miércoles, 12 de diciembre de 2018

Omnívoros y vegetarianos





El Chorrillo, 12 de noviembre de 2018


(Hoy amaneció precioso en nuestra parcela y sus alrededores, un velo de niebla lo cubría todo, así que tomé la reflex y salí a hacer unas tomas: algunas de las que aparecen hoy en el post sin que tengan relación con el mismo.)



* * *

Me subo en el cercanías después de una larga tarde de cháchara con Concha, una sorpresiva y larga conversación que acompañamos con un café, un té y unos chupitos de crema de orujo, y después de mirar unas fotos en la reflex que había hecho por la mañana, una preciosa mañana de niebla, me coloco el auricular y pongo en marcha mi audio-lectura de estos días cuando me subo a la bicicleta estática para pedalear durante media hora, y que hoy hago en el tren camino de casa. Castaneda, Viaje a Ixtlán, ha ido a visitar de nuevo a don Juan y éste, tras unos minutos de introducción en que ve a su interlocutor poco brillante, le espeta: “lo que te pasa es que estás adormilado”. Y paro inmediatamente la reproducción y escribo estas palabras: "estás adormilado". Y después de hablar de mil cosas con Concha, vegetarianismo, animalismo, autismo, algo sobre pedagogía y el origen de la moral, caigo en que hoy estaba más despierto de lo acostumbrado. ¿La razón?, quizás porque tenía a una interlocutora con que hilar fino, lo que provocaba que nuestra conversación fuera una gimnasia mental destinada a poner en cuestión nuestras propias certezas. Un ejercicio que confieso que me gusta, destripar las propias certezas y ponerlas bajo las lentes del microscopio es un deporte que todos deberíamos practicar para mejor la gloria de la especie ;-).




Tratar de saber por qué leches uno se hizo animalista, católico, ferviente parroquiano de un partido político o por qué en vez de dedicar la vida a acumular dinero se enroló en las filas de Médicos Sin Fronteras tiene su gracia, la del que además de divertirse tratando de sacarle partido a la vida, se empeña en descubrir los entresijos de la propia conducta que se ha ido formando casi sin darnos cuenta a lo largo de las décadas. Nuestros conceptos morales, nuestra ideología, nuestras creencias religiosas, nuestros hábitos sociales, parecieran que están ahí en nosotros como si hubiéramos nacido con ellos y hubieran sentado cátedra sin más, porque sí, sin que lleguemos a preguntarnos con qué permiso se han instalado en nuestra conciencia. Uno, que no ha firmado ningún contrato social con la sociedad en la que vive, acepta sin más sus leyes, sus hábitos, su constitución, todo un entorno de comportamiento que, de haber nacido en el Estrecho de Bering o en las profundidades de la Selva Amazónica, serían muy otros; y junto a ello así vamos adoptando una religión, una manera de ver el mundo, de entender lo que está bien o lo que está mal. De vivir en el siglo XVIII pensaríamos, como San Agustín, que las mujeres eran seres inferiores no dignas de la nobleza que se otorgaba a los varones. Nos cuesta siglos aprender, sí.




La seguridad con la que nos movemos en el mundo de nuestras pequeñas y grandes verdades se desmorona frecuentemente como gigantes de pies de barro cuando viajamos y visitamos lejanas culturas, o cuando estudiamos civilizaciones ancestrales, pero no hace falta irse tan lejos para entender que lo que nosotros consideramos moralmente deplorable en nuestro entorno social puede ser no más que un error óptico producido por los hábitos de ese medio en donde hemos crecido. Concha, que batalla en el campo de los que denuncian las brutalidades que cometemos con los animales y de la que tuve que oír durante un rato las denuncias de esa brutalidad con que tratamos a éstos en una economía que queriendo abaratar costos los hacina en condiciones denigrantes, como buena vegetariana intentaba echar este “salvajismo” en la cuenta de los que comemos carne, cosa que a mí, buen “comedor de todo tipo de carne” como soy, me hacía caer en el dilema de una incómoda culpabilidad; razón por la cual me sentía inclinado, un decir, a objetar que, una vez descartada esa brutalidad a la que ella aludía, yo no veía gran diferencia entre un animal y un vegetal, y menos desde hace días que tengo propensión a hablar con las plantas e incluso con las piedras o las montañas, sin descartar esa sedosa niebla que cubría esta mañana los alrededores de mi casa, a la que yo consideraría también, llegado el caso, como digna de trato, conversación y agradecimiento por la belleza en que había envuelto los bosques de almendros y los álamos de los alrededores.




No era cosa de dilucidar si las plantas o las piedras tienen o no terminaciones nerviosas, que ahí no llegaba la cosa. Se trataba más bien de establecer en qué criterios reales nos basamos para denostar esto o aquello, y si eso es válido para todas las culturas. Una vez descarta la brutalidad, que es algo que todo el mundo entiende y puede llegar a rechazar, no es fácil encontrar un término universal objetivo sobre el que podamos basar nuestra moralidad. Descartada las instancias divinas y todo aquello que el hombre inventó para tapar los agujeros de su conocimiento con el ánimo de escapar a nuestra evidente caducidad, de la muerte no regresa nadie, no hay posibilidad de decir lo que es moralmente bueno o malo si no es por un consenso social que la comunidad, por costumbre o cuestión práctica, establece como norma de convivencia entre sus miembros. Ese convenio, que generalmente aceptamos, pero que en cualquier momento se puede poner en duda, como efectivamente se puso en muchos instantes a lo largo de la historia, puede incluir aspectos como los que debatíamos esta tarde Concha y yo. A mí me pueden repugnar los toros, esa actividad, y lo que sucede en el ruedo, una violencia gratuita que antiguamente ejercían los gladiadores entre sí para diversión de la plebe, y que hoy es inconcebible porque dos mil años de civilización algo nos ha cambiado, pero no me parece en absoluto una violencia el que me alimente de su carne, que concibo como un acto totalmente natural. Digo no al sufrimiento de los animales, pero igualmente me afecta cualquier acto agresivo contra el medio ambiente, contra la devastación de la flora o los bosques o la destrucción de los paisajes naturales.




