lunes, 23 de marzo de 2020

Capullos a bordo


La imagen pertenece a ctxt


El Chorrillo, 24 de marzo de 2020


Si no fuera por la situación tan extraordinaria que vivimos, los días podrían se perfectos, esta hora después de la comida con la lluvia cayendo tras los cristales, un lejano trueno a lo lejos, un libro entre las manos, la mirada que se levanta de las páginas mientras hago una reflexión sobre lo que estoy leyendo. 

Observo en las redes sociales lo mal que se lleva este confinamiento domiciliario, de los males que nos pueden acaecer, de los padecimientos que conlleva el encierro y me hago cruces por esa dificultad que mostramos para permanecer tiempo en los estrechos límites de nuestras casas y que me recuerda en algo aquello de Pascal de que todos los males del hombre provienen de su incapacidad para permanecer solos en una habitación durante mucho tiempo. No me cae bien Pérez-Reverte, pero de tanto en tanto sí aprecio algunas de sus arremetidas contra las actitudes fofas y los quejosos que no habiendo vivido situaciones realmente difíciles se quejan blandamente como si, al decir de Nietzsche, no fuéramos todos burros de carga. Esas quejas que son en parte el reflejo de una sociedad adormecida y mimada por una comodidad que maltolera el esfuerzo y, en estos días, el confinamiento. Reverte hablaba de cierta clase de jóvenes a los que los paños calientes y los mimos paternos han convertidos en seres muy vulnerables ante la adversidad. Algunos jóvenes, claro.

Hoy tras la comida me senté junto a la ventana de la cabaña con ánimo de pasar la tarde leyendo. Miro fuera, ha oscurecido, el cielo se ha cerrado y ahora llueve con cierta intensidad. Como terminé con mis últimas lecturas, tuve que hacer un esfuerzo para recordar qué es lo que había pendiente por mis estanterías. Primero recordé un libro de Rosie Swale titulado Winter Wale, una larga caminata por el País de Gales en invierno que demoro continuamente porque está en inglés y sudo tinta para leerlo; después hay una pequeña torre de libros, economía, montaña o poesía que están ahí como esperando a que me decida de una vez por todas a hacer de estos días de confinamiento jornadas de largas lecturas. Los repasé y enseguida di con uno que me pareció idóneo para las circunstancias del momento, 7000 metros, diario de supervivencia, de Fernando Garrido, un relato de los dos meses que pasó Garrido solo en la cumbre del Aconcagua. Voy a darme primero una vuelta con Rosie caminando por el Gales invernal de hace décadas y después subiré a la cumbre del Aconcagua para acompañar por un rato a Fernando Garrido. Aunque me temo que antes voy a entrar en el sopor de la siesta tras una noche de escaso sueño. Hasta dentro de un rato.

Y me despierta Victoria con la bandeja de la merienda en la mano, y ha salido el sol y estoy abotargado y me voy un momento fuera para despabilarme y mojarme la cara en la fuente próxima y, cuando entro, Victoria me lee un artículo de Gerardo Tecé (leedlo, merece la pena: aquí): Estamos todos en un avión que ha perdido un motor y con el tren de aterrizaje dañado quema combustible durante horas en torno al aeropuerto de Barajas mientras se prepara para un aterrizaje forzoso. Una situación de emergencia en donde no sabemos si en diez minutos estaremos vivos o, por el contrario nos encontraremos criando malvas o carbonizados. “Forzados a estar encerrados nos descubrimos a nosotros mismos y descubrimos a quienes nos rodean. Si uno mira alrededor tiene la tranquilidad de ver que la mayoría de los asientos están ocupados por pasajeros conscientes de que toca guardar la calma. Filas llenas de gente responsable que, en silencio, distrae a niños, cuida a ancianos y se remanga para lo que pueda venir. En todo vuelo, por supuesto, también toca que nos acompañen personas que dan la nota. Son tan fáciles de identificar que sólo les falta llevar un chaleco reflectante que diga “capullo a bordo””. Entrañables encuentros familiares que nos depara estos días el confinamiento. No todo iba a ser sangre, sudor y lágrimas...

La merienda de hoy es la merienda de cuando era niño y todavía faltaban muchos días para finalizar el mes, un vaso de leche y chocolate con pan. Después vino la videoconferencia que mantenemos algunas tardes toda la familia. Cantamos el cumpleaños feliz a mi nieta Ainara, esa “golondrina” que se ha hecho tan mayor como para cumplir ya doce años, intercambiamos chascarrillos y anécdotas corrientes del día, uno que había corrido la distancia de un maratón utilizando el pasillo de su casa, una vecina de su calle, en Lavapiés cuya ventana está a ras de la acera y que subida en una silla sacaba las manos fuera para aplaudir a un palmo del suelo, otra que viviendo en un interior se llegaba al portal para aplaudir también a rabiar… ¿Qué más? Pues que improvisamos un concierto familiar por turnos, primero Malela, Quique y Lucía con Dicen que las pastoras y después Mario, Andrea y Manuela que interpretaron que alegraron el encuentro con temas de la sierra norte. Como siempre fue un entrañable encuentro; no todo iba a ser en estos días sangre, sudor y lágrimas...

Dicen que las pastoras


Lo dejamos a las ocho menos cinco porque era la hora de las cacerolas y los aplausos. Lo que siguió fue de un cariz menos amable. Como todas las tardes me di un paseo por el FB. El clima general era receptivo, pero naturalmente fue inevitable encontrarse con el facherío. No voy a citar aquí lo que decían porque va contra mi norma dar aires a las abominaciones de ese género de personas que parecen vivir para alimentar el odio y la insolidaridad, esa gente que ha minado nuestra sanidad pública y que la única contribución para paliar la crisis consiste en criticar a las autoridades que velan en estos momentos por campear el temporal lo mejor que se puede. Me limité a regalarles a cada uno un sugerente gráfico que les alentara a refrenar esa podrida facundia con que el facherío camina estos días por las redes. Les hubiera puesto el enlace del artículo de Gerardo Tecé, pero como me decía un amigo esta tarde, no te esfuerces, son una causa perdida, sólo quieren oír la voz del jefe y están totalmente ciegos ante cualquier otra opción que no sea la suya.




Mi diario estos días se parece al confesionario en que de niño acudía en los Salesianos para aliviar mis preocupaciones. Por entonces tenía yo un confesor, milagrosamente conservo su nombre, Jesús Sendino, del que guardo entrañable memoria y que fue acaso la primera persona que me ayudó a reflexionar sobre las circunstancias de la vida, un hombre que se aprestaba a pasear por el patio del recreo y a hablar con un niño de diez o doce años como un padre que atendiera solícitamente las preocupaciones de su prole familiar. Él ayudó a mis primeras reflexiones de parecida manera a cómo ahora, sesenta años después, la escritura me ayuda a ordenar las ideas.







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