martes, 14 de enero de 2020

Family Life

Yogyakarta, Indonesia


El Chorrillo, 14 de enero de 2020

No son muchas las veces que un película me conmociona hasta el punto de no dejarme tranquilo un momento en mi asiento, deseando en todo momento que en el bunker de la aberración de unos padres en algún instante se abra un resquicio de luz y comprensión hacia su hija. Tarea inútil porque Ken Loach no permite un segundo de respiro y te hace apurar hasta la última gota esa porción de hiel que desde ya los primeros minutos de la película irá extendiéndose por tu organismo como un revulsivo capaz de despertar en tu interior todos los malos sueños que creías extinguidos en un oscuro rincón de tu biografía y que resucitan uno a uno tras las barricadas que tu conciencia construyó para tratar de acomodarte y seguir viviendo en el mudo confort del olvido.

Hablo de Family Life. La tendencia bastante generalizada de hacer del pasado un cuento que encaje sin dolor en el presente y nos deje vivir en paz con ese pasado saltaba esta noche por los aires cuando en la confrontación de una hija joven con sus padres, padres como tantos que parecen que han dedicado su vida “al bien de sus hijos” y que todo lo hacen por su bien, mal que les pese a ellos, aquellos usaban todos sus recursos para someter a la hija a los de dictados de “lo que debe ser”.

Ken Loach utiliza el bisturí, revuelve en la carne de una familia con un profundidad tan sin contemplaciones que hace imposible defenderse contra la agresividad de una realidad que probablemente han vivido muchas mujeres de mi generación. Podríamos hablar de las secuelas de la posguerra y la influencia pazguata de la Iglesia durante el franquismo, que maniataba a las mujeres jóvenes privándoles del más mínimo criterio personal tratándolas como seres no aptos par ejercer su propio criterio, podríamos, pero el film se desarrolla en el Reino Unido lo que da visos de universalidad a un mal endémico en donde, paradójicamente, la figura de la madre, como defensora de las costumbres y del que dirán, actúa como baluarte y defensa de todos los valores que mantienen a la mujer sojuzgada a una moral a la medida del hombre.



En una secuencia, el joven que sale con hija le hace asomarse a la ventana y le enseña el panorama de las casas del barrio, todas iguales como almas gemelas, y le habla de la uniformidad de la existencia de toda aquella gente destinada de por vida a una rutina estremecedora en donde los días son todos iguales a otros y en los que no cabe una idea original, una discrepancia. Desde aquella ventana es fácil concitar la idea de un rebaño, todos iguales, todo emitiendo en mismas balido, las mismas consignas.

Todas esas buenas intenciones, con las cuales suele estar empedrado el camino de los infiernos, y que en absoluto atienden a la voluntad de la hija, van degenerando paso a paso en la película desde el momento en que la hija queda embarazada y la madre toma la iniciativa de hacerla abortar contra su voluntad. Sigue una institución psiquiátrica con planteamientos avanzados que no consigue torcer la fijación de los padres de que todo lo hacen por el bien de la hija. Es la última oportunidad, seguirá después el calvario de otras instituciones, el electroshock, una huida de la siguiente institución psiquiátrica y la persecución de los padres hasta hacerla interna de un manicomio.

Se me hace difícil seguir este tipo de películas que son un verdadero martirio para la cordura. El horror de ver internada en un psiquiátrico a una joven que sólo desea tener a su bebé, salir con su pandilla o pasear con su chico a la orilla del río por las tardes, y ver cómo su cuerpo y su mente se van degradando bajo la presión de unos padres a los cuales la presión de su entorno y educación recibida han anulado su capacidad para entender a su hija y el cambio de unos tiempos que ya no son los suyos, remitía inevitablemente a hechos que conozco de primera mano y que creo, sin llegar al psiquiátrico, que no eran raros allá por los años setenta en las filas de las familias franquistas más conservadoras, que enarbolaban por entonces, de la mano del ABC, la perpetuación de unos valores patriarcales y autoritarios en donde las hijas aparecían como propiedad del padre y la madre y sujetas a su voluntad y capricho.

Se me hace difícil seguir estas películas, decía, pero considero que es un deber acudir a ellas de tanto en tanto. No sólo nos atañe la memoria histórica de nuestro país, también la memoria cercana, la memoria de nuestros abuelos o padres, porque no es posible vivir sólo con la mitad de la existencia que nos ha tocado en suerte como si nos quisiéramos quedar exclusivamente con la parte amable de las personas o de los hechos del pasado. Habrá quien quiera vivir sin el peso de las contradicciones y mirar hacia adelante como si la vida fuera un cuento en donde todos los personajes van al cielo y viven la euforia de negar las sombras de la existencia. No me parece porque sería vivir engañados y tarde o temprano la conciencia terminaría por pedirnos cuentas de ese embuste al que queremos someterla.






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