El respeto, y también el amor, que impone la Naturaleza a mi persona no me permite hacer de los animales una clase especial de seres. Si hubiera de hacer causa común con seres en concreto no siento en mí que los animales tengan un status especial a la hora de servirme ellos de alimento o no. Hay una interrelación en el ciclo biológico de los seres vivos, en donde en absoluto son ajenos los componentes minerales, partes ellos también del proceso de la vida, en el que me parece vano establecer jerarquías. Todo es vida o dador de vida, como el agua, los minerales o la tierra que pisamos y es de la interrelación de todos ellos de donde surge una existencia que se renueva continuamente en otros seres vivos con la aportación de todos. Mis cenizas y la de todos los seres vivos, incorporadas al suelo, serán el plantel sobre el que se desarrollarán más adelante futuros y diversos seres vivos, plantas o animales. Vistas así las cosas no concibo ese empeño en hacer de una parte del proceso de la vida, los animales, unos seres a los que haya que dar un trato diferente al que tenemos con las plantas.  




Si hoy hubiera estado adormilado no se me hubiera ocurrido todo este largo exordio, al que tendría que continuar la chicha de la cuestión sobre la que escribir, pero como el tal preludio ha sido tan largo y estoy que me caigo de sueño, no me va a quedar más remedio que ir terminando esto dejándolo en estado de prolegómeno a secas. Qué le vamos a hacer, a fin de cuentas, como nos sucedía esta tarde en nuestra larga conversación, no se trata de llegar a ninguna conclusión, sino de hacer un viaje más, ya que ambos éramos buenos viajeros. Viajar por un puñado de ideas, dar un sorbo de cerveza y chao, como en el cuento, cada mochuelo a su olivo. Buenas noches.




















lunes, 10 de diciembre de 2018

Las bondades de leer literatura de montaña




El Chorrillo, 10 de diciembre de 2018

Hace un rato que ha amanecido. Salgo de la cabaña, entro en el baño, corro la cortina de la ducha para proteger la madera de las paredes, abro el grifo del agua fría y antes de meterme bajo su chorro visualizo a un alpinista trepando penosamente por una pendiente de hielo a muchos grados bajo cero. Ya está. Ahora el agua cae sobre mi cabeza y mi cuerpo con fuerza, ya no tengo frío, mis músculos se vigorizan. Me froto enérgicamente todo el cuerpo con las manos. El agua cae deliciosamente acariciando mi piel. Esto se lo debo a una ascensión invernal de Casarotto en una arista del McKinley. Friolero y perezoso como soy, si alguien me hubiera dicho meses antes de que este iba a ser uno de mis rituales a partir de mediado el otoño le hubiera tomado por loco.

Cada cual se lo monta como puede ya sea para engañarse a sí mismo justificando el seguir fumando hasta las puertas de la tumba como para cualquier otra cosa que nuestra pereza haga infranqueable. Sin embargo cabe también montárselo de otra manera tratando de no engañarse y tomando el toro por los cuernos. Algo de esto me está sucediendo a mí últimamente desde que empecé a leer asiduamente literatura de montaña. Saber que uno puede ser algo más que un disminuido, algo que se aprende comprobando cómo otros mortales se enfrentan a dificultades sin cuento, saber que no sólo se puede hacer vida a cuarenta bajo cero sino que además se puede estar varias jornadas sin comer mientras pies y manos se empeñan en catapultar el cuerpo hasta una cumbre, no es sólo un conocimiento teórico que se instala en nuestro cerebro de parecida manera a como se almacenan la información en un disco duro.

Leer es una actividad compleja que tiene mucho de estímulo personal cuando los sensores de nuestro espíritu (llámalo X, si quieres) están dispuestos a trabajar y a creer que nuestra voluntad puede realmente ser un rector de nuestra conducta. Hace unos minutos, por ejemplo, mientras pedaleaba yo en la bicicleta estática escuchandoleyendo un libro de Castaneda, Viaje a Ixtlán, se me ocurrió que si el brujo Juan hablaba con las plantas que se encontraba en el camino, por qué no iba a poder hacerlo yo. Todas las plantas de nuestra parcela son hijas de mis manos, los pensamientos que pusimos días atrás, los árboles, algunos troncos imposibles de abarcar ya con los brazos, todos los arbustos que crecen por aquí y por allá; ¿por qué no podría yo hablar con ellas y contarles mis pensamientos, más cuando sabiendo que mi cuerpo les servirá de abono en algún momento; un instante en que yo seré por demás parte de esas plantas, y sobre todo pensando en los años que me han acompañado y la dicha que su compañía me han proporcionado? Hablar con las montañas es algo más difícil, cuestión de tamaños, imagino, pero puestos a probar y a perder la incomodidad de estar haciendo algo raro y novedoso, seguro que en mi próxima salida al monte lo pruebo.  

Son tantas las cosas a probar últimamente. Desde que hago caso a los libros y descubro que pese a la edad todavía es posible cantar, bailar, ducharse con agua fría, aprender cualquier cosa que uno se proponga, me siento mejor. Antes no podía, no tenía disposición ni voluntad para ello, pero, ah, con tanto empacho de literatura de montaña parece que las cosas están empezando a cambiar. Muchos nombres propios, alpinistas, escaladores de élite, practicantes del solo integral, solitarios empedernidos, han empezado a bailar en mi cabeza como un referente que día a día cosquillean mi voluntad haciendo que me proponga asuntos que estaban ya fuera de mi conciencia; incluso hay por ahí un fotógrafo solitario que con sus vivacs sobre las cumbres nevadas y sus tomas trabajadas como pequeñas joyas de arte, ha logrado convencerme para desenterrar mi cámara reflex y lanzarme también yo al monte con trípode, raquetas, material de vivac y todo lo que haga falta con tal de sacar una buena fotografía (gracias, Julio). Y es que todo esto me parece un milagro.

