El Chorrillo, 3 de febrero de 2020
La noche, más allá de la autovía, era oscura lo suficiente como para
tener que ir tanteando con los pies el terreno. Las últimas lluvias y un lejano
temporal habían desfigurado el terreno formando grandes cárcavas en un lado y
remansos arenosos en un sendero que meses atrás era uniforme. Algo había
cambiado también en el lugar, los mastines,
que salían a saludarme con sus escandalosos ladridos cuando atravesaba junto a
la cancela, allá después de la revuelta del túnel de la autovía, guardaban
silencio sepulcral, eso o la muerte se los había llevado en estos meses de intervalo
de tiempo en que mi ánimo no había sido capaz de retomar la vieja costumbre de
salir a caminar antes del alba por los cerros cercanos a mi casa. Por demás el
resto no había cambiado, el betún de la noche seguía aferrado al viejo
cauce en donde los almendros y los olmos recogían en sus ramas desnudas un
resto de niebla por donde aquí o allá se colaba a retazos el fulgor lejano de
alguna estrella. Caminaba pensando en estos viejos hábitos con los que uno va
adornando la vida, esa idea de caminar antes del amanecer, y que aunque los
abandones temporalmente, viven silenciosos por ahí dentro de nosotros acaso
esperando que un buen día algo venga a despertarlos.
Sucedió sin más. El día anterior había tenido una siesta pesada
después del duro trabajo en la parcela durante toda la mañana y, al despertar,
embotado, tardé en incorporarme lo suficiente como para que terminara
diciéndome que tanta indolencia, si lo fuera, no podía ser. Así que me
levanté y, sentado frente a la ventana, traté de adoptar una postura
activa. Afuera la tarde era gris y tristona. De alguna parte de mi yo, algún
enanito de esos, ya se sabe, empezó a venirme un rumor, lejano pero
perfectamente identificado, que llamaba a hacer un cierto cambio en mis hábitos
diarios. Conté. Llevaba casi cuatro meses sin pisar el monte. Bien que hubiera
trabajado duro durante este tiempo en la parcela, pero… aquella idea de salir a
dormir un día a la semana en alguna cumbre del Guadarrama quedó varada después
de hacerlo en Maliciosa y Peñalara. Nada quedaba de esa bonita idea de seguir
haciéndolo plantando mi tienda en invierno en los neveros altos de la Cuerda
Larga o de la Mujer Muerte. Mis propósitos se aguaron, sí. Que sí, que uno se
apoltrona a poco que te descuides. Así que mirando el horizonte ese gris de la
tarde, el enanito de turno empezó a convencerme de que algo había que hacer
para recuperar la forma física perdida y volver a pisar las montañas. Ya
estaba, al cabo del rato ya me había propuesto levantarme al día siguiente a
las seis de la mañana. No me fue fácil tomar la decisión pero una vez que vi
que era creíble, todo fue coser y cantar. A algo más de las once de la noche
estaba en la cama y a las seis de la mañana saltaba de ella dispuesto a recuperar
el hábito de sumergirme en la noche. Sí, con el cazamariposas de atrapar sensaciones
tendido hacia la oscuridad y la niebla, como le decía por la noche a Antonio, a
ver qué me deparaba el silencio del final de la noche en ese par de horas que
duraría mi caminata.
La siempre hora mágica que precede al alba discurría ahora por una
pista que los temporales habían convertido en un tortuoso sendero sobre el que
a punto estuvieron mis narices de dar, como le sucediera al cabrero de la mano
de don Quijote cuando éste se las remachara con un pan candeal, en un instante
en que perdí pie y me fui contra el suelo. Mis pensamientos, bien que vigilando
tocar tierra firme en todo momento, se fueron de acá para allá intentando
afianzar esta nueva idea de volver a las sanas costumbres de madrugar, caminar
y salir al monte regularmente. Llegué al altillo que después tuerce hacia el
valle entre encinas y almendros y, más o menos cuando empezaba la noche a
diluirse en la lechosa grisura del alba saqué el auricular y me dispuse a
continuar con la lectura de Soledad, un
verano en las montañas, un buen libro para reforzar mi recién estrenada
idea de salir del amodorramiento para ingresar en el siempre gratificante mundo
de las andanzas alpinas. Mi lectura se encontraba en Dolomitas, en los
alrededores de la Marmolada, en un post que llevaba el curioso título de Plenitud y felicidad, dos ideas a la gresca.
Lo que siguió de mi paseo fue un pacífico caminar mientras las primeras
luces se desleían entre los juncales y la naciente cebada junto al sendero
y mi mente seguía los derroteros de aquel 7 de agosto del pasado verano:
“La tormenta vuelve a tomar fuerza en un momento en que la película
que estoy terminando de ver, Hijos y
amantes, empieza a llegar a su final. Es una rara mezcla ésta de truenos y
lluvia torrencial mientras las secuencias de la película se suceden. Tengo el
volumen al máximo y a veces me cuesta escuchar lo que dicen los personajes.
