El
Chorrillo, 16 de marzo de 2020
Me llama
mi hija por teléfono y me cuenta una pequeña anécdota de esta mañana cuando fue
a hacer la compra a las tiendas de al lado. Necesitaba dos hogazas de pan y el
panadero le ofreció una con el fin de preservar para otros clientes el resto,
pero sin embargo le ofreció otra hogaza del día anterior, ésta última
gratuitamente. Se negó rotundamente a que le pagara la segunda. A continuación
se fue a la farmacia, frente a la que tuvo que esperar un buen rato. Cuando le
tocó el turno pidió paracetamol y le dijeron que se había acabado. Entonces
salió una señora que aguardaba su turno detrás y le ofreció un envase que había
comprado de más el día anterior. Mi hija pretendió pagarle el importe, pero
esta señora se negó. Ante gesto tan bonito Lucía reaccionó sacando de su bolsa
la hogaza reciente y preguntándole a la señora si no le vendría bien una
hogaza de pan. La mujer dijo que sí; aceptó muy agradecida sin más la hogaza de
pan. Mi hija subió las escaleras de su casa emocionada por este sencillo
trueque producto de una manera de relacionarse en la calle que hubiera sido
impensable hace días.
A mí
también me emocionó, de la misma manera que me emocionan las caceroladas en
gratitud a los sanitarios, transportistas, empleados de supermercados y a todos
aquellos que en estos días ponen en peligro sus vidas para dar servicio a la
comunidad. Yo esta mañana, antes de ver los periódicos había puesto en la parte
alta del procesador de textos la palabra “Fragilidad” con la intención de
expresar algo de esa fragilidad que hoy observo en mí mismo, en mi alrededor,
en los periódicos, en el mundo entero, algo que tan bien puede ilustrar aquel
slogan que se coreaba en los tiempos del 15M y que ahora tan dramáticamente
podemos sentirlo en lo más hondo de nosotros: “Estábamos dormidos y despertamos”.
Un slogan que llama a una realidad infinitamente más dramática que aquella a la
que nos reemitíamos en los lejanos días de aquel 15 de mayo.
Despertamos,
sí, por la mañana a lo que está sucediendo, a la inminencia de una catástrofe mundial,
incrédulos, absortos en pensamientos que de la noche a la mañana han abandonado
la plácida calma en que podían transcurrir nuestros días: nuestros pequeños
proyectos, nuestros deseos de ir, de comprar, de realizar esto o aquello, nuestra
leve inquietud por detalles caseros o familiares, y de pronto como si el mundo
se hubiera parado nos encontramos con el día por delante con la casi exclusiva
preocupación de encender el ordenador para seguir el ritmo de una curva que empieza
a subir alarmantemente dibujada entre los ejes de los días y el de las
defunciones y los contagiados.
Lo
importante, lo esencial de la vida, siempre está presente en nuestra existencia,
con pandemia o sin ella, pero sin embargo cuánto cuesta verlo. Hoy que observamos
cómo las familias forman una piña, cómo todos nos aprestamos a protegernos para
no sucumbir a un contagio, cómo nos solidarizamos con todos aquellos que tan
importantes son para la continuidad de nuestras vidas, que miramos a nuestros
vecinos desde los balcones, cacerola en mano, como personas de carne y hueso
con los que compartimos nuestro encierro y nuestra empatía, hoy somos mucho más
humanos que hace unos días. Hoy, la esencia de la vida se ha abierto paso en el
incontrolado batiburrillo de la política, el consumo, los deseos de
enriquecimiento descontrolado o las ideologías y, salvo algunos miserables que
andan sueltos por ahí, sea un Inda, alguno de esos personajillos de Vox o una
colección de personas que todavía no se enteran de que se van a morir algún día;
hoy se ha abierto paso un nuevo estado de conciencia y es como si despertáramos totalmente confundidos por los acontecimientos, pero también abiertos a
interrogantes de los que es difícil escapar.
No son
cosas que aparezcan en los medios, esto de lo que hablo, pero sí que imagino
hoy a la mayoría de la gente de nuestro país, mientras oye las noticias, guarda
cola a metro y medio uno de otro en el supermercado, o desinfecta
cuidadosamente una casa donde conviven varias personas, sí la imagino de una
manera u otra imbuida en la preocupación por huir a toda costa de un contagio,
es decir, huir de la muerte, de caer enfermo; la imagino descubriendo eso tan
formidablemente importante, querido, esencia de nuestro ser social, que es la
familia; la imagino más cercana a los amigos, solidaria con los vecinos,
comprensiva con esos otros posibles candidatos al sufrimiento que somos todos
en esta situación.
Hoy la
gente me gusta mucho más que en otros momentos; hoy, aunque más lejos unos de
otros estamos más cerca que nunca, porque el sufrimiento de los otros es parte
del nuestro; en cierto modo el otro, el que ha sido infectado, es un espejo en
el que todos nos miramos, con reticencia, pero nos miramos porque mañana
podemos ser uno más de ellos.
Quién
sabe, si mañana, dentro de unos meses, cuando esto acaso haya pasado, hayamos
aprendido un montón de cosas. Hayamos aprendido qué es importante en la vida y
qué no lo es. Hayamos aprendido lo frágil que es la existencia pese a la
aparente solidez de los muros de un supermercado, un automóvil o los miles de
productos que consumimos y bienes de que disfrutamos, y que constituyen eje de
nuestros tantos afanes.
Hace un
par de días una amiga me contaba por guasap que había salido a algún recado por
las calles de Madrid y encontrarlas totalmente vacías le había provocado una
llantina incontrolable. Dios, ¿dónde residen nuestras emociones?, ¿dónde se
esconde nuestra humanidad, esa humedad que nos vidria los ojos cuando leo lo
que me cuenta mi hija, cuando veo cantar a los vecinos en el balcón en las
calles de Italia, cuando doy cuenta de esos vídeos de las caceroladas en agradecimiento
a los sanitarios? Si nosotros fríamente no somos capaces en la vida diaria de
detectar las fuentes de nuestras emociones y sin embargo, éstas, motu propio, afloran a nuestros ojos en
determinadas situaciones ¿no será porque que nuestra sensibilidad anda algo
despistada, que se le han calcificado las arterias y necesita de
acontecimientos que como horrísonas campanadas la despabilen, la despierten a
una realidad más esencial, más humana?

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