Carajo; es obvio que nada de lo que hace/hacía Alexander Huber, Hansjörg Auer, Alex Honnold, Kurtyka, Juanjo San Sebastián, John Bachar, Catherine Destivelle, Casarotto o la pareja Nives Meroi-Romano, tiene que ver conmigo más que en el sentido del espectador que contempla atónito cómo estas personas asumen su vida como un sofisticado arte en donde la voluntad y la prestancia mental y física son los útiles con que ellos cincelan un estilo de vida. Leer durante semanas y acompañar las lecturas con los vídeos oportunos termina por inocular en el lector una suerte de nueva disposición capaz de hacerle enfrentarse a los pequeños problemas cotidianos, el frío, la pereza, el aplazamiento de las tareas, las obligaciones corrientes, como quien despierta de un largo sueño en que la voluntad se había ido de paseo y costaba encontrarla, y se incorpora a la vida activa con el ánimo lleno de fuerza. Es algo así como recibir un gran puntapié en el trasero.  “Entrenar, ganar fuerza, escribe Alexander Huber en Free Solo, para al final convencer a mi mente del trabajo que debe de hacer”, que debe de hacer porque mi voluntad se lo ha propuesto.  

Lo que me enseñan últimamente los libros de montaña no tiene apenas que ver con las montañas, es algo que encuentra relación más bien con la vida en general y el modo en como las personas nos enfrentamos a ella. La posibilidad de hacer todo aquello que quieres sin dilación (gadulería llamaría a lo contrario Castaneda), asumiendo la convicción de que la pereza o la desgana no existen, no deben de existir, le da a uno un margen de movimiento en donde caben montones de asuntos que antes eran prohibitivos porque simplemente no éramos capaces de asumirlos seriamente. Entrenamiento, preparación, constancia, nada de la rutina acostumbrada, todo un manojo de decisiones que pueden llevarnos por dónde nuestra voluntad lo decida. Ese tipo de cosas son el fruto de mis lecturas últimas.

Leer a Alexander Huber sobre la preparación que conlleva, preparación mental esencialmente, la ascensión de la Directísima a la pared norte de Cima Grande de Lavaredo, esta noche era entender que cualquier cosa que un hombre se proponga, y que esté en el ámbito de sus posibilidades, puede ser hecho sin más que dejarse de memeces y ponerse a ello. Los límites que la voluntad adormecida puede imponernos durante largos periodos de tiempo no son más que producto del adormecimiento que sufrimos y que de algún modo desenmascaran los hechos y actos de todos aquellos que recrean sus vidas en los libros que leo últimamente.

“La autoridad que controla mis pensamientos necesita dar luz verde” antes de enfrentarme definitivamente a una pared en solo integral, escribe Alexander Huber; y cuando esto sucede todo parece tremendamente sencillo. Si tenemos en cuenta las dificultades mentales y físicas a que se enfrenta un alpinista de élite, sea en una gran pared de roca o alguna montaña del Himalaya, y con más razón cuando éste lo hace en solitario y sin seguro, y las comparamos con cualquier otra actividad humana, es probable que no encontremos nada que exija una fuerza de voluntad, un arrojo y una preparación tan exigente en ningún otro ámbito, especialmente como en este caso cuando se tiene la muerte cosquilleando en las yemas de los dedos. Una ascesis así, llevada a su última expresión, obviando el uso de la cuerda al punto de convertir la escalada en un inaudito ejercicio de libertad que pone al hombre en un reto tú a tú consigo mismo y ante un riesgo tal, no tiene parangón con ninguna otra actividad humana.

El único problema con todo esto es que a uno se le ocurren tantas cosas cuando ve que todo es posible con solo proponérselo, que necesitaría días de cuarenta y ocho horas o más para estar al tanto de los sueños y proyectos que le pasan por las mientes.








viernes, 30 de noviembre de 2018

¿Dónde está la vida?




El Chorrillo, 30 de noviembre de 2018

Hoy parecía un día destinado a nada, un folio en blanco, así que después de volver del vivero a donde habíamos ido a comprar algunas flores con que llenar tres o cuatro metros cuadrados que habían quedado desnudos, me fui a dar una vuelta por la parcela. Fue un encuentro curioso que quizás porque me había despertado un poco parco, con una distancia respecto al mundo, propició que me sintiera como si no visitara desde muchos años atrás este espacio de nuestro pequeño bosque, el rincón de la madreselva y las hiedras donde la exuberancia de la vegetación ha convertido el lugar en una pequeña selva, los setos del sur y sus laureles, el espacio que destinábamos a los frutales… Terminé por sentarme junto al níspero. Y como era de esperar nuestra perra no tardó en aparecer; se acercó, me dio un lametazo y se sentó a meditar a mi lado sobre el tapiz de los tréboles.

Mi estar ahí como si no hubiera pasado en años por allí, un lugar casi de transito todos los días, percibiendo los árboles o los restos de una gran fogata que todavía humeaba con los de rastrojos que había recogido días pasados, como si de un reencuentro procedente del pasado se tratara, me hizo sumergirme en los recuerdos como un explorador que atravesara parajes intrincados donde las sendas aquí y allá se perdían en la espesura de una selva, encontrando un mundo que alentaba sensaciones relacionadas con una realidad vivida pero con la que no se hubiera tenido tiempo de apurar los acontecimientos porque la premura o la sucesión excesivamente rápida de los hechos no hubiera facilitado su contemplación, eso se sucede cuando los acontecimientos se acumulan y no tenemos tiempo de incorporar a nuestra conciencia lo que estamos viviendo. Vivimos sí, pero estamos como dentro de un túnel con nuestra atención tan pendiente de lo que está sucediendo, tan fuera de nosotros en realidad, aunque de lo que esté sucediendo seamos sujetos, que no podemos ni valorar, ni juzgar, ni contemplarnos a nosotros mismos en la acción, porque toda nuestra actividad está polarizada por las circunstancias del momento.

