar que todo aquello era un repentino regalo del cielo. Sí, se había quedado como un tronco y de lo profundo de ese trozo de bondad que todo el mundo esconde en el fondo de su persona, el señor Freud, convertido al modo de Sócrates en partero de almas, había elaborado en su cerebro durante su corta siesta un generoso y bonito cuento.

Hablaba días atrás de ese otro sueño que consiste en pensarse morirse celebrando la vida, un hecho que yo a veces he visto por ahí y que me llena de cierta irreprimible esperanza porque puede ser, si tienes la gracia de estar en la plenitud de tus facultades mentales, un broche de oro con que cerrar el cuento de la vida.

Escribí más de una vez sobre ese instante, incluso llegué a forzar unos pocos y ligeros versos en una ocasión. Recuerdo perfectamente aquel momento. Me encontraba balanceándome en la hamaca de un barco que hacía el servicio entre Manaus e Iquitos en el Amazonas. Era el quinto o sexto día y habíamos dejado atrás un pequeña población cuyos vecinos habían salido todos a recibir al barco. Eran gente pobre que probablemente tenían poco más que lo puesto, pero, amigo, cómo bailaban allá abajo celebrando la llegada de los vecinos que desembarcaban, o simplemente dando suelta a ese instinto ancestral con el que tantos hombres, niños y mujeres de raza negra bailan a cada oportunidad que se les presenta. La alegría y la pobreza se juntaban allí como esas dos figuras de Khalil Gibram, la tristeza y la alegría, que paseaban al otro lado del río y en donde era difícil distinguir una de la otra. Días atrás, en los tiempos en que era adicto a las redes sociales (mentira me parece haber recobrado mi autonomía), algún amigo relacionaba la felicidad con la alegría, buscándole los perfiles a ambas. Entonces recordé una idea que había rescatado no sé dónde tiempo atrás y que definía perfectamente cuando un acto humano es genuino y cuando no. Este era mi comentario: Si tienes dudas sobre si algo que has hecho es excelente o no, indaga si has sentido profunda alegría en ti o no. Si has sentido alegría en lo que has hecho, el acto es genuino, si no, pon en el platillo de la duda tus actos. No parece que la alegría se deje engañar por actos espurios.

Yo no sé bien de qué coño va esto de que en determinados ambientes donde las necesidades más elementales apenas son cubiertas, puedan encontrarse tantos y tantos reductos de alegría. Lo he vivido en campamentos de gitanos donde trabajé en alguna campaña de alfabetización y en muchos pueblos dispersos de África y es un asunto queda siempre me deja intrigado. El sueño del notario de Gustavo no sé si tiene algún carácter freudiano. El cuento termina unos minutos antes de que los familiares pongan el pie en la notaría, ese instante en que al notario se le pasa por la cabeza la posibilidad de contarles el sueño a los familiares a los que ya antes había imaginado, como en  otras tantas ocasiones,  disputándose la herencia a cuchillazo limpio. El sentido de la realidad del notario termina poniéndole en su sitio y renunciando, por tanto, a contar su sueño a los herederos.

El caso fue que cuando el barco zarpó, un momento en que el río se vestía con el oro líquido del crepúsculo sobre sus aguas, tumbado sobre la hamaca me sumí en una suerte de ensueño en donde lo único que me cupo rescatar de la historia de la vida era la necesidad de cuidar con mucho mimo esa frescura de una alegría no empañada por los feos deseos, que de cumplirse, bien pueden ayudar a algunos a vestir mejor su cuerpo o aumentar en ciertos ceros los números del saldo de su cuenta corriente, pero nada más. Eso, etcétera etcétera. Así que en aquel momento, mientras las últimas luces se desleían en el cacillo oscuro de la noche, escribí unos versos que eran una mezcla de testamento e himno a la alegría y que invitaban a mis hijos a seguir celebrando la vida en vez de ir a perder el tiempo en el despacho de un notario.

