jueves, 6 de febrero de 2020

Leer

Negrito, un gato listo que recogimos del campo y leía poemas de José Ángel Valente a las pocas semanas de nacer.




El Chorrillo, 6 de febrero de 2020

Leer es vivir un estado de ánimo, un conflicto, un sentimiento que no es el tuyo. A esta idea venía dándole vueltas mientras el alba empezaba a desleírse entre las ramas de los olmos que hasta ahora pasaban a mi lado como sombras. Y más, ¿de donde viene el gusto de esa vivencia extraña? Me da lo mismo que en vez de un libro fuera una película, ¿de donde viene esa emoción que me embargaba aayer noche cuando Mikhalkov, revolucionario ruso de lo años treinta, de Quemado por el sol, sube escaleras arriba en busca de su esposa, esposa asustada y dispuesta a tirarse por la ventana si éste se le acerca, y forcejea con ella hasta caer ambos en un estaxis de ternura y amor? ¿De dónde el placer que nos llega durante el parlamento de Hamlet con el sepulturero o aquella emoción que surge ante la muerte de Tristan e Isolda en la obra de Wagner?

Es cierto que a veces son necesarias largas horas de lectura para que en el umbral de nuestro espíritu aparezca esa insólita emoción que de manera inesperada atraviesa las sinapsis de nuestra columna vertebral para derramarse sobre nuestro cuerpo. De ahí que la paciencia con que el lector apasionado recorre las páginas de un libro sea vital para llegar a un encuentro que tantas veces se demora entre páginas de menor interés.

La vida de una persona es un infinito mundo de posibilidades a las que sería imposible acceder en ese laberinto de bifurcaciones, y ante las cuales siendo uno uno y no múltiple, nos vemos obligados a restringir nuestra elección, restricción que de un modo u otro podemos evitar, al menos de manera subliminal, cuando nos sumergimos en las páginas de un libro que llevándonos por vericuetos que siéndonos familiares o no, descubren acá y allá trozos de nuestra alma, de nuestras inquietudes, nuestros miedos o nuestros sentimientos, que nos han sido propios o no, y que en su inesperada aparición entre las páginas de un libro o la secuencia de una película, nos sorprenden con el roce de su caricia.

Todo lo que no somos o no hemos vivido, todo lo que no hemos sentido, la literatura o el cine pueden recrearlo para nuestro exclusivo deleite, para nuestro placer, nuestra instrucción y, especialmente para acercarnos al alma ese bien universal que es la Belleza. En realidad un maridaje, el de la belleza y la posibilidad de vivir otros mundos, que se consuman en eso que llamamos arte.

Es la hora más fría del día. Las luces de los pueblos cercanos, que en la primera hora de mi caminata nocturna, habían iluminado, convirtiendo en pequeñas islas de luz reflejada sobre las nubes que cubrían el cielo, habían desaparecido y ahí un gran halo de claridad se iba abriendo en la desteñida grisura del amanecer. ¿Para qué tanto leer?, había sido mi interrogante, pensando en el libro de Nélida Piñon, que leo últimamente. ¿Qué porcentaje de un libro tiene que encantarnos para que merezca la pena dedicar días y días a su lectura? Y se me ocurría pensar en las largas horas que pasa río arriba río abajo echando el sedal el pescador a la espera de que una trucha quede atrapada en el anzuelo. Algo así es leer muchas veces. Ah, cuándo llega ese momento. Igual podría decir de la montaña que en ocasiones puede ser sufrimiento prolongado pero que cuando asoma ese instante de plenitud que se abre como una flor entre la belleza y el esfuerzo: qué dicha.



Hoy no leí durante mi caminata matinal, quizás por ello me vino a aquella reflexión primera. La vida debería compartir de forma alternativa los hechos, lecturas, actos, trabajos, con los momentos de silencio y de no hacer nada, que serían como el fermento, la muda reflexión, el gozo posterior de quien contempla su vida en detalle, impidiendo de ese modo que la vida se nos marche sin ser conscientes de la profundidad y los rincones inesperados que ella encierra, esas pequeñas cosas que, como el regusto que queda en el paladar después de comer alguna exquisitez. Vivir así para el regusto de lo vivido y para el presente, sin estar impedidos por lo que tengo que que hacer adelante.

Y lo que yo esta mañana recuperaba, ya en las cercanías del olivar próximo a casa, era un párrafo en el que había subrayado “La exaltación amorosa” y poco más abajo “en un esfuerzo por ahuyentar la dinámica de la muerte”. Dos ideas que la autora relacionaba pero que a mí me sugirió enseguida, sin saber por qué, la posibilidad de un libro en donde se mezclaran estos conceptos, amor y muerte, una iniciativa que podría sustentarse con un número alto de post de este blog cuya esencia temática gira en torno a las mujeres, el amor o la muerte. Lo que me sugería una razón más para el hecho de leer que, además de llevarte a vivir un estado de ánimo, un conflicto o un sentimiento que no es el tuyo, siempre será un trampolín para la creación de nuevos textos y para indagar en la complejidad de la realidad propia y ajena.

Escribe Nélida Piñon en Una furtiva lágrima, “Incrusto en el texto detalles de mi vida como quien desentierra a Troya para saber si existió de hecho la ciudad de Príamo. La ciudad que desentierro soy yo misma”. Una afirmación que no me es ajena. Si Bataille afirmaba que escribía para no volverse loco, con parecida atrevimiento uno puede afirmar que escribe para desenterrar y conocer esa ciudad que es uno mismo. De ahí, a afirmar que leer es un modo de conocerse, sólo hay un paso. Y ese paso precisamente puede ser la escritura.

Por cierto, el olivar estaba precioso, la fofa luz de la mañana poco a poco se había vestido de terciopelo y en el altillo de los olivos gozaba de las tonalidades y el sfumato que la cámara de David Haminton empleaba en sus bellos retratos de mujeres.




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