El Chorrillo, 23 de marzo de 2020
Es la una de la mañana. Se me acabó la botella de agua, sí,
beber y beber para controlar la infección de orina, para que el miedo a otra
retención no se me enquiste y me vea sometido a dolores de parto; salgo fuera a
llenarla en la cercana fuente de piedra; llueve, qué hermosa es la lluvia. Me
he despegado un momento del Twitter, incluso de esa sabina que una tuitera ha
subido, retorcida, inclinada toda su arboladura para resistir los vientos
alisios que barren la isla; del Twitter y de esa recurrencia a lo largo del día
que no logro controlar que me lleva de continuo a ver qué sucede en el mundo; y
ahora, en la noche, bajo la lluvia, el mundo es otro, esa realidad que hasta
hace unos días se nos mostraba tan unívoca y sólida, de repente aparece como un
sueño sustituida por la voracidad de una pandemia; el mundo ha sido invadido
por unos microscópicos bichitos, nada de bombas atómicas, nada de calamidades
bélicas, unos miserables bichitos y ya todos los problemas que teníamos,
políticos, sociales, económicos desaparecen como por ensalmo para catapultarnos
a otra dimensión. De esa otra dimensión me alejo por un instante para llenar mi
botella de agua. Llueve, bendita agua sobre mi rostro. Por efecto de no sé qué
condiciones atmosféricas, el humo de la chimenea de mi cabaña, en vez de
desvanecerse por lo alto en la oscuridad de la noche, se ha enredado entre las
ramas de las acacias, desciende hacia el sur y ciñe la cintura de las adelfas,
se desliza entre las flores del membrillo, roza las blancas y simpáticas
campanillas de las borrajas para ir al final a desvanecerse entre los brotes
tiernos de las cebadas más allá de nuestra casa.
Y es que esta noche esa cosa que es estar vivo tiene la
cadencia musical de una de las suites para cello de Bach cuyas notas vinieran
de la lejanía de la noche buscando los solitarios oídos de un trasnochador que se
resistiera a ir a la cama después de un intenso día de estar en contacto con la
irrealidad que ha invadido el planeta Tierra desde hace unos pocos días.
Así que lleno la botella, echo un último vistazo a la noche,
a la lluvia y vuelvo de nuevo junto al fuego de la chimenea. Trato de tomar
distancia con la realidad del día, va ya una semana que no logro leer más que
unas pocas páginas, no tengo ganas de otra cosa que no sea mirar a las
musarañas; me repantingo en el sillón y los pensamientos se me van por
peteneras por donde no quiero que vayan. Hay entre todo esto, sin embargo, un
momento en que mis pensamientos corren de nuevo a algunas secuencias de la película
que viera ayer, Lo que arde. Hoy ya
no son las llamas que reclamaban ayer mi atención para convertirlas en una
alegoría de la situación que vivimos; pensaba en Amador, ese personaje que
terminada su condena por haber provocado un incendio devastador en los montes
gallegos, cabizbajo, imposibilitado para incorporarse a las rutinas diarias en
la aldea, vuelve a casa como acarreando el peso insoportable de una culpa.
La película, que discurre como un río amazónico silencioso y
en amplios meandros como intentando captar el silencio que se esconde en el
alma de la tierra y del protagonista, que se mueve parsimoniosa, como
desgranando distraídamente las cuentas de un rosario, se va llenando con el
peso de la culpa secuencia a secuencia: el protagonista que regresa a la aldea,
que se encuentra con la distancia de la madre, con el alejamiento de los
vecinos, una vaca cae en una ciénaga, la certeza de una vida arruinada. Apenas
sucede nada, vivimos el peso de la circunstancia, la certeza de que no habrá
posible descanso, redención. Y sucede que poco a poco pareciera que fuéramos
perdonando a Amador su pecado pese a la gravedad de su culpa. Las secuencias de
un Amador silencioso, serio, con la cabeza baja, el rostro duro y anguloso de
las razas del norte, la mirada de animal acorralado. Sentimos que un asomo de
benevolencia poco a poco se va apoderando de nuestro ánimo llevándonos de la
mano a buscar un escape a nuestra tensión a través del perdón.