Tan abstraído estaba con estas líneas que no oí que me llamaban por la megafonía del hospital. Tuvieron que salir a buscarme a la sala de espera. Mientras tanto la tensión había bajado a 160, así que me podría marchar a casa. Un informe con una dieta adecuada a las circunstancias, un medicamento para bajarme la presión arterial si esta tenía el capricho de ponerse peleona y una cita para los próximos días con el cardiólogo. Cuando llegué a casa mi tensión era del todo normal. Repasé la historia de lo que había hecho previo al subidón pero no encontré nada, no me había enamorado, no me había tocado la lotería, mi adrenalina tampoco había asomado las orejas… en fin. Me voy a la cama. No tengo nada ni nadie de quien heredar así que espero tener un tranquilo sueño.

 

 

 


jueves, 21 de enero de 2021

Leer en tiempos de pandemia

 

Nuestro gato Negrito leyendo a José Àngel Valente


El Chorrillo, 21 de enero de 2021

 

¿Cuánto tiempo haría, se preguntaba en un descanso con el libro de Mulisch sobre la rodilla y la mirada perdida entre las llamas de la chimenea, que no pasaba tantas horas seguidas metido en las páginas de una novela? Todos los libros que andaban correteando a su alrededor, filosofía, poesía, montaña, un nuevo volumen de Juanjo San Sebastián, habían pasado a mejor vida ante la fuerza persuasora de la narrativa de Mulisch. Buena señal, se decía, para estos tiempos difíciles en que el Covid sigue avanzando como esa resistible ascensión que narrara Bertolt Brecht, pero que no termina de ser dominada. Esa vuelta al tiempo sin tiempo en que el día transcurría como en la infancia viviendo entre los piratas y sandokanes de los Mares del Sur devorando uno tras otro los volúmenes de la cercana biblioteca del barrio, retornaba ahora como un regalo a este confinamiento que amenazaba ya a las puertas de su casa (en el municipio la cuota de incidencia del Covid andaba ya por los 1100). Creyó desde muchos años atrás que vivir atrapado entre las páginas de un libro sería ya imposible, al menos de ese modo en que él recordaba habían sido los años de su niñez.

Por un momento pensé en si lo que realmente le atraía, más que la lectura en sí, no serían los ecos de aquel pasado, no las aventuras, ni el que Ada y Max volvieran a encontrarse,  sino esa sensación de estar recuperando en el acto de leer algunos de los preciosos momentos de la infancia. Pero pronto me desengañé, aquello no tenía nada que ver con la nostalgia de otros tiempos; le vi tensar el rostro y tomar un lápiz de la mesilla próxima para subrayar algo. Era la estremecedora realidad la que de nuevo resurgía ante sus ojos. Max estaba en los dominios de Auschwitz, nada que ver con recuerdos de la infancia la atención con que se había sumergido en la lectura; Max se encontraba en ese momento ante el paredón de fusilamiento y en él se suscitaron a su vez aquellos recuerdos de su visita al campo de exterminio y con ello la humedad de sus ojos vidriando la visión cuando después de todos los horrores que habían dejado atrás terminaron en la sala que hacía historia de la resistencia, retratos de hombres y mujeres en sus trajes rallados de prisioneros que habían luchado para llevar al mundo exterior lo que estaba sucediendo en Auschwitz.

Leer es recorrer la vida de los hombres y en ese instante los palpitantes ecos de la historia traían a la memoria el deletéreo surgimiento del fascismo y con él la mayor infamia que haya podido sufrir la humanidad a lo largo de todos los tiempos. Qué imprescindible es leer, pensaba, reavivar la memoria, volver a sufrir aquella infamia, reactivar nuestros sentimientos adormecidos, hacer un hueco dentro de nosotros a la solidaridad y a la comprensión de esta terrible y a la vez magnífica raza de sapiens que ocupan un planeta perdido en la inmensidad de la Vía Láctea. Vidas enteras durante miles de años ocupadas en masacrar, expoliar, amar, sufrir, gozar, vidas que años más tarde serán pasto de los gusanos, pero que aún así no por eso dejarán a un lado los horrores y la ambición sin freno.