Sentado allí, mientras contemplaba la columna de humo que se enredaba entre las ramas de las arizónicas y las moreras, estuve un largo rato paseándome por el pasado, recuerdos de la niñez, recuerdos de alguna larga excursión por las montañas, la placidez de algún día de clase en que mis alumnos andaban ensimismados con su plan de trabajo, la lejana memoria de una amante, una excursión por el Pirineo con mis hijos que andaban entre los arándanos recolectando sus pequeños frutos morados para la merienda. La conciencia del momento, que yo no había tenido en su tiempo, porque uno, de parecida manera a cómo pasa desapercibido el palpitar del corazón o el trabajo de los pulmones, no siente ni percibe la vida, por más que ésta sea interesante e intensa, más que en momentos puntuales. Y al hilo de las últimas páginas que leía anoche de Catherine Destivelle, la ascensión en solitario y en invierno de la Norte de Eiger, la Bonatti de Cervino y el espolón Walker, pensaba en esta mujer escalando estas paredes y trataba de aplicarle esta disposición de ánimo con la que me había levantado yo esta mañana y enseguida ahí me surgía el interrogante de más arriba, es decir, ¿dónde está la vida? ¿Qué es de esa parte de nuestra vida que por las circunstancias que sean atravesamos con intensidad o con velocidad tal de no habernos enterado que hemos estado viviendo?

La fuerza con que sentado allá junto a la hoguera con el sol bañando de plano mi cuerpo, sentía algunos momentos de mi vida pasada, me hacía pensar que la vida, eso que palpita en nuestra alma con tanta fuerza en ocasiones, no está en un solo lugar o momento, pensaba que la vida en realidad tenía el don de la ubicuidad, más o menos como Dios que dicen que está en todos los lados. Pero está además de maneras muy diferentes. Cuando la Destivelle está abriendo una vía en el Dru, una semana sola sobre el impresionante granito de la cara Oeste, y se ve obligada a progresar a cuatrocientos metros del suelo por unas inverosímiles placas que acaparan su entera atención porque un mínimo deslizamiento supone acaso la muerte, es imposible que ella perciba la tensión de su vida al límite; en ese momento no tiene tiempo más que para concentrarse en salvar un obstáculo y velar por su vida; vive ausente de sí. Y cuando esta mujer concibe el proyecto más tarde de seguir a Bonatti en su gesta de escalar la Norte del Cervino en solitario, lo que va a vivir en los días sucesivos hasta el momento de tocar la cumbre, probablemente también se va a escapar de su observación. La obsesión, la tensión a que le somete el proyecto se lo va a impedir.
                                                                                                                                         
Si llamamos al momento de la acción A, y B a todos los instantes posteriores al hecho en sí en que recordamos A , constamos que es en A en donde recae naturalmente lo que llamamos hechos de la vida, la acción que motivada por lo que sea o que ha sido fruto de nuestra pasión se ve al fin plasmada en hechos. En esos momentos es probable, especialmente durante el desenlace o instantes posteriores, que experimentemos una sensación de plenitud, pero no es algo general. Hemos vivido intensamente; punto, sin embargo una gran parte de esa energía acumulada por nuestro esfuerzo, o por las circunstancia que fueren en los límites de A parece que fuera destinada a constituirse también en vida en otros momentos de la existencia que, por gozar del privilegio de toda nuestra atención, cosa que no le sucedería a Catherine cuando en plena noche trata de superar los últimos largos que la separan de la cima del Eiger, podemos revivir de un modo más reflexivo al punto de despertar a nuestra emoción con el hilo de la memoria. Estamos entonces en B y estar en B es vivir el momento A con la lucidez que da la contemplación, la distancia y la posibilidad de la consciencia que, ahora sí, porque está en sí y no fuera de sí, plenamente consciente, es capaz de apreciar la vida contenida en momentos particulares de nuestra existencia.

Naturalmente hay que haber estado antes en A para después hacerlo en B todas las veces que nuestra memoria desee recrear el pasado. Esta mañana fue un momento muy especial porque las circunstancias se confabularon para salpicar un buen pedazo del día con un entrañable desfile de recuerdos que a su vez alimentaron un apreciable manojo de sensaciones.

¿Dónde está la vida? Cuando uno se va haciendo mayor los momentos B van aumentando progresivamente fruto, obvio es, de la abundancia y generosidad de los momentos A. La gracia de pasar una mañana al sol con este tipo de entretenimientos es una de las ventajas de que se pueden disfrutar en la edad madura.

















jueves, 29 de noviembre de 2018

Seguir siendo jóvenes hasta morir de viejos


Fotografía original de Fernando Sanz


El Chorrillo, 29 de noviembre de 2018

Habíamos terminado de ver El mensajero, de Joseph Losey, y en la chimenea ardían todavía un respetable fuego que invitaba a demorarse en el final del día, tan intenso, como si éste necesitara alargarse todavía algún tiempo más para adecuar el final de la sonata de la jornada a la armonía que se había ido tejiendo a lo largo del día: un paseo por la montaña con viejos amigos amantes de la montaña, una comida de confraternidad a la que siguió una larga tertulia (una delicia encontrarse con amigos con los que medio siglo atrás había compartido el riesgo y el amor juvenil por la escalada y todo lo que se relacionase con el mundo de las montañas y el fulgor de las estrellas –Bájarme una estrella cantaría en versos años atrás la poeta escaladora Míriam García Pascual–), un placentero regreso a casa desde Los Molinos mientras sobre la cumbre de la Maliciosa se desleían los cálidos colores del crepúsculo, más allá la autovía y el tráfico tranquilo, las luces, una larga caravana mientras en los altavoces sonaba la voz de Mercedes Sosa y los guturales desgarros de amor de Chavela Vargas.

Conservo la vieja costumbre de tomar nota de todo lo que llama especialmente la atención, citas de libros que leo, frases que me encuentro en algún diálogo de una película, cosas así. Sentado frente al fuego tras la película, que recreaba en algún momento el ambiente propio de las fotografías de David Haminton con sus sfumatos de personajes envueltos en la melancolía y la languidez, como si de escenas de En busca del tiempo perdido se tratara, distraídamente alargué la mano al teléfono y me encontré con un bloc de notas en donde aparecían algunas líneas que hablaban del regreso de un viaje de luna de miel, de la Noche de los Bastones Largos y que terminaba con alguna de esas afirmaciones que parecen como hechas para sintetizar alguna de las verdades que los años y la experiencia de la vida nos van descubriendo. Las citas, cuya procedencia descubrí después siguiendo un vínculo que había más abajo, correspondían a una entrada en FB de un fotógrafo con el que había coincidido en comentarios relacionados con temas de blanco y negro. La entrada, algo prolija, y que se refería a hechos sucedidos en Argentina, terminaba con algunas elocuentes citas, la última de las cuales rezaba así: “La clave es seguir siendo jóvenes hasta morir de viejos”




