El Chorrillo, 16 de diciembre de 12019
Un amigo, al que no creo conocer físicamente –de momento–, ensaya en su muro del FB, jugando con las luces y las sombras, a encontrar en “su caminar” los rastros de emoción que la realidad, y en especial la Naturaleza, deposita en el hueco de su sensibilidad; fotos al modo de José de Ribera en donde de la oscuridad y las sombras profunda surge la Luz que va a depositarse sobre los riscos de la Pedriza o las calmadas aguas de un lago al final de la tarde. Mucho en la vida parece ser volver a encontrarse de algún modo con uno mismo, con la belleza que atravesó sus ojos en tantos momentos de la existencia, con los versos que una vez fulguraron en su retina al calor del recuerdo de una mujer a la que amó, a encontrarse con ese pasado en el que acaso no hubo tiempo para detenerse. Sin embargo ahí quedaron los negativos, que ahora mi amigo explora y reconvierte a la realidad de un presente cuajado de misterio y sombras.
En estas consideraciones andaba, cuando leyendo al calor de la chimenea un
librito que escribí hace muchos años, Entre ciudad de Mérjico y el Machu Picchu, se titula, tropecé “en mi caminar” con
un texto que me gustó. No le añado ni luces ni sombra, lo dejo aquí como lo
encontré; no más que por el capricho de verlo dentro de un rato metido en ese
cajón de sastre que es mi diario de jubilado. El texto fue escrito en un vuelo
entre La Habana y Caracas, un periodo de tiempo en que Victoria y yo dedicamos
medio año a recorrer América Latina.
Este es el texto:
“Dejamos Cuba después de cuatro días.
Trato de
recordar lo que escribí ayer, hace dos o tres días y realmente no lo recuerdo,
es como ver pasar paisajes y pueblos durante cientos de kilómetros, se pierde
la memoria puntual, las sensaciones se globalizan, desaparecen los detalles. Lo
escrito, el paisaje que pasa, tiene la importancia del hecho de ser en el
momento, como una flor que se abre o una nube que pasa. ¿Qué dije ayer? No lo
sé, no me acuerdo. Me gusta, es buena señal, es puro presente. Me percibo
instrumento de mi propio impulso, una más de mis secreciones, de mis humores,
las ideas y los pensamientos agarrándose al bolígrafo o al portátil para
mostrar allí el espectáculo de su devaneo transitorio y evanescente.
¿Será verdad
eso de que ni el pasado ni el futuro existen? Lo dijo Einstein, y no hablaba
metafóricamente: “La distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una
ilusión”. Vendría ello a cuento de esa sensación de provisionalidad que produce
la escritura, de nube volatera que dura el instante de un soplo, cuando apenas
transcurrido unas horas ya soy capaz de recordar tan sólo el brumoso y bello
perfil de su aureola blanca, el empaste azulino, la aguada que se disolvió en
grueso papel de la acuarela. Dejar al pasado como figurante, testigo nominal
tan sólo de nuestro paso por el tiempo, sería deseable de cara a inventarse un
permanente y recreado presente; pero poder abolir el futuro sería el
espaldarazo genial que nos liberaría del sentido mercantilista del tiempo, nos
liberaría de la angustia de la acumulación de los actos proyectados, de nuestra
enojosa sensación de inabarcabilidad que impone el hecho de compartimentar la
vida en cajones de veinticuatro horas y en armarios de trescientos sesenta y
cinco días.
Leo esta
mañana: “meditar es abolir el tiempo”, y recuerdo que durante estos últimos
días usé bastante esta palabra a la sombra de otra parecida, mística, por ejemplo.
Y me imagino que mi mente (¿cómo coño llamar a esta cosa, espíritu, mente, cerebro,
alma?) se guía por el olfato, va de acá para allá como esos animales que buscan
el agua en el desierto con el sexto sentido de la intuición; es una búsqueda
imprecisa de chucho olisqueando en los neumáticos de los automóviles los
caminos de la verdad que tocó sondear ese día. La ilusoria pretensión de tener
acceso a la eternidad, de las religiones, nace de una estéril ambición de
poder, de querer trascender al tiempo, a la vida, al presente; nace de una
frustración que no sabe rascarse las pulgas o disfrutar del sol dentro de la
humildad de su condición.
Meter las
narices en estas cosas hoy, es el resultado de un día tranquilo de pacer en los
estrechos límites de una habitación, habitación balcón esquinera a una calle
múltiple y variopinta en donde el paisaje humano se metamorfosea desde el alba
hasta la noche, los coches muestran a claxonazo limpio sus prisas, los
viandantes y los puestos —cientos por todos los lados— conviven como partes
integrantes de un mismo organismo vivo. Límites de habitación en donde tan
pronto suena Brahms, como Oscar Peterson, bailan alegres las notas de piano de
las sonatas de Beethoven, o pasan, hoja tras hoja las páginas de los libros.
Día de asueto, de presente continuo, ese que surge como idea dominante para un
día de postconvalecencia preventiva.
Las cosas se
presentan como si siempre estuviéramos indagando la manera de decirlas; no la
manera de escribir el discurso sino el tono, las condiciones de intimidad,
proximidad, objetividad que estableceremos para ponernos en comunicación.
Guiado por
esta idea ayer compré Charlas con Troylo,
de Antonio Gala, un señor que no goza de mis simpatías, pero que leí con gusto
una temporada en el dominical de El País en sus devaneos por la realidad a
través de las charlas con su perro. Ese filón que encontró Marisa con sus
historias del Fusi, el interlocutor fiel a quien dirigirse, nuestro compañero
solitario, paciente que se sienta en el regazo a escuchar historias o a oír el
diálogo con nosotros mismos. Dice Andrés Amorós en la introducción, que
escribir, siempre, es escribir una carta a alguien. Al ponerse delante de la
hoja en blanco, el escritor, está empezando a charlar con alguien, que es quien
determina el tono. De ahí la importancia de encontrar, de inventar, un interlocutor
adecuado. El otro día, en Panamá City, estuvimos viendo una colección de
serigrafías de Hokusai, el leitmotiv era la permanente presencia del Fuji Yama
al fondo, variaciones sobre un mismo tema por las que desfilaban el mar, los
campesinos, la gran ola, los pueblos; parecía como si el interlocutor de
Hokusai fuera aquel cono que se desvanecía en alguna parte del cuadro. Ayer nos
tocó ver una amplia selección de grabados de Picasso: el Minotauro, las
energías desbordantes del hombre, su sexualidad, su ser pequeño conducido de la
mano por una niña; el taller del artista, una disculpa para mostrar la fuerza
de la feminidad, la ternura, la virilidad creadora; es conmovedora la presencia
simultánea en estos grabados de dos seres aparentemente tan diferentes, siempre
una pareja, él (el artista seguramente): largos cabellos, viril, rostro
inteligente, como buscando en el infinito la hondura de su propio ser, tierno,
amante; ella: eternamente femenina, delicada, ser perfecto, armonía que todo lo
ensambla, recostada en el regazo del hombre, ambos sumidos en la contemplación
intemporal de un tiempo sin tiempo. Junto a ellos, cuatro grabados titulados La
violación, costaba averiguar qué era aquello: fuerza, energía, pasión: sólo
líneas y la insinuación de unas formas congeladas en un instante que queda
grabado en la retina como expresión convulsa de una naturaleza violenta y
salvaje”.
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| Original: AMontes Flores (con la venia del autor...) |



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