No obstante el capítulo quedó atrás como se deja un valle a la espalda cuando atraviesas un collado. Te das la vuelta, te despides de él y vuelves hacia la otra parte de la vida más amable. Max deja Polonia y vuela de nuevo a Ámsterdam, donde mientras tanto ha habido un repentino cambio de escenario. A Max, amante y amigo de Ada, según se acerca se le ofrece un plano en picado desde los aires en el que puede observar cómo entre Ada y Onno, su amigo del alma, ha surgido algo hermoso. Y él, que durante la lectura de la últimas páginas había visto en esta pareja de holandeses el reflejo de la entrañable amistad de Montaigne con De la Boétie y que había asumido en la lectura de aquel ensayo titulado Sobre la amistad, un tan alto concepto de ella, pensaba que el autor se estaba equivocando. No es posible que un amigo del alma pueda robarle en unos días a su amiga, a su incipiente novia. De hecho la lectura se convierte en una polémica entre el lector y el autor. ¿Puede, se preguntaba mi protagonista, absorto ahora en el bamboleo de las ramas de los árboles violentamente agitadas por el viento frente a su ventana, el autor crear una amistad tan atractiva durante más de un centenar de páginas para a continuación echar todo por la borda durante una corta ausencia de Max? A Shakespeare le permitimos la maldad de un Yago o la credulidad de un Otelo porque encender las pasiones para más tarde hacer morir a sus personajes, es propio de esas grandes tragedias cuya historia propicia una catarsis en el espectador capaz de producir una oleada de sentimientos encontrados, pero su novela no tiene pinta de querer explorar esas desbordadas pasiones que terminaban con un puñal en el pecho del ladrón de corazones tras los bastidores. Max y Onno son dos hombres poseedores de una sofisticada cultura que probablemente va a poner en juego otras muchas interesantes posibilidades. El primitivismo de Shakespeare, de Esquilo o Sófocles, eso esperaba él, será sustituido, probablemente, por una más realista y compleja relación. De hecho días después encontramos a los tres, Max, Onno y Ada, en un vuelo rumbo a Cuba, donde ella ha sido invitada a dar un concierto.

Desde Sandokán con Emilio Salgari, a Shakespeare, Esquilo, Sófocles o, en este caso, Harry Mulisch, el infinito recorrido por las páginas de los libros sigue llenando de contenido sus horas; hoy, una tarde de invierno, serán Max, Ada y Onno; hace más de sesenta años Emilio Salgari; más tarde los rusos, los coches de posta, las lejanas tierras de Siberia, el descubrimiento de los clásicos; caminando por la montaña Proust, Stendhal, George Eliot, Coetze, tantos, cientos, acompañando las horas del día o de la noche, invitándole a soñar, a comprender o compartir aventuras imposibles.

 






miércoles, 20 de enero de 2021

De un rato que dediqué a morirme

 





El Chorrillo, 20 de enero de 2021

 

Esta tarde tras la comida me repantigué en el sillón, cerré los ojos y traté de morirme, de imaginármelo, digo. El cuerpo termina siendo con los años como un coche de  cuarta o quinta mano, pierde aceite, arranca a su cuarto intento o continuamente hay que levantar la tapa del motor para revisar y ajustar alguna pieza, así que hay que estar preparado para el desguace. Me daba cierta pena pero todo estaba en orden, la casa recogida, el testamento en el notario, los asuntos solucionados, a excepción del gas que nos estamos quedando sin él y el camión del suministro difícilmente va a atreverse a meterse por un camino embarrado y lleno de nieve. Así que eso, todo en orden, rosales y frutales podados, aquel conmutador de la biblioteca que fallaba, arreglado, los gatos en el regazo de su dueña, nada que hacer para el que venga detrás.

