| Yogyakarta, Indonesia |
No son muchas las veces que un película me conmociona hasta el punto de
no dejarme tranquilo un momento en mi asiento, deseando en todo momento que en
el bunker de la aberración de unos padres en algún instante se abra un
resquicio de luz y comprensión hacia su hija. Tarea inútil porque Ken Loach no
permite un segundo de respiro y te hace apurar hasta la última gota esa porción
de hiel que desde ya los primeros minutos de la película irá extendiéndose por
tu organismo como un revulsivo capaz de despertar en tu interior todos los
malos sueños que creías extinguidos en un oscuro rincón de tu biografía y que
resucitan uno a uno tras las barricadas que tu conciencia construyó para tratar
de acomodarte y seguir viviendo en el mudo confort del olvido.
Hablo de Family Life. La tendencia bastante generalizada de
hacer del pasado un cuento que encaje sin dolor en el presente y nos deje vivir
en paz con ese pasado saltaba esta noche por los aires cuando en la
confrontación de una hija joven con sus padres, padres como tantos que parecen
que han dedicado su vida “al bien de sus hijos” y que todo lo hacen por su
bien, mal que les pese a ellos, aquellos usaban todos sus recursos para someter
a la hija a los de dictados de “lo que debe ser”.
Ken Loach utiliza el bisturí, revuelve en la carne de una familia con
un profundidad tan sin contemplaciones que hace imposible defenderse contra la
agresividad de una realidad que probablemente han vivido muchas mujeres de mi
generación. Podríamos hablar de las secuelas de la posguerra y la influencia
pazguata de la Iglesia durante el franquismo, que maniataba a las mujeres
jóvenes privándoles del más mínimo criterio personal tratándolas como seres no
aptos par ejercer su propio criterio, podríamos, pero el film se desarrolla en
el Reino Unido lo que da visos de universalidad a un mal endémico en donde,
paradójicamente, la figura de la madre, como defensora de las costumbres y del
que dirán, actúa como baluarte y defensa de todos los valores que mantienen a
la mujer sojuzgada a una moral a la medida del hombre.
En una secuencia, el joven que sale con hija le hace asomarse a la
ventana y le enseña el panorama de las casas del barrio, todas iguales como
almas gemelas, y le habla de la uniformidad de la existencia de toda aquella
gente destinada de por vida a una rutina estremecedora en donde los días son
todos iguales a otros y en los que no cabe una idea original, una discrepancia.
Desde aquella ventana es fácil concitar la idea de un rebaño, todos iguales,
todo emitiendo en mismas balido, las mismas consignas.
Todas esas buenas intenciones, con las cuales suele estar empedrado el
camino de los infiernos, y que en absoluto atienden a la voluntad de la hija,
van degenerando paso a paso en la película desde el momento en que la hija
queda embarazada y la madre toma la iniciativa de hacerla abortar contra su
voluntad. Sigue una institución psiquiátrica con planteamientos avanzados que
no consigue torcer la fijación de los padres de que todo lo hacen por el bien
de la hija. Es la última oportunidad, seguirá después el calvario de otras
instituciones, el electroshock, una huida de la siguiente institución
psiquiátrica y la persecución de los padres hasta hacerla interna de un
manicomio.
Se me hace difícil seguir este tipo de películas que son un verdadero
martirio para la cordura. El horror de ver internada en un psiquiátrico a una
joven que sólo desea tener a su bebé, salir con su pandilla o pasear con su
chico a la orilla del río por las tardes, y ver cómo su cuerpo y su mente se
van degradando bajo la presión de unos padres a los cuales la presión de su
entorno y educación recibida han anulado su capacidad para entender a su hija y
el cambio de unos tiempos que ya no son los suyos, remitía inevitablemente a
hechos que conozco de primera mano y que creo, sin llegar al psiquiátrico, que
no eran raros allá por los años setenta en las filas de las familias
franquistas más conservadoras, que enarbolaban por entonces, de la mano del
ABC, la perpetuación de unos valores patriarcales y autoritarios en donde las
hijas aparecían como propiedad del padre y la madre y sujetas a su voluntad y
capricho.
Se me hace difícil seguir estas películas, decía, pero considero que
es un deber acudir a ellas de tanto en tanto. No sólo nos atañe la memoria
histórica de nuestro país, también la memoria cercana, la memoria de nuestros
abuelos o padres, porque no es posible vivir sólo con la mitad de la existencia
que nos ha tocado en suerte como si nos quisiéramos quedar exclusivamente con
la parte amable de las personas o de los hechos del pasado. Habrá quien quiera
vivir sin el peso de las contradicciones y mirar hacia adelante como si la vida
fuera un cuento en donde todos los personajes van al cielo y viven la euforia
de negar las sombras de la existencia. No me parece porque sería vivir
engañados y tarde o temprano la conciencia terminaría por pedirnos cuentas de
ese embuste al que queremos someterla.

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