![]() |
| Así estaba de guapo el final de la tarde en El Chorrillo |
El
Chorrillo, 12 de septiembre de 2019
Estaba leyendo frente a mí cabaña cuando observé que una interminable fila de hormigas circulaba entre una parte de la parcela y un resquicio del muro de la cabaña. Al posar los pies en la fila se produjo un desorden fenomenal de manera que muchas se me subieron por la pernera de los pantalones y otras circulaban lejos de la fila como desorientadas; al encontrar un obstáculo en su camino habían perdido el norte. Si dejo a las hormigas que se me metan en los muros de la cabaña... no. Así que fui a por un insecticida y lógicamente rocié sobre la fila antes de que las hormigas fueran capaces de reorganizar ésta de nuevo. ¿Qué sucedió? Bueno, lo más curioso del caso es que el lugar en donde había comenzado a rociar el insecticida se convirtió en un punto de llegada y retorno. Las hormigas, que antes llegaban hasta el muro y se introducían en él, ahora, llegadas al espacio en que se tropezaban con el rastro del insecticida, un lugar letal para ellas, se daban media vuelta y se unían a la fila pero en sentido contrario. Indago y me entero que hay una sustancia, una feromona, que mantiene la estructura de comunicación entre ellas, algo que malamente recordaba de una lejana lectura de La vida de las abejas y las hormigas, de Maeterlinck. Y ya puesto meto las narices en otras páginas sobre el asunto y aprendo que "si un ejército de hormigas pierde el rumbo, como cuando las rastreadoras se separan de la corriente principal, en ocasiones la cabeza enlaza con la cola de su propia columna. Al seguir su propio rastro de feromonas, forman un aro densamente apretado en el que miles de hormigas se mueven en círculo hasta morir de agotamiento” (El mono que llevamos dentro, Frans de Waal). Enterado vuelvo a mis hormigas a ver qué ha sucedido con ellas entre tanto y lo que me encuentro es la misma concurrida fila, pero que acaba y empieza en el mismo lugar. El insecticida ha destruido la razón y ser de su trabajo, acaso construir una despensa para el invierno dentro de los muros de mi cabaña, y ahora están metidas en un absurdo bucle que no les lleva a ningún lado porque les falta una autoridad central que sustituya a las feromonas y reorganice de nuevo el trabajo de despensa.
Últimamente
aprendo sobre la condición humana leyendo libros de primatología. Se me han
vuelto tan aburridas y predecibles las portadas de los periódicos que he
resuelto investigar la razón de muchos de nuestros comportamientos en libros de
etología y zoología. Así, por ejemplo, si me encuentro en uno de ellos que San
Buenaventura, teólogo del siglo XIII, dijo: «Cuanto más alto sube un mono, más
se le ve el trasero», enseguida tengo a Sánchez ejerciendo de mono, engreído
por la altura al que le han catapultado unas elecciones, o a Iglesias desde que
consideró que él y Podemos eran la misma cosa.
En el caso
de las hormigas, traducidas a los humanos, las feromonas perfectamente estarían
representadas por los medios de comunicación y una educación embrutecedora que
llevaría a una parte importante de la población en fila india a seguir los
dictámenes del mercado y de los grupos de presión, sean estos políticos o
económicos. ¿Qué sucedería a esa masa si un buen día los medios de comunicación
callaran, esas feromonas que nos hacen seguir como borregos a unos y otros las
opiniones y los dictados ajenos? ¿Darían vueltas como las hormigas hasta la
inanición? ¿O acaso, como cuenta Tolstói en Guerra y paz, un periodo
de tiempo en que dejan de salir los periódicos y las reuniones de la alta
sociedad enmudecen ante la carencia de opiniones ajenas con que alimentar las
propias, quedarían mudos sin saber qué opinar?