Da gusto tener todo en orden, cerrar los ojos y sentir una tranquila paz interior. La vida, eso que se nos dio con imprecisa fecha de caducidad, se había acabado y era hora de marcharse y mirarla con tranquila  disposición: Ciao!, ha sido un placer. Esta mañana había sellado la tienda que me había llegado de China preparándola para la próxima salida a alguna de esas cumbres en las que tanto me gusta dormir, pero no importaba, daba por bien empleado el tiempo aunque no fuera a utilizar la tienda. Pensaba ahora en ese titular de El país de hoy en que la hija de Camus manifestaba algo que le había dicho su padre en una ocasión: “Sólo se aburren los imbéciles”,  y me sonreía pensando que al menos mi vida no había sido la de un imbécil. Consuelo no vano para alguien que se va a morir y que puede al menos disfrutar del hecho de habérselas compuesto para hacer divertida la vida.

Pero maldita la, se me había olvidado silenciar el teléfono y de golpe el aldabonazo de un email de editorial Laertes salió del móvil y llegó a mis oídos como una intromisión. El escueto correo decía lo siguiente: “No reeditamos libros que hayan sido publicados en Amazon”. Era la respuesta de unas cuantas ofertas que había hecho yo el día anterior a algunas editoriales para publicar dos de mis libros de los últimos de viajes. Peor para ellos, que diría el otro, porque son dos  buenos libros que merecerían llegar a las manos de los amantes de los viajes (modestia aparte, por supuesto). De todas formas unos cuantos libros en los escaparates de las librerías no iban a añadir más diversión a mi vida y acaso sí algún momento de aburrimiento burocrático. Ahora sí, ahora ya le he puesto una mordaza al teléfono para que me deje morir en paz.

Me alzo un poco en el sillón y contemplo por un instante el campo; sí, es una tarde perfecta para morirse. La nieve ha desaparecido algo y sobre los olivos del fondo flota una liviana neblina. Hemos apagado la calefacción para ahorrar gas en previsión de que al camión de Repsol no le de el ánimo para adentrarse en el camino de nuestra casa, pero no hace frío. Esta mañana había un revuelo de pájaros buscando entre los claros de la nieve su sustento, pero ahora reina un recoleto silencio en los alrededores. La tarde ni siquiera invita a leer, se respira un perfecto sosiego en mi cabaña y esta tarde de invierno parece perfecta para morirse.

Me gusta morirme hoy, aquí en mi cabaña, ese regazo en donde paso los días mirando al mundo, pensándome, recordando a mis nietos, a mi chica, a mis hijos, a mis amigos, bebiendo el néctar de la vida con la delectación de quien saborea un buen vino para celebrar esa bonita existencia que ha llegado a su fin.

Lógicamente, aunque estaba muriéndome lo que sucedió es que terminé por quedarme sopa y la muerte quedó aparcada para otra ocasión. Cuando me desperté todo seguía igual, simplemente pensé en mi incursión en la muerte del momento previo y recordé algunas prácticas del tantrismo relacionadas con mis reflexiones. No practico el tantrismo, que tiene cosas excelentes como su relación con el sexo, pero el ejercicio a que someten a sus adeptos de permanecer solos junto a un cadáver por un tiempo, creo que es un acierto, algo que viene bien para contextualizar la vida en un ámbito amplio.

Ahora que he vuelto a la vida es la hora de merendar. Victoria bajará en un momento a compartir la merienda o el té con pastas y más tarde volveré a coger mi libro en donde lo he dejado. La vida continúa.

 

 

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martes, 19 de enero de 2021

La protección del temor

 

De Hamlet (Laurence Olivier, 1948)


El Chorrillo, 19 de enero de 2021

 

La película, Hamlet, con Laurence Olivier, había concluido hacía un rato y ahora había vuelto al relato de Mulisch. Max y Ada estaban copulando sin prisas, como quien se entretiene en el ir y venir de las olas, y Onno había llamado a la puerta. Max se retiró de ella, Ada protestó y éste sin apenas volverse le dijo: "hazte una paja", y salió pitando a la búsqueda de su amigo. Ada después de reflexionar un poco decide decirle ciao para siempre. Busca un papel y un lápiz para dejarle una nota, pero queda para más adelante lo que realmente pueda suceder.

