El
Chorrillo, 29 de febrero de 2020
Iba a
comenzar de escribir algo pero mientras guardaba un documento que
había en pantalla se me fue el santo al cielo y lo olvidé, cosa nada rara a
estas alturas en las que pierdo constantemente las gafas y debo de emplear
media mañana en su búsqueda. Bueno, como casi siempre imagino que tendré que
decir como está el tiempo más allá de mi ventana. Pues lo digo, ventoso, feucho
y desagradable, tanto que apenas he completado la mitad de los trabajos que
tenía programados para la mañana. Tanto, que he decidido encender la chimenea y
dedicarme a contemplar las llamas, eso después de haber llegado a un grado de
saturación con el Photoshop que me ha dejado ayuno de trabajar con las
fotografías hasta dentro de una década, puede que hasta un poco antes, pero,
vamos, que se entiende, que me harté de máscaras, capas de relleno,
perfeccionamiento de bordes y de toda una larga lista de técnicas de revelado
que si hasta hoy mismo me habían entretenido un par de horas cada mañana, hoy,
de golpe, ante mi inutilidad para retener algunos procedimientos básicos de
retoque, decidí que cortaba por lo sano y daba por terminado mi periodo de
formación fotográfica.
Pero,
¿qué hacer en su lugar, así de golpe en una mañana de viento con el único
trabajo por medio que no sea alimentar el fuego de la chimenea? Pues bueno,
como me gusta enormidad no hacer nada, eso hice durante un buen rato: nada,
nada hasta que conseguí quedarme sopa en medio del calorcito que me venía de la
chimenea. Esto no puede ser, me dije incorporándome media hora después. Así que
me puse los zuecos, me encasqueté un gorro de lana, hace un par de días me
corté al uno el cuero cabelludo y ahora mi coco pasa un tanto frío, enfundé los
guantes de trabajo y salí al frío de la mañana. Joder, qué viento desagradable,
¿no? La carretilla, previsora ella, me estaba esperando frente a la cabaña, así
que me fui a donde el compost y con la horca llené la carretilla y fui abonar
los frutales. En ello estaba cuando al otro lado de la valla de alambre apareció
Canela. Canela es un perro abandonado que se presenta por los alrededores de
nuestra casa desde hace una semana mostrando una cara de hambre que asusta. Desde
que se nos murió Gaza, nuestro pastor alemán, decidimos que no queríamos
perros, así que nada de perros, y más con la seguridad con que lo dice mi amada
esposa, que con los dos gatos y conmigo ya parece tener más que suficiente.
Nada de más animales, dice, con tres ya tengo bastantes.
Voy a
poner un punto y aparte porque cuando la gente se encuentra un párrafo largo
digerirlo se hace duro. Los parrafitos cortos son más digeribles, no asustan a
los posibles lectores. Una vez le regalé un libro mío a Cive, el amigo del
Navi, La edad madura, se titulaba, y cuando lo abrió y se encontró con
que en las trescientas páginas no había un solo punto y aparte, casi me muerde.
Estaba
claro que el perro, que mantiene una respetable distancia pese a que le damos
de comer desde hace días, venía a por su ración de mañana, así que repartí el
contenido de la carretilla entre el cerezo y el manzano y me fui a darle de
comer. El primer día le dimos salchichas, pero la voracidad con que se las
comió nos hizo temer que de seguir a ese ritmo nos dejaba el frigo vacío en
unos días, así que probamos con el pienso de los gatos. Se habría comido un
saco de piedras. Sus costillas aparecían tan marcadas como las cuadernas de un
barco al que hubieran desnudado. Después de abonar unos cuantos árboles más
volví a salir fuera. Allí estaba el tío, a pie de cañón frente a la cancela
pidiendo más comida, así que me volví a por el saco de pienso. De vuelta el perro había desaparecido :-(. No, no había desaparecido, se había colado
en casa. Por allí me le encontré como un invitado curioseando entre los
pensamientos, los narcisos y los jacintos. Debió de gustarle el olor de estos
últimos porque no retiraba el morro de sus flores azules. Venga, amigo, que mi
hortelana no quiere perros, ¡ay! si corren peligro sus gatos, le dije. Me debió de entender,
porque echó un vistazo a los peces del estanque pero enseguida enfiló sus pasos
hacia la calle. Allá lo dejé con un cuenco hasta arriba de pienso de gatos.
Aquí
toca un momento de no facer nada, un deporte que según voy sabiendo por algunos
amigos tiene bastantes adeptos, aunque esta vez fue corto. Después dediqué
media hora a terminar con Vida de don Quijote y Sancho, de don Miguel.
Don Quijote se muere y Unamuno, junto a la cama del caballero andante, ahora
convertido en pastor, le escucha lamentarse de haber dedicado tanto tiempo a
leer libros de caballería en vez de libros que fueran luz del alma. Lo cual
permite a Unamuno filosofar sobre la muerte y la importancia de tener una
“muerte buena”, al punto de afirmar que “una muerte buena y gloriosa abona y
glorifica la vida toda, por mala e infame que ésta hubiese sido, y una muerte
mala malea la vida al parecer más buena. En la muerte se revela el misterio de
la vida, su secreto fondo”.
En fin,
que don Quijote se muere y yo sigo en Babia y como el mensajero de Amazon me ha
traído esta mañana mi ejemplar de Las mujeres, el amor y la muerte, por
cierto que hay por ahí un libro titulado El amor, las mujeres y la muerte, obra
extraída de una mayor de Schopenhauer, en donde tanto el amor como las mujeres
quedan tan mal paradas que mejor no confundir mi obra con la de Schopenhauer,
no vaya a ser que alguna lectora despistada, y por más señas feminista de
condición, me eche una mirada de basilisco, vamos, una mirada de matar; como me
había traído tal libro decía, pues aproveché para leer una decena de páginas.
Está claro que a veces basta leer un capítulo o dos de un libro para saber de
qué van los gustos del autor de marras. Los de este escribidor, cual si se
tratara de un romántico ayuno de las excedidísimas gracias de las bondades
todas de las féminas, rendían tal pleitesía a esos seres alados que poco
faltaba para creerle exaltado devoto de esa religión en la que sus adeptos
pierden el habla ante la aparición de un cuerpo bonito.
Digamos
que el viento sigue peleón, el perro se marchó satisfecho y mi ego se estiró un
centímetro y medio con el nuevo libro entre las manos. Respiro hondo. Menos mal
que esto de publicar un libro se ha hecho tan sencillito como encender el
ordenador y pasar media hora siguiendo unas breves instrucciones, porque de lo
contrario, ay, Dios: horror las editoriales, horror las presentaciones, horror
la gente y dar la cara en público, horror de los horrores. Bendito Amazon o sus
similares, que con sus facilidades permite a los tímidos y a los trogloditas
como un servidor escribir y publicar sin necesidad de asomar las narices por la
entrada de su cueva.
El caso
es que terminó llegando la hora de la comida mientras leía los primeros
capítulos de Lectura fácil, de Cristina Morales, último premio Herralde,
de Anagrama, punto en que alargué la mano para tomar mi Diario, diario
de jubilado, se entiende, y me dispuse a escribir estas líneas.
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