Como no podía ser de otra manera terminé recordando algunos momentos de la mañana mientras una larga fila de veteranos remontábamos las laderas próxima a Siete Picos en pequeños grupos, cada uno enzarzado, mientras asegurábamos el paso sobre la nieve dura del sendero para no dar un resbalón, en conversaciones dispares que algunos hacían recaer sobre viejas historias relacionadas probablemente con la cita del párrafo anterior. Era evidente que en un grupo de veteranos, todos ellos septuagenarios, o casi (por allí andaba también nuestra amiga Pepita, con noventa y uno), gente que ha dedicado, y dedica, una parte importante de su vida a la montaña, no podía faltar ese sentimiento que alimenta, pese a los hándicaps de la edad, la razonable juventud de ir haciéndose mayor con la dignidad que otorga una pasión que sigue cortejando a las montañas como viejas amantes, que lo fueron en nuestra primera juventud, que persistió en nuestra madurez y que ahora en la jubilación nos sigue acompañando y nos acompañará con seguridad hasta nuestro último día.






Fotos originales de Fernando Ruiz


Obviamente existen muchos modos de hacer efectiva esa afirmación, la clave es seguir siendo jóvenes hasta morir de viejos, que ya Séneca defendió diferenciando dos conceptos dispares como son existir y vivir. “No hay motivo alguno, afirmaba éste, para que pienses que alguien ha vivido mucho porque tenga canas y arrugas: ese no ha vivido mucho, sino que ha existido mucho… Somos guiados hacia las cosas más bellas y sacados de las tinieblas a la luz por el esfuerzo”. Hay quien existe muchas décadas sin llegar a vivir realmente en consecuencia. Subiendo junto a un riachuelo en donde pequeños carámbanos  de hielo colgaban de las rocas, Cruz Fernández y un servidor andábamos precisamente alimentando esta idea. Daba gusto reencontrarse con amigos de tantas batallas en las que todos nos hemos dejado la piel de nuestros dedos en la calida roca de los Galayos o la Pedriza y compartir esta pasión común con un fervor que no ha decrecido en medio siglo de vida. Oír confirmarse en las palabras y en el entusiasmo de los otros este hilo de vida que ha recorrido indemne los años desde el final de la adolescencia y confirmar, como también afirmaba Seneca, que “la vida es militar”, esforzarse, superarse y beberse trozos de Naturaleza a cachitos como un gran manjar, sea bajo las estrellas cuando vivaqueamos en las alturas o en lo profundo de un bosque o cuando hacemos grandes caminatas por nuestras montañas, constituía esta mañana un enorme placer cuando oía a otros compañeros hablar de sus respectivas experiencias en Gredos, Galayos, Alpes, Pirineos o incluso el Himalaya o los Andes. Era algo así como la afirmación que hacía Neruda en el título del libro de sus memorias: Confieso que he vivido.


Original de Fernando Ruiz


La verdad es que estos encuentros, aficionado como soy a los libros y a llenar montones de horas de este magnífico tiempo de la jubilación con lecturas que hablan del conocimiento de la vida de los otros, sus conflictos, sus temores, su amor o sus pasiones, cuando me acerco a estos amigos y calculo la cantidad de años que entre todos reunimos, algo así, sumando la edad de todos, de medio milenio, ¡medio milenio!, no deja de extrañarme la perplejidad que siento cuando regreso a casa y, frente a la chimenea ya a altas horas de la madrugada, recreo sus rostros e intento aglutinar la cantidad de hermosas experiencias que nuestras vidas suman. No sé si alguno de mis compañeros y amigos se habrá detenido a hacer el cálculo, pero puestas nuestras vidas una al lado de la otra casi podríamos llegar a la Edad Media.

Decía Hemingway que el tiempo era el río en donde él pescaba. Para nosotros hoy el tiempo era un río repleto de grandes truchas; más o menos como aquellas que en los años de nuestras primeras salidas a la montaña nos esperaban en los fríos del invierno al final de la Alta Ruta de Gredos en Bohoyo, punto final de una larga cabalgada que comenzaba en el puerto del Pico y terminaba tres días después, tras dejar atrás el Circo de Gredos, en una comilona que regábamos, como los griegos de vuelta de sus proezas de las tierras de los Cíclopes, libando nuestro vino al abrigo de un gracioso final de aventura.





Originales de Fernando Sanz





sábado, 24 de noviembre de 2018

Un día más








 El Chorrillo, 24 de noviembre de 2018


Es la hora tras la comida. El sol entra por la ventana lateral de mi cabaña. Tomo posición en el sillón, coloco las piernas sobre una mesita, me tumbo, pongo en el amplificador la Suite para cello de Bach, cierro los ojos  y así, con las manos en los bolsillos del chaleco, me sumerjo en la calidez del momento. Recuerdo a Catherine Destivelle descendiendo con la pierna rota una montaña de cuatro mil metros en la Antártida. Quinientos kilómetros a la redonda no hay un alma. Deben descender una peligrosa pared de quizás dos mil metros de desnivel. Con el hueso saliendo por la espinilla, sí; pero mi pensamiento vuela enseguida al Congreso de los Diputados donde los insultos se cruzan entre sus señorías. Ahora suenan aplausos al final de la Suite número 1

Mientras tanto oigo una pieza que lleva el título de Beethoven’s Silence. Una nube me roba el sol por unos instantes y cuando éste vuelve la música se ha desplazado hacia uno de los nocturnos de Chopin. Termino por adormilarme pero un cambio repentino del ritmo me despierta: es la guitarra de Paco de Lucía, el álbum Entre dos aguas. Mi cuerpo está relajado y deliciosamente contemplativo. Esta mañana bailé un rato nada más levantarme, hice un poco de ejercicio y después salí a la parcela a hacer un poco de yoga antes de desayunar. Trabajé un buen rato fuera arrancando plantones de caña indica que invaden la rampa de entrada y después arreglé algunas fotos con el Photoshop. Eso es todo.