Momentos antes Hamlet le había preguntado al sepulturero por los años que tarda en pudrirse un cuerpo. Nueve años había contestado éste, eso si no está podrido ya cuando lo entierran. Entre dejarle a Ada con la humedad entre la piernas y el diálogo de Hamlet con el sepulturero, él presentía que debía de haber alguna relación, pero no daba con ella. Miró al fuego por un rato como buscando ayuda en la llamas que de vez en cuando petardeaban lanzando pequeñas brasas sobre la moqueta, a lo que seguía un breve olor a chamusquina, pero no hubo respuesta. El temor es protección, le había dicho un rato antes Hamlet a Horacio, pero a él no parecía preocuparle la posibilidad de que moqueta y cabaña pudieran salir ardiendo.

¿Temor a qué?, parecía estar preguntándose Ada cuando tomó el lápiz entre sus dedos. ¿Abandonar un amor, una amistad, el tibio calor de la compañía de los otros? Hernán Cortes no se lo debió de pensar mucho cuando quemó sus naves frente a la costa de Méjico, pero abandonar a un buen amigo por un quítame allá esas pajas…

Nuevas relaciones entre enunciados sin aparente conexión, es un deporte que él practicaba con cierta frecuencia. No siempre, pero sí había ocasiones en que del encuentro salía algún exótico pensamiento al que gustaba seguir el rastro. La levedad y lo efímero de la vida, esa margarita que deshojaban Hamlet y el sepulturero junto a la tumba, Hamlet sosteniendo en la mano el cráneo del viejo bufón de la corte, y la fuerza con que nos agarramos a ella de pies y manos le hacían suponer que una pasión que se afinca en el alma difícilmente suelta prenda ni se arredra ante el hecho de su posible liviandad. Y pensaba en el alpinista catalán que recientemente había fallecido en el K2 mientras que un grupo de  nepalíes alcanzaban la cumbre. Tuvo mala suerte, se decía, pero ¿habría sido preferible para él quedarse en casa al calor de una confortable seguridad? La vida puede ser leve, frágil, pero a lo que parece que apunta el parlamento en el cementerio de la obra de Shakespeare es a la futilidad de aspiraciones que alimentan poder, gloria, fortuna, bienes ajenos al alma que poco o nada tienen que ver con la alegría genuina que proporciona la inutilidad de actos que despabilan nuestras mejores facultades o que hacen florecer pequeños idilios entre los enamorados.

Quizás el temor que mantenía a Ada con el lápiz en la mano sin atreverse del todo a decir un adiós definitivo a su amigo, provenía de que por encima del amor propio y la grosería de Max con aquello de “hazte una paja” entreveía algún tipo de certeza de cuyos resultados contables era la más beneficiada. O que realmente quería a Max más allá de esa delicada manera que éste tenía de penetrarla. Eso pensaba él, que al fin y al cabo había pasado por una situación de conflicto algo parecida, ese por ahí no paso que se llevó de una vez por todas las músicas que él había arrancado de aquel arpa abandonada en el rincón de una caballeriza.

Antes de seguir con la lectura pensó que Ada ni era Ofelia ni Julieta y que por tanto no cometería la tontería de abandonar a Max. En el mercado de la humanidad no es que sea sencillo encontrar gente interesante, un bien escaso que de presentarse sería estúpido dejarlo pasar. Así que él ya imaginaba a Ada haciendo sus componendas el siguiente fin de semana para volver con Max.

El temor es protección. Quizás se trate de una ley general que vela por nuestra integridad, pensó, pero la olla se le empezaba a ir ahora entre los vericuetos del parlamento entre Hamlet y el sepulturero, todos aquellos gusanos que habían sustituido repentinamente a las aspiraciones y a las riquezas de aquellos pobres desgraciados entre los que vivía el sepulturero, le inspiraban una suerte de tranquila comprensión.

Al amanuense le ha entrado sueño y como su protagonista no tiene pinta de hacer otra cosa que seguir con la novela de Mulisch mejor se va a la cama. Buenas noches.

