jueves, 20 de septiembre de 2018

¿Y ahora qué?





El Chorrillo, 20 de septiembre de 2018


Este continuo ir de las montañas a mi casa y de mi casa a las montañas parece que a las puertas del otoño va al fin a refrenarse. Es el primer día de todo el verano que me levanto con la poco corriente sensación de tener delante una jornada que como un folio en blanco me interroga sobre cuál va a ser el contenido de los días que seguirán a continuación. Un folio en blanco siempre es un reto que te mira a los ojos  diciéndote: ¿y ahora qué? Dersú Uzalá, al final del relato de Arséniev, se encuentra tan mano sobre mano sin tener qué hacer, sin poder cazar, sin tener que ir de un lado a otro, sin un refugio al que abastecer de leña o sin un río que tener que vadear, que a uno le entra una tristeza infinita porque al fin comprende que en algún momento la vida será otra cosa. A Dersú le falla la vista, se ha hecho mayor y su amigo de aventuras, Arséniev, lo acoge en su casa; dispone de todas las comodidades pero él sin el bosque, sin las colinas, sin el trabajo duro de buscarse el sustento languidece. ¿Y ahora qué? Carlos Soria ha logrado la difícil hazaña de prolongar la tensión de su vida hasta el umbral de los ochenta años, y ya veremos si no va incluso más allá, lo que da a su existencia un empuje y una utilidad en donde todavía no cabe el interrogante de ese folio en blanco que te asaltará algún día con ese intempestivo ¿y ahora qué?

Obviamente nadie, ni siquiera don Quijote puede alargar la elasticidad de la vida al punto de que hasta el último día deba batirse contra los molinos de viento o seguir desfaciendo entuertos interminablemente. Viene con la edad, junto a ese “¿y ahora qué?” un complejo número de sensaciones con las que la gente del club de los septuagenarios y demás genarios tenemos que lidiar con la tensión y la mente matemática de quien tiene que resolver algunos complejos problemas de álgebra. A unos les falla una pierna, a otro las cervicales o las vértebras lumbares les impiden llevar un macuto, a quién más o a quien menos etcétera, todo indeseables variables que merman la seguridad en uno mismo y hacen crecer en el organismo ciertos especímenes de escepticismo que son la madre del borrego que se nos pone delante cuando algún ligero sueño, sueño de soñar, no de dormir, digo, aparece en el umbral de la conciencia. Y es que hasta los sueños y las inquietudes sufren de anemia a causa de los años.  

En este momento en que está tan de moda los algoritmos, esos enrevesados cálculos que hacen los dueños del pastel mediático, Google, Facebook y todos sus aliados, para tenernos a los habitantes de este planeta agarrados dentro de un puño y reorientar nuestra conducta, ahora con el agua al cuello de algunos pequeños hándicaps, metidos en el corsé de unos pocos hábitos, ahora precisamente que nos hacemos mayores y porque tenemos tanto tiempo libre, ¿no sería pese a todo el momento idóneo de ponerse el mundo por montera de algún modo y burlar así el acoso de los años?

Me he propuesto escribir este diario de jubilado, entre otras cosas, como antídoto ante las jaquecas mentales y físicas propias de la edad, pero sobre todo con la idea de explorar nuevas posibilidades y traer a la memoria esos flujos de la vida que alientan desde los sótanos del alma con su chispa de pasadas vivencias, nuevas cosas que hacer, algo así como un ejercicio permanente para poder llegar a la conclusión de que es necesario no dejar de pedalear si es que no quieres terminar dándote de morros contra el suelo.

Ahora espero, hubiera querido escribir una novela, lo que me habría sumergido en un mundo muy deseable en el que de darse uno puede llegar a vivir vidas paralelas y experimentar la personalidad y las pasiones ajenas, pero éstas son cosas que uno no puede forzar. Por consiguiente, asunto desechado. Si hubiera tenido en expectativa completar los catorce ochomiles o llegar al corazón de la Antártida, lo mismo ya no tenía que preocuparme más en lo que me queda de vida por dar de comer a mi espíritu, pero siendo que uno es poquita cosa y no puede aspirar a tan altos proyectos, la cosa se pone más peliaguda.

Aunque pensándolo bien en lugar de aspirar a escalar el Shisha Pangma o el Dhaulagiri también podría optar por emular a aquellos sabios chinos de la dinastía Sui y Tang que cumplida una edad madura se retiraban a los montes a hacer vida de ermitaños. Meditar, cuidar una pequeña huerta y, al atardecer, sentarme en posición de loto a contemplar el siempre hermoso cuadro del crepúsculo que cada día ocupa el horizonte frente a mi cabaña con el perfil serrado de Gredos al fondo. O también podría dedicarme a pintar ahora que he regresado de un corto viaje a Islandia que ha dejado en mi retina un mundo de montañas y colores cuyas tonalidades, tan bellas, bien merecerían que resucitara mis pinceles, los tubos de óleo y la paleta que deben de yacer en algún rincón del desván desde hace más de cuarenta años esperando que algún día me vengan las ganas de pintar.

No es vano contemplar desde la edad esta cosa que es la vida, esa cosa tan rara, que decía Carmen Martín Gaite, que siendo lo más preciado que tenemos será todavía por algunos años pero que después no será en absoluto, que ni siquiera entre las cenizas lograremos reconocer un infinito resto de lo que ahora palpita en nosotros. La vida, tan efímera como una bella aurora boreal iluminando el cielo invernal de la taiga por un instante para a continuación desaparecer sin dejar rastro, acaso una simple vibración en el aire, un “¿y ahora qué?” que como el eco se irá perdiendo entre las montañas como un parapente fantasmal que se tragara la noche.

domingo, 9 de septiembre de 2018

La belleza del alma, la belleza de la montaña.




El Chorrillo, 9 de septiembre de 2018

El ruido del viento entre las hojas de los árboles se mezcla con las notas del concierto para piano op. 54 de Schumann. La cabaña está a oscuras. Hoy invertí algún tiempo en organizar mi menú para la semana de la primera ruta que proyecto caminar dentro de unos días al sur de Islandia. La cosa me pone un poco nervioso. En esta ocasión hubiera preferido ir acompañado, pero no hubo oportunidad. Me impone algo el páramo desolado de aquella isla que me cuesta imaginar y donde no sé si en esta época encontraré gente que amortigüe esa sensación, por otra parte deseable, de soledad. Martha Argerich acaricia con una decisión contenida las teclas del piano en este privilegiado momento de la noche.

