El Chorrillo, 28 de diciembre de 2019
Se ve que me estoy haciendo mayor y mi mundo empieza a girar
de manera un tanto selectiva en torno a realidades propias: muchos años,
bastantes experiencias, muchas páginas de libros recorridos y escritos... todo
contribuye a que me acerque a la vida de los otros y a la mía propia intentando
que aquello en lo que participo diga algo a esa intrínseca soledad en la que me
nuevo tan a menudo; algo desposeído de la cascarilla de lo aparente (la
apariencia anda maridada muchas veces con sus primas hermanas las realidades
más genuinas y es fácil confundirlas unas con otras). Confieso que cada vez son
más cosas las que me aburren (repito, cosas de la edad). El tiempo cada vez se
va acabando con más prontitud y por supuesto aunque siempre haya que hablar del
tiempo o de lo que sea, cada vez me niego más a reconocer, cuando entramos en
el ámbito de cierta intimidad, de las cosas que realmente nos interesan, a
reconocer, cómo decirlo (qué pobres son las palabras en ocasiones…), la entera
validez de lo que se me presenta directamente como la realidad pero que estimo
es sólo la manifestación de otra cosa, no la, acaso, manifestación más íntima
de nuestro ser.
En general cuando alguien me cuenta algo o da sus porqués a
actos propios o ajenos, me sucede con frecuencia que acepte sólo levemente lo
que me están diciendo porque entiendo que en la concatenación de nuestros actos
y motivaciones subyacen casi siempre razones más profundas y personales, que
acaso conozcamos, pero que bien puede darse que desconozcamos. Algo nos dice el
psicoanálisis de esto.
Vivimos sin vivir en mí, como decía la poetisa Teresa de
Ávila, pero no por las razones que ella esgrimía, sino porque creo que es
extremadamente difícil ser consciente en muchas ocasiones de lo que pasa en
nuestro interior. La vida va en exceso deprisa y no tenemos ni tiempo ni
disposición para encontrar con frecuencia los hilos que mueven nuestro comportamiento.
Así que esas certezas que asoman a la boca de la gente, con estos
planteamientos que expongo, comprenderás que me suenen cuanto menos sujetos a
duda.
Desde los muchos muchos kilómetros caminado en soledad entre
las horas previas al alba y la tarde, o entre lluvias, tormentas, o el
revoltijo de las olas junto a mi vivac se me revelan realidades que acaso no
soy capaz de expresar pero que apuntan a la desnudez de las razones íntimas y
personales, aquellas que frente a la muerte habrán de mostrársenos como
genuinamente propias y esenciales y en el que las opiniones del mundo no
tendrán ningún valor porque tendremos nuestra alegría íntima como garante de
nuestro hacer pasado.
Pues no lo sé exactamente, decía al principio de párrafo
anterior, pero esto es como acercarse a la realidad como si fuera una aceituna
y uno tuviera un palillo entre los dedos. A base de probar uno, creo, termina
por pinchar de lleno en la aceituna. Las murallas de Jericó cayeron después de
dar muchas vueltas a su alrededor, así nuestro acercamiento a la realidad.
Mencioné en nuestra conversación el concepto “comprender” (algo muy diferente
al mero “saber”). Ortega hace exégesis del término hasta encontrar en Platón su
expresión más alentadora, llamando a ese afán de comprensión, “locura de amor”.
Para Ortega la génesis y culminación de todo amor se sustenta en el afán de comprender las
cosas, la gente a nuestro alrededor, el mundo que no rodea. La grandeza de
nuestra infinita pequeñez debería estar alimentada por esa “locura de amor”,
por intentar, no más intentar, comprender la realidad que vivimos, la gente que
queremos.
Obviamente discrepamos en muchos asuntos, pero la
discrepancia, con su apariencia quasi hostil, es una de las oportunidades que tenemos para alcanzar una comprensión
mayor, de parecida manera a como una pared de granito sirve a nuestra plenitud,
nuestro esfuerzo o arrojó, discrepar debería servirnos para alcanzar una
comprensión mayor de los asuntos.
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