El Chorrillo, 8 de octubre de 2019
Imagino que todo el mundo tiene
sus particulares admiraciones por ésta u otra persona, gente que cae en el
círculo mágico de nuestra empatía y desparrama sus aventuras, su música o su escritura
por nuestras venas nutriéndonos y ayudándonos a separar la paja del trigo, la
esencia de lo superfluo. Mis particulares admiraciones últimas están puestas en
cuatro mujeres: dos alpinistas, Julie Tullis, fallecida en el último campamento
del K2 después de alcanzar su cima, y Tamara Lunger, que quedó a 70 metros de la cumbre
del Nanga Parbat mientras sus compañeros conseguían la primera invernal a la
cima; una ciclista, Cristina Spínola, que dio la vuelta al mundo en bicicleta
sola, y la última, una mujer, a la que descubrí ayer mismo en el libro de Spínola,
Sola en bici, que también dio la vuelta al mundo… en esta ocasión,
corriendo. Su nombre es Rosie Swale Pope. Si queréis conocerle el entusiasmo
con que esta mujer gastó 56 pares de deportivos corriendo a través de varios
continentes, podéis echarle una ojeada en el YouTube, por ahí anda fresca como
una rosa compartiendo su mundo y sus aventuras. Fue lo último que hice anoche y
puedo asegurar que me dormí con una bonita sensación de gratitud por este
encuentro accidental, una de esas personas de las que tanto tienes que
aprender, una sexagenaria que dio la vuelta al mundo corriendo. La vitalidad y
el entusiasmo que expresa su rostro de abuela cuando cuenta su propia historia,
un homenaje a su marido que había muerto de cáncer de próstata, da
para dejarte el cuerpo sereno y animado.
En estos pensamientos ando
envuelto mientras camino bajo una luna como un medio queso de gruyere
iluminando los campos de rastrojos de los cerros junto a mi casa. También me
ronda por la cabeza una cita que incluí ayer en FB, y que hoy mismo, basado en
esas tres o cuatro líneas de la cita, me empujaron a comprar uno de los libros
del autor, Theodor Kallifatides; su libro, Otra vida por vivir. Al
final todo trata de la misma cosa, esas cuatro mujeres que menciono más arriba
y Kallifatides hablan de lo mismo, explorar y darle consistencia al sentido de
la vida. Rosie Swale Pope, sexagenaria, y Kallifatided, septuagenario, una
corriendo alrededor del mundo y este último dejando Estocolmo donde ha vivido
durante décadas para regresar a su tierra natal, Grecia, con la esperanza de
redescubrir allí la perdida fluidez de la escritura, que al fin resucita
plasmada en su obra Otra vida por vivir, un título significativo que
apunta, como el proyecto de Rosie Swale, a esa vida que tenemos entre las manos
cuando nos vamos haciendo mayores.
Me pregunto por la razón que
hace que salten tan vivamente a mi ánimo algunas personas, esa admiración que
yo creo no proviene precisamente de lo extraordinario de los hechos. De Julie
Tullis me gustaba, además de su tesón y fuerza de voluntad en sus ascensiones
en el Himalaya, su particular modo de aislarse en un concurrido campamento base
para hacer meditación o para practicar con su espada de artes marciales. De
Cristina Spinola, su entusiasmo, ese soñé en grande que ella dice y que termina
haciéndose realidad gracias a una fe inquebrantable en ella misma. De Rosie, su
fidelidad al esposo fallecido, esa fuerza que se ve crecer en ella cuando se
pone en marcha y va dejando tras de sí miles y miles de kilómetros sin que la
nieve o los desiertos la amilanen, y que da a su rostro ese aspecto tan juvenil
y lleno de vida. De Kallifatides, en fin, esa clara visión de la vida que se
condensa en la cita a que hacía referencia y que vuelvo a incluir aquí: “:
“Nuestra vida no es un sueño, sino una sombra fugaz entre el tiempo y la luz.
La muerte no te privará de nada. Has probado ya todos los placeres. Has visto a
tu mujer parir a tus hijos. A tu hijo convertirse en un hombre y a tu hija en
una mujer. Has visto el cerezo de tu jardín crecer, a las olas del mar pulir
los cantos, a las serpientes enredarse una al lado de la otra. ¿Qué más puede
ofrecerte ya este mundo? Bebe tu vino, date la bendición y cierra los ojos. Y
si mueres esta noche, nada cambiará ni nada perderás”.
Y creo que la razón de mi
admiración es clara. En un mundo donde la búsqueda de la comodidad y los
placeres fáciles priman, o donde lo superfluo llena los mercados y el alma de
tanta gente, descubrir espíritus genuinos capaces de sacar de sí mismos los
recursos para hacer de la vida algo interesante, es un ejemplo que contagia y
atempera el alma para vivir con mayor entereza.
Ahora, tras el paseo, deslizando
la luna su oblonga claridad sobre mi cama, recuerdo cuando era niño y leía
aquella colección de Vidas ejemplares sacadas de la biblioteca del
colegio que, junto a los libros de Emilio Salgari alimentaban mis deseos de
formación y de aventura; lo recuerdo y me sonrió pensando que en sesenta años
hay unas pocas cosas que no han cambiado en mis aficiones lectoras. Hoy me identifico
con aquel niño que fui leyendo parecidos libros de aventuras y algún que otro
volumen de “vidas ejemplares”. Está visto que uno no para de aprender cosas
sencillas en todos los años de la vida.






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