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| Original en color de José Luis García (con su venia) |
El Chorrillo, 10 de enero de 2020
Tratándose como se trata de vivir lo más satisfactoriamente que se
pueda, lo que esta tarde me preguntaba mientras el cielo se vestía con las
leves tonalidades del azul, el malva y el naranja en la bella aguada del
atardecer más allá de la puesta del sol, el perfil de la Sierra de Gredos al
fondo como un tizón en donde el sol dejaba el calor de su último beso; lo que
me preguntaba, decía, es por qué en general dedicamos tan poco tiempo a
contemplar nuestra propia vida, la vida como espectáculo al que acudir como
quien vuelve a ver Siete novias para siete hermanos, o en mi caso las
películas de Werner Herzog o Kurosawa, espectáculo en el que recrearse y en el
que descubrir nuevas fuentes de gozo que, obvio es decirlo, no se agotaron en
el momento del pasado, ese rato a la tarde durante el crepúsculo que la memoria
nos trae delicadamente junto al sabor del té y al trocito de mazapán con que
nos hemos merendado. Porque no agotándose la vida en el presente sino que
viviendo y reviviendo en el futuro habremos, con cada recuerdo, de resucitar
esa vida teniéndola delante como quien se recrea en su música preferida o en
las escondidas bellezas de un cuadro; habríamos de, pienso, siendo nuestra vida
nuestro tesoro más preciado, considerar, creo, que ese poco tiempo que le
dedicamos, sentarse frente al crepúsculo, frente al mar, en lo alto de una
montaña, en una larga caminata entre la niebla, siendo instantes tan propicios,
especialmente cuando nos vamos teniendo muchos años, sea cada vez mayor.
Si te pasas la vida trajinando de acá para allá, comiéndote el mundo,
llenándote el alma de sensaciones o soliviantando a tus emociones con arrebatos
de adrenalina, amor o con los sutiles placeres que se desprenden del contacto
con el mar y la montaña y no dedicamos más tarde la longitud de muchos
crepúsculos a acariciar ese tu paso por la vida es que somos tontos de remate.
De cajón, ¿no?
Ergo: stop, detener la máquina, dejar que el motor se enfríe y,
mientras tanto, alcanzar la cumbre de la colina próxima para contemplar bajo la
tenue luz de la noche que se aproxima, esas luces que se extienden por el llano
de nuestro yo, reposar los sentidos y la atención en el hervidero de nuestro
trajinar diario, calmarlo, alentarlo a
la reflexión de su propia carne y su historia reciente y pasada. Reclinando la
cabeza, como hace nuestro gato Mico mientras vemos una película, en el regazo
de nuestra vida y sentir allí, acurrucados, el toc toc del propio corazón,
sístole, diástole, sístole, diástole. ¿Todo bien, compañero de viaje?
No sé bien para qué coño escribo yo esto aquí, algo que tan sólo
debería decirme, acaso, a mí mismo. Debe de ser algo de ese instinto
atávico que perseguía a los hombres del
Paleolítico cuando, sentados en su cueva en torno a una hoguera al final del
día, no tenían otra cosa que hacer que contarse unos a otros las peripecias por
las que habían pasado a lo largo del día. Hoy aquella hoguera y aquella reunión
bien puede relacionarse, dada la evolución de nuestra especie, con las redes
sociales. Si no hubiera Internet, como no lo había en vida de Francisco Umbral
que escribía sus artículos con el material que obtenía mientras por la mañana
iba a comprar el pan, lo mismo este tipo de cosas tendría su adecuado lugar en
el mercado en la cola de la carnicería o la pescadería, el ágora del pasado
siglo donde los vecinos, más vecinas que vecinos, ponían en común no sólo los
correveidiles del momento, los asuntos de salud o el estado de ánimo de gatos y
perros de la comunidad, sino que adivino, aunque en menor cantidad, ya habría
también algunos vecinos metidos a filósofos dedicados a compartir sus devaneos
mentales. Vamos, que la cosa queda justificada aunque sea por la vía de la
facundia escritoril.
Y ya puestos, digo yo, que en viendo que las cosas de la vida bien
pueden ser objetos de arte a contemplar, música graciosa que escuchar y perfume
grato con el que satisfacer nuestras fosas nasales, nada mejor en consecuencia
que procurar no sólo el bienestar de lo que uno vive en el momento, sino que, habiendo
de volver a revivir innumerables crepúsculos, más cuando uno ya va cumpliendo
muchos años, como un servidor, al calor de los recuerdos mientras el sol
seguirá pintando sobre el tul del horizonte la magnificencia de sus colores,
bien estará que nos apliquemos a desechar una vida chapuza y nos empeñemos en
hacer la cosa lo suficientemente atractiva a fin de que en futuras sentadas
frente al atardecer de los tiempos a uno se le pueda esbozar una sonrisa de
agradecimiento a la vida.
¿Y qué más? Pues se me ocurre que… Bueno, en realidad no se me ocurre
nada, sino que en este momento me he acordando de una entrada que vi hoy en fb
de José Luis García, que recientemente ha estado en el desierto de Wadi Rum, un
antiguo proyecto mío que quedó arrumbado en algún lugar de mis intenciones hace
años, y enseguida lo he relacionado con esa necesidad que me persigue de ir
dejando tras de mí, como quien atravesando la Antártida deja víveres
suficientes en su camino para una vez llegado al Polo Sur tener asegurada la
supervivencia en su camino de regreso, recuerdos que me hagan gratos los años
del último tramo de la vida. Eso mismo, que me entraron ganas ya de coger un
avión para darme una vuelta por el desierto jordano. Días atrás mi amiga Nuria
me había invitado a caminar por el Maestrazgo una semana en marzo, algo que
quedó ahí titilando a la espera de como se presenta el invierno; ayer, mientras
escribía mi último post, y teniendo en las manos dos libros que me habían
traído los Reyes, ya apostaba por alimentar este invierno con alguna caminata a
la orilla del mar; pues bien, desde esta tarde ya tengo otro candidato en el
desierto de Wadi Rum, bien que no dejen de mosquearme las numerosas ofertas de
agencias que se ofrecen en Google, cosa que es un gran inconveniente para este
amante de la soledad.
Conclusión. Que a un servidor, que quiere estar al plato y a las
tajás, ya no le basta que su ánimo le lleve a estas o aquellas montañas, a
determinado viaje, o dar la vuelta al mundo a la pata coja. He descubierto que
esto de meterse en pequeñas aventuras también es una buena inversión de futuro.
De inversiones financieras no entiendo ni miga, nunca invertí un duro en esas
cosas, pero de las otras, de las que con seguridad me van a dar réditos frente
a esos largos y bellos crepúsculos que se suceden frente a la ventana de mi
cabaña, sí, de esos réditos entiendo montón.
Quizás tenga que dar las gracias más adelante a José Luis García por
esa irrupción del desierto de Wadi Rum en medio del crepúsculo de esta tarde.
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| Original en color de José Luis García (con su venia) |


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