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El Chorrillo, 24 de marzo de 2020
Si no fuera por la situación tan extraordinaria que vivimos, los días
podrían se perfectos, esta hora después de la comida con la lluvia cayendo tras
los cristales, un lejano trueno a lo lejos, un libro entre las manos, la mirada
que se levanta de las páginas mientras hago una reflexión sobre lo que estoy
leyendo.
Observo en las redes sociales lo mal que se lleva este confinamiento domiciliario, de los males que nos pueden acaecer, de los padecimientos que conlleva el encierro y me hago cruces por esa dificultad que mostramos para permanecer tiempo en los estrechos límites de nuestras casas y que me recuerda en algo aquello de Pascal de que todos los males del hombre provienen de su incapacidad para permanecer solos en una habitación durante mucho tiempo. No me cae bien Pérez-Reverte, pero de tanto en tanto sí aprecio algunas de sus arremetidas contra las actitudes fofas y los quejosos que no habiendo vivido situaciones realmente difíciles se quejan blandamente como si, al decir de Nietzsche, no fuéramos todos burros de carga. Esas quejas que son en parte el reflejo de una sociedad adormecida y mimada por una comodidad que maltolera el esfuerzo y, en estos días, el confinamiento. Reverte hablaba de cierta clase de jóvenes a los que los paños calientes y los mimos paternos han convertidos en seres muy vulnerables ante la adversidad. Algunos jóvenes, claro.
Observo en las redes sociales lo mal que se lleva este confinamiento domiciliario, de los males que nos pueden acaecer, de los padecimientos que conlleva el encierro y me hago cruces por esa dificultad que mostramos para permanecer tiempo en los estrechos límites de nuestras casas y que me recuerda en algo aquello de Pascal de que todos los males del hombre provienen de su incapacidad para permanecer solos en una habitación durante mucho tiempo. No me cae bien Pérez-Reverte, pero de tanto en tanto sí aprecio algunas de sus arremetidas contra las actitudes fofas y los quejosos que no habiendo vivido situaciones realmente difíciles se quejan blandamente como si, al decir de Nietzsche, no fuéramos todos burros de carga. Esas quejas que son en parte el reflejo de una sociedad adormecida y mimada por una comodidad que maltolera el esfuerzo y, en estos días, el confinamiento. Reverte hablaba de cierta clase de jóvenes a los que los paños calientes y los mimos paternos han convertidos en seres muy vulnerables ante la adversidad. Algunos jóvenes, claro.
Hoy tras la comida me senté junto a la ventana de la cabaña con ánimo de
pasar la tarde leyendo. Miro fuera, ha oscurecido, el cielo se ha cerrado y
ahora llueve con cierta intensidad. Como terminé con mis últimas lecturas, tuve
que hacer un esfuerzo para recordar qué es lo que había pendiente por mis
estanterías. Primero recordé un libro de Rosie Swale titulado Winter Wale, una
larga caminata por el País de Gales en invierno que demoro continuamente porque
está en inglés y sudo tinta para leerlo; después hay una pequeña torre de
libros, economía, montaña o poesía que están ahí como esperando a que me decida
de una vez por todas a hacer de estos días de confinamiento jornadas de largas
lecturas. Los repasé y enseguida di con uno que me pareció idóneo para las
circunstancias del momento, 7000
metros , diario de supervivencia, de
Fernando Garrido, un relato de los dos meses que pasó Garrido solo en la cumbre
del Aconcagua. Voy a darme primero una vuelta con Rosie caminando por el Gales
invernal de hace décadas y después subiré a la cumbre del Aconcagua para
acompañar por un rato a Fernando Garrido. Aunque me temo que antes voy a entrar
en el sopor de la siesta tras una noche de escaso sueño. Hasta dentro de un
rato.