Y para
seguir con la analogía de la zoología aplicada a la política y sus sucedáneos,
qué decir de lo que la primatología, aplicándolo a los chimpancés, denomina los
comportamientos con el grupo ajeno en donde un grupo de éstos no tolera a chimpancés venidos de otras tierras, grupos, personas o políticos que siempre encuentra razones
para verse como superior a otro, una especie de xenofobia en la que todo aquel
que pertenezca a otro partido, sea éste político o de fútbol, otro grupo
distinto al propio, merece ir de cabeza al Averno. Fomentar la aversión contra
los catalanes, considerar demonios a los de Podemos, etiquetar como rojos a los
que no van a misa o… Los chimpancés y los humanos son tal para cual en esta
clase de comportamientos, sólo que nosotros les ganamos en sadismo, violencia y en el inconmensurable deseo de poder. Esta misma historia que nos traemos sin más
desde las últimas elecciones en donde ostensiblemente “el grupo ajeno”, Podemos
para el PSOE, el PSOE para Podemos, se ha convertido en una irreconciliable manera
de pervertir cualquier lógico dictado del hacer democrático, ¿no es un reflejo
en escala menor de esa tendencia general en la que un grupo promueve la
solidaridad y la autoestima del grupo propio a costa de su desprecio por el grupo ajeno, reforzando así cada vez más el
desencuentro de unos y otros? A lo mejor hay que recordar que el ejemplo histórico más extremo
de esta tendencia es, por supuesto, la creación de un grupo ajeno llevada a
cabo por Adolf Hitler. Si es incuestionable que los chimpancés son xenófobos
como afirman los primatólogos, quizás haya que pensar algo parecido de esa
tendencia que se está fomentando de considerar al oponente político como
indigno de alguna confianza, esa especie de maniqueísmo en la que pretende
encerrarse el discurso político de los últimos meses.
Aunque bien
pensado acaso todo este suceso se encierre en un par de variables, ajenas en realidad a cualquier proceso electoral. Una, aquella
con la que Anguita contestaba a un joven reportero cuando le preguntaba sobre
el poder a ejercer por el Ejecutivo y aquél, como quien se dirige a un alumno
de primaria, le contestaba ¿pero quién le ha dicho a usted que el poder lo
tiene el gobierno? Y dos, aquella que apunta a la incompetencia de los actores
políticos. La mediocridad e incompetencia demostrada por Sánchez en estos
últimos meses es de tal grosor que me temo que de quienes realmente detentan el
poder real en este país bien se puede decir que así se las ponían a Fernando
VII. Vamos, que se lo ponen a huevo a toda esa retahíla de Banco Santander, Iberdrola, Telefónica, Repsol, etc., etc., sin olvidar a la Iglesia Católica, que son sin lugar a dudas los que realmente detentan el poder en este país... para vergüenza del Parlamento, del Gobierno y del Poder Judicial que no son otra cosa que los mamporreros de los otros poderes en la sombra y que, sin necesidad de presentarse a elecciones controlan los hilos de toda esta mal llamada democracia.
Terminando
estas líneas me voy a ver qué ha sucedido con la fila de hormigas. No queda ni
una, han desaparecido todas. ¿Tenían algún sensor comunal que detectase a largo
plazo fallos en las feromonas? ¿Acaso surgió de entre ellas un líder capaz de
hacerles salir del bucle que les llevaría a la inanición?
No sé si las
hormigas duermen pero me hubiera gustado saber si la pérdida del hogar que
estaban preparando para el otoño invierno en mi cabaña les va a hacer perder el
sueño. A mí no me hace perder el sueño lo que está sucediendo en nuestro país
pero me apena mucho comprobar cómo entre tantos millones de personas el sistema
contribuye a promocionar a la cabeza del gobierno a personas tan inútiles y tan
incapaces en vez de hacer posible que el país sea dirigido por las excelencias
de alguna de las muchas inteligencias que deben encontrarse en nuestra tierra.
En El
Chorrillo se ha echado el crepúsculo encima, hoy rabiosamente espectacular con
su hoguera de grandes llamas sobre el horizonte. En estos días me acojo a la
calidez de nuestra casa tras un largo verano de vagar por las montañas de
Europa. Hace días mi hogar eran los Alpes o Picos de Europa, hoy lo es este
pequeño espacio de tierra al sur de Madrid. ¡Qué bien se está en casa!
![]() |
| Uno de los rincones de El Chorrillo con mi cabaña al fondo. |


Exacto. Para estar bien en casa hay primero que salir fuera. 👍😄👍
ResponderEliminar😉
ResponderEliminar