Hace muchos años que no subrayaba tanto un libro. En general cuando tomo el boli, y lo hice muchas veces en estas semanas como quien se abalanza sobre una preciada presa para rescatar de los centenares de páginas una idea especialmente atractiva, es porque siento que algo de lo que se dice allí concierne especialmente a mi vida. Y siendo mi vida lo más preciado que tengo es obvio que la decisión de leer algunos  libros en concreto, todos de montaña últimamente, en cierto modo puede ser determinante para ella. Mi última entrada en este diario la titulé Escalo montañas para mi alma, por cierto una bella y acertada reflexión que oyó Kurtyka al escalador esloveno Tomaz Humar, unas palabras que me sugieren otras muchas afirmaciones capaces de dar respuesta a un puñado de porqués que nos planteamos a lo largo de la vida. Unos cuantos ejemplos: leo determinados libros para mi alma; viajo para enriquecer mi alma; intento ser más bueno, como decíamos de niños, mejor persona, para embellecer mi alma. No hace falta decir que en tener un alma bella, y no me parece que encierre otro significado el pensamiento del Tomaz Humar, consiste ese arte de vivir que da armonía a las personas, las llena de plenitud y a la vez les confiere la dicha de experimentar su creatividad, su audacia y la de todos aquellos dones que yacen dispersos por los rincones del alma sin que, acaso, sepamos de ellos hasta que algún reto personal los hace fermentar y expandirse en un proyecto, una propuesta moral.

La primera vez que leí la expresión “hacer de la vida una obra de arte”, fue en una obra de Óscar Wilde. Desde entonces me la he encontrado con frecuencia aquí o allá en mis lecturas, o acaso no es así y la idea me cautivó de tal manera que me parece verla brillar en todos aquellos personajes cuya personalidad, hechos o pensamientos han tenido la gracia de cautivarme. En el libro de Bernadette McDonald, El arte de la libertad, cuenta cómo cuando Kurtyka se encuentra con Jean Troillet y Erhard, con los que formaría el dream team para intentar el Cho Oyu y el Shishapangma, la reflexión que hace sobre sus compañeros es ésta: “Veía en sus rostro y sus historias que el peligroso viaje que habían elegido en las montañas había convertido sus vidas en obras de arte”.

Hoy, nada más encender el ordenador, me encontré con las líneas anteriores sobre la pantalla. Mientras las volvía a leer los estorninos llenaban el aire de la mañana con su algarabía. Las uvas están maduras y aterrizaban en bandadas sobre nuestras parras como guerreros saqueando una ciudad tomada por el ejército. Pensaba en la gracia que tiene encontrarnos accidentalmente en un libro una frase, una idea agraciada que, por su brevedad y contundencia queda ahí vibrando en el aire como un bello interrogante en que el espíritu parece encontrar un alivio en el cargado ambiente de la confusión. Lees: “Escalo para mi alma” y de repente la confusión de tus ideas, los interrogantes, los porqués se desvanecen y, en donde antes había confusión y desorden, todo aparece ahora claro y limpio. Resulta que todo para en nutrir mi alma y llenar de belleza cada uno de sus poros. Belleza del alma propiamente dicha y belleza de la que se nutre el alma.

Hablamos pues de arte en el sentido más profundo y amplio. Mis subrayados de los últimos libros que leí son testigos de cómo la belleza del alma y la belleza que el individuo crea con sus actos, pueden llegar a formar un tándem realmente muy atractivo. Después de escalar la hermosa Torre del Trango en el Himalaya, “resplandeciente rayo de roca dorada”, líneas de tentadoras fisuras, de refrescantes manchas blancas de nieve, Kurtyka describió las ascensiones de esa índole como “un arte estético actuando en el mágico juego de la luz y el espacio… ¿Existe acaso un grabado más impresionante que el que dibuja un escalador en una inmensa pared o en una atrevida arista de roca?” ¿Existe, pregunto yo a mi vez, algo más bello que el rastro que va dejando Álex, este ya gran artista de nuestras montañas, elevándose palmo a palmo solo, “desnudo como la mar”, por la rosada y atrevida roca del Picu, ligero como una salamanquesa, elegante, concentrado en la prodigiosa meticulosidad de sus movimientos?

La belleza de una montaña, una pared y la belleza del alma, ambas bellezas encontradas, la montaña como resistencia sobre la que el individuo se eleva para crecer, superarse y encontrarse consigo mismo (“El aire hace al águila”, Goethe), ¿no serán unidas las claves de ese arte de vivir del que hablaban Óscar Wilde y Kurtyka?






viernes, 7 de septiembre de 2018

“Escalo montañas para mi alma”







El Chorrillo, 7 de septiembre de 2018


Reflexionar sobre el fenómeno Álex (ver Un muchacho llamado Álex) continúa enfrentándome a interrogantes para los que no parece que haya respuestas. Sucedió que la tarde de ayer me quedé cuidando a mi nieto Manuel que estaba con fiebre. Después de comer algunas cosas con mucha desgana a Manuel se le cerraban los ojos y no tardó en cogerme de la mano y tirar de mí hasta la cama. Se quedó dormido como un bendito de inmediato. Me eché a su lado despacito para no despertarle y, mientras esperaba a mi vez que me embargara la modorra acostumbrada de esta hora de calor, ante mi surgió la imagen de Álex trepando por la Oeste del Naranjo, solo, sin cuerda, sin ninguna clase de seguridad. Era una mirada un tanto visionaria, acaso propia de una película de ciencia ficción o de la imaginación de un habilidoso especialista de efectos especiales. Yo intentaba situarme en Vega de Urriello, por ejemplo la última vez que pase por allí hace un par de otoños, un día en que la niebla jugaba algodonosamente con las cumbres y la pared Oeste emergía en la niebla que posaba blandamente sobre su base como la aparición de un enorme y hermoso ser de piedra creado por un dios benevolente para el placer de los montañeros y para mostrar el camino a los más atrevidos y valientes de los hombres; radiante, como una bella aparición destinada a mostrar el sumo esplendor que la naturaleza puede esconder en sus entrañas. El Picu emergía en aquel mundo tan cercano, tan amigo… Citaba el otro día Ramón Portilla a Isidoro Rodríguez Cubillas: "...Cuando vuelvas a la Vega de Urriellu sentirás, ante la ciclópea mole del Naranjo, sensaciones que nunca antes habías experimentado, notarás en la abrasiva caliza la presencia de los que te han precedido, reconocerás el coraje y la audacia de don Pedro y el Cainejo, la técnica de Rabada y de Navarro, la tenacidad de los murcianos, la destreza de Victor y sus hijos, el amor de Pedro Udaondo por las montañas...". Los sentimientos me brotaban entonces por dentro recordándome también al Miembro, José Luis Arrabal, y sus compañeros, de cuerda o de rescate, los tantos años en que el Naranjo, cuando acercándonos al collado de los Horcados Rojos ya hacía vibrar alguna de nuestras fibras más íntimas antes de sumergirnos en el Jou de los Boches. También recordé una antigua noche de vivac en su cumbre con el sol hundiéndose en un mar de nubes.

