jueves, 28 de noviembre de 2019

Benditos los transgresores...



El Chorrillo, 28 de noviembre de 2019 

La culpa de la existencia de los tópicos probablemente la tienen los muchos años que se van teniendo. Nada es típico cuando un dicho o un comportamiento se repite unas pocas veces. Lo que le hace tópico es la reiteración excesiva, lo cual no quiere decir que, por supuesto, que le reste una pizca de veracidad. Un ejemplo, hoy mientras seguíamos las peripecias de la película Hechizos de luna (Norman Jewison, 1987) sobre la pantalla que colgaba por encima del fuego de la chimenea, la sensación de confort y el recuerdo de una grata jornada pasada entre amigos de la montaña mezclándose con las secuencias de una comedia  que invitaba a una sonrisa permanente, en algún momento me hizo pensar en algo que escribía ayer relacionado con la necesidad de ir o no dejando hitos por el sendero de la vida  de manera que podamos rescatar de la memoria las pequeñas joyas que surgen en momentos precisos de la existencia. El tópico que en este caso me musitaba por dentro era que, habiendo cosas tan maravillosas en la vida, esa topiquísima expresión, era una lástima que perdiéramos tanto el tiempo entre las bambalinas del qué dirán, entre los engaños de tantas convenciones o incluso entre ese puñado de dimes y diretes con que nos entretiene vanamente la tele o las portadas de los periódicos. 

Sentir que la vida es maravillosa, sí, ese atractivo tópico que a veces cuesta expresar, alguien que se enamora o se siente feliz entre sus amigos o sus hijos, alguien que disfruta en lo profundo del bosque del encanto de un silencio sólo interrumpido por el canto de los pájaros, la dicha de una larga tarde de conversación; sentir ese tipo de sensaciones revoloteando y haciéndote cosquillas por los rincones del alma, todo eso que adivinas entre los entresijos de las relaciones personales o tu vínculo con las montañas o el mar y que constituyen la savia que nutre los años de la vida. 

Bueno, pues que yo estaba empapado de todo eso y que repantigado frente al fuego de la chimenea mientras veía la peli en donde los desencuentros y encuentros, el perfume del amor y el cariño, las canás al aire, la levedad de los cuernos y la amabilidad de la vida de un guión muy bien trabado donde todo se daba cita, pues eso, que viendo y sintiendo todo ello como muy cercano me entró un gustirrinín por dentro de padre y señor mío. 

Hay deseos no expresados en la vida de toda persona que cuando tienen la oportunidad de asomarse ante una circunstancia propicia, por más que las convenciones, la moral del momento o las tensiones de las propias convicciones formen una barricada delante, no dejan de convertir la vida en una fiesta si los protagonistas son capaces de saltar, aunque sea tímidamente, por encima de las susodichas barricadas. En eso andaban los personajes de la peli de esta noche. Sorprendidos en un momento por el perfume de la transgresión, éstos, que parecían tener las neuronas adormecidas para otros encuentros amorosos que no fueran los propios del matrimonio, en el momento que empiezan a asomarse poco a poco, acaso sorprendidos por un arrebato repentino, a la corrala en donde como una corte de los milagros se atiende bondadosamente a los mandatos del corazón o la pasión, no tardan en hacer caer las barreras que el confesionario o la moral han tejido alrededor. El proceso de ese destejer no deja siempre de ser una bonita fiesta tanto para los personajes como para los espectadores que siguen la trama de la película. 

Días atrás otra película de sesgo similar, El hada ignorante (Ferzan Özpetek, 2001), vino a alegrarme la noche con un desenfadado cuadro en el donde la esposa de un hombre que fallece en un accidente de tráfico pasa la película descubriendo la vida oculta de un marido cuya parte de la existencia más atractiva discurría en una especie de comuna donde hombres y mujeres vivían en un clima de insospechada confraternidad y amor. El gran amor de su marido era en realidad un hombre. El proceso de toma de conciencia de la vida “oculta” que había llevado su marido se presenta de manera tal en el film que hace posible que esta mujer termine integrándose perfectamente en la comuna y que pueda compartir con él hada ignorante, el antiguo amante de su marido, el amor que ambos tenían hacia su esposo. 

Cine de disección de la realidad que, además de cumplir el noble menester de hacernos pasar un trato agradable, nos ayuda a comprender lo que realmente se cuece muchas veces en las almas de las personas más allá de lo que las apariencias quieren decirnos. Un mundo en donde la transgresión es parte esencial del argumento y que llama aunque sea livianamente a las puertas de nuestra curiosidad retando no pocas veces nuestras ideas más consolidadas por las costumbres. 

Ah, la transgresión… esa salsa que alegra la vida y que nos puede sacar tantas veces de cierta grisura escondida entre las reiteraciones de la vida cotidiana… Dichosos los transgresores, los raros, los no normales que hacen cosas diferentes y sugerentemente atractivas y que nos pueden guiar en el camino de la perfección :-). Benditos ellos. Amén. 






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