sábado, 17 de agosto de 2019

Piedra pequeña…



El Chorrillo, 17 de agosto de 2019 

Hoy me encontré unos versos por ahí, el alma rota de un poeta sonaba en la hora de la siesta con el desgarro de un tiempo ajado y maltrecho en el que era difícil sonreír. Recitaba Héctor Alterio y el poeta era León Felipe (aquí). Es una tarde especialmente calurosa en la que la voz de Alterio parecía salir del refajo del décadas donde el dolor y la injusticia duermen recordándonos la vida que latía en el alma de un poeta. Músicas y sonidos que desaparecen de la faz de la tierra, que se lleva el viento y el tiempo, pero que permanecen en los versos y en las páginas de los libros, que benditos sean, porque con ellos volvemos a reconocer de dónde venimos. Total, que me salí del guión y quedé en estado de expectación, desarmado espiritualmente frente al ventilador. 



Antes de oír a Alterio tenía dos posibilidades ante mí, un libro titulado El mono que llevamos dentro (Frans de Waal), que ya hace un par de días me hizo comprender de dónde venía una parte considerable de la historia política reciente de nuestro país en la que el comportamiento de los chimpancés y los bonobos eran un ejemplo rudimentario del laberinto en que están metidos Sánchez, Iglesias y todos sus conmilitones; y el otro volumen, que leí sin perder ripio durante toda la tarde de ayer, y que lleva el título de Sexo para uno (Betty Dodson), que venía a analizar el cómo y el porqué en nuestra “avanzada” sociedad el tema de la masturbación sigue siendo un tabú a nivel planetario. El tabú, que la RAE define como prohibición de tocar, mencionar o hacer algo por motivos religiosos, supersticiosos o sociales, como las supersticiones de toda índole, en los tiempos en que vivimos parece que debiera ser algo totalmente ajeno a toda persona culta que haya superado cierto estado primitivo de la sociedad en que la vida de los individuos era regida por brujos, espíritus malévolos, magos o nigromantes, sin embargo, según el estudio de la autora, parece que el tabú de la masturbación, tan auspiciado en occidente por la Iglesia Católica, sigue siendo un muro que echar abajo. La masturbación como liberación, dice el título del primer capítulo de la autora. 

El caso es que ambos libros quedaron excluidos de mi tarde de lectura por la contundencia de los versos de León Felipe que me transportaron enseguida a los tiempos de la resistencia antifranquista cuando Luis Pastor, Paco Ibáñez y otros cantautores recreaban sus versos desde los escenarios para un público enfebrecido por el deseo de un rotundo cambio político en nuestro país. Sin embargo de alguna manera algo de la lectura de los libros anteriores quedó vibrando al roce con los versos de León Felipe. El recuerdo de su poema Como tú, que accidentalmente me recordó un comentario de José Manuel Vinches en una entrada de Victoria en FB, que comienza 

Así es mi vida, mi vida, piedra, como tú
Como tú
piedra pequeña, como tú
piedra ligera, como tú
como tú

me hizo pensar en los bonobos, que a diferencia de los chimpancés, y siendo del mismo género, la Wikipedia me recuerda que ambos comparten el 99% del genoma con los seres humanos, son animales mucho más sociales y pacíficos; gente, diríamos, sencilla que no teniendo necesidad de competir por las hembras, manifiestan una elevada tasa de actividad sexual y un bajo nivel de agresión. Yo diría, comenta el autor, que están menos estresados que sus hermanos chimpancés y humanos. El hecho de que en el mundo existan pacíficos -mi vida, piedra pequeña como tú, piedra ligera- y violentos, características que acaso arrastramos en los genes, y que conozcamos que el poder es el primer motor del chimpancé macho, podría hacer pensar que hay factores en el comportamiento humano, que vemos a diario en los titulares de los periódicos, cuyo trasfondo es simple y llanamente una soterrada lucha por el poder. Quién domina en un grupo, en el trabajo, en la pareja, en el deporte, entre los hermanos, en un partido político, se convierte en un reflejo del comportamiento de nuestros lejanos ancestros, los chimpancés. El poder como una obsesión constante que proporciona grandes beneficios cuando se obtiene y una intensa amargura cuando se pierde. 

La naturaleza de la violencia con que los chimpancés dirimen la prevalencia de su liderazgo y su comportamiento sexual en relación a los bonobo, podría seguramente servir para echar una ojeada a nuestro propio comportamiento y, utilizando a los primates de espejo, servirnos de ellos para hacer un ejercicio de autocomprensión de nuestra naturaleza humana. 

Si además, a toda esta argumentación sobre la importancia determinante que la aspiración al poder y a la dominación del otro tiene para alumbrarnos en el camino del comedimento y en el análisis de nuestras pasiones más peligrosas, añadimos el conocimiento y la práctica del otro factor esencial que rige la vida de chimpancés y bonobos, es decir, el sexo, y a éste le damos el nuevo sesgo que la cultura y el arte han añadido a todo lo que el homo sapiens ha ido creando, inventando y enriqueciendo a lo largo de los milenios, sustrayéndonos a los tabúes y a las supersticiones, acaso estemos en el camino de la perfección :-).

Y saber que, ya lo dije más arriba, que si la elevada tasa de actividad sexual y el bajo nivel de agresión entre los bonobos, hacen que estos no tengan mucho de qué quejarse, igual si nos aplicamos el mismo cuento la vida nos va un poco mejor. 

Follar bonito y sin prisas y ser piedra pequeña y ligera...  ya se ve, cosas que aquietan, parece, el alma y ayudan a un entorno más pacífico y a un mundo mejor. 










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