Escritos sobre cine y música
El Chorrillo, 10 de mayo de 2019
Habíamos pasado toda
la tarde trabajando en un manuscrito conjunto sobre cine y música que estábamos
preparando y, cuando dejamos el trabajo, solo ya en la cabaña, miré largamente
al exterior. Un fuerte viento azuzaba las ramas de los árboles. Últimamente el
aprecio que tengo por este lugar donde vivimos ha derivado tanto hacia el futuro,
un cierta preocupación por lo que sucederá con este espacio cuando yo ya no
esté, que empiezo a pensar que no es un pensamiento saludable vivir con ese
tipo de preocupaciones encima. De continuo tiene uno que estar vigilante para que lo poco que va aprendiendo en la vida se
vaya consolidando y así, ganada cada vez más la baza de que la vida es ahora,
todavía me resultaba curioso, viendo el bamboleo de las ramas de los olmos, esa
afición que observo en mi ánimo de querer perpetuar como entorno familiar este
espacio en donde ya llevamos viviendo un tercio de siglo.
¿Qué importancia puede tener lo que suceda después de la muerte, siendo que la realidad, la mía, que es en definitiva la única que existe :-) , se habrá quebrado, desaparecerá con ella? Tan atado estoy a la existencia que parece que soy incapaz de imaginar su conclusión total y definitiva, porque de algún modo es querer prolongarme a mí mismo aspirar a que los rosales que he plantado, los árboles que crecieron mientras yo iba cumpliendo años, sigan ahí frente a mi cabaña, que será de mis hijos pero que bien podría ser de algún anónimo comprador. Soy un ser mortal no preparado aún para aceptar la realidad de mi desaparición, de mi conciencia, del recuerdo, de todo. No apesadumbrado, por cierto, simplemente incrédulo. Quizás tenga esto que ver con aquello del Tao que nos invita a la acción pero sin aspirar a los resultados de la acción y, así, deseando que los resultados de nuestros actos, en este caso el entorno de un hogar, pájaros, arbustos, la gracia de un bosque o las hiedras trepando asalvajadas hasta las ramas altas de los sauces, que incluye los largos y bellos atardeceres que son propios también de eso que es mi vida cotidiana; deseando que sigan ahí tras la muerte, porque son yo en el sentido amplio en que mi vida, como una planta no es nada sin la tierra donde crece, no hago más que especular sobre una realidad totalmente ficticia. ¿Cómo la planta podría desear tras su ciclo vegetativo nada de todo aquello que la ha acompañado en vida, los insectos, la hierba de los alrededores, la caricia del viento, la lluvia reparadora? Ya, pero yo no soy una planta, diría alguien. No, pero soy una existencia en extinción, como ella. Al final la culpa de toda esta proyección sobre el futuro la tiene la capacidad de pensar, una capacidad que no añade nada a la realidad de la muerte, en la que somos igual que la planta. Así que la única explicación posible a ese desvarío de querer proyectarse de algún modo en el futuro la tiene mi capacidad de pensar, es decir la posibilidad de tener conciencia de sí. Una conciencia un poco loca que, envalentonada como un dios de su propia valía, no es capaz de asumir el sin sentido que conlleva toda existencia y que por tanto tiene que apuntar en el cuadernillo de los propósitos venideros el de seguir persistiendo en esa idea incuestionable de que la vida es ahora.
Yo lo
que quería cuando eché la mano al teléfono era hacer una especie de introducción
a un libro que habla de cine y música, pero por este camino se ve que es
imposible. Hoy, ya otro día, también hace viento y la pregunta que me surge
mirando al campo es correlativa a la que me planteaba
ayer frente a la ventana. Si mi primera intención era deshacerme de la idea de
futuro como relicario en donde depositar unas esperanzas infundadas, ahora se
trataba de averiguar la razón que me inducía en este caso a desenterrar un puñado
de escritos que llevaban durmiendo una inacabable siesta en alguno de los blogs
con los que voy sembrando como Garbancito el tiempo de la última década y
media. Me parecía una incoherencia que, deseando hacer desaparecer de mi
conciencia la expectativa de algo para cuando ya no esté aquí, ahora me pusiera
a desenterrar viejos escritos que ya habían cumplido en su momento la función
de dar salida a un pequeño impulso creativo. Voy a ver qué hay tras esta incoherencia.
