miércoles, 29 de enero de 2020

La posibilidad de que el tiempo no exista




El Chorrillo, 29 de enero de 2020

Fue una intuición. La vida del jubilado, sin las obligaciones ineludibles del trabajo o de los horarios que imponen una agenda de compromisos o de actos, me ha hecho perder la referencia del día en que vivo. El lugar en que habito, todo frente a mi ventana campos de cebada o trigo, olivos y la lejana sierra de Gredos al fondo, no me ofrece ninguna referencia del tiempo en que me muevo, acaso la temperatura sea el único vestigio que el tiempo deja sobre mi piel para decirme que estamos en invierno. Catorce años ya de vivir sin la referencia de los días de la semana, que era lo que seccionaban “mi tiempo”, poco a poco voy notando que éste, como esa piel de la que se desprenden los reptiles cuando mudan, es una “piel” novedosa que configura mi vida de modo tal que me hace comprender que el concepto del tiempo que tenía hasta ahora está dejando de ser válido.
Empiezo a barruntar que el concepto del tiempo, nacido, como tantas cosas, en el momento en que la racionalidad se instaló en un cerebro primitivo de nuestros ancestros, no es más que un constructo que destiló nuestra racionalidad para mejor organizar su vida sobre el planeta. Ese mundo sin tiempo que es la vida de nuestros dos gatos, Mico y Bartola, en el que no existe ni mañana y ayer, sólo la inquietud interna de descansar, estar al calor del radiador en invierno o en el rincón más fresco de la casa en verano, comer cuando sus sensores biológicos responden a una bajada en la cantidad de glucosa en la sangre que despierta su impulso de comer, irse de pingo por la noche, como hace Mico, trayéndose de desayuno una paloma entre sus dientes para comérsela tranquilamente bajo la cama de Victoria. Una inquietud, ésta última, que a falta de un reloj para avisarnos de que es la hora de la comida o la de ganarnos el sustento con el curro, suple perfectamente lo que los sapiens en el transcurso de nuestro avance en la racionalidad hemos suplido con esa sofisticada herramienta que consiste en estructural nuestros actos en torno al concepto tiempo.
Puestos en la piel de un jubilado en el que han desaparecido esos actos que jalonaban los días y ponían cierto orden en su quehacer y en los que la secuenciación sólo es una manera de poner un orden a lo que hacemos, el tiempo poco a poco se va descomponiendo al punto de que lo que queda son más bien restos de unos hábitos de tiempo que, como toda rutina, lo que hacen es automatizar un comportamiento para despejar “el trabajo” de tener a cada momento que decidir cuándo tienes que comer o a qué hora debes levantarte. Sí, el tiempo de los jubilados, de todos aquellos que se han podido liberar del trabajo de buscarse la manduca, se parece bastante al tiempo de los gatos, es decir al tiempo sin tiempo.
Todo lo anterior quisiera que me sirviera para dar un paso, o mejor para desprenderme de esas cadenas con que el concepto tiempo nos atenaza, tengo que hacer esto lo otro, no puedo perder tiempo, tengo que controlar el tiempo que dedico a esto o lo otro para que me dé, sí, tiempo, para aquello o lo de más allá. Ayer, un amigo con quien intercambiaba unas líneas en torno a este tema, me envió el vínculo de un artículo titulado La imperiosa necesidad de no hacer nada. Pero no se trata solamente de buscar una solución a este tipo de desajustes que nos hacen bailar al ritmo de múltiples estímulos sin dejarnos paz para el reposo, la tranquilidad o el no hacer nada (inútil lingüísticamente ese “no”, que realmente convierte la negación en una afirmación con sus dos negaciones. Deberíamos hacer caso a los ingleses: “Do nothing”, es decir “hacer nada”). Aparte de que se trate de una cuestión práctica, trato de entender qué es realmente el tiempo, pero a la vez intuyendo que acaso éste no exista realmente y que el nacimiento de este concepto nos venga dado como una herramienta, sólo una herramienta. Quizás, creo, que algo leí por ahí sin entenderlo del todo, la física cuántica pudiera ayudarnos a interpretar ese concepto tiempo de una manera muy diferente a como lo hacemos para transformarle en una herramienta con la que organizar un poco la vida, una moneda de cambio que, como el dinero, sólo tiene un valor en función de un acuerdo implícito entre los sapiens para mejor entenderse sobre algunas realidades.
