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| Así está hoy de bonito el campo junto a mi casa. |
El Chorrillo, 4 de mayo de 2019
Nota aclaratoria: En estos días he tenido la oportunidad, y el
placer, de conversar vía FB con David de Esteban Resino a raíz de algunos
asuntos relacionados con los resultados de las últimas elecciones y más
precisamente sobre qué entendemos cada uno que sea eso de ser de izquierdas o de derechas. La oportunidad
de contrastar nuestras diferentes posiciones nos ha brindado a ambos la posibilidad
de hacer una larga reflexión que he creído conveniente compartir en mi blog. Para
el que llegue por primera vez a este cruce de opiniones, indicar que el
comienzo del mismo tuvo lugar en un anterior post mío titulado El día después de las elecciones, que
fue comentado por David (aquí);
la continuación de esta conversación se encuentra en mi post ¿Derecha o izquierda? y en el comentario
subsiguiente de David (aquí).
La entrada de hoy es la conclusión a la reflexión común que hemos tenido estos
días en torno al concepto derecha-izquierda.
Estimado David:
Tu extenso texto me pone ante el dilema de explicarme a mí
mismo algunos axiomas de los que parto sin acaso haber llegado a formularme por
qué los acepto así, muchos de ellos desde que tengo uso de razón, sería en el
pensamiento de Ortega lo que él entiende por creencias, vienen a ti, están en
ti de la misma manera que presupones que sales de tu casa y te vas a encontrar
con la calle, con coches, con un cielo azul surcado de nubes, algo que no te
planteas porque lo sientes como parte de ti, como una evidencia para la que no
existen razones, ni acaso porqués; y es dilema porque debo recurrir a la razón
para apuntalar mis propias creencias, que no ideas, que serían otra cosa, algo
producto del raciocinio, del estudio, de la constatación a que me pueden llevar
determinadas conclusiones que saco sobre la realidad. Cuando leí por última vez
Ideas y creencias, de Ortega, este
invierno mientras caminaba por el Algarve, estuve esperando durante toda la
lectura del libro el momento en que el autor viniera a explicar de dónde, cómo,
según el autor esas creencias se instalaban en nuestro yo. Fue una espera
inútil. En educación tampoco los pedagogos se ponen de acuerdo en cómo llegamos
a conformar, por ejemplo, un concepto moral, como unos desarrollan largamente
un sentido de la solidaridad mientras que otros se ven asaltados durante toda
su vida por una egolatría y un egoísmo exacerbado. Sí, sabemos que el entorno
social, los padres tienen mucha parte en nuestra concepción adulta de la
realidad, pero ello explica sólo una parte de ese mundo que conforma la
personalidad.
Mis creencias y mis ideas entran con frecuencia en litigio.
Tú me podrías convencer con tus argumentos de ciertas ideas, ideas que siempre
pueden ser mudables, incluso podría aceptarlas, pero en el fondo chocarían
contra la barricada de mis creencias, que no son del todo inmutables, pero que
sí ofrecen mucha resistencia al cambio. En ese caso viviría una importante
inestabilidad que tendría su campo de batalla en el ámbito de mi conciencia. En
la conciencia se libraría un litigio desigual en el que una viene cargada con
la fuerza de los razonamientos, mientras que la otra tiene tras de sí todo el
acerbo de la intuición, de las creencias, ese oscuro mundo del ser interior del
que tanto gusta trenzar Joseph Conrad en sus novelas, y que conforman nuestra
intimidad más profunda donde desde la infancia nuestro yo, como el vino envejeciendo
en barricas de robles durante décadas, madura.
Creo que no son vanos estos prolegómenos para llegar a expresar
que, por mucho que queramos recurrir a los razonamientos para explicar nuestras
posiciones sociales o políticas, lo cierto es que estamos muy condicionados por
nuestras creencias, por nuestra historia personal, nuestra experiencia y sobre
todo por los ojos con que nos acercamos al mundo. Deja que te ponga un ejemplo
que probablemente no venga del todo al caso, pero que ilustran esa mirada sobre
el mundo a que me refiero, ilustran no racionalmente sino haciendo un ejercicio
de acercamiento de manos de la intuición. Era mi primer viaje a la India y yo
me encontraba conmocionado en las gradas de Baranasi junto al río Ganges
contemplando de lejos a una viuda que lloraba quedamente frente al cuerpo en
llamas de su marido. Era una escena tierna y conmovedora: el amor, la muerte,
el desamparo, la soledad, todo un mundo de sensaciones dejaban mi alma
palpitando. Mi mirada era todo eso y además otras muchas más cosas que no
sabría explicar. De golpe, en ese mundo íntimo y de elevada espiritualidad,
irrumpió un grupo de norteamericanos en pantalón corto cargados con sus
máquinas fotográficas y que, previamente escondidos tras una esquina, saltaron
a escena con el sólo animo de fotografiar a una mujer que lloraba frente a la
cremación de su marido y llevar así un imagen inédita de regreso a casa que
enseñar a sus amigos.
