El Chorrillo, 7 de junio
de 2019
Sol en el rostro, rumor de arroyo, el canto de algún
pajarillo entre los roquedos; tumbarse temprano sobre las llambrías que pulió
algún lejano glaciar y cerrar los ojos y dejar que el sol deposite un beso de
claridad sobre el envés de tus párpados. Mientras allá, hacia el sur, las moles
que petrificó un antiguo movimiento teutónico y a las que el viento y la lluvia como buenos escultores
dieron formas humanas, los Hermanitos, el Perro que Fuma, o riscos que fueron
nombrados con la enseña de un guerrero, Almanzor; mientras ellos también
caldeados por el sol de la mañana se alzan como viejas guardias que velarán
este enorme castillar de roca donde esta mañana canta su nana el agua; mientras
allá el dentado perfil del galayar, el cielo intensamente azul, el rumor de
unas breves cascadas visten la mañana de recuerdos.
Aquí quedaron mis notas en un momento en que bajando por
la garganta de Gredos me paré a disfrutar de ese temprano sol que acariciaba
las laderas. Hoy, ya lejos de las montañas y de paseo por las salas del Thyssen,
trataba de “sincronizar” la imagen luminosa de las retamas de la Garganta de
Gredos, un espectáculo de notable belleza que vestía la parte media del valle
con un brillante amarillo que acaparaba con su viveza y esplendor nuestra
atención, con algunos lienzos en los que el artista había sido capaz de
traducir un paisaje, un bosque, algún detalle de la naturaleza. Me había
decepcionado tanto el día anterior ver en el ordenador las imágenes que había tomado
en Gredos, que supuse que había algo entre el sujeto que mira una realidad, un
paisaje –el sujeto que mira y el objeto mirado–, que tenía una consistencia
escurridiza y que era la responsable tanto del surgimiento del placer de la
contemplación, como de la indiferencia, como del mayor o menor agrado de atención. La luz
en Gredos ese día era plana y muy poco favorable y, siendo que fotografiar es
algo parecido a pintar con la luz, obviamente el resultado no podía ser bueno. Sin
embargo las retamas sí, las retamas como reinas y señoras del valle, vistiendo un
lujoso amarillo primaveral podrían haber dado un buen resultado fotográfico.
Era allí, en el Thyssen, que frente a un cuadro de Ernst Ludwig
Kirchner, Paisaje con castaño, donde
la contemplación de los amarillos y los verdes eran capaces de provocarme un
hilo de placer, en que me preguntaba qué de especial había hecho el pintor para
producir ese salto cualitativo que, trascendiendo la belleza intrínseca de las
retamas de Gredos, un ejemplo, realzándola o poniéndola en concomitancia en su
cuadro con un cielo apagado o con sus recortes de verde y siena había logrado algo
bello que mi imagen tomada de las retamas dejaba en una pobre muestra de un
arbusto más.
La belleza que encontramos en la naturaleza, belleza que
lleva anexas las circunstancias del que la contempla, la luz, la disposición
emocional, es una belleza que estando ahí para todo el mundo no llega, sin
embargo, con igual intensidad a todo el que la contempla. Algo parecido sucede
en un museo. La sensibilidad, el acercamiento anímico a los temas de atracción,
las circunstancias, tienen mucha parte en ello. Qué sea eso de la esencia, lo
que hace que sintamos por dentro un pequeño estremecimiento de placer, es
difícil no sólo definirlo sino también ser capaces de focalizarlo; sabemos
que algo nos emociona pero es difícil desglosar cuáles son los elementos
precisos que actúan como desencadenantes del placer. Un amarillo espléndido que
desborda nuestra pupila y que nos sorprende junto a su perfume en un recodo del
camino, como fue el caso días atrás, hace que alerte nuestra atención predisponiéndola
a “acontecimientos” que no estaban poco antes en el ámbito de nuestra
percepción. Es como si momentos antes anduviéramos distraídos y de golpe
nuestro olfato y nuestra mirada se pusieran en situación de alerta propiciando nuestra
atención hacia aquello que pueda guardar un punto de belleza. La atención
constante no es siempre un elemento activo en nuestras disposiciones que
tienden más bien, hablo de mí, a la relajación, al ensueño o a irse por los
Cerros de Úbeda mientras se camina, por lo que forzar la atención, sea
voluntariamente, sea propiciada por la aparición de esas luminosas y olorosas
retamas frente a tus ojos, constituya quizás un elemento que ayuda al artista a
sustraer ciertas esencias de lo que ve y que la inspiración y una elaborada técnica
pueden convertir en arte.
Días atrás, en el Thyssen, cuando miraba algunos cuadros, fui
consciente de un hecho adicional en el que acontecimientos y recuerdos personales asumían
una presencia en el hecho de contemplar algunos cuadros que enriquecían, y
mucho, el acto de observar un lienzo. Así, acaso motivado por mi reflexión
relacionada con el descenso por la garganta de Gredos, viendo un cuadro de
Gauguin (Dogs Running Through a Field),
fui transportado mentalmente a un paisaje al norte de Suecia que acaso sólo
guardaba una relación con la tonalidad general del cuadro, sus colores suaves,
unos chopos al fondo, una casa, el cielo cubierto con un delicado matiz
ceniciento; un lienzo de Edward Hopper (El
“Martha Mckeen” de Wellfleet) me hacía revivir una lejana caminata por la
costa sur de Mallorca donde el color turquesa del mar y su cristalina
transparencia inundaban el litoral mallorquín; o Habitación de hotel, de Hopper también, que me situaba en un largo viaje
por Oriente donde la soledad de algunas tardes era agobiante; o un pequeño
estanque en el bosque de Degas me lleva a un rincón de otro bosque situado en
una pequeña isla de Indonesia; o también un cuadro de Anglada Camarasa que me
retrotrae a una lejana estancia en Barcelona, punto de descanso de una larga
travesía por el Pirineo. En estos casos pareciera como si se produjera una síntesis
entre las sensaciones que suscitan el cuadro y aquellas otras que surgían del
recuerdo de un remoto pasado de la que se derivara un interesante estado
emocional.
Y como quien gusta de la fotografía no puede ignorar la
repercusión que toda percepción pictórica tiene sobre el fotógrafo, también la
percepción de un cuadro se muestra en ocasiones no sólo como alusión a unos
recuerdos propios, sino que además se plasma en fotografías concretas que
durante décadas ha ido reteniendo el recuerdo y la retina del fotógrafo y que renacen por
concomitancia temática o de colores como puestas una al lado de la otra, el
cuadro y la fotografía, en una especie de hermandad en la que el visitante del
museo, fotógrafo a su vez, se reconoce cercano en sensibilidad y experiencia al
pintor cuya obra está contemplando, derivando así de ello un placer adicional relacionado
con tal asociación.




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