domingo, 1 de diciembre de 2019

Al calor de la chimenea: Se acabó, ¡chiao!





El Chorrillo, 1 de diciembre de 2019 

Esa vida que cabe en el breve tiempo de unos pocos segundos. La idea de estas líneas me vino dada esta noche mientras leía un cuento de Ambrose Bierce titulado El puente sobre el río del Búho, un relato que ya conocía de una lejana lectura de una antología de cuentos norteamericanos. En el caso de hoy se trataba de otra antología, ésta recogida por Julio Cortázar con el título de Cuentos inolvidables. La historia es ésta: un individuo está a punto de ser ahorcado sobre la plataforma de un puente bajo el que pasa un caudaloso rio. La tabla sobre la que se apoyan sus pies en el momento de la ejecución es retirada y el reo cae al vacío… 

… la cuerda se rompe y, tras un vuelo de veinte o treinta metros, el condenado cae al agua. Sigue una minuciosa descripción de cómo se libera de las cuerdas que atan sus brazos a la espalda, su lucha para no morir ahogado, la desesperación por desasirse de la soga que le está estrangulando, la desazón por huir del pelotón que lo estaba ahorcando. Tras estos hechos otros momentos de su vida acuden a su recuerdo. Las páginas se suceden hasta un punto en que el condenado vislumbra que todo eso que está sucediendo no es más que el fugaz y velocísimo recorrido de su memoria segundos antes de que la soga, que no se ha roto, lo estrangule y le deje cadáver colgando sobre las aguas del río. 

Nadie sabe lo que sucede en la conciencia de alguien que está a punto de morir, pero leyendo este relato me asalta el deseo no de ser colgado para revivir la memoria de la vida con la intensidad con que lo hace el reo del relato, una cosa, además, desagradable esa de colgar de una soga como un péndulo que estuviera dando las horas, pero acaso sí sería un bonito asunto que antes de estirar la pata pudiéramos disfrutar la posibilidad de ver la peli de nuestra vida, lo mejorcito de ella, se entiende, para no alargar en exceso la sesión, vamos. Y de inmediato, tras ver tu propia peli, dar un caluroso beso a tu chica, a tus hijos, un apretón de manos a los amigos cercanos y despedirte con una breve sonrisa en los labios: chiao! No demasiados prolegómenos, una cosa sencillita como corresponde a nuestra leve y agradecida insignificancia







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