La manera en que miramos al mundo, unido a nuestras
creencias y a nuestras ideas o ideologías, es determinante para saber cuál será
nuestro comportamiento frente a los problemas sociales y políticos que se nos
pongan delante. Y como con ejemplos se entienden mejor las cosas, deja que eche
mano de otro. Tengo tres hijos. El más pequeño, cuando tenía dieciséis años
viajó solo a India, acaso inducido por mi pasión por aquel país. Le drogaron en
Nueva Delhi con un té para robarle, vivió dos o tres meses allí, se buscó la
vida unas semanas en lo que encontró y, cuando tuvo suficiente dinero viajó a
Calcuta donde trabajó de voluntario durante un tiempo con enfermos terminales en
la institución Madre Teresa de Calcuta. Cuando regresó volvió muy cambiado. Su
mirada sobre la realidad se había visto bastante trastocada. Después de
licenciarse en la universidad se construyó una cabaña con alpacas de paja en
las laderas de Cancho Gordo en La Cabrera y vivió allí bastantes años con unas
pocas cabras que compró y una pequeña huerta en unos terrenos que le prestaron.
Hablaba del comportamiento a que nos puede llevar nuestro
modo de mirar el mundo desde ese complejo conglomerado de creencias,
sentimientos, ideas, experiencias, que cada persona somos. Yo me creo hijo de muchas
de mis experiencias personales, mi trabajo pedagógico de vanguardia durante
treinta y cinco años, mis viajes, y muy especialmente hijo de mi pasión por la
montaña con todo lo que ello puede significar. Y quizás por ello, y por alguna
razón más, soy muy consciente de que lo que yo llamo mi yo es el resultado de
mi actitud ante el mundo, mi actitud ante los problemas políticos y sociales,
mi actitud también beligerante contra una Iglesia Católica, la institución, sus
jerarcas, a la que creo culpable importante de los males de este mundo.
Todo este largo prólogo quizás para decirte que me siento
hijo de una clase de vida, una experiencia, un modo de ver la realidad, que me
hace ser profundamente de izquierdas. No hablo de partidos ni de todas esas
nimiedades con las que se litiga en los medios; nada que ver con IU ni Podemos
ni nada que se le parezca. Hablo de otra cosa. Hablo de justicia social y
económica. Hablo de eso que debería guiar al ser humano a construir una
convivencia justa. Yo cuando te leo decir que todos, ricos y pobres deberían
pagar el mismo porcentaje de impuestos independientemente de la cuantía de sus
ingresos, me siento desazonado. ¿Desde dónde, cómo construimos nuestra conciencia
moral, me pregunto? Y es que un concepto así me suena –estamos conversando
cariñosamente, reflexionando juntos y espero, David, que no me lo tomes a mal–
a algo así como la ley de la selva. Primero, se obvia la premisa de que el que
se enriquece extraordinariamente lo hace recogiendo unos beneficios que son
productos de una fuerza desigual, más desigual cuando el índice paro es mayor,
ello en función de la oferta y la demanda. ¿Quién establece qué parte de los
beneficios ha de ir al capital y qué a los salarios? Amancio Ortega gana
900.000 veces más que el importe del salario mínimo interprofesional. ¿Por qué?
¿Quién dictó en el mundo la norma para ese reparto? ¿Es justo? ¿Es justo que en
Bangla Desh mueran en un incendio un montón de personas que trabajan
prácticamente en condiciones de esclavitud en un edificio sin las mínimas
condiciones de seguridad, todo ello para que el señor Ortega siga manteniendo
sus crecientes beneficios?