Un día,
mirando por aquí y por allá descubrí que había un buen montón de escritura en
mis blogs que hablaban de cine. Más tarde comprobé que con aquello se podía
llenar un libro y enseguida me dije, date, pues hagamos un libro. Y como un
servidor comparte la vida con la hortelana que no sólo es madre de mis hijos
sino también una cinéfila que además gusta de la música y escribe sobre ello,
enseguida pensé que de hacer un libro bien podíamos confeccionarlo juntos. Es
lo único que nos quedaba hacer en la vida: tuvimos hijos, plantamos muchos
árboles también juntos, así que podíamos bordar la cosa editando el libro de
rigor que establece el dicho popular con que Mujámmas, el mensajero del Islam,
nos iluminó a fin de poder hacer así de la vida un camino hacia la perfección
;-).
No es
que haciendo un libro queramos pasar el umbral ese en que Mujámmas situó un
cierto grado de realización, que ya con sólo tener hijos y criarlos
medianamente bien en este mundo en que vivimos uno debería de tener el cielo
asegurado, sino más bien, que pensando en lo que decía más arriba de que la
vida es ahora, se nos ocurrió que el asunto nos podía proporcionar unos días de
diversión amén de la posibilidad de volver a divertirnos con el fruto de la
acción, esos escritos que uno va dejando por el camino y que no vuelves a leer
si no hay una razón a mano para hacerlo. A mí me hacía sospechar muy mucho
García Márquez cuando aseguraba que él no releía nunca ninguno de sus libros.
Me es muy difícil comprender que alguien escriba exclusivamente para los demás
cuando lo que yo entiendo es que uno, a no ser que tengas que ganarte la vida
con ello, cuando escribe lo que hace esencialmente es escribir para uno mismo.
Fotografías porque te gusta, pintas para ti porque te place, escribes porque te
proporciona cierto placer o porque la escritura te ayuda a reflexionar y a
sacarle partido a esa parte de la realidad que es el cine, la literatura o el
arte en general. Vamos, escribes para divertirte, y si la diversión, además la
puedes celebrar alguna vez más releyéndote, que es leer pero que también es
como mirarte por dentro en el tiempo, pues acaso hacer un nuevo libro tenga ya
por eso su merecido porqué.
Hasta
aquí las premisas de la presentación de estas casi cuatrocientas páginas que
vienen a continuación. En principio pensamos en un copia y pega de los blogs en
donde habían aparecido las entradas relacionadas con el cine o la música y
sanseacabó, pero según fuimos avanzando en el trabajo enseguida encontramos que
nos estábamos redescubriendo a nosotros mismos, que de olvidadas películas de
las que la memoria no guardaba apenas nada surgían pensamientos y reflexiones
interesantes que reconsiderar, que historias lejanas regresaban a nuestra
memoria en secuencias llenas de vida, que entre la bruma del recuerdo un gran
barco era izado de nuevo sobre una montaña del Amazonas mientras Klaus Kinski,
impolutamente vestido con un traje blanco, dirigía las maniobras, que en
algunas páginas en verso los escorpiones de una película de Peckinpah volvían a
revolverse amontonados en el extremo de un palo que unos niños empujaban hacia
una hoguera, y así tantas y tantas secuencias que duermen en la memoria
esperando la mano de nieve que sepa arrancarlas.
Bastaba
echar una ojeada por aquí y por allí para sentir que algo pasional y hermoso
–cine, cine, más cine, por favor…– estaba resurgiendo de entre los adormecidos
párrafos que poco a poco íbamos recuperando de los blogs y añadiendo al nuevo
libro. Años de ver cine de donde surgía algún que otro ramillete de emociones
que despertaban aquí y allá despabiladas por nuestro afán recolector y
selectivo.
De entre
los miles y miles de palabras escritas desde los tiempos en que ya no fue
necesario levantarse cada mañana para ir al trabajo, ese maravilloso tiempo que
es la jubilación, hemos seleccionado todo lo que hablara directa o
indirectamente de cine o música. En general los escritos de Victoria se
encuentran más cercanos al hecho cinematográfico, mientras que los míos se
desarrollan más tomando el cine como disculpa para hablar de la realidad que
las películas me sugirieron en cada momento. De la sección de música, Victoria
es la única responsable, una amante de la música que durante una larga
temporada se dedicó a la presencia de las mujeres en las óperas de Wagner y al
estudio de la música en el cine de la mano, en esta ocasión, de Bernard
Hermann.

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