 


lunes, 18 de enero de 2021

Y llegó la noche…

 



El Chorrillo, 18 de enero de 2021

 

Se tenía prohibido desde hacía unos días mirar las visitas de su blog y aparecer por las redes, un asunto que le distraía en exceso, así que escribía como quien lo hace en la arena de la playa donde la próxima ola borrará cualquier rastro dejado. Algo muy parecido a esa reflexión que haces frente a algo que llama tu atención y que pasado un rato olvidarás. Convertir la escritura en la pura nada de una breve brisa que atraviesa las ramas de los árboles y se pierde más allá en el aire que riza las cebadas, se le sugería como atractivo y deseable. Pasar sin ser notado, eso que había leído una vez en un libro de poemas de Marina Tsvetáyeva y que trataba de recordar con más detalles inútilmente.

La idea de desaparecer del mundo pero estando plenamente en él, le parecía ahora en medio de la música de Janáček, su Cuarteto de cuerda nº 1, una tentación digna de tener en cuenta. Se preguntaba si algún día sería capaz de captar esa extraña naturaleza humana que lo habitaba. Pero algo le distrajo en aquel momento, sobre el horizonte colgaba un cuarto de luna que reclamaba su atención. Quizás pudiera colocar aquella llamativa luna sobre uno de los últimos paisajes nocturnos que había fotografiado. Componer una fotografía aunque tuviera que fundir dos imágenes diferentes y meter la Luna donde sólo Orión y unas pocas estrellas más adornaban el firmamento, podía dar como resultado una bella imagen con la que irse a la cama con la sonrisa en los labios. No hacía falta recurrir a Platón o Diotima para saber que un poquito de belleza siempre alegra el corazón. Así que fue a por el trípode, hizo algunas tomas con diferentes tiempos de exposición y, al fin, cuando ese cuarto de luna quedó en su punto, guardó los bártulos pensando que al día siguiente ya encontraría uno de sus negativos nocturnos donde colar la luna. Volvió a la música de Janáček. Ahora lo que sonaba era un fragmento de  Taras Bulba.

¿Estaría aproximándose a esa deseada tranquilidad de ánimo a la que tantas veces había aspirado, se preguntó en ese instante de su lectura en que Max había terminado definitivamente de encontrarse con Ada, momento en que se le empezaba a la revelar ya que estar lejos del ciberespacio y acaso de la prensa, acaso, podía ser un hecho a celebrar?

Unos minutos más tarde había detenido su lectura en medio de un párrafo donde se decía: “…Sabía que cuando se toca un instrumento no se trata de expresar emociones, sino de evocarlas”. Cerró el libro por un momento y consideró la proposición intentando encajarla en la escritura. Terminó por llegar a la conclusión de que esa afirmación encontraba perfecto acomodo en la música y en la poesía, pero no tanto en la literatura o en la pintura donde la emoción y la evocación pueden darse pero siempre, acaso, quizás, en una relación de causa efecto. De cualquier modo, se dijo, cuando el destinatario de la escritura en primer lugar es uno mismo y la posibilidad de suscitar emociones en quien escribe, bien pudiera darse que de rebote algo de esa carga emocional le llegue al lector. Ahora, imaginar a un artista que lo que tiene en mente es “fabricar” algo que promueva una evocación en el espectador, pese a Max que era quien intentaba convencer a Ada de esta proposición, una Ada que por demás era una virtuosa del violonchelo, a él le parecía una suerte de transposición imposible. Pensar en suscitar la evocación sin que la emoción la preceda le parecía poner el carro delante de los bueyes. De todos modos quizás a quien  se refería Max no era al artista sino al ejecutante…

En fin, ahí le dejo junto al fuego de su chimenea con el libro entre las manos. Hacía tiempo que Janáček dejó de sonar sustituido por el Vorspiel de Tristán e Isolda, pero él ya no escuchaba la música. Después de mucho tiempo había por fin encontrado una novela de casi un millar de páginas en la que poder solazar esas largas horas de la madrugada. Probablemente hará una pausa para dar descanso a sus ojos y le veamos iniciar una nueva partida de ajedrez antes de irse a la cama, pero es una suposición. Ahí le dejo, ahora en medio de un fragmento del El anillo de los nibelungos, en el que dentro de poco se iniciará la Cabalgata de las Valkirias, instante en que seguro levantará la vista del libro para imaginar a las cuatro hermanas de Brunilda con el cabello al aire galopando para preparar el transporte de los héroes caídos al Valhalla.