¿Realmente debería existir la cadena perpetua, no digo ya la
pena de muerte?, ¿deberíamos condenar por años y años a un hombre o una mujer
aunque su delito haya sido horrible? Hay asuntos en la existencia que no tienen
solución, hechos irreversibles que son imposibles de paliar… y cuando
condenamos a muchos años de prisión a alguien creo que no tenemos muy claras
las razones que nos llevan a ello. ¿Qué significado tiene eso de el que la hace
la paga?, ¿es la venganza (“el que la hace la paga” gritaba ese niño bonito e
irresponsable de Casado en los medios referido a los independentistas catalanes
ahora en prisión) una herramienta moralmente correcta en una sociedad justa?
¿Qué arreglamos con ello? ¿Acaso intentamos con estas medidas proteger a la sociedad
de la maldad que habita en algunos seres humanos? ¿No existirá en una avanzada
sociedad un planteamiento que, desterrando del todo la idea de venganza,
trabaje sobre unos criterios destinados a paliar los conflictos de convivencia
y los graves delitos de algún modo acaso no inventado todavía?
Estos planteamientos juegan de alguna manera en la película,
por una parte los vecinos que quieren dar trabajo a Amador, que se preocupan
por él, la veterinaria que intenta crear lazos de empatía, y principalmente la
madre cuyo comportamiento tanto recuerda a aquella indicación que hacía Unamuno
sobre la palabra compadecer, es decir com-padecer, padecer con el otro. Y por
otra los vecinos que se burlan de él o que lo apalean hacia el final de la
película.
Hasta aquí hechos y alguna reflexión sobre las
consecuencias, asuntos racionales que cada uno puede encajar según su
sensibilidad, su temperamento o su educación. Pero sin embargo pasada la mitad
del metraje de la película, este estado de benevolencia que nos incita a perdón
y a la rehabilitación, de golpe se ve golpeado por escenas estremecedoras. Se
ha producido un fuego que arrasa el monte y las cámaras filman en la noche a
los bomberos y a los vecinos en medio de la vorágine de las llamas, el agua del
camión cisterna que se acaba, una manguera que se obstruye, un cambio de viento
que pone en peligro de muerte a las brigadas de bomberos, el monte calcinado,
un caballo que vaga ciego con la cabeza quemada por el fuego, los agentes
forestales y bomberos en un descanso exhaustos, sus ropas quemadas, un
cansancio infinito en el rostro.
…Y todo esto por culpa de un Amador. Tras el fuego vemos a
Amador dirigirse a su casa con la misma aptitud de pesadumbre que ha adoptado a
lo largo del film y tras él un grupo de hombres de hombres que, rojos de ira
incontenida se abalanzan sobre él y lo linchan hasta dejarle maltrecho en el
suelo. Alguien los separa, la madre se acerca, le ayuda a levantarse. Ambos,
apoyado el uno en el otro, se pierden calle arriba camino de su casa.
El film en su primera mitad parece proponer una
reconciliación sin condiciones, a eso nos arrastra, pero al final termina
recordándonos tan vivamente las consecuencias de los actos de ese pirómano que acaba
por dejar en suspenso nuestra recién alimentada piedad.
El arrepentimiento, la capacidad de cambiar, también nuestra
capacidad de perdonar, las miserias que esconde el cuerpo social, la certeza de
que ningún medio, acaso, pueda servir para reinsertar a algunos individuos; todo
ello forma un nudo gordiano que la sociedad, nosotros, en algún momento debería
aliviar de la presión de los excesos de aquellos para los que la venganza
parece ser la única salida a esta clase de conflictos. Quizás si llegáramos a interiorizar
que un enfermo no es sólo aquel que tiene que someterse a una diálisis
peritoneal, no es sólo el que nace con alguna deficiencia física o que sufre
algún tipo de degeneración, sino que el pirómano, el ladrón o el criminal son
enfermos también de hecho (yo metería en este grupo a todos los que ejercen de
rey Midas en este mundo); si llegáramos a interiorizarlo…
Las tres de la mañana. La suites de Bach para violonchelo
que me habían acompañado mientras escribía, hace tiempo que silenciaron. Ya no
llueve y en la chimenea un grueso leño recuesta su cabeza sobre un lecho de
brasas que languidecen bajo su peso.
Buenas noches.

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