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El Chorrillo, 12 de mayo de 2019.
Siempre me pareció que tenían
mucho de humano estos quejidos que emiten los troncos de un bosque azotado por
el viento. De hecho conservo de alguno de esos vivacs el recuerdo de una leve
inquietud, como si tras esos gemidos de los árboles se escondiera algún
espíritu que quisiera ponerse en comunicación conmigo. Recuerdo haberme
despertado muchas noches con este lento crujir que balancea los árboles y haber
tenido una impresión comparable a cuando un gato maúlla a nuestro lado
requiriendo nuestra atención. Dormir en los bosques proporciona en ocasiones
experiencias intensas llenas de ambigüedad y sugerencias.
“Hermosa es la canción gris
escribió Verlaine en verso. La
nana de la música de un arroyo cercano, como quien acaricia tu cansancio de un
día de caminata, te ayuda a dormir igual que si alguien te estuviera meciendo en una
cuna mientras te canta una nana, pero la otra música, la de los árboles y su
crujido intermitente, tan lastimera y como de alguien que reprime a duras penas
el dolor de su soledad, de alguna pena profunda, imprime en el durmiente una
sensación de ambigüedad que, abriéndote a inconcretas realidades, te pueden
sugerir, según el ánimo en el que te encuentres, y a diferencia del preciso
rumor de los arroyos, dispares sensaciones en las que tanto los vagidos de
amor, semejante al que emiten mis acacias junto a mi cabaña, como los roncos
lamentos pueden darse la mano.
No creo que sea fácil para quien
no ha dormido nunca solo a la intemperie, y más precisamente en un bosque en
una noche de viento, comprender las sensaciones que esta peculiar afición a
pernoctar bajo los árboles puede proporcionar. Dormir en la soledad en la
montaña, en un bosque o en cualquier lugar aislado de la naturaleza, trae de la
mano, como si de un particular maná se tratara, un despertar de los sentidos
que, no teniendo otra distracción que la oscuridad y la música de los árboles, los
arroyos o el viento o la lluvia tocan para ellos en exclusividad, te hacen
vivir inmerso en el entorno tal como si el bosque y tú fuerais una misma cosa.
Has caminado durante todo un día,
tienes un agradable cansancio en el cuerpo, cenas, colocas la tienda y, cuando
una vez metido en el saco te dispones a dormir, de repente notas que la música,
esa peli en la que estás inmerso, los ruidos del bosque, forman una coral tan
encantadora que empiezas a pensar que es una lástima tener que cerrar los ojos y
dormirte. Pero después de tanto caminar terminas cayendo en lo brazos del
sueño. Mas ah, despiertas en algún momento y, adormilado, vuelves a sentir que
la orquesta del viento y las ramas de los árboles están todavía ahí. Y si haces
un esfuerzo y abres los ojos verás cómo las estrellas aparecen y desaparecen en
la oscuridad mate del cielo entre el movimiento y la parsimonia de las altas copas
de los árboles. Sólo un poco, porque de lo contrario ahuyentaríamos al sueño.
Así que una ojeada al cielo y a la oscuridad del bosque, un trago de agua y,
una vez más, encogido en el saco de dormir como un bebé en el útero materno,
volver a dormirte mientras la tela de la tienda de campaña se agita débilmente
sobre tu cabeza.
Hablo de un viento corrientito que
puede sugerir pequeñas y poéticas sensaciones, pero también existen los vientos
huracanados que acompañan a las tormentas y que te hacen pensar que en algún
momento tu frágil tienda volará. Ese pensamiento me perseguía días atrás
cuando, preparando algún material para mi estadía en los Alpes para el próximo
verano, pensaba en esas largas noches en que la tormenta como un monstruo
terrible y hermoso cae sobre mi tienda dispuesta a inundarla y a llevársela por
los aires. Siempre he elogiado estas tormentas que sitúan al caminante
solitario en la primera fila de butacas ante el espectáculo más hermoso y
tremendo de la naturaleza, pero como no es cosa de que el espectáculo se convierta
en un naufragio, pensando en ello ayer trabajé toda la mañana en mi tienda de
campaña cosiendo enganches suplementarios para al menos seis tiros más e
impermeabilizando de nuevo todas las costuras. Un curro que amén de prevenir
pequeñas catástrofes climatológicas pretende ponerme en la privilegiada
situación de quien asiste a un gran concierto, algo más que un gran concierto,
sin la preocupación de que se te vaya a caer el techo del auditorio encima.
Vivir en lo bosques, dormir en los
bosques es un lujo del que me siento agradecido beneficiario. Tan en ello estoy
que ganas me dan esta noche de sacar el saco y salir a dormir a la parcela, una
noche que promete la música del viento hasta el amanecer y que adorna su cielo
con una media luna lunera asomando sus cuernos entre las ramas de los árboles.
Dentro de un par de días me voy
con Victoria a caminar la Costa Vasca. Allí a la noche habrá otros instrumentos
musicales esperándome. El mar, las olas y la rompiente de los acantilados serán
por unos días una buena alternativa musical para algunas de mis noches mientras
los bosques de los Alpes esperan la llegada del verano.













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