Pero mis pensamientos terminaban invariablemente por volver a ese muchacho de quince años, Álex, tan casi un niño, trepando “en carne viva”, como llamaban los escaladores polacos de la época de Kurtyka y Kukuczka a la escalada en solitario sin cuerda y sin protección; trepando, decía, por la hermosa y vertical pared Oeste del Naranjo; hermoso también él como un héroe homérico luchando contra los Cíclopes –el vacío, el miedo, sus limitaciones– con la serenidad y la concentración estudiada de quien hace de sí un hombre libre que soñando en grande ha atesorado en su corazón tanta grandeza y tanta voluntad de superación como para convertirse en un perfecto símbolo de la libertad.


 Manuel, acurrucado a mi lado como si quisiera paliar su fiebre en el regazo de su madre, decía algo ininteligible en medio del sueño. Me incorporé, lo miré y la escena me pareció tan entrañable que quise hacerle una foto para compartirla con mis hijos. Su fragilidad, dos añitos recién cumplidos, me hizo pensar en cómo los seres humanos crecemos, nos hacemos fuertes, maduramos. Pensaba que Álex estaba aprendiendo a los quince años lo que un porcentaje altísimo de personas no aprenderían nunca aunque cumplieran mil años; valoraba la madurez que puede aportar a la vida de alguien enfrentarse a dificultades tan significativas; lo miraba con admiración. Pero sin embargo, también es cierto, cuando abría los ojos dejando tras mis párpados a Álex y me encontraba de nuevo con el cuerpo encogido de mi nieto al lado, toda esa hermosura, toda esa libertad, toda esa capacidad de decisión y voluntad temblaba ahora en la incertidumbre de la hora de la siesta pensando a un nieto, a un hijo mío en una hipotética y lejana ascensión de extrema dificultad como la que recreaban mis pensamientos unos segundos antes. En ese momento ponerme en la situación de los padres de Álex se hacía un acto doloroso. Me era difícil asumir, como contaba un compañero en FB, que hacía un poco historia del muchacho, el hecho de que fuera apoyado por los padres. Si el padre hubiera sido yo la intranquilidad y el miedo no me habrían dejado dormir el resto de mis días. Y miraba a Manuel y esa facilidad con la que hablo de libertad, del arte de forjarse a uno mismo se convertía en una acerada punzada, un boomerang que se volvía contra mí y me hacía rechazar rotundamente todo ese valor y toda esa templanza ante el peligro para en todo caso refugiarme en una más conformista mediocridad.

Por la mañana había recibido un mail de una amiga que reprobaba las ideas mostradas días atrás por mí en aquel post que hablaba de Álex, incluso llegaba a calificar de estupidez e inconsciencia actividades de esas características. El contexto que vivía esos días era el de tener un hijo que hacía alguna ascensión en el Pelvoux, en el Delfinado. Sé que la libertad individual es importante, decía, y que la descarga de adrenalina que todo eso produce te hace sentirte vivo... pero el domingo lo pasé angustiada sabiendo que mi hijo andaba por los Alpes empeñado en alguna ascensión delicada. Llevo días preguntándome, terminaba su mail, por el porqué de esa necesidad de jugarse la vida por placer.

Creo que mi amiga se equivocaba cuando encerraba las profundas razones que llevan a un hombre a exponerse a un alto riesgo en montaña en el estrecho concepto “jugarse la vida por placer”. Cuando la conteste le sugeriré que lea a Messner; Mover montañas, por ejemplo, o a Kurtyka. A mí me resulta muy difícil explicar las razones de por qué se hacen estas cosas; las siento, creo comprender bastante a los actores de grandes ascensiones, pero explicar es otra cosa. Luego sucede que no todos funcionan, funcionamos con los mismos registros. Sin embargo creo que hay una idea central que recorre el alma de los pioneros, de aquellos que se enfrentan a sus límites y a sus hándicaps con tesón y ello es la alegría de vivir y la sensación de libertad que se experimenta. Tiene que quedar claro, según mi parecer, que las montañas, las paredes difíciles o los proyectos arduos se imponen en el deseo de las personas por sí mismos, escalamos montañas porque están ahí, dicen algunos. Quizás las razones sean hondas y poco accesibles y lo que venga detrás sean racionalizaciones a posteriori, que intentan explicar algo cuyo origen en el fondo desconocemos o está profundamente escondido. “No se encuentra sino lo que se busca, afirma Ernesto Sábato en Héroes y tumbas, y se busca lo que en cierto modo está escondido en lo más profundo y oscuro de nuestro corazón”. Y, me atrevería a decir que si en lo profundo de nuestro corazón hay algo notable ello tiene que ver con la búsqueda inconsciente o no de la alegría de vivir, con la sensación de plenitud que nos asiste cuando nuestra creatividad, nuestro esfuerzo, nuestro arrojo y nuestra concepción de la belleza se relacionan entre sí.

En definitiva a mí me tocaría sufrir en el caso de que alguno de mis hijos, un nieto o una nieta hubiera decidido, decidiera hacer actividades de riesgo extremo, pero es ley de vida, todos debemos elegir nuestro camino, cada uno el nuestro y los bellos caminos, la bella plenitud, la alegría de vivir a veces exige un precio que no sólo pagan los actores sino también su familia, sus amigos. Mi madre esperó con el alma en vilo durante muchos años cada domingo, muchas veces hasta muy entrada la madrugada, mi regreso de Galayos o Gredos; o cuando marchaba a los Alpes a escalar durante dos meses y no sabía de mí más que por una ocasional postal.

