El Chorrillo, 14 de agosto de 2019
Llego al aeropuerto de Milán con el recuerdo de El comienzo del verano, de Ozu, que vi la víspera y, atravesar las salas de la T1, es como un golpe de aire rancio proveniente de una habitación mal ventilada. La película, una joven en edad casadera. Ella apenas habla, sonríe mucho, sale con amigas y un día se le ofrece una posibilidad y sufre teniendo que abandonar a su familia para ir a vivir a Tokio con su futuro marido. El aeropuerto, un enjambre moderno donde lo que ves y se ofrece al viajero habla de un mundo loco al que nos empuja una publicidad envolvente y agresiva. Ozu, el genial director japonés, que tan encantadores y deliciosos cuadros nos ofrece de la vida sencilla y cotidiana, la música, leve como una brisa, acompañando a ratos esos retazos de vida transcurriendo secuencia tras secuencias ante nosotros como sí fuéramos espectadores que asomado a la ventana sobre la calle miran el ir y venir de los vecinos, sus charlas, sus pequeñas preocupaciones; Ozu, decía, representa en sus temas la antítesis del zumbón y ruidoso moscón, banal y siempre fuera de sí, en que el mercado y toda su parafernalia están convirtiendo el mundo.
Me siento a la espera de la hora del embarque. Enfrente, él, alto, corpulento, las piernas adornadas con filigranas de tatuajes; ella delgada, un metro y medio de altura apenas, los dedos de las manos llenos de sortijas, las uñas de pies y manos pintadas de blanco; sus zapatos una tira de perlitas que resbalan por el empeine hasta bifurcarse en dos tiras que abrazan los dedos de los pies por ambos lados. Su actitud indolente, que de mala gana deja que el otro la arrope entre sus brazos y le acaricie un pecho, contrasta con la ternura del enamorado que tiene entre sus brazos la osita de peluche con la que soñó toda la vida. Se levantan y se dirigen a la fila del vuelo de Ibiza; los pierdo de vista.
Volamos sobre la llanura del Po. Tengo un sueño que me muero. Me rocié de repelente y puse una pastilla en el aparatito de los mosquitos anoche, pero como si quieres arroz, Catalina, los mosquitos no me dejaron dormir. A mi lado, desde que hemos despegado un joven no ha dejado de escribir de manera compulsiva durante un buen rato. Lo hace en un cuaderno como los que usaba yo en mis primeros viajes, diario de cuando el mundo nada más tomar un vuelo se abría en un millar de impresiones y necesitaba escribir y escribir todo aquello que a poco de comenzar un viaje llenaba mi cuerpo de sensaciones . Esa necesidad de escribir….
Y Victoria me espera en Barajas. Hace dos meses que no nos vemos pero es como si fuera ayer mismo, ya no son tiempos en que la vuelta a casa tornaba a sembrar el cuerpo de expectativas. Cuando se ha vivido mucho el mundo se reduce, se estrecha, una vuelta de un largo viaje de medio año se convierte en un ayer mismo, todo sigue igual, las habitaciones de la casa no son ni más grandes ni más pequeñas a diferencia de cuando regresaba del largo verano y la casa familiar parecía un lejano remedo de lo que había dejado a la partida, la gata tiene el mismo aspecto, pero se acerca, restriega su lomo contra la pernera del pantalón y se marcha como si ayer mismo hubiera sido la última vez que la acariciaste pasándole las yemas de los dedos por el pelaje atigrado y suave de su cuello; solo los rosales y los geranios, que cuando marchaste estaban cuajados de flores ahora se mostrarán agostados y deslucidos.
Comemos en un restaurante de Atocha y hablamos y hablamos hasta que casi nos tienen que echar porque a los camareros les está acuciando la hora de echarse la siesta, eso dicen. Los hijos, que hacen su vida, como nosotros hacemos la nuestra, y que andan lejos, acaso, cerca en el whatsapp pero discretamente en un mundo que no es común. Y así volvemos al eterno tema de la soledad. Confirma Octavio Paz en El laberinto de la soledad, que apenas nacemos nos sentimos solos; pero que tanto niños y adultos llegamos a trascender la soledad y a olvidarnos de nosotros mismos a través del juego o el trabajo. Pretendemos continuamente escaquearnos de la soledad, pero ella está ahí, pese a los numerosos whatsapps, nuestros esporádicos encuentros, porque en el fondo vivir para sí es imperativo. La actividad del sistema límbico tensiona nuestra cercanía a los demás, pero la vida está hecha esencialmente en la soledad, encubierta si se quiere, pero presente en nuestra más plena intimidad.
En el Cercanías me asalta un idea que se me quedó bailando en la memoria leyendo La invención de la soledad, de Paul Auster. Se trataba de unos versos de Marina Tsvietáieva que tocaban una intuición que tuve en alguna ocasión. Estos son los versos:
Tal vez la mejor manera
de conquistar el tiempo y el mundo
sea pasar y no dejar huella…
Pasar sin dejar una sombra
en las paredes.
De los versos de Tsvietáieva a los de Machado al final de su Retrato
Cuando llegue el día del último viaje
…
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
va la diferencia que existe entre la nada sustancial que somos y la posibilidad de que ese algo que fuimos sea venero, manantial que da de beber a la tierra que alguien volverá a cultivar un día.
Y la tarde, apacible e intrascendente, va cayendo envuelta en un crepúsculo de miel junto al ronroneo del ventilador. Y distraídamente abro un libro que tengo a mano titulado A pie por las tierras de Iberia, y leo “Me despierto con las primeras luces del alba. El viento agita mi tienda, el ruido del mar pone un punto de inquietud enmi ánimo, así de horrísono suena esta mañana el estrépito de las olas, tanto que me siento sobre un buque en trance de naufragar. Rememoro un viaje por el mar de Java en una frágil embarcación que brincaba entre las olas alarmantemente…”. Dejo el libro a un lado, sí, eso debió de ser el pasado invierno. ¿Quién que no sea yo podrá recorrer las líneas de este libro, que yo mismo escribí, con un cierto temblor en el ánimo? Y recuerdo mi conversación con Victoria la tarde anterior, cuando a propósito de los versos de Tsvietáieva, le sugería la posibilidad de hacer de todos mis libros y escritos una gran fogata en los días de mi último viaje, una hoguera al término de una cálida tarde de verano. Finito, se acabó, un beso muy fuerte, muá.
Es la hora de la cena. Ciao!

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