sábado, 11 de enero de 2020

Junqueras y la Caverna



El Chorrillo, 11 de enero de 2020


Viendo Escenas de caza en la Baja Baviera la pasada noche, pensaba que acaso desperdicio las posibilidades de un proyecto que comencé hace años y que quedó estancado por ahí en un injusto limbo. A uno le faltan manos y tiempo… Hubo un momento en que me enfrasqué en la tarea de leer la extensa obra de Román Gubern sobre la historia del cine, a la vez que rebuscaba en el Emule y webs dedicadas al cine las películas más representativas de cada época y país para darme el gusto de sumergirme cada noche en la mágica oscuridad del patio de butacas de mi propia cabaña donde una pantalla cruza de parte a parte sus muros sobre el fuego de la chimenea. Guiado de la mano de Gubern no cejé incluso de seguir durante mucho tiempo en mis largas caminatas por España o los Alpes el hilo de su historia. Acurrucado en invierno en mi tienda de campaña recorriendo Portugal o al final de una larga caminata en verano por Dolomitas o los Alpes, metido en el saco tras la cena, encendía el teléfono y allí, algo que no hubiera soñado Rebuffat cuando alababa las bondades de los vivacs, en medio de la noche a veces la luna entrando por la ventana lateral de mi tienda, se abría el telón y de repente aparecía el rugido del león de la Metro Goldwyn Mayer o títulos inolvidables como los de Sjöström, Chaplin, Tarkovsky, John Ford y una larga lista que jalonan lo mejor de la historia del cine. Esta vez la gran pantalla de la cabaña había quedado reducida a la del teléfono multiuso que me guía en el monte o me pone en comunicación con el mundo. Tanto monta, tras una larga jornada de caminar, con frecuencia bajo la lluvia, el mundo encantado del cine me abstraía al punto de olvidar totalmente mi situación, fuera sobre un alto collado alpino, en un hayedo de cuento o junto a las olas del Atlántico que acompañaban mi película con el fragor de su música.

De las seiscientas páginas del libro ya casi he alcanzado el último tercio con los primeros escarceos del joven cine alemán de los años sesenta. Días atrás vi algunas películas de Alexander Kluge, en las que en palabras de Gubern citando a Umberto Eco “el valor del mensaje poético es proporcional a la ambigüedad de su estructura”, es decir películas en las que es difícil enterarse de que van pero que dentro de su ambigüedad sugieren un apabullante simbolismo político o pedagógico, cuando no una visión descarnada de la realidad que, prescindiendo de la hilazón de un entramado argumental, nos sumerge con su poesía y sus incursiones en el intramundo en esa realidad que subyace en los acontecimientos humanos y que parece ajena a la historia siendo que es su motor y su porqué, el mundo de las pasiones y los intereses particulares al que las vidas privadas de las personas y de los pueblos se supeditan.

La de hoy, Escenas de caza en la Baja Baviera, película del realizador Peter Fleischmann, una crónica implacable de la agresividad cotidiana en el mundo rural, donde una gran piara de cerdos aparecen entremezclados con las secuencias de la vida rural y la bárbara crueldad de los aldeanos, el guionista parece subrayar constantemente los aspectos de nuestra animalidad más perversa e inconsciente, ese horror que se nos sube por dentro cuando para referirnos a la gente utilizamos las palabras plebe, chusma, populacho… La masa, los personajes envalentonados por el coro de sus vecinos que ríen y se mofan del chivo expiatorio de turno, componen un escenario sociológico que produce escalofríos en el espectador que se pregunta si aquellos seres repugnantes, que en nuestros días pueden estar representados por el canalla de Trump, no serán detritus de una raza en extinción. Pregunta ociosa que obviamente se responde a sí misma con el solo hecho de abrir los periódicos de estos días y contemplar los hechos de determinado sector del poder judicial, con sólo oír a alguno representantes de la derecha en el Parlamento, con el simple acto de ver lo que sucede entre las filas de Vox y PP donde el odio y la venganza parece querer teñir la convivencia de los ciudadanos de este país. Y la Iglesia y el poder político de la localidad dando curso legal, cuando no alentando, las barbaridades del instinto animal (¡benditos los animales!, pobres ellos) de sus conciudadanos. Sí, todo ello me sonaba y muy cerca; ahí estaban los tres partidos de la extrema derecha de nuestro país saneado la patria, tal como aquel genocida, Franco, que amaba mucho a España pero que estaba dispuesto a asesinar a todos los que no pensaban como él.

Naturalmente el protagonista, el chivo expiatorio, un personaje culto, decente, competente, con aspecto de buena persona, termina en la cárcel. Me fue imposible al final de la película no relacionarlo con Junqueras, bien que la historia no tuviera absolutamente nada que ver con él. Eran lo instintos de venganza y rencor que percibo en el Supremo, en los otros órganos judiciales, en la Caverna entera lo que me sugería la semejanza, esos instintos pasionales que hacen ciegos para la convivencia a todos estos políticos de pacotilla que parecen hambrientos de sangre.

Las dos de la mañana. Una luna gorda y redonda como un gran pan candeal aparece junto al dintel de la ventana de mi cabaña iluminando el campo. Tiempo de paz a mi alrededor. Días atrás leí en la prensa que Junqueras había escrito un libro de relatos en este tiempo de estancia en la cárcel. El respeto que me merece este hombre, aunque yo personalmente sea contrario a la independencia, pero a la vez acérrimo defensor de la libertad de expresión, despierta con este hecho un curiosidad más de mi parte sobre su persona. No es corriente en un político esta dedicación, algo que añade a la percepción que tengo de su persona de político honesto y competente un plus que me vuelve a alertar sobre el trato que puede dar la sociedad a las personas verdaderamente valiosas. Un hecho más que tiende otro puente entre la película que acabo de ver, entre su protagonista encarcelado y un político maniatado por los enemigos de la convivencia y el sentido común.








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