Cierro los ojos e intento pensar que nada existe más allá del momento presente, el sol, la guitarra de Paco de Lucía, el calor de mis mejillas… Los gritos del Congreso se han esfumado, Catherine Destivelle ya no está en la Antártida ni en el bloque empotrado de la Norte del Dru, ni siquiera hay rastro de una mínima preocupación que altere mi estado de placidez sumido en el ritmo de una guitarra. Sí, quizás deba subirme un día de estos con la motosierra a alguno de los olmos de enfrente para serrar las ramas que hacen sombra a esta hora sobre mi ventana. Acaso incluso podría talar un par de olmos para aprovechar del todo este sol de las cuatro de la tarde; mataría dos pájaros de un tiro porque sus ramas alimentarían mi chimenea por la noche cuando quiera continuar este recreo en el presente que ahora alimentan la música y los recuerdos y que más tarde, tras la cena, serán sustituidos por el fuego. No, talarlos no, esa hilera de olmos, cuyos troncos, gruesos de no poder abarcarlos con los brazos, llevan ahí muchos años; los plante yo mismo, no medían más de dos palmos de altura hace treinta años. En realidad forman parte de mi vida aunque ahora me quiten por un rato el sol. No soy Diógenes para decirles, como a Alejandro Magno, apartaros de ahí, que me quitáis el sol.



Ando con un programa de pérdida de peso por indicación médica y esta tarde todavía me toca quemar un millar de calorías. Pensaba hacer una larga caminata al caer el día pero me parece que las voy a quemar picando en la parcela y arrancando la caña indica; después de eso un rato de bicicleta estática, mientras leoescucho una novela de Camus, me servirá para conseguir acabar mis deberes del día.

Ahora pedaleo bajo la cristalera de un invernadero, es de noche y mientras subo una teórica empinada cuesta miro al horizonte donde las luces del Navalcarnero y Batres titilan como estrellas en el horizonte. Llevo buen ritmo, como si estuviera ascendiendo desde La Granja por las Siete Revueltas al Puerto de Navacerrada. Desde que empecé a usar la bici estática no sé por qué cuando pongo el aparato a partir de la posición tres siempre me imagino esta cuesta. Es agradable pedalear en la noche por esa carretera bajo el palio de las ramas de los pinos, el rumor cercano del Eresma al lado junto a la carretera, el sprint cuando me voy acercando al puerto y a la Venta Arias, que es donde suelo terminar mi recorrido en bici. Después me bajo, salgo del invernadero y atravieso en la oscuridad la parcela camino de la cabaña. Siempre viene a buscarme nuestra perra que me tiene tomada la hora y se acurruca pacientemente a mi lado hasta que dejó de pedalear. A esta hora hace algo de frío y Gaza agradece el calor de la cabaña. Allí estará junto al fuego y su dueño contemplando adormilada las llamas hasta que me marche a dormir, momento en que cambiará de lugar y se acurrucará junto a mi cama para pasar la noche. Incluso es posible que después de la cena la hortelana y yo veamos una película juntos mientras la perra dormita a nuestros pies.

Hoy no existe más que este instante, ahora está el crepitar del fuego después de Mr. Arkadin, la película de Orson Welles; sí, es lo que toca, este hombrón que tanto ama recrearse en su propia persona es además un buen acompañante cuando llega la hora de apagar las luces y sumergirse en la magia del cine, aunque hoy la película resulte un tanto caótica y de un frenético movimiento que no se corresponde con la acción del momento. Algún instante brillante, escenas como la del domador de pulgas o una mascarada goyesca que compensan el ir y venir trepidante del protagonista por Europa. Tras un rato de conversación vuelvo a sumirme en Ascensiones, el libro de Catherine Destivelle, pero no me llena. Los libros de montaña son a veces insoportablemente aburridos cuando se lee uno tras otro durante semanas. La lectura merece la pena sin embargo porque de tanto en tanto aparecen, como los níscalos bajo la pinácea, alguna pequeña sorpresa con la que llenar el cestillo de las emociones compartidas.




Es tarde, Gaza dormita a mis pies emitiendo un leve ronquido. Si apago la luz puedo ver por la ventana de poniente a lo lejos las luces de innumerables pueblos. Nuestra casa, situada en un pequeño cerro, emula a una breve atalaya que se levantara sobre la llanura presidiendo la noche. Primero un llano de terreno ondulante donde ya empiezan a brotar tiernas hebras de cebada, después, más lejos, hileras de almendros y encinas que se hunden en un pequeño valle por donde discurre el río Guadarrama; más adelante, ahora todo cubierto por el velo de la noche, el llano extendido como una gran alfombra hasta estrellarse con la sierra de Gredos. En los días muy claros puedo llegar a identificar el Almanzor y las cumbres que le rodean; incluso la hondonada del valle que sube desde Guisando hasta los Galayos puede observarse algunas veces.

Me da pena que se acabe el día, me da pena que la vida vaya tan deprisa y un día tras otro vayan acercándome a la muerte. Una pena leve, ligera, sin aspavientos; una lástima sentir que un día me iré y se quedarán los pájaros cantando; los tiernos árboles que planté y que son ahora robustos y bellos ejemplares de bosque, el prado de los tréboles, ese arce y esos perales que estos días pasados vestían su espléndido ropaje de otoño, los carboneros y los petirrojos o los chillones gorriones despertándome cada mañana cuando bajan al comedero a desayunar, nuestra querida perra que cada madrugada entra en la cabaña a darme los buenos días con sus lametazos.

Pero en fin, no nos pongamos nostálgicos, a fin de cuentas es el mismo destino que el de esa urraca que me encontré muerta esta mañana bajo los ligustros, o que las flores que se marchitan y terminan por inclinar sus pétalos hasta desvanecerse en el suelo. Mis cenizas también terminarán sirviendo de abono a los narcisos o a los lirios del bancal de poniente; o no, quizás prefiera que las esparzan entre los rosales que fueron abonados con las cenizas de mi padre; o acaso sirvan para alimentar un lilo como el que plantamos sobre las cenizas de mi suegra. Me gusta la idea de que algún día mis cenizas estén ahí alimentando a otros seres vivos frente a la ventana donde trabajo.