 

 

 

 

 

 




domingo, 17 de enero de 2021

Conocer de esto y de lo otro

 



 “Understanding is one of the greatest reason to travel”.

 Paul Theroux


El Chorrillo, 17 de enero de 2021

 

Uno es torpe y se le atraganta con frecuencia algún párrafo; lo que leo, la realidad que me rodea o simplemente la posibilidad de comprenderme a mí mismo son asuntos que me han rondado desde siempre por la cabeza pero que no logro esclarecer en ocasiones. Y desde esa perspectiva me sucede que cuando me encuentro con personas a través de cuyas palabras descubro su inclinación a enunciar irrefutables verdades sobre determinados temas, la verdad es que de entrada quedo algo sorprendido ante la versatilidad con que yo me enfrento al conocimiento de lo que me rodea, sorpresa a la que sigue en ocasiones un condescendiente “bueno, gente lista”. Un pensamiento que me surgió a la vuelta de la esquina cuando leía anoche un comentario a un post de Gustavo Catalán sobre Illa, un asunto con el que no estaba de acuerdo con el autor, pero que daba pie a que un comentarista se expresara de la siguiente guisa: “Pero hete aquí, en un momento cuántico impreciso, el advenimiento de una iluminación del hipocampo del inefable Sánchez”. Me pareció tan ridículo semejante contoneo verbal que enseguida ubiqué a su autor dentro de esa fauna periodística a los que mover el trasero desde la columna de algún diario constituye su más alto objetivo. Esos lugares donde mola más la “gracia” de algún tipo de alarde, que el fondo de cualquier cuestión, tienen tan notoria concurrencia de “graciosos” que cuesta creer que ellos mismos se crean esas asumidas verdades bajo cuyo palio se expresan.

Vamos, que patidifuso queda uno leyendo estas cosas y, en particular, el tono que se usa para expresarlas. Uno, que trata de abrirse paso en lo farragoso de la realidad y que a duras penas ve claro en unas pocas realidades, se admira tanto de la exótica y barroca lucidez de alguno, que a poco que le dejen siente la necesidad de esconder su ignorancia y sus balbuceos escritoriles en lo más profundo del disco duro. Bueno, pues en una pausa estaba de esas estaba mi ignorancia leyendo un libro que escribí sobre un viaje que nos llevó a Victoria y mí al otro lado del mundo, en un paraje en que la burocracia de la frontera entre Kazajstán y Uzbekistán nos abrumaba y en que yo mataba el tiempo leyendo un libro de Paul Theroux, cuando me encuentro con lo siguiente: “Understanding is one of the greatest reason to travel”. Lo que equivale a decir que comprender es una de las grandes razones de la vida. Y yo leyendo esto, y siendo consciente de que he viajado bastante además, caigo en que el hecho de comprender con cierta profundidad una realidad es algo tan complejo, que bien que haya que viajar para comprenderla mejor, pero que no para ahí la cosa ni mucho menos. Con muchos años ya encima de uno a la conclusión que se llega es que en muchas ocasiones hacer ampulosas afirmaciones como quien habla ex cathedra denota un apresuramiento y un afán de impostación que mal se lleva con la racionalidad de un argumento y especialmente con el deseo de aclarar cualquier realidad.

Presiento que en comprender, tratar de comprender, para uno de nuestros afanes más preciados, y que esa disposición, si va acompañada de cierta dosis de humildad, tiene más probabilidades de éxito de acceder a alguna verdad que aquella otra que pretende la verdad como asentada, lo que mueve al individuo a hablar o escribir desde una postura de dudosa fiabilidad.

