El Chorrillo, 20 de
octubre de 2019
Habíamos terminado de ver una auténtica joya fílmica,
La caja de música, del griego Costa Gavras, y el estado de excitación a
que nos había llevado la película, un conflicto de sentimientos y sensaciones
en donde el padre de una abogada es acusado por crímenes de guerra
absolutamente repugnantes, de los cuales le defiende su hija hasta la
absolución y tras la cual la hija descubre que su padre sí era el autor de los
crímenes de que le acusaban; el estado de excitación había creado entre
nosotros una íntima disposición de ánimo en la que los sentimientos y la cosa
de la realidad diaria fluían envueltos en un halo de bonancible reconocimiento.
Ahí estaba la vida como un hermoso campo de trigo que hubiéramos sembrado tiempo
atrás, todo un mar dorado que el viento agitaba convirtiendo en ondulantes olas
en las que azules chupamieles salpicaban su superficie, donde las amapolas,
grandes botones de sangre en los límites junto al sendero de macadán, componían
un armonioso cuadro en que recrear la vista y los recuerdos.
Hablamos hasta muy entrada la madrugada. La película
y las horas de la noche habían hecho el milagro correspondiente, esas horas
quasi mágicas en que la conversación, convertida en un susurro, se interna en los
intrincados y maravillosos vericuetos de la vida para despertar el alma dormida
de lo que somos, todo aquello que los años, los actos, las decisiones, los
hijos, el hogar que pusiste en pie, los caminos que recorriste, los múltiples
países que visitaste o los años que empleaste en educar una o dos generaciones
de críos en las aulas de una escuela, habían conseguido, como amante en ese
noche oscura del poeta, alentar que el susurro de nuestras voces tuviera la
consistencia de una emoción.
Nuestro día había transcurrido por los senderos de
la Casa de Campo. Mientras atravesábamos el pinar de Las Siete Hermanas contaba
largamente a Quique y a Lucía de mi primera infancia bajo sus pinos, nuestros
baños con la pandilla del barrio en la acequia que cruza el pinar, de los
barcos que construíamos con las cortezas de los pinos, las cerbatanas que
fabricábamos con las cañas que crecían junto al cercano riachuelo, de las
majuelas que recolectábamos como munición, o de mis largas tardes de lectura de
Salgari a la sombra de los pinos cuando mis tempranas aficiones de solitario me
llevaban a aislarme entre las páginas de un libro o en tempranas ensoñaciones.
Más tarde habíamos caminado hasta el Cerro Garabitas
y descendido hasta el monumento al Sagrado Corazón donde gente mayor había
construido un acogedor rincón en el que pequeños árboles crecían bajo el
amoroso cuidado de algunos ancianos y los pájaros de muchas especies se daban
cita alrededor de numerosos bebederos y comederos que colgaban de las ramas de
los árboles. En un rincón de aquel recinto una pareja de ancianos desmenuzaba
pan duro para alimentar a los pájaros.
Improvisamos nuestra comida campestre a la sombra de
los pinos junto a un espino blanco que, por supuesto, vino a recordarme a
Proust y aquel primer volumen de En busca del tiempo perdido, Por los
caminos de Swann, en el que el autor recrea en entrañables páginas llenas
de poesía su exquisita sensibilidad, esas cosas que consiguen que los lectores
aprendamos a ver la profunda belleza que el mundo encierra.
De camino hacia el Lago me acordé del amigo Santiago
Pino y le llamé por si quería acercarse a tomar un café con nosotros. Eran las
tres de la tarde y posiblemente estaba a punto de echarse la siesta, así que
declinó el ofrecimiento. Pero no habían pasado más de unos minutos cuando sonó
mi teléfono. Era él. Sí, había decidido sacrificar la siesta. Nos vimos en una
terraza junto al lago. A Santiago le tengo prohibido hablar conmigo de política
conmigo, un asunto espinoso que nos puede llevar a acaloradas e inútiles discusiones,
porque en estos asuntos cada uno carga con sus propias convicciones y porque
con el calor se pueden dar resbalones impropios de la amistad que nos une; sin
embargo, cuando me marché al servicio por un momento, al volver comprobé que ya
la había liado con Victoria con el asunto de Barcelona. Me costó casi una hora
salir del bucle en el que nos había metido. A mí, que me cabrea sobremanera que
cuando se habla de violencia sólo se refieran a contenedores ardiendo o
similares, porque entiendo que la violencia más terrible en este país la
ejercen los jueces, los gobernantes y sus sabuesos, la policía o el poder
económico más relevante, me resultaba tan difícil argumentar, por evidente,
contra los argumentos de Santiago, que terminé por situarme al margen hasta que
en algún momento fue posible cambiar de tema y remitirnos a esa gran pasión que
nos une: la montaña. Quique y Lucía mientras tanto habían tenido que marcharse,
el fuego catalán de la discusión había amainado y por último ya pudimos entrar
en el remanso de una apacible conversión.
