El Chorrillo, 1 de mayo
de 2019
Me despierto ausente de mí mismo, tardo unos segundos en
adquirir conciencia, en situarme en el tiempo, en el lugar y la cama en la que
yazgo. Sí, ahora sí, ahora he recuperado mi nombre, el espacio habitual en
donde transcurre la mayoría de los días de mi vida desde hace una treintena de
años. Extraña sensación de no encontrarse a sí mismo, aunque sea en el breve
lapso de tiempo que sigue al despertar. Vienes de otro mundo que no sabes si
existe o no, o si sólo es el ocioso juego del cerebro que, aburrido de tantas
horas de inactividad durante nuestro sueño, se dedica a escribir novelas de
ficción en 3D en el ámbito de mis circuitos neurales con la única finalidad de
matar el tiempo mientras espera a que yo me despierte y le dé materia en qué
entretenerse, abrir los ojos, suministrarme los primeros pensamientos, apremiarme
para que vaya al baño, algo que le distraiga. Vienes de otro mundo y de repente
te encuentras con una mañana de sol, la brisa moviendo las ramas de los
árboles, el zureo de unas palomas, y te sorprendes a ti mismo de estar
experimentando la cosa esa rara que es vivir, que saques las manos sobre el
embozo de la sábana y puedas decir: ésta es mi mano, o éste mi pecho y aquello
adormilado más abajo es mi verga. Y mover los dedos de los pies al otro extremo
de tu cuerpo y confirmar la realidad de que aquellos también son parte de ti,
la parte que te permite caminar y desplazarte de un lugar a otro de eso que es
el mundo.
Y de pronto caes en la cuenta de que hoy es el día de
después, el después de unas elecciones que la noche anterior te tuvieron tan
nervioso durante el recuento de los votos. La cosa rara que es vivir se había
hecho más manifiesta esta mañana. Sí, raro tocarse y sentir el palpitar de las
venas bajo la piel, el abrir los ojos y ver la estantería de libros de enfrente,
los cuadros, las ramas de las acacias cimbreándose más allá de la cabaña. Era
una gran cosa ese vivir, a diferencia de una piedra o un palo tirado sobre un
sendero, poder moverse, y pensar, y desear, y sentir la tibieza de tu cuerpo
bajo las sábanas. La verdad es que sintiendo estas cosas hubo un momento en que
tuve un estremecimiento de placer. El sencillo placer de estar vivo ocupó
durante un tiempo mis pensamientos.
Fue más tarde que empecé a pensar en los días anteriores. Qué
extraño era todo aquello de que de las profundidades de las entrañas de un país
como el nuestro, tal como sucede con esos gusanos que a las pocas horas de
morir alguien salen de no se sabe donde para zamparse lo que antes era vida, la
podredumbre de esa infame basura que es el fascismo pueda siquiera asomar,
asomar con todas sus vergüenzas incluidas, en el paisaje de nuestro país.
¿Ignorancia, desconocimiento de la historia y de todos sus horrores, acaso algo
de eso que comentaba yo ayer en FB a raíz de unas palabras de uno de los
protagonistas de La estrategia de la
araña, que aseguraba que el fascismo volverá siempre porque el fascismo
está dentro de la gente? Uno pude llegar a entender, aunque malamente, el
funcionamiento de la gente de derechas, insolidaridad, egoísmo, deseo de
acumular poder o dinero, pero entrar en la cabeza de estos otros que pretende
echar por tierra siglos de civilización y de una convivencia con tanto esfuerzo
conquistada, es imposible. Apestan, y sin embargo ahí están ellos y sus miles de
seguidores atados como borregos a la yunta de unos símbolos, a la llamada de la
barbarie como quienes adoleciendo de la capacidad de pensar necesitaran de los
gritos del cabrero para saber para dónde debe de ir el rebaño. ¿Sentido tribal
de aquellos que añoran la barbarie, la sumisión de la mujer, lo más rancio del
franquismo?
Reconozco que cuando me desperté en la mañana del día de
después todo lo ocurrido en las semanas anteriores me pareció un mal sueño, una
preocupación que quedaba aplazada; ¿cuánto?, ¿cuatro, ocho años? Si el fascismo
está dentro de nosotros, como afirmaba aquel personaje de La estrategia de la araña, ¿tendremos tiempo de desarraigarlo, de
domarlo con esa otra parte de nuestro yo que se opone al instinto de muerte y a
toda la bellaquería del fascismo?
Esta mañana era todo tan simple, tan sencillo: nacer, vivir,
hacer esto o lo otro, morir, que me parecía imposible que hubiera gente que no
entendiera lo magnífica que puede ser la existencia cuando uno se acerca a la
realidad con la humildad de quien está de paso, y que por consiguiente, lo que
toca no es ponerse de hinojos ante esta o aquella ideología, esta o aquella presunción
de que unos son más o mejores que otros, sino intentar vivir en paz con uno
mismo y con los demás. Me temo que hay gente enfurruñada con la vida y que, no
sabiendo que hacer con ella, la llena usando cohetes y petardos, algo que haga
mucho ruido y que no les deje oír el sonido de su propia conciencia, esa cosa
que hay dentro de cada uno y a la que muchos apenas pueden aproximarse porque
el ruido de fuera o las consignas lo hace imposible.
Ya ha pasado el día de después, mi ánimo está más tranquilo
y tengo frente a mi ventana una hermosa y bella nube con un sol que va dejando
sus brasas sobre el perfil del pico Zapatero en las cercanías de San Martín de
Valdeiglesias. Si fuera creyente sería el momento idóneo para elevar una oración
al cielo implorando para que la cordura nos visite en los tiempos por venir.

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