Y me despierta Victoria con la bandeja de la merienda en la mano, y ha
salido el sol y estoy abotargado y me voy un momento fuera para despabilarme y
mojarme la cara en la fuente próxima y, cuando entro, Victoria me lee un
artículo de Gerardo Tecé (leedlo, merece la pena: aquí): Estamos todos en un
avión que ha perdido un motor y con el tren de aterrizaje dañado quema
combustible durante horas en torno al aeropuerto de Barajas mientras se prepara
para un aterrizaje forzoso. Una situación de emergencia en donde
no sabemos si en diez minutos estaremos vivos o, por el contrario nos
encontraremos criando malvas o carbonizados. “Forzados a estar encerrados nos
descubrimos a nosotros mismos y descubrimos a quienes nos rodean. Si uno mira
alrededor tiene la tranquilidad de ver que la mayoría de los asientos están
ocupados por pasajeros conscientes de que toca guardar la calma. Filas llenas
de gente responsable que, en silencio, distrae a niños, cuida a ancianos y se
remanga para lo que pueda venir. En todo vuelo, por supuesto, también toca que
nos acompañen personas que dan la nota. Son tan fáciles de identificar que sólo
les falta llevar un chaleco reflectante que diga “capullo a bordo””. Entrañables encuentros familiares que nos depara estos días el confinamiento. No todo iba a ser sangre, sudor y lágrimas...
La merienda de hoy es la merienda de cuando era niño y todavía faltaban
muchos días para finalizar el mes, un vaso de leche y chocolate con pan.
Después vino la videoconferencia que mantenemos algunas tardes toda la familia.
Cantamos el cumpleaños feliz a mi nieta Ainara, esa “golondrina” que se ha
hecho tan mayor como para cumplir ya doce años, intercambiamos chascarrillos y
anécdotas corrientes del día, uno que había corrido la distancia de un maratón
utilizando el pasillo de su casa, una vecina de su calle, en Lavapiés cuya
ventana está a ras de la acera y que subida en una silla sacaba las manos fuera
para aplaudir a un palmo del suelo, otra que viviendo en un interior se llegaba
al portal para aplaudir también a rabiar… ¿Qué más? Pues que improvisamos un
concierto familiar por turnos, primero Malela, Quique y Lucía con Dicen que las pastoras y
después Mario, Andrea y Manuela que interpretaron que alegraron el encuentro con temas de la sierra norte. Como siempre fue un entrañable encuentro; no todo iba a ser en estos días sangre, sudor y lágrimas...
Dicen que las pastoras
Lo dejamos a las ocho menos cinco porque era la hora de las cacerolas y los aplausos. Lo que siguió fue de un cariz menos amable. Como todas las tardes me di un paseo por el FB. El clima general era receptivo, pero naturalmente fue inevitable encontrarse con el facherío. No voy a citar aquí lo que decían porque va contra mi norma dar aires a las abominaciones de ese género de personas que parecen vivir para alimentar el odio y la insolidaridad, esa gente que ha minado nuestra sanidad pública y que la única contribución para paliar la crisis consiste en criticar a las autoridades que velan en estos momentos por campear el temporal lo mejor que se puede. Me limité a regalarles a cada uno un sugerente gráfico que les alentara a refrenar esa podrida facundia con que el facherío camina estos días por las redes. Les hubiera puesto el enlace del artículo de Gerardo Tecé, pero como me decía un amigo esta tarde, no te esfuerces, son una causa perdida, sólo quieren oír la voz del jefe y están totalmente ciegos ante cualquier otra opción que no sea la suya.
Mi diario estos días se parece al
confesionario en que de niño acudía en los Salesianos para aliviar mis
preocupaciones. Por entonces tenía yo un confesor, milagrosamente conservo su
nombre, Jesús Sendino, del que guardo entrañable memoria y que fue acaso la
primera persona que me ayudó a reflexionar sobre las circunstancias de la vida,
un hombre que se aprestaba a pasear por el patio del recreo y a hablar con un
niño de diez o doce años como un padre que atendiera solícitamente las
preocupaciones de su prole familiar. Él ayudó a mis primeras reflexiones de
parecida manera a cómo ahora, sesenta años después, la escritura me ayuda a
ordenar las ideas.


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