Una idea al final del film que hace coherente el comportamiento del
protagonista a lo largo del relato: son palabras de Paul Morel, una respuesta
al padre, que tras la muerte de la madre le aconseja que busque a un mujer con
la que pueda ser feliz. La respuesta de él: “Maldita felicidad. Que la vida sea
plena, eso es lo que he deseado siempre”.
La idea que me perseguía cuando oí pronunciar a Paul estas últimas
palabras es que aspirar a la felicidad como objetivo de la vida siempre me
pareció una idea errónea. Tuve una amiga con la que discutí mucho sobre esto
porque ella, de igual modo que no quería oír pronunciar la palabra “muerte”,
hablaba con excesiva frecuencia de que ella lo que quería en la vida por encima
de todo era ser feliz.
Tendría que ser capaz de dar razón de esta idea. Es tarde y la lluvia
cae intensa sobre mi tienda, un momento propicio quizás para intentarlo, pero
mis ojos están tan cansados de mirar la pantalla del teléfono en la oscuridad
que soy incapaz.
Recuerdo una situación de peligro, la de ayer, por ejemplo, que
narraba aquí, u otras ocasiones en este verano, situaciones de esfuerzo,
sintonía con la lluvia o las tormentas, quizás la espléndida soledad de algún
instante en los bosques llenos de niebla o agua, y en ellos, en los que yo
tampoco buscaba la felicidad, sí que encontré eso que buscaba Paul, que la vida
sea plena. Cuando alguien aspira sin más a ser feliz en abstracto, sin más,
pareciera que ese alguien que desea ardientemente la felicidad, tuviera en mente como objetivo
último el hecho de estar allí, en la cumbre, cuando lo que da sentido a la
pasión de escalarla no es estar allí arriba sino el camino que te lleva a ella.
Es un ejemplo que quizás aproxime a lo que quiero decir. Desear que la vida sea
plena significa algo muy distinto a aspirar a la felicidad. La plenitud deriva
de situaciones anímicas y espirituales,
de confrontaciones con la realidad en la que el individuo ha puesto a
prueba sus mejores capacidades, se ha superado, ha conseguido con su esfuerzo y
su tesón un estadio de superación, de penetración extraordinaria de la realidad
que hace posible que de su organismo, de su alma broten instantes de íntimo
placer y felicidad. Nada que ver esto con la aspiración así, a palo seco, de
ser feliz.
Convertir la vida en un acto de plenitud en lugar de aspirar a una
fofa felicidad convierte a Paul en un personaje interesante y atractivo del que
cabe esperar una fuerza vital fuera de lo común. Esto es hablar muy en general
y cada cual podrá encontrar el particular camino que acerca a cada individuo a
un estado de plenitud, pero ya que estoy entre montañas y en su ámbito son
innumerables las personas que han encontrado en la escalada su mayor grado de
realización, quizás estos ejemplos sirvan para aclarar la profundidad que
encierran algunas aspiraciones humanas, acaso siendo el individuo ajeno a lo
que en el fondo busca con sus escaladas de grado extremo.
Si junto a la afirmación de Mallory, “escalo montañas porque están
ahí”, colocáramos el “que la vida sea plena es lo que he buscado siempre”, de
Paul Morel, me temo que estas dos ideas dejadas solas a la tarde sin la
concurrencia de quienes las han expresado, con toda seguridad, la primera,
escaló montañas porque… etc., terminaría confesando a la segunda, que la vida
sea plena, que estaba equivocada, que en realidad lo que en las montañas hemos
descubierto es que nos proporciona un grado de plenitud que no encontramos en
otras experiencias de la vida.
Escribiendo estas cosas siento que uno se acerca un poco cada vez más
a alguna verdad esencial. Hoy, terminando las reflexiones anteriores, ahora ya
bajo la pared sur de la Marmolada, se me aparece con más claridad que nunca la
certeza de esa afirmación de Morel. Faltaría definir qué sea eso de la
plenitud, pero mi ánimo no llega a tanto. Creo que los pocos lectores que se
asomen a este blog no necesitarán más argumentos para entender dónde estamos.”
Continúa el post dando cuenta de los detalles de las andanzas de aquel
día, pero me basta con esto, que se me parece esta mañana, cuando ya me voy
acercando a casa, un buen antídoto para espantar mi posible pereza y empezar a
salir a redescubrir el invierno por las cumbres del Guadarrama. Ya ayer Julio,
Julio Gosan, me invitó a hacerlo acompañándole con el ánimo de encontrar
motivos para nuestras cámaras fotográficas. En ello estoy. Quizás incluso
llegue el momento de despertar así a mi blog de los caminos, que anda por ahí dormido
como un lirón desde el final del pasado verano.

No hay comentarios:
Publicar un comentario