Manuel tose, se da la vuelta y toma la mano del abuelo y, pese a que el abuelo es un entusiasta defensor de la libertad y la plenitud que da la escalada, prefiere seguir admirando durante muchos años a Álex a tener que hacerlo con su nieto. Al fin y al cabo «La contradicción es la raíz de toda manifestación vital»… Y lo dice Hegel, así que sus razones tendrá.










jueves, 6 de septiembre de 2018

Un macuto de veinte kilos





El Chorrillo, 6 de septiembre de 2018

Los carboneros y los gorriones han vuelto a venir al comedero después de muchas semanas. Ahora les veo revolotear en torno al alpiste mientras escribo. En nuestro jardín los pájaros se comportan como las tribus, no se mezclan unos con otros, si hoy vienen los carboneros a comer, los gorriones se muestran alejados y viceversa. El petirrojo, más independiente que el resto, sólo aparece cuando el escenario está despejado. Se sube al borde del comedero, mira inquisitivamente a un lado y a otro y cuando está seguro de que no hay moros en la costa, picotea complacido las semillas de alpiste. Otros como la curruca sólo vienen a bañarse, aterrizan sobre el borde del recipiente de barro que tengo colocado bajo el comedero y despreocupados se zambullen en el agua agitando alegremente sus alas.

No entiendo bien esta mi última afición a pasar todas las tardes colgado de los capítulos de libros que hablan de continuas ascensión a complicadas y difíciles paredes del Himalaya. Desde que he llegado del Pirineo no he hecho otra cosa que andar de una parte de aquella cordillera a otra. Me temo que estoy bajo cierto síndrome de abstinencia. Veo que tengo muchos años y que estos no perdonan y acaso siento que la sangre que corre por las venas de otros son parte de mi propia sangre y aunque ni en esta vida ni en muchas posteriores yo sería capaz de aproximarme mínimamente al tesón de estos hombres de los que leo sus ascensiones, creo que ellos y yo estamos en un parecido escenario metafísico y afectivo. Cuando Kurtyka y Kukuczka se hayan retenidos en su vivac por el mal tiempo a ocho mil metros, mientras hacen la travesía de las tres cumbres del Broad Peak, resulta curioso que el primero se entretenga en especular sobre la belleza: un hombre bello, una bella partida de ajedrez, una bella charla, una bella música. Curioso porque, acostumbrados como estamos a percibir a estos extraordinarios escaladores como devoradores de grandes paredes, no caemos en los motivos primarios que subyacen con mayor o menor intensidad en todos ellos. Los eternos porqués que nos hemos hecho siempre en torno a nuestra actividad en montaña tienen naturalmente respuestas muy distintas según los individuos, pero es innegable que todos mamamos de la misma madre nutricia: la belleza, la superación de uno mismo, el sentimiento de fuerza que acompaña nuestro progreso y la llegada a una cumbre, el íntimo contacto con los elementos, la sensaciones que rondan a quien vivaquea en alta montaña bajo las estrellas o se ve sorprendido por la tormenta. Y también, como remate a estas aproximaciones: subir y subir, entre otras cosas, para descubrir con gran satisfacción que soy más fuerte que mis debilidades. Cuando volvía de la montaña, cuenta Bernadette McDonald de Kurtyka, era una persona diferente, más introvertido, completamente en paz consigo mismo. Traía ese nivel de calma interior que la vida cotidiana no puede proporcionarte.  

Me temo que mi repentina afición a la lectura de estos libros tiene mucho que ver con esa indómita necesidad de no adormilarse. Se pueden leer los libros de aventuras como simple entretenimiento, como algo ajeno que les sucede a otros en lejanas tierras o en circunstancias difíciles, pero los libros de montaña no sé qué coño tienen que siempre terminan poniéndome nervioso. Hay algo de lo que leo en ellos que me transporta de tal forma a las dificultades de sus protagonistas y a sus peripecias, al sufrimiento, al miedo o a la capacidad de decisión que de algún modo reproduce a mi nivel una suerte de escenario que me provoca y me invita a no adormilarme. Observar a hombres fuertes y decididos, o muchachos como es el caso de Álex, del que hablaba el otro día, estimula el deseo de encontrar momentos de plenitud y belleza. Y probablemente para ello no existe mejor escenario que la naturaleza, que nuestras montañas.

Digamos que la lectura alenta una tensión que mi voluntad necesita para seguir viviendo con dignidad. Días atrás escribía en algún lugar algo sobre Dersú Uzalá. El hombre librado a las fuerzas de la naturaleza y al ambiente duro de caminar y subir montañas vive, y especialmente si lo hace en soledad, una suerte de paz interior. También me identifico con Dersú, no sin razón la profesión de vagabundo es la que más me cuadra. Días atrás una amiga me escribía hablando de su estado de ánimo tras unos días en el Pirineo. Estaba sola en la cama de cara a una ventana que de vez en cuando se iluminaba con los relámpagos de una tormenta. Estoy tranquila, en paz conmigo misma, decía. Hace años que no lo estaba y creo que mi salida al Pirineo ha contribuido a ello. Lo que sucede en el Himalaya o con Dersú Uzalá en el Extremo Oriente ruso son luces que alumbran mi camino y que me conducen a esa paz interior de que hablaba mi amiga.

