El Chorrillo, 16 de enero de 2020
La reinterpretación de la realidad. De los ojos que ven en la realidad
una parte del universo personal, un pedazo de su imaginación o también del afán de usar esa misma
realidad como quien usa su habitual paleta de colores para pintar un sueño
propio o la interpretación que le muestra un rincón de la existencia.
Hoy, nada más empezar la función, Divinas Palabras, de Valle
Inclán, en la oscuridad del teatro María Guerrero, ya no fue de momento la obra
de Valle Inclán, sino los tiempos de la Revolución Francesa con la muerte de
Marat representada por el lienzo de David. No le encuentro ninguna relación
entre este guiño histórico y la propia obra de teatro, pero ya en sí, como
quien descubre en la irrupción de una flauta en la Sexta Sinfonía de Beethoven, la voz cantarina de un ruiseñor, el
hecho resulta agradable porque de algún modo ambas escenas, la muerte de Marat
en la bañera y la del personaje contrahecho de la obra de teatro, pertenecen a
un acerbo cultural que sin encontrar concomitancias de significado entre ellos
forman una presencia plástica similar, un proceso de interculturalidad que
tiene su valor en la similitud del significante aunque no en el significado. Quizás
se entienda mejo esto si se observa el cuadro de David y una de las escenas de Divinas palabras. Aquí:
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| Escena de Divinas Palabras en el María Guerrero |
Acaso venga esto a cuento de una posibilidad que inauguramos hoy, a
iniciativa de Julio Gosan, que propone utilizar una imagen en color de
cualquiera de los dos para traducirla cada uno por su cuenta a blanco y negro,
intentando cada cual por separado, en el proceso de “revelado”, una
interpretación acorde con su ánimo o su arte. Las posibilidades que ofrece hoy PhotoShop,
o cualquiera de los programas de edición de imágenes, son tantas, y tan
maravillosas, hay que decir, que prácticamente es posible, según mi criterio,
hacer verdaderas maravillas con una imagen en color quasi anodina. Es tan fácil
convertir un cielo en donde flotan algunas insignificantes nubes de verano en
un tenebroso paisaje de cumulonimbos amenazadores; un simple contraluz frente
al mar de un hombre con los brazos en alto, en un paraje bíblico en donde Moisés
pide perdón a Jehová por el pecado de su pueblo; un prado débilmente iluminado
por un resquicio de luz en medio de la lluvia, como hacen Julio Gosan o Antonio
Montes (ver más abajo) en un espacio de recoleta poesía, incluso en un paisaje
lunar; un retrato a plena luz reducido a un claroscuro, a lo José Ribera, que
subrayan el dramatismo de una mirada impotente ante la realidad que le ha
tocado vivir; en fin, un conjunto de dunas a pleno sol que acaso no dicen nada,
en un maravilloso conjunto de sensualidad, de puras líneas armónicas que
pudieron ser una referencia para un lienzo del pintor italiano Lucio Fontana o
para Antoni Tàpies…
Bueno, relativamente fácil, también hay que tener, creo un cierto ojo para las armonías, o si se quiere para ver en la realidad una escondida belleza que no es accesible sin más y que necesita algo de preparación, aprender a ver, y un deseo de trascender lo inmediato para profundizar en el corazón de las cosas o en la mirada de los hombres si se trata de retratos.
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| Interpretación de Julio Gosan |
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| Original de referencia |
Es de cajón que el mundo que veía los ojos de Emily Dickinson, la
poeta que releo estos días, una completa delicia, era el mismo que veían todos
sus vecinos, pero, ¡ay!, qué pocos fueron capaces de ver en profundidad la enigmática
belleza que ella descubría en las pequeñas cosas que la rodeaban… He aquí un
ejemplo de Dickinson sobre esa miserable hierba que encontramos en nuestro
camino y sobre la que, cuántas veces lo repetí ya, Rebuffat decía que había que
caminar lo suficientemente despacio para verla crecer,
La Hierba tiene
tan poco que hacer –
Una esfera de
sencillo Verde-
Con sólo
Mariposas que incubar
Y abejas que
entretener –
Y mecerse todo el
día a los dulces Acordes
Que la Brisa
arrastran –
Y mantener el Sol
en su regazo
E inclinarse ante
todo –
Y enhebrar los
Rocíos, toda la noche, como Perlas –
Y engalanarse con
finura
Una Duquesa sería
demasiado vulgar
Ante tal galanura
–
Etc.
Bien, sigamos: interpretar la realidad, mostrar a los otros lo que
nuestro ojo interior ve, no lo que la cámara más cara del mercado recoge, no,
que la fotografía debería ser más bien un pequeño trozo del alma del fotógrafo,
de la misma manera que lo son los versos para el poeta, una sonata para el músico,
un extraer la sustancia que la realidad alberga en sí, es decir, todas las
excelencias de los vinos que salen de la misma madre, la uva; todas las
variedades de quesos que el hombre con su arte ha fabricado con la sola materia
prima de la leche.
Naturalmente por este camino volvemos al viejo dilema de si la belleza
está en las cosas, en la naturaleza, en la armonía de un cuerpo o si por el
contrario se encuentra en los ojos de quien lo ve. Es difícil pensar que un
iletrado pueda apreciar la música de Messiaen en Cuarteto para el final de los tiempos; si no tiene una mínima
formación musical o una especial disposición para percibir la belleza, no se
comerá dos roscas. Probablemente se necesita tanto la concurrencia de una afilada
sensibilidad junto al conocimiento de ciertos aspectos técnicos, si se trata de
música o especiales artes, que no harán otra cosa que incrementar nuestro mirar
profundo sobre la realidad artística a que nos referimos, aumentando así
nuestro placer frente a la belleza que tenemos ante nuestros ojos.
Se dicen muchas cosas sobre la fotografía y hoy, cualquiera con un teléfono
en las manos, puede llegar a considerarse un fotógrafo; fotógrafo será porque
hace fotografías, pero estimo que debemos trascender profundamente nuestra
percepción de la realidad para acercarnos medianamente al espíritu de las
cosas, para añadir un punto de reflexión, un encuentro de armonías, para crear
composiciones que nos hablen por su peso y distribución o su equilibrio. Para
acercarnos a la fotografía deberíamos trascender la banalidad con que nos aproximamos
a este maravilloso instrumento que es una cámara fotográfica e intentar extraer
de sus posibilidades un poco de la esencia de belleza que anda desperdigada por
el mundo.
También se trata de aprender a ver de otra manera. Estos días me
sucede a mí algo así, no a mí sólo, lo comentaba estos días atrás el amigo
Julio Gosan, fotos en color a las que me había acercado y almacenado sin mucha
trascendencia, tanta facilidad para fotografiar a veces mata sus posibilidades,
hoy, al cambiar la mirada, resurgen en blanco y negro, con la ayuda del
procesador de imágenes, con tan nuevo ímpetu que uno se admira de que tan
atractiva belleza no haya sido descubierta más que después de años bajo la
llamada imperativa del blanco y negro.








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