El Chorrillo, 2 de marzo de 2020
La tarde, larga, hecha de llovizna y del crepitar del fuego de la
chimenea, trascurre hoy por la sugestiva y siempre hermosa prosa marina de
Joseph Conrad. No correspondía otra cosa después de haber atravesado en mi
última lectura el cabo de Hornos en una pequeña embarcación en que padre e
hijo, unidos en una insólita aventura de medio año de navegación, me dejara el
poso de una emoción que se acercaba a la que los libros de Conrad habían suscitado
en mi ánimo en otra época. Amante uno del mar sin haber navegado más que
esporádicamente unos pocos días por algunos de los mares del planeta, y
siéndolo, pienso, por obra de las lecturas de mi infancia de la mano de Salgari
y posteriormente por los libros de Conrad y Melville, y especialmente por ¡Eh, petrel! de Julio Villar, ese
iluminado solitario que descendió de las montañas como Moisés para abrirse paso
en las aguas del Atlántico y del Pacífico; siéndolo, decía, reflexionaba que
pese a no haber pisado la cubierta de velero alguno, hoy bastó abrir las
páginas de El espejo del mar para que de inmediato me sintiera navegando
junto a marineros y aventureros del pasado que despertaban a la llamada del mar
como salidos de las fumarolas de la lámpara de Aladino.
Buen despertar éste mientras tímidas gotas de
agua escurrían por el cristal de la ventana velando el paisaje de las lejanas
cumbres de Gredos haciéndome pensar que mis ojos se hubieran humedecido por el
roce de alguna emoción venida de amarillentos libros de aventuras marinas. O
quizás recordando un antiguo viaje por los fiordos patagónicos que separaban el
cono sur del continente de las aguas de mar adentro del Pacífico.
En los aledaños del estrecho de Magallanes, Punta
Arenas, un pequeño reducto habitado en medio de inhóspitas y grises montañas
cubiertas de glaciares donde la nieve reciente había vestido de riguroso blanco
el paisaje, el mar aparecía hosco y envuelto en la plomiza pesantez de un
invierno a punto de estrenar. Habíamos llegado allí después de un azaroso viaje
en auto-stop desde el otro lado del cono continental junto a Río Gallegos, atravesando
los áridos espacios desiertos de la Patagonia , con la intención de caminar en el
espacio de las Torres del Paine, pero las recientes nevadas truncaron nuestro
proyecto. Sólo nos quedaba para salir de allí la ruta del mar. No sería una
navegación a vela, esa que tan poéticamente pondera Conrad en el libro que
tenía entre las manos, El espejo del mar,
pero sí fue para nosotros el más espléndido de los viajes que pudiéramos
haber soñado por entonces. Mirando la ruta, que en ningún momento pasa a las
aguas del Pacífico, a excepción del agitado paso por el golfo de Penas,
pareciera imposible atravesar todo aquel laberinto de canales y que como
fiordos inundados por el agua se abrían junto a enormes glaciares y montañas
heladas como salidas de un mundo salvaje e inhóspito que no hubiera sido hollado
todavía por el hombre.
La nave, que hacía servicio entre Punta
Arenas y Puerto Montt una vez a la semana, aparecía en aquella soledad de los
fiordos como un buque fantasma al que después de la fanfarria primera de la
pieza de Wagner, en su Holandés Errante, siguiera
el cumplimiento de una pena de destierro; como un viejo monstruo que se
deslizara sigiloso purgando una pena que los dioses le hubieran impuesto, el
barco se abría paso entre la niebla y el inquietante silencio del mar ajeno a
la belleza y al tiempo. Inmutable en su runrún de motores, inmutable ante la
estrechez de un canal cuyas paredes de oscura roca hacían dudar de que por allí
pudiera pasar tamaño monstruo de hierro, la nave, con sólo ocho pasajeros a
bordo, cuando acaso pudiera transportar más de un millar, recogida sobre sí
mismo navegaba como dentro de un sueño que unas veces se abría paso en la
niebla, puntualmente atravesada por una espada de luz que cruzaba el horizonte
como en el crucero de una catedral, otras pasaba indiferente antes solitarios
glaciares donde las nubes se arrastraban tristes hacia lo alto de las montañas,
las más navegando bajo una lluvia tenaz que llevaba a encerrarnos en algunos de
los vacíos y desiertos salones donde raramente uno se encontraba con nadie que
no fueran los trotamundos con los que compartíamos aquella singladura. Reinaba
la sensación de que el barco navegaba por sí mismo, sin tripulación ni capitán
que lo guiase por el enjambre de los fiordos patagónicos.
