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El Chorrillo, 13 de enero de 2020
Vuelvo a leer esta noche a Tolstoi, el
viejo Tolstoi que durante tantas y tantas horas de lectura y relecturas me
acompañó a lo largo de décadas. Hoy, La muerte de Iván Illich, la
historia del hombre que se desespera en las cercanías de la muerte porque había
descubierto entre los padecimientos de su enfermedad que no había vivido como
debía y que, tras su vano intento de perseguir fortuna, prestigio social o económico
descubre que lo único válido en su vida había transcurrido en los años de la
infancia. ¿Dónde, dónde equivoqué mi camino, se pregunta insistentemente Ivan Illich
en sus largas noches de insomnio y dolor? Terrible descubrimiento que muchas
veces imagino oculto a tantas existencias absurdas que de continuo veo aparecer
en las portadas de los periódicos. Recientemente vi una película que ilustraba
también esta idea; Toni Erdmann, era
su título (Maren Ade, 2016). La historia de un padre que, obsesionado por el
rumbo que ha tomado la vida de su hija, convertida en un alto ejecutivo de una
multinacional y que él ve que arruina su vida enfrascada como está en escalar
puestos en la empresa a la que se dedica en cuerpo y alma, decide un día
tomar un avión e ir a visitarla al país donde trabaja. Ella no tiene tiempo
para su padre, pero éste recordando la infancia de su hija emplea todo su
ingenio en ir paso a paso poniendo de relieve en clave de humor el sinsentido
de su vida hasta poder enfrentarla al absurdo de la existencia que
lleva. El recuerdo de los momentos más hermosos de su infancia, las pequeñas anécdotas
de un tiempo irrenunciable van apareciendo poco a poco ante su conciencia como la
esencia de una vida que está perdiendo con su afán de trepar en la escala
profesional y social.
En ambas situaciones es la infancia el
referente de un tiempo pleno felizmente a resguardo de las equivocaciones de la
edad adulta. Como con la magdalena de Proust, con su referencia a esos pequeños
hechos que dan contenido realmente a nuestras vidas con su sencillez y
emotividad, tanto Ivan Illich como Inés, la protagonista de Toni Erdmann, al fin, demasiado tarde
para Iván a quien la muerte impedirá remediar sus errores, vuelven a encontrar
en la primera memoria los rastros de una verdad que en la vida adulta habían
olvidado.
Por mucho que uno quiera vivir al margen
de los medios es imposible no comprobar cada día en las portadas de los periódicos
las terribles equivocaciones que hacen de la vida de tanta gente “notable”
(ejem, ejem…) una verdadera estupidez. Y no es otra cosa que estupidez dedicar
la entera vida a amasar dinero, poder o prestigio social, tres respetables
pasiones si se quieren, pero que arruinan las vidas de muchas personas
convirtiendo su existencia en una mentira, como aproxima Tolstoi en la persona
de Iván Illich, un alto jurista que
precisamente hoy me recordaba a aquel José Manuel Maza, fiscal general del
Estado, otro de los exacerbados vengadores contra los independentistas
catalanes al que poco sirvió su bilis y su mala hostia porque la palmó en pleno
apogeo exudatorio cuando su flema ultrafranquista se le salía por las rendijas
del hígado, eso o que sus riñones no resistieron tanta fobia acumulada y
reventaron, algo que le debió de suceder de parecida manera a la alcaldesa de
nefasta memoria Rita Barberá a la que un infarto se la llevó de esta vida. Merece
la pena volver a citar a Shakespeare que hace unos cuantos siglos escribía
aquello de: “La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se
pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye, un cuento
narrado por un idiota
con gran aparato y que nada significa”. Y
es que cuesta enterarse de las cosas. Y también aquello que decía Buda y que
recordé en mis posts más de una vez, cuando expresaba que si el hombre supiera
de verdad que se tiene que morir otro gallo cantaría en su vida y
comportamiento.
Las indagaciones de Ivan Illich buscando
el momento en que empezó a equivocarse de vida sería algo que debería atañer
a todo hijo de vecino si lo que se quiere es un bienestar real y sobre todo un
encuentro armónico con su conciencia en la culminación de su vida. Se me ocurre
poner a algunos personajes de la actualidad al final de sus vidas y lo que me
asalta es una sensación de lástima, lástima por ellos y por las repercusiones
que tuvieron sus actos en los demás. ¿Qué puede albergar en su conciencia un
payaso tan peligroso como Trump?, pongamos por caso. O esta gente de Vox que
funda un partido entonteciendo a millones de españoles a costa de resucitar los
peores instintos que la ignorancia y la insolidaridad genera en sus conciudadanos,
que promueve un partido, sí, sólo para que se forren cuatro, como decía uno de
sus dirigentes días atrás. Y no te digo ya todos esos buitres de la familia
Aznar, angelitos ellos de misa diaria, imagino, ladrones descarados… ¿Quién es
capaz de imaginarse a esta gente en las cercanías de la muerte, gilipollas y
canallas sin remedio, con un mínimo de paz en sus almas?
Ja, como apuntaba el otro día el amigo
Julio Gosan en FB, contemplando la vida con el acierto que esos personajes del
párrafo anterior no supieron ver en todos los años de su vida, hablando de la
felicidad de los pequeños momentos, unos amigos, un paseo por Cuerda Larga, un
rato de charla, unas cervezas aderezando unos huevos fritos frente a la Pedriza:
“¿Pa qué más?”


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