Dedico estas líneas al amigo Toti Sánchez-Tein, bombero
de profesión, y a mi sobrina Inés, enfermera. En agradecimiento y homenaje a los hombres y
mujeres, sanitarios y bomberos, que en tantos momentos corren el riesgo de sus
vidas para velar por la seguridad del resto de los ciudadanos. Con todo
corazón.
El Chorrillo, 22 de marzo de 2020
En esta tarde de piar de pájaros entre los amentos, leves y tiernos plumeros colgando de entre las ramas del arce frente a mi ventana, tres asuntos me conmueven. El primero nace del planteamiento que los médicos de algunos hospitales de Madrid se están haciendo para los próximos días ante la saturación de enfermos de las UCI y la imposibilidad de atender a todos los afectados por el coronavirus, la opción de dar preferente cuidado a aquellos que tienen más posibilidades de vivir sobre los que la muerte les está ya cercenando los últimos rastros de vida. Una terrible determinación que acaso tengan que tomar próximamente ante el crecimiento exponencial con que la pandemia se está cebando en los vecinos dela Comunidad de Madrid. Disponer
de medios limitados y tener que elegir a qué enfermos dejas morir para salvar a
aquellos que tienen más posibilidad de recuperarse debe de ser la opción más
terrible ante la que se pueda enfrentar un médico. Algo que no podíamos
imaginar más que en un contexto de una sangrienta guerra, se nos aparece hoy en
el ámbito de la vida cotidiana como una pesadilla salida del fondo de un
inquietante sueño surrealista.
En esta tarde de piar de pájaros entre los amentos, leves y tiernos plumeros colgando de entre las ramas del arce frente a mi ventana, tres asuntos me conmueven. El primero nace del planteamiento que los médicos de algunos hospitales de Madrid se están haciendo para los próximos días ante la saturación de enfermos de las UCI y la imposibilidad de atender a todos los afectados por el coronavirus, la opción de dar preferente cuidado a aquellos que tienen más posibilidades de vivir sobre los que la muerte les está ya cercenando los últimos rastros de vida. Una terrible determinación que acaso tengan que tomar próximamente ante el crecimiento exponencial con que la pandemia se está cebando en los vecinos de
Una sensación de
impotencia que acogota las fibras más íntimas de los atónitos espectadores que
estos días nos asomamos a las redes sociales y a las portadas de los periódicos
para comprobar cómo la pandemia, tal que fuera un reguero de pólvora a punto de llevarse el mundo por delante, va
segando la vida de muchos madrileños; una muerte cada quince minutos en estos
momentos. Esa sensación de impotencia que hace un rato me humedecía los ojos
viendo en un video al presidente de gobierno de Serbia saltársele las lágrimas
en una locución a sus conciudadanos en que ponía al descubierto la
insolidaridad con que se estaba comportando la UE , a la vez que se deshacía en agradecimientos a
la República Popular
China que era prácticamente el único país que estaba respondiendo a la llamada
de auxilio del pueblo serbio.
El tercer asunto
procede del recuerdo de la película que vi ayer noche, Lo que arde. Las
sensaciones son a veces como la punta de un cuchillo que traspasara la carne de
nuestra cotidianidad para despabilarnos y rendirnos a la evidencia de la
realidad del mundo que está ahí y en nosotros, a veces dramático y perturbador,
pero que, insensibilizados como estamos por el tipo de vida que llevamos, nos
sorprende como si de golpe en algún lugar de la casa la alarma contra incendios
se pusiera a sonar de manera ensordecedora. Esos momentos inesperados en que
nos vemos corriendo desde el salón a la cocina alarmados por el humo que se
extiende hasta el pasillo procedente de un fuego que se ha producido al haber
dejado olvidado en el fogón una sartén con un dedo de aceite en el fondo y que
ha terminado por propagar el fuego a la campana extractora y a todos los
muebles de los alrededores. De repente, tras el programa de televisión que estuviéramos
viendo, la película, las noticias, el libro que teníamos en las manos, se ha
abierto un abismo a nuestros pies, ya estamos en otro mundo, cerrar ventanas,
agarrar una toalla para protger nuestros pulmones del humo, golpear con lo
primero que tenemos a mano las llamas, recordar que en algún lugar de la casa
había un viejo extintor y al final, la nieve, la nieve salvadora en fino polvo
tendiendo un manto de alivio sobre nuestro espíritu nervioso y agitado que ya
pensaba que habría que salir huyendo de la casa porque el fuego en crecimiento nos
podía robar lo más preciado que tenemos, la vida. Ver ayer trabajar
agitadamente en la oscuridad de los montes gallegos a los bomberos entre las
llamas corriendo el riesgo de morir abrasados, el calor insoportable cercenando
el cuerpo, los árboles cayendo en llamas sobre el suelo del bosque, una
hecatombe que podía tragarse la vida, hacía fermentar en mí esa sensación que
tengo hoy ante aquellas dos preocupaciones que mencionaba más arriba.
Las escenas de fuego que aparecen en las secuencias, escalofriantes, en O
que arde es en este momento un símbolo cercano de la situación que estamos
viviendo con la pandemia. En la película en última instancia el fuego es tan
arrasador que los bomberos no tienen más remedio que dejar que el fuego se
trague casas y bienes. En la realidad de nuestros días, ¿llegará, Dios, el
momento en que los médicos tengan que dejar a su suerte a los enfermos más
graves para salvar a los que tienen más posibilidades de recuperarse y vivir?
Un escalofrío corre por todo mi cuerpo pensando en ello. Pero aún más, ¿alguien
imagina a un padre, una madre, un hermano, un amigo cercano en esta
circunstancia, imposibilitados de atención, condenados a muerte porque…?
¿Quién se
atreverá en estos momentos a nombrar los desaciertos, las falsas evaluaciones
de los responsables del país que ante la situación sin más en Wuhan y la
inmediata propagación no tomaron las medidas necesarias? No yo, pero es una
tristeza que llevaremos clavada siempre en nuestro interior la de no haber
tenido en momentos tan difíciles hombres y mujeres preparados y con altura de
Estado que hubieran prevenido y paliado esta catástrofe. Me llega esta tarde un
comunicado del Ayuntamiento de mi pueblo, Serranillos del Valle, con SOS
dirigidos a ellos por el cercano hospital de Getafe, instando a los vecinos a
confeccionar urgentemente con los materiales más a mano mascarillas y otros
materiales de protección para un hospital que se está quedando sin ellas. Se
trata de una logística lo más parecida a un estado de guerra.
El fuego que se
extendía ayer noche por los montes de Galicia sin que hubiera recursos
suficientes para apagarlo es una réplica de nuestra situación sanitaria.
Sobrecoge.
"Días tristes"
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| Seguir el siguiente vínculo para ver el vídeo: https://twitter.com/i/status/1240060700229337088 |


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