Días atrás me sucedía que, priorizado por la idea de que antes de que termine el invierno tendría que darme una vuelta por el mundo, caminar por alguna parte de España, acabar un libro de Piketty, uno más de antropología, dos de montaña, un par de novelas y, además, dar por terminados algunos trabajos pendientes de la parcela, llegó un momento que me pareció totalmente irracional tener todo esto en el caletre como esperando a meter a presión en el saco de un par de meses una desproporcionada cantidad de actividades. Pensando en esto, y estando nuestro gato Mico tumbado en el sillón tras de mí, despatarrado al sol del invierno que entraba por la ventana de la cabaña, se entreabrió en mi pensamiento la genial intuición de que si aboliera el tiempo, como lo hace él que no tiene mañana en que pensar, que para él todo es presente continuo, que vivir ahora mismo es lo que hay y nada más, si aboliera el tiempo mi sistema nervioso lo iba a agradecer.
Días atrás, en el contexto en que me encontraba, en que la fotografía y estudiar algunas herramientas de Photoshop me llevaba mucho tiempo, un amigo me advertía de que tuviera cuidado porque si me descuidaba el Photoshop me iba a comer mucho tiempo; o me planifico o me enredo y me falta tiempo para mí, decía. Sin tiempo podría acercarme a la vida de una manera mucho más tranquila y gratuita; desfondada ésta de la presión de los proyectos o las tareas, y aquí habría que añadir por demás que, siendo que la vida no tiene sentido, que vivimos y sanseacabó, lo mismo que les sucede a los árboles, a las flores o a los gatos, uno se enfrentaría cada mañana a la realidad plena de ese día que comienza. Esa imagen del monje budista que finalizado el día pone el vaso de la mesilla de noche boca abajo en señal de que todo ha terminado y que cuando se despierta eleva sus ojos al cielo, da gracias por el nuevo día de vida que tiene a su disposición y vuelve a colocar el vaso boca arriba hasta la noche, atiende a esta idea que intento atrapar y que quisiera incorporar a mi ADN para que me haga recordar a cada momento esa realidad única de que vivimos y ya está y que ese despertar cada día con el sol sobre el horizonte, siempre igual desde hace dos millones de años que existimos como seres racionales sobre la Tierra, no debería suponer a los que nos ha tocado vivir en esta época ningún afán especial en lo que se refiere a cumplir o desarrollar actividades en eso que llamamos el futuro.
Para un aficionado a diseccionar ideas –aprendiz de mucho, maestro de nada– es realmente difícil moverse en la organización de estos conceptos, más siendo impensable la evolución de los sapiens si no hubieran tenido a mano esa herramienta que llamamos tiempo; pero dado que la intuición, esa herramienta también maravillosa con la que el hombre ha encontrado el camino de tantas verdades esenciales, me dice que tras la utilidad del concepto tiempo que usamos para relacionarnos unos con otros, se esconde la trampa de la amenaza del desasosiego, la premura, la inquietud por “aprovechar” el tiempo o la vida en esto o lo otro, mejor me agarro a la idea de la inexistencia del tiempo: muerto el perro se acabó la rabia. Y así, según esto, ya no tengo necesidad de preocuparme por la pérdida del tiempo, dado que éste no existe, con lo que todo eso que tenía que hacer antes de terminar el invierno desaparece de mi vista.
Ahora, según este postulado, cuando me levante mañana por la mañana, pondré mi vaso boca arriba y haré lo que se me ocurra, si bien tenga, si el viento tira uno de nuestros árboles y cae sobre el tejado, que irme a por la motosierra y hacer lo propio; No debería preocuparme de terminar ningún libro o si alargo o no mi estancia en los entresijos del Photoshop.
Ahora, como llegó la hora de la comida ( y no porque tenga hambre)… jajaja… voy a ver qué encuentro de manduca. Hasta otro rato.


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