Son las diez de la noche. El despertador ronronea frente a mi cama emitiendo un quejumbroso ruido de aburrimiento. Los aspersores se mueven fuera como pajaritos mecánicos de un disco rayado. Las tardes han vuelto a ser calurosas. Hoy, presionado por la necesidad de reducir peso en mi próxima salida en la que deberé caminar durante una semana sin ningún tipo de aprovisionamiento intermedio, tuve que dedicar un buen rato a enterarme sobre asuntos de nutrición que nunca llegué a aprender. Después de empollar algunas horas he conseguido hacerme unos menús muy chulos para estos días en torno a las tres mil kilocalorías por día. Platos liofilizados, fideos chinos deshidratados, frutos secos, muesli barritas, capuchinos, caldos, té, un total de seis kilos, que unido a los doce o trece de la mochila preparada para un clima de invierno templado y a los útiles de cocina van a llegar seguramente a los veinte kilos. He tenido que hacerme con una mochila de cincuenta y ocho litros. Sudo tinta sólo de pensarlo. Yo que ya hace quince años consideré mi límite de carga en los diez, doce kilos... Para esto debe de servir libros como los que leo estos días. Ellos me dicen: tío, no te quejes y tira millas. Y de momento obedezco.





martes, 4 de septiembre de 2018

Un muchacho llamado Álex



Foto tomada del FB de Ramón Portilla


El Chorrillo, 4 de septiembre de 2018

Junto a un libro de Kurtyka estaba también el volumen de Kukuczka, Mi mundo vertical, que había constituido un pequeño detonante para mi mente adormecida en aquellos primeros días del mes de junio. La fuerza y la decisión de este hombre probadas en esa irrenunciable lucha por conseguir alcanzar todos los ochomiles del Himalaya por una ruta nueva o en invierno, ponían un punto de nerviosismo en mi organismo cada tarde. En los últimos años sólo había leído esporádicamente algún libro de aventuras, Reinhold Messner, Bonatti, René Demaison; no estaba al día de esta nueva generación de polacos y gente de montaña que parecía sacar sus infinitas fuerzas y decisión de un inimaginable mundo donde la voluntad parecía poder substraerse a toda limitación hasta ahora conocida.

En la última hora de la tarde, entre el batiburrillo del monólogo de Kurtyka, me encontré hacia el final de El maharajá chino una idea que apoyaba la vieja intuición de que la dependencia del reconocimiento por parte de los otros puede ser un lastre para la libertad del individuo. Kurtyka es un hombre que huye de los medios, que no concede entrevistas y que se evade de las garras de la fama como alma que lleva el diablo. Así que no era de extrañar que afirmara en la página ciento diez que la fama es quien nos convierte en espectros famélicos, en busca de la carroña del reconocimiento y de los honores. Tengámoslo en cuenta. No ya la fama que es un concepto en exceso hinchado, simplemente cosas menores y cotidianas, esa tensión que establecemos con nosotros mismos, por ejemplo, cuando los megustas y el contador del número de las visitas de un blog reclaman nuestra atención, cuando conocidos o amigos se convierten en los valedores de nuestra conducta, haciéndonos caer en la trampa de creer que valemos lo que vale la consideración que los otros nos otorgan.

Un buen libro siempre es la posibilidad de una larga y profunda conversación con uno mismo donde los interrogantes y las respuestas juegan al corre que te pillo constantemente estimulándonos hacia una comprensión más profunda de la realidad. Y este librito es una joya en este sentido. Durante su lectura, junto a la constante presencia de la amenaza de escalar al fin el Maharajá chino en solo integral, ascender una pared de la más extrema dificultad sin ningún tipo de seguridad, constantemente me veía envuelto en el complejo entramado de las indecisiones, el miedo, la sensación de plenitud, el alivio cuando la lluvia relajaba la tensión de la próxima ascensión. Perfecta capacidad del autor para transmitir sensaciones y meter al lector entre las palpitaciones de su propio corazón.

Por cierto, al día siguiente, después del desayuno, mientras se ponía en marcha mi ordenador, el FB me proporciona una noticia relevante que tiene que ver con el párrafo anterior. Ramón Portilla incluía en su perfil una información que me sumió en la perplejidad, más teniendo tan reciente la lectura del Maharajá chino. La entrada decía lo siguiente: “Se llama Alex González Úbeda (tiene 15 años) y hace unos días escaló en el Naranjo: la Rabada, Este y Sur en solo y en el día, no pudo terminar la Norte por la lluvia... La Murciana del 78 también en solo (donde le tomaron esta foto en los últimos largos sin cuerda...) y la Directísima con un compañero...”. La lectura de este breve suelto me pone nervioso. Confío en que la noticia sea cierta, porque la altura que alcanza el listón de la grandeza moral, la voluntad y la decisión de un hombre, en este caso casi un niño todavía, con ascensiones como éstas, supera cualquier límite que se hubiera podido concebir. Si, como afirma Kurtyka, la escalada es en realidad un intento de elevarse por encima de uno mismo, lo que hace este chico, Alex, con la mitad de la edad de Kilian Jornet, es indudable que lo sitúa en un grado de madurez que difícilmente personas corrientes pueden alcanzar a lo largo de toda una vida. El enfrentamiento con la Mermelada –la acertada expresión de Kurtyka para condensar en una palabra el miedo, la oscura sombra de la muerte, la incertidumbre, aquella pesadilla, cuenta, en que se encontraba con un ser terrorífico que se materializaba en forma de ente tenebroso–, vale decir enfrentamiento con los propios miedos, que todo individuo debe arrostrar a lo largo de la vida, y en especial cuando se hace escalada de dificultad, es un tema recurrente que conocemos todos en mayor o menor grado cuando nos hemos enfrentado a ascensiones que rozaban nuestros límites o nuestra preparación; un complejo de sensaciones que tienen que ver con lo que entendemos es ese hermoso concepto que llamamos libertad. El arte de la libertad, se titula precisamente otro libro que habla de Kurtyka, cuya autora es Bernadette McDonald. Emprender “desnudos como la mar” estas ascensiones que realiza Alex, le convierte en un símbolo de esa libertad, mucho más allá de la famosa pintura de Delacroix.

Envidia sana la mía, admiración, también sentimiento de mediocridad, todo hay que decirlo, ante estos seres tan genuinamente valientes. Envidia la mía, alguien que abandona una alta ruta en las Dolomitas este verano porque la pierna le falla un poco y le dan cague determinados parajes especialmente verticales, o que sufre porque caminando días atrás en Pirineos tiene que atravesar unas pendientes hermosas que le descomponen los nervios. Desde hace una semana he abandonado la literatura y ando de una parte a otra del Himalaya siguiendo los paso de alpinistas polacos que me desconciertan con sus ascensiones, pero que hacen renacer la lejana memoria de mis humildes ascensiones en Alpes, Galayos o Pirineos con el renovado brillo de ese sentimiento de libertad que experimentaba trepando por el diedro de la María Luisa, la Oeste de la Amezúa o el Cuerno del Almanzor en una heladora mañana de invierno. La experimentación de la libertad de los otros abona la sensación de mi propia libertad ahora que hace ya tantos años que no escalo pero que sigo recorriendo verano a verano los Alpes de un extremo a otro.