Es tarde y no quiero estar muy dormido cuando por la mañana me despierte y comience de nuevo el día bailando un buen rato al ritmo de alguna rumba o un pasodoble, una idea que debo a mi amiga Nuria y que me hace comenzar la jornada con muy buen pie. Como en aquella sinfonía de Hyden en que al final las velas se van apagando y los músicos desapareciendo uno a uno hasta quedar el escenario en plena oscuridad, así sucede hoy; el fuego de mi chimenea languideció, se quedó en brasas y ahora solo queda incorporarse y meterse en la cama y dar gracias por la dicha de haber vivido un día más en este suave y espléndido otoño.















viernes, 23 de noviembre de 2018

Rufián y los “hijos de puta”





El Chorrillo, 23 de noviembre de 2018

Antes de seguir adelante quisiera aclarar que cuando uso el término hijo de puta en el título y en párrafos sucesivos no me estaré refiriendo a lo que las palabras en sí enuncian sino a toda clase de indeseables, ladrones, hipócritas, ese tipo de gente que ha tomado este país como su cortijo particular. La razón es que la expresión tiene tanta fuerza en el ámbito de los que aprendimos la lengua materna en la calle que es difícil encontrar otra que más cuadre a este tipo de gente. Nada que ver pues con ninguna madre ni con ningún hijo.

Es un lujo tener a alguien, este alguien que es un simple diario, un blog,  para en cualquier momento en que a uno se le pasa por las mientes algo, una idea, una noticia que llama su atención, pueda agarrar el teléfono y ponerse a discutir con ese alguien sin tener que esperar a un encuentro en que podamos dar pábulo a los interrogantes que nos surgen. Un lujo sí, porque aunque estas líneas no las leyera absolutamente nadie habrían cumplido dos funciones importantes, una dar salida a esa necesidad de expresarse que corre por dentro de los humanos desde que los hombres del Paleolítico se reunían en una cueva alrededor de una hoguera a la caída de la tarde para contar los sucesos del día a sus congéneres, y dos, reflexionar sobre hechos y sucesos de la vida cotidiana que de no pararse a pensarlos podrían derivar a un retroceso en la evolución de la especie empeñada en buena parte en estos tiempos en pensar lo menos posible visto que para pensar ya tienen a los voceros de toda condición dispuestos a darles todo masticado y comido de manera que sólo les quede tiempo para depositar un voto o protestar por esto o lo otro porque... bueno, etcétera, que ya se entiende.

El caso es que esta tarde venía yo leyendooyendo una novela de Camus, La caída, mientras en el horizonte el sol parecía estar preparando el fuego para asar castañas, cuando de repente me acordé de ese personaje que de vez en cuando está en el candelero público por mor de sus salidas de tono, que diría alguien, pero que yo voy a poner en cuestión a ese alguien a partir de aquí. Por la mañana había escuchado en El País al considerado y amante de las buenas maneras Iñaqui Gabilondo y la verdad es que mientras le oía llamando al personal del Congreso al orden para restituirles a una forma de conducta más educada, encontré que sus palabras, tan educadas, no se correspondían a estas alturas con lo que se debía hacer dada la tomadura de pelo a que se nos somete a los ciudadanos continuamente.

Sucede en este nuestro mundo tan “civilizado” por fuera pero tan salvaje y criminal por dentro, que cuando los hijos de puta de siempre se ceban en la gente envolviendo toda su bazofia, robos, manejos de jueces, mentiras, codicia, en los paños templados de la hipocresia, pareciera que, pese a sus tácticas y actos criminales, nadie pudiera desfogarse llamándoles lo que verdaderamente son. No es que defienda el uso de las malas maneras, pero es que hay situaciones en este país que claman tanto al cielo que no hay manera ya de decir las cosas más alto para que nos oigan. Las buenas formas, con todo lo deseables que puedan ser, pueden llegar a ser un gran impedimento a la hora de poner a alguien en su sitio. Se ríen de nosotros de continuo, en nuestra cara, usando la televisión y todos los medios a su disposición, se ríen y nos roban y nos toman el pelo. ¿Qué hacer para que dejen de tocarnos los huevos? ¿Nada? ¿Manifestarnos cuatro gatos? ¿Escribir cartas a sus “majestades” los reyes, pedirle por email las facturas de las comisiones del petróleo al rey emérito? ¿Decirles a todos los que se oponen a la subida del salario mínimo interprofesional que cobran diez, cien, mil veces más que esos asalariados que eso es injusto? (El vídeo del diputado canario Alberto Rodríguez de más abajo habla de estas “tontunas”.



¿Qué hacer cuando el cabreo de la gente desborda toda la capacidad de aguante, cuando las palabras no bastan? Bueno, pues lo que dice este diputado de ERC puede ser un modo de hacer en un contexto de tomadura de pelo de los ciudadanos que se hace insostenible. Iñaqui Gabilondo dirá lo que quiera, pero el problema no es que el Congreso de los Diputados se esté convirtiendo en un barrizal, el problema real es que los hijos de puta de este país han convertido España en un lodazal.

La primera vez que supe de Rufián, el diputado de ERC, me encontraba en una manifestación multitudinaria junto al Congreso en la plaza de Neptuno. El motivo no lo recuerdo, pero en aquellos momentos se llevaba a cabo la moción de censura de Rajoy. Yo andaba pendiente de la definitiva abstención del PSOE, que es la que permitiría seguir teniendo a Rajoy en el gobierno y seguía con los auriculares en mi teléfono algunas intervenciones que tenían lugar en el Congreso en ese instante. Fue entonces cuando, en medio del follón de la manifestación, oí a Rufian; el modo en cómo llamó Iscariote al PSOE y cómo dio un repaso al parlamento que permitía seguir en el gobierno a tamaño sinvergüenza, su contundencia y modo de debatirse en el hemiciclo en medio de la hipocresía y los intereses cruzados, me pareció entonces elogiable. No es que apruebe todas sus intervenciones, pero tengo la impresión de que en un país como el nuestro y en las circunstancias actuales un individuo así cumple un papel que alguien tendría que desempeñar si no estuviera él. Cuando las palabras no sirven para nada, las manifestaciones otro tanto de lo mismo, cuando la presión social queda paralizada o amortiguada desde los medios, pareciera que no quedara otra cosa que el exabrupto, que no es un medio, por supuesto, pero que puede ser necesario al menos para decir en alto que dejen de tratarnos como gilipollas, cuando las alternativas se acaban. Recordemos que los hijos de puta de finales de los años treinta, más o menos de la misma familia que los de ahora, dejaron en España un rastro de medio millón de cadáveres.