Cuando comencé estas líneas pensaba en
recoger alguna de esas emociones que dejan los viajes por mar, el trayecto por
los fiordos patagónicos, algunos días de navegación por el mar de Java, un
trayecto entre la isla de Mindanao y la de Borneo, pero enseguida quedé
atrapado por la magia de uno de los recorridos más hermosos que uno pueda hacer,
precisamente el que arranca del estrecho de Magallanes para arribar finalmente
a Puerto Montt. No tengo más que recurrir a las páginas de mi diario de
entonces:
“…Y continúan las montañas, tierra
inhabitada e inhóspita, gélida. Las cumbres están ocupadas por densas masas de
niebla, en alguna ensenada grandes hilachas alargadas cruzan el ancho de la
costa, descienden sobre el agua espesa y plomiza de la mañana.
Me siento investido por la presencia de
lo extraordinario, el invierno, el frío, lo excepcional del lugar, la soledad; experimento
un encogimiento que proviene de la admiración de la fortaleza de esos otros
hombres, y entre ellos hoy recuerdo a Julio Villar, el autor de ¡Eh, petrel!, que dio la vuelta al mundo
en un embarcación de siete metros de eslora hace algunos años... me siento
sombra atónita de ellos. De quien sea el mundo realmente –quien lo vive, lo
recorre palmo a palmo, lo suda–... no hay duda, de aquellos que lo viven con
intensidad —aventureros, alpinistas, navegantes, gente intrépida—; no hay duda.
Uno siente la medida de su insignificancia cuando echa mano de la historia de
Si observo el paisaje recordando a
Magallanes o a Julio Villar, no dejo de aparecer como un turista simplón que
mira distraídamente desde la cabina los paisajes agrestes que pasan más allá
cargados de hielo y soledad; si leo, sucede algo parecido, uno queda maltrecho
ante sus limitaciones. Me sucede hoy leyendo a Cioran, al que le surgen como
flores en primavera los pensamiento y los matices, en esta ocasión una
avalancha imparable de sonidos posibles, necesarios al pensamiento, que
arrastrara consigo a otros en su caída o en su desarrollo; la exuberancia del
pensamiento y la palabra. Y sin embargo, qué fuerza en tantas
ocasiones, como esto que leí ayer, por ejemplo: “Tiene que haber alguien que
rompa los silencios de la naturaleza y los entierre dentro de sí mismo”. ¿A
dónde vamos? Pregunta retórica destinada a perderse en la noche de los tiempos,
pero que siempre produce vértigo pensar, quizás porque amamos el peligro que
tensa nuestros nervios o porque añoramos lo mejor y más genuino que puede
darnos nuestro organismo. Decir dónde es buscar más allá de nuestra propia
existencia diaria, reafirmar otras vocaciones, husmear otra existencia al otro
lado de lo que impone la rutina y la seguridad cotidiana. Enterrar dentro de
uno mismo tanto silencio como sea posible; que fermenten los silencios dentro
del pecho, que susurren su misterio.
A la mañana del segundo día atracamos
en Puerto Edén, una pequeña población perdida en el laberinto de los canales.
Este barco es su única conexión con el mundo. Es grato este espacio limitado
del barco, un rincón del salón comedor desde donde se ven pasar los canales,
las islas, las montañas, la intemporalidad, la cadencia de los horarios regidos
por las comidas, el paseo periódico a la cubierta para descubrir un trazo de
luz o una perspectiva nueva, algunas formas agradables y exóticas del paisaje.
