“La negación aislada es una impiedad. El hombre pío y honrado contrae,
cuando niega, la obligación de edificar una nueva afirmación. Se entiende de
intentarlo." (Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote).
El Chorrillo, 9 de junio de 2019.
Andaba yo despistado esta tarde
contemplando las musarañas cuando en cierto momento necesité estirar las
piernas. Así que salí primero a la parcela y después entré en la biblioteca,
donde en el sofá lateral Victoria andaba ensimismada en un libro con la gata
sobre el regazo. Iba a pasar de largo cuando descubrí sobre la estantería de
libros dos gruesos volúmenes con el lomo negro que me llamaron la atención como
si descubriera a dos intrusos que se hubieran subido a nuestras estanterías sin
nuestro permiso. Pregunté a la bibliotecaria que, con una mano en el lomo de la gata y con la otra sosteniendo un volumen de poemas, distraída, me dijo que
todo eso era la sección de filosofía. Así que me subí a la mesa y descubrí que
aquello eran dos voluminosas obras de Habermas. Me sorprendió encontrar allí a
este sesudo autor del que yo recordaba algunas ideas por otros escritores, pero
al que nunca tuve ganas de leer y del que yo no recordaba remotamente
haber comprado ningún libro. Nuestra biblioteca es un laberinto misterioso
donde se puede encontrar de todo, incluso volúmenes que tuvieron su hueco en
las estanterías sin que nosotros fuéramos conscientes de ello. Eso sin contar
un erizo de aficiones librescas que hallamos entre los libros a metro y
medio del suelo cierta mañana de otoño.
En fin, ya encima de la mesa, y
pese a que no llevaba las gafas puestas, lo que suponía que a duras penas
podía leer los títulos de los libros, seguí indagando. El resultado de mi
indagación fue encontrarme con media docena de libros que yo ignoraba que
tuviéramos y que enseguida deseé leer. Habermas, Deleuze, Sartre, Unamuno,
María Zambrano y, por si fuera poco, también Wittgenstein, del que hasta la
fecha no me he atrevido a empezar ningún libro para no caer en el ridículo de
encontrarme que no entendía ni patata. Bueno, tras la ojeada, estaba ya a punto
de bajarme de la mesa cuando descubrí un librito que parecía estar allí
equivocadamente. El canto del pájaro, se titulaba. Lo abrí, su autor era
un jesuita y al hojearlo descubrí de pronto un nombre que me resultaba
familiar: Nasrudín, el famoso mulá de aquellos deliciosos cuentos sufíes de Idries Shah; sí,
hombre, aquel Nasrudín que una noche andaba buscando bajo una farola una moneda
que se le había perdido y al que unos vecinos preguntan qué hace allí y a los
que aquél contestara que buscando una moneda que había perdido en su casa; a lo
que estos, extrañados, respondieran que si la había perdido en casa por qué la
buscaba bajo la farola; y a lo que Nasrudín respondió muy convencido que la buscaba allí porque en su casa no había luz y bajo la farola sí. Por cierto, este breve cuento ¿no
recordará a nadie al Tribunal Supremo de nuestro país cuando
en estos días trata de tomarnos el pelo con aquello de la exhumación del
genocida Franco y con el juicio a los violentos “rebeldes” catalanes?).
Me encontré las líneas
anteriores en la pantalla del ordenador nada más regresar de un paseo por
Guadarrama, un asunto que hubiera querido desarrollar, porque una buena
cantidad de cuentos de Nasrudín podría aplicarse a ese llamado Tribunal
Supremo que en estos días anda haciendo el ridículo en el candelero de toda la
prensa nacional, pero sucedió que tenía que hacer el macuto para una salida
familiar que habíamos organizado a los alrededores de la Najarra y al final se
me cortó la leche. Aún así, antes de echar un vistazo a la prensa me resisto a
no dejar constancia de esta gentuza que, asumiendo que en el año 1936 un grupo
de criminales pueden autoproclamarse dirigentes de una nación invalidando todos
los supuestos jurídicos que avalan una república salida de las urnas en el año
1931, otorgan como legal esa jefatura autoproclamada a un genocida, Franco, y
que ahora tratan de juzgar por actos de violencia y rebeldía a un puñado de políticos
catalanes elegidos democráticamente por sus convecinos, por haber
hecho uso de un derecho de expresión universalmente reconocido. A esta gentuza
no es que se le vea el plumero, es que no tienen vergüenza y usan de un descaro
propio de países bananeros donde unos pocos todavía ejercen despóticamente un
poder que en absoluto se sustenta sobre la justicia y sí sobre los intereses
particulares de unas pocas “familias”. Les debería dar vergüenza defender la
legalidad de un asesino que se ha hecho con el poder por medio de la violencia,
que directa e indirectamente es el causante de medio millón de muertos y de
otros cien mil cadáveres que dejaron sobre las cunetas, pero no, cercano ya al siglo
de los hechos todavía quieren defender lo indefendible. ¿Se imagina alguien que
el pueblo alemán quisiera santificar en nuestros días a Hitler, defender la ignominia
de sus actos manteniéndole en un mausoleo elevado a su gloria y recuerdo?: repugnante,
sí. Y lo peor es que todo esto no sucede en un cuento de Narusdín sino que
es la pura realidad en un país que vive en la pomposa y aventajada civilización
de nuestros días, una desgraciada Spanistán donde unos jueces santifican la
ignominia sin cortarse un pelo por ello.
Basándose en los informes que le
habían dado a él, el Califa nombró a Nasrudin Consejero Mayor de la Corte y
puesto que su autoridad no le provenía de su propia competencia sino del patronazgo
del Califa, Nasrudin se convirtió en un peligro para todos cuantos acudían a
consultarle, como se evidenció en le siguiente caso:
En una ocasión el Califa nombró
a Narusdín Consejero Mayor de la Corte. Un día un cortesano le pidió consejo: “Nasrudin
tú que eres un hombre de experiencia”, le dijo éste, “¿conoces algún remedio
para el dolor de ojos? Te lo pregunto porque a mi me duelen tremendamente”. Ésta
fue su respuesta: “Permíteme que comparta contigo mi experiencia”, le dijo
Nasrudin. “En cierta ocasión tuve un dolor de muelas, y no encontré alivio
hasta que me las hice sacar.” Pues eso, que hasta que no nos saquemos a todos
estos esperpentos de encima el dolor de muelas va a continuar por generaciones.
Las secuelas del fascismo, ese concepto que un amigo cariñosamente me echó en
cara que banalizáramos usándolo en demasía, continúan ahí como una sombra que nos
siguiera sin remedio década tras década.
Una pena que después de un par
de días tan agradables de caminar por la sierra con mis hijos y mi nieto
Manuel, lo primero que me encuentre sea esta desagradable historia. Espero que
mis nietos puedan en algún momento ver que se hace justicia en este país y que
los asesinos puedan ser reconocidos como vulgares asesinos y no como meritorios
jefes de estado.
El trabajo de edificar una nueva
afirmación, de intentarlo, como escribe Ortega, para no sucumbir a la impiedad de
la negación sistemática de nuestra realidad de injusticia social y económica, es
una prioridad que deberíamos imponernos como ciudadanos… sí, pese a ese escepticismo
que nos envuelve cuando oímos pronunciarse al alto tribunal de esta nación.





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