Es tan lastimoso sentirse tratado como imbéciles por esos personajillos de la política, de la banca o de los juzgados, que no es de extrañar que a alguno los sapos y las culebras se les salgan por la boca. Quizás cuando seamos un país civilizado donde la gente se respete mutuamente, gobernantes a gobernados y viceversa, quizás entonces los “rufianes” deban desaparecer, pero mientras tanto bienvenidos sean, incluso aunque a veces se puedan pasar de rosca, que también puede ser cierto.   












jueves, 22 de noviembre de 2018

Un adagio para comenzar el día





Lo que importa no es la vida eterna, sino la eterna vivacidad (Nietzsche­).


El Chorrillo, 22 de noviembre de 2018

O el Adagio de Albinoni en El Proceso de Orson Welles. Me pregunto esta noche si Orson Welles tendrá alguna particular relación con el Adagio de Albinoni, ocho minutos de música que Welles reparte en pequeñas dosis a lo largo de su película El Proceso, para en el momento final hacer explotar todo en un climax en que el absurdo ha llegado a su máxima expresión y sus personajes no pueden hacer otra cosa que saltar por los aires bajo los efectos de un cartucho de dinamita. Mi pregunta viene dada porque precisamente hace tiempo confeccioné un material sonoro en donde bajo las notas de este mismo adagio sonaba, como surgido de las entrañas de un volcán, el fuego que precede a la consumación que la Naturaleza pide cuando nos entregamos de pleno a la llamada que ella reclama de nosotros bajo el imperativo de la la comunión de los cuerpos.

El tema, tomado de la novela de Kafka del mismo título, me había venido de nuevo, esta vez de la mano de Camus en el último capítulo de El mito de Sísifo, que leía ayer y que llevaba el título de La esperanza y lo absurdo en la obra de Kafka. “Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso”. En la película, el absurdo, que se ciñe como una gran telaraña que en la oscuridad hubiera atrapado a su personaje entre los hilos de sucesivas secuencias donde la lógica no tiene cabida, ­la música de Albinoni me sorprende precisamente porque mi cerebro la tiene asociada a unas escenas eróticas que no son capaces de desaparecer ante la desesperación de Josef K, interpretado por Anthony Perkins, de continuo acorralado en los absurdo de sus situaciones y que aparecen una y otra vez entreveradas con los trabajos del protagonista por saber en qué consiste su falta y en cómo el proceso podrá resolverse.



Desde el mismo comienzo de la película la música corre alfombrando el paso del protagonista que desde el instante en que despierta se ve aturdido por una realidad que sólo encajaría en los márgenes de un sueño. Me estorba esa música, me distrae e impide saborear esa filosofía que Camus trata de apuntalar con la obra de Kafka (“Quiero librar a mi universo de sus fantasmas y poblarlo solamente con las verdades carnales cuya presencia no puedo negar”). Tal como entiendo yo la correlación que pudiera haber entre el uso que hace la película de la música y el uso que hice yo de la misma en cierto momento, parece como si el absurdo, que nos cierra de continuo el paso a la posibilidad de comprender y sabernos parte de una finalidad, nos diera como consuelo, sin embargo, y obviando esa explosión que Orson Welles inventa para el final de su película, la posibilidad de vivir encerrados en un presente en que la vida fluye sin ningún reparo en lo angosto del yo donde las pasiones, los anhelos y la capacidad de crear tienen su profundo porqué.   

De este modo, la música, que parece explotar en las manos del protagonista como una bomba destinada a poner un punto final donde no hay ni final ni finalidad, sonando en el trasfondo de la conciencia, y desde luego totalmente incoherente con las secuencias que vemos, podría, no obstante, estar avisándonos de que pese a la absurdidad de nuestra vida sin sentido es posible seguir viviendo, un paso más allá del absurdo, alimentando el alma con lo más genuino de nuestro amor y nuestros deseos. “La gran obra de arte, afirma Camus, tiene menos importancia en sí misma que la prueba que exige a un hombre y la ocasión que le proporciona de vencer a sus fantasmas y de acercarse un poco más a su realidad desnuda”. Una realidad desnuda que con toda probabilidad no necesita ni de dioses ni de religiones para vivirla con plenitud.

Mi personal Adagio, que es un canto a la vida que se esconde en el corazón de todo hombre y mujer, me suena esta mañana una y otra vez no como en Welles como una terrorífica amenaza de lo desconocido irrumpiendo en la lógica de lo cotidiano, sino todo lo contrario, como una primavera que nace de los hielos del invierno con la conciencia de pisar una tierra prometida tan pronto como estemos dispuestos a dejarnos llevar sin prejuicios por el empuje que la naturaleza instila en nuestros cuerpos, con amor, con el liviano deseo que corre por las venas y al ritmo que la naturaleza nos marca, obsesionada también ésta por la vida, que si es vida habrá de ser espléndido gozo y eterna vivacidad.

El encuentro que nace entre las brumas del Adagio, tras la prolongada soledad de un actor, perdido como vagabundo sin rumbo en la soledad de las montañas que encuentra al final de su camino el cuerpo de una mujer donde curarse las heridas de sus pies y del alma, me suena en la enésima audición de esta mañana mientras miro a través de la ventana de mi cabaña el campo yermo, las nubes taciturnas, como ese nacimiento que debería seguir al descubrimiento de alguna verdad profunda. Inútil especular sobre la realidad, sobre la soledad o el destino de los hombres si al final del día, al final no es posible estrechar entre los brazos ese cuerpo y esa alma en donde todos los sueños se aglutinan.

Quizás escuchando este pequeño fragmento de audio que inserto más abajo se comprenda algo de lo que he querido expresar.