Puerto Edén, ¿un lugar para vivir? Esa
necesidad de profundizar en la complejidad de la vida. Descubrimientos
sucesivos, quizás la búsqueda de la armonía con la naturaleza y con uno mismo.
Nuestra forma de vida nos induce a considerar ajenos y extraños otros modos de
hacer y vivir, pero el hecho de viajar induce sin embargo a la duda, el
contacto con otras experiencias es un antídoto para salvarnos de la creencia de
la exclusiva bondad del mundo que vivimos a diario. Las necesidades: ¿entidades
autónomas impuestas por la biología, la psicología, la vida social, la
economía? Navegando por estas tierras la palabra necesidad suena a grillete de
preso, no poder prescindir de bienes, de medios, de comodidades, un atado como
aquel que retiene al perro guardián frente a la casa de los amos. Algo que
obliga, mediatiza la libertad y ralentiza nuestra capacidad de vivir.
Viajar es un modo de meditar; algo que
recolecta los silencios de la naturaleza y los encierra dentro de nosotros
mismos. El mundo de los canales que atravesamos se cierra como una masa pesada
sobre nuestra ruta tras Puerto Edén; aparecen pequeñas islas cubiertas de
arbustos diseminadas a los costados del buque.
Acabamos de atravesar la Angostura Inglesa ,
un estrechísimo canal sembrado de islas boscosas y solitarias. Hemos entrado en
la intemporalidad permanente, el barco apenas se mueve, no hay olas, los
alrededores se cubrieron de niebla y frío y sólo se siente un débil ronroneo
bajo los pies. Es estar como en el limbo. Por lo demás es muy agradable, se
come bien, se está caliente, leemos, salimos de tanto en tanto a hacer fotos;
hoy menos porque los vientos sobrepasan los 70 kms/h. A veces llueve con gran
intensidad.
Día luminoso de nieblas brillantes
cruzando en hilachones sobre los perfiles azulados y serrados de las montañas.
Diseminación de islas, cormoranes, toninas saltando junto al barco, día de sol
de invierno. Todo después de una tarde y una noche de agitación en la que era
difícil no salir despedido de la litera, una perfecta montaña rusa durante las
diez o doce horas que el barco demoró en atravesar el Golfo de Penas. Después
todo volvió a ser una balsa de aceite de nuevo, la calma retornó al lugar.
Llegaríamos a Puerto Montt hacia el mediodía”.
Inimaginable esa ponderada devoción de Conrad por los veleros a los
que trata como si de seres conscientes se tratara, a los que agasaja y ama;
inimaginable, se lo comentaba días atrás a José Manuel Vinches, esas olas y esa
soledad sobrecogedora del que navega durante semanas sin ver un alma, nada que
no sea el mar o el cielo. Esto leía hace días en Winter Wales, de Rosie Swale, una navegante y caminadora que
sexagenaria ya dio la vuelta al mundo atravesando Siberia y Alaska en invierno:
“The reward, the feeling of achievement when it came, only equalled one’s own
effort”. Obvio. Quien quiere ahorrarse esfuerzos y miedos difícilmente logrará
esa recompensa, esos momentos de plenitud de quien se zambulle en la aventura
plenamente. Si me llama la atención Rosie Swale, en estos momentos con la misma
edad que yo tengo y camino de Nepal a pie después de haber comenzado a caminar
en el Reino Unido, es la facilidad con que ha hermanado su afán de caminar con
aquel otro de navegante solitaria.
Me gusta de Conrad cómo subjetiviza a la nave de la que él es capitán
u oficial porque me sugiere un tipo de relación que me es cara: el mar, la
montaña, el velero como seres con vida propia con los que el caminante o el
marino mantiene una relación tan íntima y amorosa de hacernos pensar que en
cierto modo navegante y velero, montaña y caminante son en realidad partes de
la misma cosa.






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