lunes, 30 de marzo de 2020

La vida es sueño. Un cuento.




El Chorrillo, 30 de marzo de 2020

Mico había emitido un breve maullidos y se había acurrucado junto a la almohada de su dueño para acompañarle en el sueño. Fuera llovía débilmente. El silencio de la cercana autovía jamás fue absoluto como estas noches. Poco más tarde él había salido a la parcela e, incomprensiblemente, se había puesto a caminar por ella en vez de ir al campo como todas las mañanas a dar su habitual garbeo. Daba vueltas y más vueltas alrededor de ella. A la altura de la caseta de las herramientas un herrerillo dio un salto desde el tejado al ciprés y se escabulló entre sus ramas. Mico, el gato bolita de nata y canela que dormía habitualmente entre sus brazos cuando veían una película, se asomó por el porche y se quedó mirando a las nubes. En el estanque de los peces Martín se paró y hundió la mano en el agua para limpiar de hojas la pantalla de la bomba que filtraba el agua a las carpas. Después continuó su caminata. El sol declinaba hacia la sierra de Gredos a un palmo ahora ya del horizonte. El confinamiento se prolongaba por semana y media y todavía no había recibido noticias de su hijo. Recordó. Estaba preocupado. Andrés, de viaje por el África profunda, bueno de viaje es un decir, porque lo que había hecho, siempre él un cabeza loca, había sido pedirle la bici prestada por una temporada, sí, por unos días nada más, había dicho, pero, cuando extrañado de su silencio quiso comunicarse con él, se encontró que sucesivamente la telefonista repetía siempre la misma cantinela: teléfono apagado o fuera de cobertura. Así hasta que una mañana sonó el móvil. Un número con un prefijo internacional desconocido para él. Era Andrés. Hola, padre, oyó al otro lado de la línea. ¿Pero desde dónde coño llamas?, saltó éste sospechando de inmediato que su hijo ya estaba haciendo una de las suyas. Andrés siempre fue aficionado a largos y crípticos parlamentos, pero en ese momento fue rápido al grano. Estoy en Etiopía, dijo, pero no te asustes, me encuentro bien. Cuando me prestaste la bici tomé un vuelo a Adis Abeba. Quería pedalear hasta Sudáfrica, decía, pero la policía me ha detenido con eso del coronavirus y ahora estoy hospedado en casa de unos amigos que hice por el camino. La frontera está cerrada y tampoco hay servicio de vuelos, así que…
Martín estaba que se subía por las paredes. Nunca hubiera sospechado que le saliera un hijo tan loco como él mismo. Que él a los veinte años se hubiera marchado de casa para andar por el mundo, escalar en los Alpes o pasar una temporada de invierno en Suiza trabajando para hacer algo de dinero para un tiempo por venir, no hacía que disminuyese en Martín el cabreo que le producía aquel hijo loco que le pidió la bici para irse así sin más a darse una vueltecita por África precisamente ahora en pleno confinamiento, le ponía de un humor de perros.
Cuando llegó a la cancela, giró a la izquierda y se dirigió al pasillo de losas de hormigón que había construido meses atrás. De tal palo tal astilla, se le oía rumiar mientras pasaba por el estrecho de los sauces formado por tres enormes ejemplares que habían sido invadidos por las hiedras hasta el punto de dejar a estos sin aire en medio de una pequeña selva impenetrable.
A la altura de cabaña, una pequeña construcción que servía de refugio a este solitario sapiens para quien las montañas y los senderos del mundo eran su patria, se detuvo e imaginó a su hijo boli en mano en una larga conversación con algún aldeano de la Etiopía rural, le vio construyendo, como si se tratara de un ancestro del Neardenthal, una conversación con las elementales herramientas de las manos, los gestos o los dibujos. Todo frente a una tetera de barro que se calentaba sobre las trébedes en una fogata que ardía en el centro de una casa de paredes de adobe y tejado de cañizo. Ello probablemente le venía de alguna vieja reminiscencia de un viaje por la Turquía kurda bajo las laderas del Ararat en donde Andrés había ido a parar en auto-stop un verano de su lejana adolescencia.
Y recordaba cómo la noche anterior se había despertado sobresaltado por la idea de que en este tiempo de pandemia Andrés estuviera viajando por África. El miedo a un contagio y la imposibilidad de su regreso agitaron su sueño. La luz de la luna entraba de plano en la habitación dejando una mancha de leche clara sobre la estantería de los libros y el encalado de las paredes. No tardó en dormirse de nuevo.
Era aún de noche y fuera se oía el motor de un automóvil detenido. En vez de la luna ahora una luz azul barría intermitentemente las paredes de la habitación. De repente alguien abrió bruscamente la puerta y encendió la luz. Un hombre de uniforme, con guantes y con una mascarilla sobre el rostro, se dirigía con brusquedad a su cama y le ordenaba de manera imperativa con gestos salpicados de palabras en un idioma desconocido, que se vistiera. En unos breves minutos se vio empujado al interior de un automóvil de la policía. Con las precauciones con que se trata a un apestado lo habían introducido en la parte trasera del land-rover y habían cerrado con llave la puerta. Se trataba de una especie de jaula con malla de hierro. Sus protestas no tuvieron eco en sus guardianes, que le conminaron reiterativamente con gestos a guardar silencio. Estaba acojonado. De pronto cayó en que llevaba la sonda puesta. Había tenido una retención de orina y al día siguiente tenía que acudir al hospital para que se la retiraran. Poco a poco le empezaron a surgir unas imperiosas ganas de ir al váter. Las primeras luces de una ciudad empezaron a barrer el interior del coche a pequeñas ráfagas. Sus ganas de orinar se acrecentaron. Un agudo dolor empezaba a ocuparle el cuerpo obligándole a encogerse en posición fetal. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo explicar a aquellos bestias que no hablaban en cristiano que en unos minutos su vejiga iba a estallar? Soportó todavía por un rato el intenso dolor que se le estaba acumulando en el bajo vientre, se revolcó de sufrimiento en el asiento y cuando no pudo más, abrió precipitadamente la espita de la sonda y un grueso chorro de orina empezó a caer sobre el suelo. Pero era muy raro, sentía un inesperado y desacostumbrado calor sobre la pierna izquierda. Oh. Joder. Saltó de la cama y corrió hacia el cuarto de baño, la orina le corría pierna abajo. De inmediato las oscuras calles de una ciudad de Etiopía se habían esfumado. Abotargado, se sentó en el váter y dejó la sonda colgando sobre el inodoro.
Se encontraba desorientado. ¿Estaría ahora mismo soñando?, se preguntaba. No sabía qué pensar. ¿Cuál de las tres circunstancias pertenecía a la vida real y cuáles pertenecían al sueño, se decía, caminar por la parcela, estar metido en un coche de la policía etíope con la vejiga a punto de reventar o encontrarse aliviado ya tras el susto de no poder retener más el líquido en su bajo vientre? ¿A cuál de estas realidades pertenecía él? ¿Dónde se encontraba Andrés realmente? Que él recordara la última bicicleta que tuviera se la llevó el chatarrero hacía diez años. Y por otra parte, ¿que sucedía con eso de la epidemia de que le había hablado Andrés por teléfono? ¿Sería cierto que se estaba viendo confinado en Etiopía por una epidemia?
Que lío. Se caía de sueño. Tiró de la cadena, apagó la luz y volvió a la cama. Unos minutos después roncaba suavemente; Mico había regresado a su lado y ahora ronroneaba suavemente junto a la almohada de Martín.


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