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| Como se ve, a Negrito, nuestro gato, además de gustarle leer versos también sabe apreciar la cosa bonita de los cuerpos. |
El Chorrillo, 17 de febrero
de 2020
Mi viejo portátil, cubierto
de polvo y abandonado desde hace acaso años a yacer en alguna parte entre mis
libros, ha vuelto a mis manos como en los viejos tiempos. Había terminado de leer
el manuscrito de un libro que preparo últimamente y, tras el café,
inadvertidamente mi vista cayó sobre él. Recordé la suavidad de su teclado, un
viejo accidente cuando caminaba por la isla de Ibiza en que toda una jarra de
cerveza cayó sobre él, los muchos kilómetros que me acompañó metido en el
macuto en mis caminatas cuando todavía no se había inventado el teléfono, ese
que lo sustituiría no por otra cosa que por razones de peso. Un momento. Buaaa…
voló. El petirrojo que vive en nuestra parcela se había posado sobre una rama
frente a mi ventana y sigilosamente me levanté a por la réflex, pero, este
pajarito es tan espantadizo y fino de oído que bastó el débil ruido del cajón
para espantarle. Otra vez será.
Estoy últimamente perezoso
para esta cosa de la escritura, así que solamente voy a ver si cuaja la cosa. El
asunto que tengo entre manos, junto a la tarea de haberme sumergido a la
búsqueda de rescatar una buena colección de fotografías para tantear sus
posibilidades en blanco y negro, es un libro que habla de las mujeres, el amor
y la muerte, también éste un trabajo de topo, en esta ocasión pesquisas con la
finalidad de localizar en mi escritura de los últimos quince años todo aquello
que rondara asuntos que han acaparado con más insistencia mi atención. Asuntos
como la montaña, la vida como fenómeno raro, profundo e incomprensible, o el
amor, la muerte o las mujeres, han ocupado desde comencé a escribir un blog
tanto espacio, que me ha parecido ineludible la idea de reunir por temas en
volúmenes independientes mis reflexiones. El pasado año recogí en un volumen
una larga colección de artículos relacionados con la montaña, Escritos sobre montaña, era su título, así
que en esta ocasión procedía seguir el trabajo comenzado y, sondeando en el
blog descubrí que entre todos los asuntos, estos de las mujeres, el amor o la
muerte, ocupaban un lugar tan preferente que no dudé en agruparlos en un libro.
No tengo muy claro por qué quise
hacer un terceto añadiendo la muerte al amor y a las mujeres, algo que en principio
puede parecer anacrónico. No obstante, esta madrugada, mientras daba mi paseo a
la hora del alba por los alrededores de El Chorrillo, indagando por las razones
que mi subconsciente pudiera tener para meter en un mismo cajón un asunto tan
disimilar, se me ocurrió que si situaba estos tres elementos, como si partes de
un cuadro se tratara, sobre un lienzo que pudiera llevar el título de La vida, La existencia o algo parecido, quizás
no fuera tan disparatada la asociación. En un cuadro, donde la armonía y la
composición son elemento esenciales que entre sí han de encontrar un equilibrio
que no merme la fuerza intrínseca que el artista quiere transmitir, el
entreverado de la mujer y el amor es obvio, sin ellos parecería que la vida
fuera un extensísimo manto gris que nos condenara a una existencia carente de
suficientes atractivos; la inclusión de la muerte ya no sería tan obvia. Ahora,
si al cuadro le diéramos el título de Inquietud,
inquietud como aquello que ocupa especialmente nuestros pensamientos, y tratáramos de armonizar un lienzo con
aquello que ocupa una parte sustancial de nuestros pensamientos, de nuestras
preocupaciones, de nuestra razón de ser, es fácil comprender que entonces
mujer, amor y muerte formarían un inextricable complejo con un peso
preponderante y sustancial en nuestra existencia.
Los ejes sobre los que gira
nuestra vida, en parte instada por los imperativos de la especie, que nos ha
dotado de un terrible furor emocional encaminado a la reproducción y a la
conservación de la vida, facilita que una considerable parte de nuestra
energías estén mediatizadas por estos dos factores. No pretendo descafeinar la
existencia remitiendo a ésta a procesos biológicos, pero tampoco quiero ser
ajeno a alguno de los elementos que subyacen a ese maravillo arranque que las
flechas de cupido inoculan en nuestro cuerpo y nuestra alma estimulando nuestra
libido en ocasiones hasta la demencia.
Que a ello se una la Belleza,
la belleza de los cuerpos… y las almas, para como en una gran coreografía entonar
un canto a la vida, dota a ésta de un apasionante atractivo, un atractivo que
al tener que integrar en sí a la muerte añade un principio de realidad en cuyo
agiornamento nos jugamos una parte sustancial de nuestra coherencia como seres
perecederos cuyo arte último va a consistir en aunar al arte de vivir aquel
otro arte de aprender a morir.
Vamos, que se me antoja que
tras una larga vida de amar los cuerpos que mis manos han acariciado, de hecho
o en el juego de mis fantasías, el paso siguiente, que según voy cumpliendo
años se me presenta ineludible, debería ser el de una relación con la muerte
inequívocamente fraternal. La aceptación de las reglas del juego y la íntima
convicción de que formamos parte de un ciclo ineludible, nacer, amar, disfrutar
de las bellezas de este mundo, sufrir contrariedades, reproducirse, crear,
madurar, morir, son elementos que, vistos hoy desde el final de la
lectura del borrador del manuscrito leído durante una semana, tienden a crear
en mí una saludable percepción de la realidad. Una percepción que, junto a mi
exaltado aprecio de lo femenino, coloca a su lado reflexiones sobre la muerte,
lo que hace es acrecentar en mí un enorme deseo de vida.
Deseo mediatizado, claro,
porque no en vano se cumplen años, cosas que de una manera u otra viene a
implicar una cierta disminución de los entusiasmos todos por efecto de la reiteración -después de matar el primer tigre (Pessoa) la aventura no es la
misma- . Razón más que suficiente para que el cazador, el caminador de montañas o el amador empedernidos de la mujeres, no dudará en dar la batalla para mantener vivo
hasta el último instante, pese al espejismo de que las uvas pueden llegar a estar verdes. Estos
días sin más que navego por el Pacífico, camino del Cabo de Hornos (Mi viejo y el mar), en una pequeña
barca de ocho metros de eslora entre olas de cuatro metros acompañado
por un gato y que, obviamente, debo conformarme con imaginarme los detalles
para mantener viva mi libido aventurera.
Si alguno ha llegado hasta
aquí, que yo siempre dudo de las ganas lectoras y los megusta, lo mismo en
unos días a ese alguno se le ocurra la posibilidad de conseguir un nuevo
ejemplar para su biblioteca. El libro, si no cambio de opinión en los próximos
días, llevará el título de Las mujeres,
el amor y la muerte.

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