Y sin embargo parece que hay personas que se toman estas cosas a la ligera; antes de cerrar la aplicación del FB eché una ojeada a los comentarios de la entrada sobre las ascensiones de Alex y allí me encontré con alguno bastante sorprendente que tachaba de “machada” y de inconsciente la aventura de este chico. La verdad es me jodió que el simple historial de las cuatro ascensiones al naranjo en solo integral no fuera suficiente a estos comentaristas para aceptar la madurez y la preparación física y moral de este muchacho. Y me imagino cómo con el teléfono en la mano alguien, desde la comodidad del sillón del cuarto de su casa, puede atreverse a juzgar la globalidad de todos las complejas decisiones de alguien que se apresta, y consigue, en solitario a escalar la pared más señera y acaso más difícil de nuestro país. También yo ejercí de comentarista respondiendo con lo siguiente: Perdona, X, pero me chirría por dentro esa palabra “machada”. Si los datos que se narran aquí son ciertos ello me parece de una grandeza moral y deportiva tan grande, tan fuera de toda comparación, que aún considerando el equilibro ese que puede haber entre lo que tú llamas inconsciencia y una madurez consolidada como escalador, la realidad es que a mí, por ejemplo, que fui escalador del montón, me pone la carne de gallina pensar en la fuerza de voluntad y decisión que un individuo a tan corta edad puede llevar dentro. Un valor tan innegable y evidente, que es necesario reconocer que me hace mal encontrarme esa palabra que entrecomillé y que escribiste más arriba. A mí me parece algo muy grande como para banalizar sobre ello. Ayer leía sobre la primera invernal de Kurtyka al Troll, en Noruega; la prensa lo anatemizó también como acto de locura e inconsciencia. 

Ramón Portilla terminaba su apunte con una bonita verdad; decía: “Gracias, Álex, para mí eres un soplo de aire fresco…” Para mí también. Son personas así, creyentes todos de esa libertad que nos regala la montaña, los que me hacen asomar la cabeza por encima del pesimismo que supone vivir en esta loca sociedad y dan aliento con su audacia y fuerza de voluntad para seguir mirando con esperanza el porvenir.



lunes, 3 de septiembre de 2018

La Mermelada como terapia




El Chorrillo, 3 de septiembre de 2018


Sentía ligero mi cuerpo esta mañana. Fuera, en la parcela, me esperaban algunas tareas postergadas desde la primavera. Una mañana, estando en la cabaña, me había sorprendido el ruido inesperado de un desgarro de madera quebrada seguido por el de la caída contundente de ramas sobre el suelo. Salí extrañado a ver de dónde procedía aquel estruendo; me encontré con que una de las tres ramas que salían del cuello del tronco del olmo del sur, un árbol que había plantado hacía treinta años y cuyo tronco necesitaba a dos personas para abarcarlo, se había quebrado y desplomado a sus pies. Tampoco los árboles son eternos, pensé. Ahora debía cortar otra de las ramas que amenazaba caer en cualquier momento. Debajo había una acacia que perdería la vida cuando la rama cortada cayese sobre ella. Debía desviar su línea de caída de alguna manera. En la caseta de las herramientas busqué la vieja cuerda de escalada, una herrumbrosa garrucha que andaba por ahí y el cabrestante que ya me había servido otras veces para trabajos similares. Bajo el árbol até la garrucha al extremo de la cuerda y traté de lanzar ésta de manera que pudiera trincar el extremo de la rama cuyo desplazamiento me permitiría desviar la caída. Lo conseguí a la tercera. Después fui tirando con el cabrestante de la rama hasta que la línea de caída de ésta estuvo lejos de la acacia. Luego no tuve más que subir con la escalera hasta el arco del olmo. Sólo fue necesario hacer un pequeño corte con la motosierra en el nacimiento de la rama para que ésta cayera por su propio peso; enseguida oí cómo dentro del alma del árbol se producía una especie de rotura de huesos, un débil desgarro indeciso y a continuación un arrebujo de gruesas ramas dio con estrépito sobre el suelo.

Siempre me producía cierto temor ese momento en que la rama o el árbol quiebra con su ruido de muerte para dar con su vida en el suelo. Recordaba aquel primer otoño de mis tiempos de maestro en una pequeña aldea de Asturias, cuando fue necesario acumular leña para el invierno. El hayedo estaba silencioso, hermoso a rabiar con su tapizado de colores engalanando el suelo como para una fiesta. Habíamos subido con un pequeño tractor por una pista hasta cerca de una mina de carbón abandonada. Las hayas se erguían señoriales en la luz aterciopelada de la mañana; en sus ramas colgaban todavía hojas que adornaban como farolillos de feria el cielo del bosque. No tardó en romperse el silencio de iglesia que reinaba en el hayedo. La motosierra con su ruido de muerte hendió las carnes de un haya elegida a voleo y en algún momento se oyó el desgarro característico de su grito final. Ramas que se agitan como si un temporal las azotase, el silbido del alma del haya escapándose hacia el cielo, el torpor de un gigante que pierde el equilibrio y por último la caída fulminante arrastrando ramas colindantes y aplastando bajo su peso de toneladas pequeños árboles y arbustos. Ese breve minuto tenía cierto parecido con el estertor que sufre el cielo cuando se desencadena una tormenta, primero una breve punzada en el alma que gime como sorprendida por un hachazo repentino en su cuerpo para a continuación deflagrar sobre montes y valles, mediante rayos y truenos. la exasperación de su furia contenida.

Pasé el resto de la mañana despiezando las ramas como a un animal en el matadero; todo quedó reducido a leña con que alimentar la chimenea del siguiente invierno. Hacía un par de días que había regresado de una larga caminata en los Alpes, una rutina que se había impuesto en mi ánimo ya después de varios veranos y que venía a hacer de mí una especie de vagabundo. No se me ocurría de momento para esta estación otra actividad más gratificante para el resto de mi vida que vivir como un salvaje recorriendo bosques y montañas en esa época.