De alguna manera, es cierto, tendremos que organizar la
convivencia general, y para ello es necesario tener una idea aproximada de
cuales deben de ser los rasgos esenciales de la moral y de la justicia a la que
habremos de atenernos. Según Michael J. Sandel, hay tres maneras de enfocar la
justicia que acaso podamos reducirlo a tres formas de abordar la distribución
de bienes a fin de hacer más comprensible el asunto: según el bienestar, según
la libertad y según la virtud. Es un tema que no se ventila en un puñado de
folios, pero esbozadamente, el criterio que enfatiza el bienestar lo que
mantiene es que la sociedad debe de buscar por todos los medios la mayor
felicidad para el mayor número posible de personas. Según esto sería obligación
de un Estado y de la entera comunidad trabajar en la línea de conseguir un
bienestar general. Para los partidarios del segundo criterio, el de libertad,
la esencia del comportamiento del Estado debería consistir en preservar los
derechos individuales sin restricciones; la imagen de un lobo en un gallinero
puede servir para ilustrar a donde puede ir a parar ese sentido de la justicia
que se basa en la libertad individual. Este criterio no contempla en absoluto
que haya políticas que remedien las desventajas sociales y económicas y den a
todos equitativamente oportunidades de triunfar. Por último la justicia
asociada a la virtud, que de coincidir todo el mundo en que fuera la virtud,
podría ser aceptable, resulta viciosa desde el momento en que cualquier persona
o grupo puede hacerse con una idea de virtud que puede llevarnos a cualquiera
de los fundamentalismos que vivimos en la actualidad. Las virtudes de Vox
pueden ser puro satanismo para otros grupos del espectro político, pongamos por
ejemplo.
Esta forma de enfocar la justicia parece lo suficientemente
coherente como para aproximarnos un poco a las ideas que esbozabas en tu
escrito. Ninguna de las tres posturas parecen idóneas por sí mismas. En la
primera, el afán por conseguir un bienestar general podría llamar en un extremo
a la indolencia de una parte de la población que viviría bajo un Estado que
haría de papá. En la segunda tendríamos lo que tenemos hoy en día, el lobo, el
uno por ciento de la población del mundo con el noventa y tantos por ciento de
la riqueza en su poder, y las gallinas, el noventa y nueve por ciento de la
población etc., etc.. Un liberalismo sin freno que acapara la riqueza del mundo
que se perpetúa gracias a utilización de la mayoría mayoritaria de los medios
de comunicación que obviamente les pertenecen y les sirven de plataforma para
dirigir el mundo, las elecciones y a todos los tontos de turno que votan en
contra de sus propios intereses.
Si encuentras que mi tono puede dispararse algo, excúsame,
piensa que los primeros párrafos pueden servirme de disculpa. He viajado mucho
por el mundo, he trabajado con gitanos en un barrio de miseria, he leído
bastante y sintiéndome, no obstante, un pobre diablo, se me revuelven las
tripas cada vez que oigo las memeces que lanza Ciudadanos o el PP para
justificar lo injustificable, para justificar la injusticia que, creo, lo
siento, David, ellos alimentan, tampoco el PSOE se libraría, de facto
confundiendo al electorado con un discurso propio de débiles mentales. Y aunque
siendo de izquierdas no me alinee hoy ni con políticos ni con partido alguno
tengo que reconocer que mis aspiraciones todas están a la izquierda de un PSOE que
no ha tenido la voluntad de derogar la ley Mordaza, que es un atentado contra
la libertad de los ciudadanos, ni la ley laboral previa, ni un puñado de leyes
más impropias de un país que desea vivir en justicia y armonía.
No me paro en las cifras del paro que das porque, primero,
todas son mentirosas, es imposible sacar conclusiones con ese baile de números
que unos y otros se arrogan o se tiran a la cabeza; y segundo, y
principalmente, porque con la precariedad laboral que nos toca vivir con
sueldos que llegan hasta los 3 euros la hora ya me dirás cómo se hacen las
cuentas del paro.
De todos modos no deberíamos ser excesivamente críticos con
nuestros políticos, aunque no nos merezcamos semejante morralla, un gran número
de ellos, quiero decir; vivimos en un país donde los preocupados por los
intereses de la comunidad no son excesivos. Para empezar a cambiar el mundo
bastaría con que llenáramos unas cuantas calles de nuestras ciudades con
nuestras reivindicaciones, pero aquí no mueven el culo más que cuatro gatos; el
esfuerzo más notable que hacemos es depositar una papeleta cada cuatro años en
una caja de plástico. En todas las manifestaciones últimas que he ido podías
contar a los concurrentes mientras te fumabas un cigarro. Esa es otra de las
grandes realidades de nuestro país. A veces despertamos, como decíamos en el
15M, pero a la vuelta de la esquina nos echamos a dormir.
Me caigo de sueño. Ha sido un gusto conversar contigo. Un
abrazo.
Buenas noches.

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