En casa, antes de comenzar a ver la película, eché
una ojeada al FB. Había una nueva respuesta a un asunto que había comentado
días atrás en la página de X relacionado con la última sentencia del Tribunal
Supremo. La entrada de Enrique, que se mostraba como una persona muy informada y
que utilizaba argumentos de peso para avalar la decisión del Supremo, me había
llamado la atención en este mundo de las redes en donde los fanáticos y los que
responden con monosílabos categóricos sin aportar argumentos son la inmensa
mayoría. No compartiendo su opinión, que aceptaba la actuación del Tribunal
Supremo, me pareció, sin acudir a la amplia información que él desplegaba, y de
la que acaso yo adolezco que, previo a todo problema de envergadura a los que
nos solemos acercar con los datos que nos ofrecen los sucesivos pasos que se
siguen en la resolución de un conflicto, previamente, digo, es necesario
retrotraerse a los orígenes que provocan el conflicto. Y en este sentido para
mí el conflicto catalán, en su estado reciente, nace de la negación por parte
de los poderes públicos de un derecho inalienable como es la libertad de
expresión. Siendo inaceptable la prohibición de que el pueblo catalán
manifieste su opinión respecto a la forma en que éstos quieran organizar su
convivencia, lo que sigue, todo este bochornoso desencuentro y sus
consecuencias, es responsabilidad de los gobernantes que alimentan esta
prohibición. No llego a las puertas de un referéndum, que ese sería otro asunto
posterior. Recuérdese que todo en la vida ha de tener un orden. Si quieres
abrir una ventana antes tienes que retirar las macetas del alféizar. Creo que
es un punto clave para argumentar sobre el orden de los procedimientos.
Después, cuando sepamos la opinión de los catalanes, opinión con mayúsculas,
quizás podamos abrir la ventana y saber qué corresponde hacer a continuación.
Ahora, no toquéis la libertad de expresión porque eso es sagrado.
Querría decir que un servidor es más bien ignorante,
ignorancia de la que acaso me gusta alardear, no deseo perderme en los embrollados
vericuetos de la sobreinformación que suele actuar a modo de niebla impidiendo
ver con claridad los asuntos, en parte, al menos, pero creo sin embargo estar
al tanto de lo que es bueno o malo, de lo que es libertad de expresión o no, de
lo que es manejar al personal o de lo que es en términos generales la justicia
en España, algo muy cercano a la cochambre, digamos de paso. Pretender que
jueces nombrados por los partidos políticos pueden ser objetivos es una
ingenuidad difícil de tragar. Ergo, lo que pueda sentenciar el Constitucional o
el Supremo… pues eso.
El FB no da para una discusión sosegada y razonable,
y así lo entendió la persona con la que había iniciado este pequeño intercambio
de comentarios. Como ambos vivimos en puntos diferentes del país quedamos
emplazados para continuar la conversación frente a una cerveza caso de
coincidir en el tiempo o en el espacio.
Era el tiempo de la película de Gavras. Ya hacía un
poco que Victoria me miraba de reojo como diciendo a ver si termina este pesado
con el FB. Es formidable el número de asuntos que pueden rozar la piel de una
persona, el título de ese librito de Julio Cortázar, La vuelta al día en
ochenta mundos. Ahora tocaba el horror en torno a un asesino de guerra en
una trama en que éste es identificado al final del film en la persona del padre
de la abogada que le ha defendido y ganado el juicio, pero que al conocer
posteriormente su culpabilidad, un nudo gordiano terrible ideado por la mano
genial de Gavras, obliga a la hija, horrorizada por el pasado criminal de su
padre, a denunciarle.
Son las cuatro de la mañana. Ya me es imposible
volver a mi lectura de estas noches antes de dormirme, un tema para escribir
otro largo post, la carrera de Rosie Swale Pole alrededor del mundo. Rosie,
sexagenaria, sola, ha empezado a correr cerca de Londres y dirige sus pasos en
este intento de dar la vuelta alrededor del mundo, hacia los desérticos
senderos de Siberia, donde el termómetro podrá descender hasta los sesenta
grados bajo cero. En lo último que leí Rosie está acampada entre la nieve en la
taiga siberiana y por la puerta de su tienda asoma la cabeza de un lobo. Ella
entonces habla de la sublime belleza de este animal. Una apasionante lectura
que, cuando cierro los ojos para dormirme, me deja el grato sabor de boca de
una esperanza en el ser humano que poco antes, hojeando los periódicos corre el
peligro de desvanecerse.

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