Quizás sea ese deseo de comprender el que impulse con frecuencia muchos de los temas que asoman la cabeza en este diario, temas que reiteradamente pueden aparecer en las páginas de un diario precisamente porque probablemente nunca se llega a una comprensión cabal de determinados escenarios. Son la retahíla de esos porqués que nos persiguen desde la infancia y que tras mucho más de medio siglo de vida todavía siguen ahí moviéndonos a interpretarlos, a comprenderlos o a saber de las angosturas de sus rincones y de la complejidad de sus ramificaciones.

Mi amigo Jorge a raíz de este buscar en los libros la razón de tantos interrogantes, me mandaba una oportuna cita cervantina hace días advirtiéndome de la posibilidad de perder la cordura si me enfrascaba en demasía en estas cosas: “En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio... y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”.

La fuerza imántica que ejerce la curiosidad sobre el individuo moviéndole a buscar la razón de por qué una manzana que se desprende de una rama indefectiblemente cae al suelo o la razón de por qué la luna no se cae sobre la Tierra, ha arrastrado desde siempre al ser humano a entrar de lleno en la observación del mundo que le rodea, a observarse a sí mismo, a tratar de comprender, un hecho que en su trayecto frecuentemente tropieza, obviamente, con la subjetividad y las muchas posibles interpretaciones de una realidad. En el ámbito del test de las manchas de la tinta de Rorschach, mientras un hambriento ve en las imágenes que se le muestran un pollo en pepitoria, alguien que lleva meses de ayuno sexual puede ver perfectamente una vulva. En esta línea, y concerniente a ese condicionamiento que vivimos  relacionado con nuestros gustos, modo de percibir o interpretar la realidad, ayer, que empezaba a escribir sobre una película que había visto el día anterior, me sucedía que a los pocos minutos, tras finalizar un corto párrafo, me encontrara que mi primera idea había volado y de repente me había ido por los Cerros de Úbeda y me encontraba retorciendo el texto para apañarlo y adaptarlo a otra idea naciente que surgía de la atracción que un coño levanta en el pensamiento ocioso de un sapiens cualquiera.

Y es que cuando se dispone de todo el tiempo del mundo, se carece de prisa, uno ha entrado en una fase contemplativa y puede suceder que por las lindes del cerebro merodee un variopinto número de pensamientos y “apariciones” que le hagan sonreír a la vez que le impulsan a meterlas en su texto aunque la cosa no venga del todo a cuento. Algo que sucede también cuando estas leyendo un libro y te sorprende, como me sucedió a mí anoche, cómo el autor introduce a uno de sus protagonistas en los comienzos del relato. Éste es, por ejemplo, el modo como Harry Mulisch, El descubrimiento del cielo, presenta a su personaje Max: “En el mismo momento en que Onno abandonó la casa paterna, un hombre de la misma edad de Onno se corrió a gritos en cuatro o cinco estremecimientos. “¡Buenos días!, dijo jadeando al ir remitiendo la sensación, asombrado y agradecido al mismo tiempo. Le doy las gracias”. Estaba tumbado en el suelo y con los ojos cerrados acariciaba a la mujer que se había desplomado sobre él como una pelota desinflada”. Iniciar el conocimiento de un personaje de esa pintoresca manera te hace sonreír beatíficamente y te pone sobre la pista de que la lectura elegida lleva buen camino.

A veces empachos de conocimiento como los que cogía don Quijote amarrado a las historias de todos aquellos deshacedores de entuertos que por entonces recorrían los caminos, pueden ser peligrosos para el estado de cordura, sin embargo bienvenidas sean esas pequeñas dosis de locura que a hidalgos de lanza en astillero tocados con bacía de barbero tan bien les viene, tanto como a aquellos que se empeñan en subir montes por lugares desacostumbradamente peligrosos. Quizás el impulso de conocer, como la curiosidad, sea por sí mismo un aliciente inscrito en el ADN y por tanto el culpable de que nos asomemos con tanto interés a una novela o a desentrañar un asunto.