Después de comer bajé a la cabaña. Sobre la pequeña mesa de madera de roble junto a la ventana encontré los libros que había comprado antes de mi partida a los Alpes. Eran todos de montaña, Kurtyka, Barasoain, Renato Casarotto. El de Kurtyka, El maharajá chino, había quedado, apenas comenzado, abierto en una página donde mi lápiz había subrayado lo siguiente: “Era consciente de que la escalada, más que una ascensión en el espacio físico, es en realidad un intento de elevarse por encima de uno mismo”. Este Kurtyka había sido capaz de atraparme nada más comenzar la lectura de su libro. “Percibí en la hierba helada el deseo de crecer, primitivo e inmemorial; el ineludible impulso que conducía hacia la transformación. La fuerza somnolienta que dormitaba en las briznas amarillas expandía su energía universal sobre el pálido cielo de invierno. Comprendí que el único anhelo verdadero de todo ser, impreso en su interior, es precisamente el deseo de transformarse y crear”. Hay libros que hablan con tal fuerza de convicción que son capaces de saltarse a la torera cualquier tipo de razonamiento que quiera interponerse en la veracidad de las ideas que expresan. Me sucedía con El maharajá chino. Eché un vistazo a los tres capítulos que ya había leído, encontré un par de líneas subrayadas a lápiz: “Empezaba a parecerme de repente que todo el atractivo de la vida estaba en el espacio fuera del orden y de las reglas”. ¡Joder!, me dije, ni escrito para mi propio caletre.

El atractivo de Kurtyka y su libro, que después leería durante toda la tarde hasta acabar definitivamente con él, estaba en su capacidad para suscitar interrogantes y abrirse paso entre las confusas verdades en que el hombre se mueve desde el nacimiento. Esas verdades, que son el tegumento de lo que la sociedad va tejiendo en la mentalidad de un ciudadano corriente y que aparecen como axiomas en la vida en común que nos aglutina a todos en un entorno social, se tambaleaban cuando se va avanzando en las páginas del libro. Ante alguien que busca en sus entrañas la razón de su ser y las posibilidades que pueden encerrar su lucha por alcanzar cierta plenitud, las convenciones corrientes se derrumban como gigantes de barro y lo que aparece ante él es, en boca de Kurtyka, la Mermelada, pesadilla del encuentro con un ser terrorífico, como si fuera plasma, “o una sombra dotada de vida interior”. A través de esa pesadilla lo que transformó para siempre al autor fue el impulso que le provocó enfrentarse a sus propios miedos. “Siempre que sentía miedo, escribe, aceptaba el reto e intentaba plantarle cara”.  Era una idea atractiva que suscitaba cierto hormigueo nervioso en mi cuerpo.

La sencillez no es cosa de este mundo, la realidad es compleja. ¿Mi realidad o tu realidad?, preguntaba ayer noche a su interlocutor el protagonista de la película que vimos, Lucky. Lucky era un hombre de noventa años que vivía en una pequeña localidad rural de Estados Unidos y en donde personajes típicos sirven de contrapeso para tejer una historia en que, como en el libro de Kurtyka, el guionista trata, al modo de Sócrates, con sus interrogantes o sus gestos de ironía, de forzar la verdad que se esconde tras los falsos argumentos, la equívocas verdades.

Esa cosa imprecisa que nos corre por dentro y que alerta a los sentidos sin mostrarse de una manera precisa, pero que suscita una ligera inquietud en nuestro organismo era la versión actual de aquella otra inquietud que cuando era joven surgía en los días previos a determinadas escaladas. No sé, pero tengo la impresión de que algo de ella tenía que ver con esa dichosa mermelada, una especie de pus salido del cuerpo que te pone en guardia cuando pretendes dar un paso más allá del confort y la comodidad de tu vida cotidiana y que se derrama por tu organismo poniéndote en guardia. O quizás simplemente fuera que la adrenalina había detectado algún remoto peligro y se ponía en estado de alerta. Bueno, también me sucedía cuando leía un pasaje especialmente comprometedor de una ascensión. Quizás, como tantas cosas, la edad tuviera que ver en ello. De todos modos había algo incierto en todo esto, no me cabía en la cabeza que la inquietud fuera un hecho gratuito sin significado en el orden de mi conducta. Una alarma te alerta contra el peligro o lo inusual, pero no es una barrera que te impida el paso; sí, acaso, la prevención de que ir más allá, que persistir en determinadas actividades no es ya propio de los estándares corrientes y que por tanto necesitas hacer crecer en ti una fuerza suplementaria.

"¿No es, se pregunta Kurtyka, a la Mermelada a quien debo agradecer mi resistencia a la degeneración, acaso no fue ella la que estimuló mi dignidad?". Oh, Dios, la resistencia a la degeneración. La cagaste. Ya tienes delante de nuevo la iniquidad de la decrepitud nombrada sin reserva alguna. Y sin embargo también la sapiencia de tu organismo, acaso, para detectar la necesidad de una inflexión, una adaptación a las circunstancias pero sin renunciar en esencia a un estilo de vida, al vagabundaje, a los senderos de la alta montaña. 



domingo, 2 de septiembre de 2018

Mi vuelta a casa




El Chorrillo, 2 de septiembre de 2018

Me había despertado con la curiosa idea en la cabeza de que ya había vivido mucho, que ya no tendría que preocuparme por esos árboles que había dejado crecer indiscriminadamente junto a la fachada de la casa o en toda la parcela, que ya no me preocuparía que con el tiempo la valla de poniente se fuera abajo. Me quedaban sólo un puñado de años de vida y ahora sólo me cabía seguir viviendo con las pequeñas cosas que me trajeran los días. Después de desayunar me fui al taller, deshice el macuto y coloqué su contenido en la cama como dispuesto para ser utilizado de nuevo al cabo de unos pocos días. La idea era nueva, no se me iba de la cabeza. El mundo es como es, acaso cambiaría alguna vez a mejor, lo que era poco probable. Pertenezco a un mundo que cada vez me gusta menos pero, innecesario es decir que no tengo por qué acatar todas las gilipolleces que el Sistema genera. Hacía tiempo que cada vez que escribía esa palabra, “sistema”, necesitaba escribirla con mayúscula. Un Sistema que como la Hidra se reproducía a sí mismo en una espiral de injusticia y codicia institucionalizada, que fomentaba la sinrazón y el aborregamiento de los ciudadanos. Siempre había un modo de burlar al Sistema, y cuando ello no fuera posible, pues paciencia. También la sociedad me ahorraba muchos trabajos y contribuía a liberarme de otras tantas molestias.

Sobre la cama había quedado todo ordenado, a la izquierda la ropa de abrigo, el chubasquero, los pantalones de lluvia; a la derecha las baterías de repuesto, la alfombrilla solar, algunos mosquetones. Calcetines de repuesto, los bastones, la toalla, el mosquitero y alguna cosa más lo fue distribuyendo por el colchón hasta que éste quedó totalmente cubierto con toda la impedimenta. El saco, esponjado ya por alguna hora de sol junto a la piscina, lo colocqué a la izquierda. También estaba allí la tienda de campaña. El macuto  quedó colgado de un clavo sobre los troncos de pino de la pared. Todo aquello, ordenado como los productos que venden los manteros sobre las aceras del centro de Madrid, decía: esto es todo lo que un hombre necesita para vivir. Había estado caminando un par de meses y medio por los Alpes y Pirineos y aquello había sido toda mi impedimenta, doce kilos de cosas varias era todo lo que un hombre necesita para vivir, pensé, un pensamiento recurrente que aparecía con frecuencia en mi conciencia desde hacía algunos años.

Ahora trataba de definir esa idea que me rondaba por dentro, pero dos pájaros pequeños de color cenicientos frente a mi ventana me distraían; habían bajado al recipiente del agua al pie de la acacia y daban saltitos inquietos chapuzándose dentro como quien atiende a su higiene matinal. El petirrojo de todas las mañanas también merodeaba por el comedero buscando su desayuno. Una ligera brisa movía las hojas de los árboles. Éstos habían crecido tanto por toda la parcela que ahora ya no era posible ver el campo que se extendía más allá de la valla, a esta hora un rastrojal agostado que despertaba con el primer sol de la mañana. Al cabo de los años la idea de la duración de la vida y de la muerte había ido tomando un aspecto inusitado como queriendo adaptarse a una realidad que hablaba irremisiblemente de la caducidad de todo y especialmente de mi propia vida. Ni triste ni contento, sólo que esta mañana había sentido muy fuertemente el peso de esa certeza y junto a ella había observado cómo una despreocupación por la conservación de mi casa y su entorno, como quien se desprende de una obligación importante, hacía mella en mí. Esos árboles que habían crecido espontáneamente junto a mi casa y que ahora apenas levantaban dos o tres metros del suelo, podrían ser un problema en el futuro cuando sus robustas raíces buscaran la humedad bajo el suelo de la vivienda. Yo los había dejado crecer a su aire admirado de la exuberancia con que la naturaleza se expresa en cada palmo de tierra cuando las condiciones son propicias, acaso pensando en talarlos más adelante, pero ahora la idea de talarlos había desaparecido totalmente. Otros podrían disponer de sus vidas, pero no sería yo. En cierto sentido sentía satisfacción por haber dado cabida en la parcela a todo tipo de plantas que crecían espontáneamente. Ver crecer a los álamos blancos, los laureles, las moreras, multitud de acacias y olmos había constituido un placer en esa tierra que cuando la compramos era un erial castigado por el sol pero que con el tiempo se había transformado en un frondoso bosque. Sí, que siguieran naciendo y creciendo árboles por todos los lados, yo los vería desde mi vejez como una muestra más de esa naturaleza que había llenado los poros de mi piel con su belleza desde mi niñez.

La naturaleza a primera vista parece un concepto abstracto, como la idea de Dios o algo así, uno no puede comunicarse con ella con la misma predisposición de quien se pone de hinojos para decir una plegaria; la naturaleza está ahí omnipresente, vives su cercanía, su música, sus manifestaciones de todo tipo; la naturaleza te cobija, te acoge, da sentido a la necesidad de belleza que llevamos dentro; la naturaleza, que podría ser ese Todo con que algunos identifican a una especie de Dios, lejos de ser un concepto de esos que el hombre inventa para dar tregua al desasosiego que le produce no comprender algo, se presenta como una madre capaz de ofrecernos descanso y placer. Y entonces me digo que qué diferente hubiera sido mi vida lejos de esta tierra donde de mis manos crecieron los primeros árboles, las plantas cuya feracidad poco a poco invadieron el entorno; lejos, en un piso rodeado de hormigón y vecinos chillones. Así que bien, dejemos crecer a los árboles allí donde ellos quieran, que la naturaleza siga su ritmo y que cuando llegue mi hora, me digo con la mirada puesta sobre el agitado movimiento de las hojas de la caña índica, de los rosales, los pueda despedir como amigos con los que he compartido parte de mi vida. 

Vidas que engendran vidas, que más tarde mueren, árboles que caen en el bosque derribados por los años, pajarillos que te encuentras yertos bajo el alero del tejado, la perra viejita que sufría displasia y se arrastraba hasta mi cama para lamerme la cara y darme los buenos días y que un día hubimos de sacrificar, aquella vieja higuera que un verano se desplomó bajo el peso de los años. ¿Cómo asumir todo esto con la normalidad con que acogemos un día de lluvia, la frescura de una brisa en una cálida tarde de verano? Y siento que una ligera excitación corre por mis miembros. Al fin, ese momento en que todo se acaba, ese día en que acaso desde el lecho cercano a la muerte vuelva la mirada hacia el jardín y los rosales, hacia la yedra trepando por la fachada en donde los gorriones tienen su cobijo invierno y verano, a ese cielo azul donde es probable que floten nubes gordas y blancas como la nieve.

“Mentes konfusas”, había leído ayer desde la ventanilla del autobús en un graffiti sobre el muro de un pueblo que atravesaba. Entre la confusión y la luz está la cosa, pienso ahora, sumido de nuevo en mis pensamientos. En ese momento, sobre la mesa, más allá del teclado, correteó nerviosa una hormiga. Me incorporé en la silla y con el dedo índice la perseguí hasta espachurrarla. La vida de la hormiga se había detenido instantáneamente bajo la presión de la yema de mi dedo. Total, una hormiga, pensé, pero no era cierto, la dimensión de lo efímero había entrado en mi campo de visión como un rayo de sol que atravesara la bóveda de una iglesia gótica iluminando la penumbra con su luz repentina. La pequeñez de la hormiga no era suficiente como para mitigar la sensación de mi propia pequeñez, pero sobre todo la de la fugacidad de la vida que aparecía esta mañana como tintada por esa realidad simple que es morirse, tal como había sucedido unos segundos antes con la hormiga que se había atrevido a invadir mi mesa de trabajo.