Un desnudo sobre la pantalla de mi ordenador, El gatopardo, de Visconti y la novela Lexico familiar, de Natalia Ginzburg son
el objeto de este post.
Cada vez que enciendo el ordenador, una antigua novia aparece
sobre la pantalla con la popa al aire y la proa mirándome connivente mientras
sus bonitos pechos me recuerdan las tiernas caricias que en otro tiempo les
prodigaron mis manos. La tenue semioscuridad ribereña que envuelve su cuerpo
desnudo sobre la penumbra de los telajes en que en su tiempo ella y yo montamos
la escenografía, más el plus que el editor de imagen introdujo para resaltar la
belleza de su cuerpo, dan a la imagen una calidad de ensueño que, un servidor,
amante de los cuerpos femeninos y de la fotografía, olvidado del pudor que
puedan tener los visitantes de mi cabaña, tuvo no hace mucho tiempo la
necesidad de tener permanentemente la imagen a la vista junto a su cama a modo
de inspiración; de modo que ahora no sólo su cuerpo se me aparece luminoso y
sugerente sobre la pantalla del ordenador cada vez que enciendo éste, sino que cuando
enciendo la luz de la mesilla todas las noches para irme a la cama, o cada vez
que me despierto a la mañana, ahí la tengo frente a mis ojos, de parecida
manera a cómo Teresa de Jesús tendría en la celda de su convento alguna
estampita de su Señor Jesucristo en quien depositar sus plegarias.
Que a mí me vengan estos deseos de tener frecuentemente ante
mis ojos un bonito cuerpo femenil, mejor en este caso un cuerpo querido y deseado
durante algunos años en que viví aquejado por la locura de estar enamorado, se
me parece en mucho a esa devoción teresiana que leía días atrás cuando la santa
“de pensar la gloria que esperaba, y el amor que el Señor le tenía, ya todo su
cuerpo y su alma le movía a gozo”.
No iban estas líneas con el propósito que se apunta en los
dos párrafos anteriores, pero es que encendí el ordenador y, mientras se estaba
cargando Windows, ya tenía ante mí el objeto de mi devoción y me fue imposible
no dar cuenta de esa súbita emoción que a veces me viene cuando contemplo mi
devota estampita sobre la pantalla. En realidad yo quería hablar de un libro
que acabo de terminar y cuya lectura la debo a la gentileza de mi amiga Nuria que
tiempo ha me la sugiriera; se trata de Lexico
familiar, de Natalia Ginzburg, un libro que nada tiene que ver con
devociones teresianas y mi gusto por las estampitas de estas especiales
vírgenes que pueblan el planeta Tierra. O quizás de lo que quería hablar era de
El gatopardo, de Visconti, que
volviera a ver ayer noche. La verdad es que no tenía ni idea de lo que quería escribir
y la única manera de saberlo era ponerme a ello y comprobar así qué es lo que
se cocía en mi cabeza exactamente; que tampoco ello será posible, porque de lo
que escribiré nada de ello estaba en mi intención, sino que esto es como tirar
de un hilo o del sedal a ver qué se han enganchado o se enganchará en el
transcurso de la escritura, esperando que ello no sea aquello que le sucedía a
un personaje de un relato de Luis Goytisolo que, estando desatascando un
desagüe y encontrando que no había modo de sacar algo que obstruía la cañería,
metió el brazo hasta el fondo y lo que sacó fue una enorme rata que había
hincado sus dientes hasta el hueso de su muñeca. También eso puede suceder, que
uno trate de escribir un cuento de hadas y le salga al final un monstruo
dispuesto a comerse hasta los huesos a un bondadoso ancianito.
Cuando el capellán de El
gatopardo, le pide al príncipe que se confiese después de que ha pasado un
par de horas en los brazos de una amante, éste intenta hacerle comprender al
primero que si a su esposa no le ha podido ver en treinta años más arriba del
tobillo, cómo quiere que pueda prescindir etc. Y añade: “Sí, fuego y llama
durante un año y cenizas durante los treinta siguientes”. Y enfurruñado da la
espalda al capellán, que no sabe qué decir. Veo la película con sumo gusto y a
veces siento que el film no sea un libro frente al que pararme para dar suficiente
tiempo a las ideas que van surgiendo en el parlamento del príncipe don Fabrizio
y que son argumentos universales valederos para todos los tiempos. Sus palabras
pertenecen a los tiempos de Garibaldi, cuando el pueblo siciliano, adormilado
bajo la tiranía de sus señores feudales, se resistía a salir de la tutela de
éstos para enfrentarse a su propia libertad. “Un sueño el que viven los sicilianos,
dice para sí el príncipe, que siempre odiarán a los que quieran despertarle”.
Una reflexión que recordaba enseguida aquella otra del 15M de “Dormíamos y
despertamos” y que se repite constantemente en la historia; ahora mismo sin
más, y que da lugar a que peleles como los que se disputan el padrinazgo de la
nación en las cercanías de las próximas elecciones, se dirijan a los ciudadanos
como si estos estuvieran profundamente dormidos, cuando no idiotizados. Yo, que
anduve últimamente recorriendo la España vacía o vaciada, como dicen los
periódicos ahora, de parte a parte, cuántas veces no habré oído en los bares de
nuestros pueblos manchegos, valencianos, abulenses o vallisoletanos, ante la
aparición en la televisión de políticos de izquierda, comentarios
despreciativos e hirientes… España odiará siempre a los que quieran despertarla
de ese profundo sueño en que les sume la ignorancia, la abulia, el persistente
bombardeo de la propaganda de los que siempre ostentaron el poder. Un deseo de
inmovilidad y de muerte que desmoralizando a los honestos se retiran dejando
libres a los ambiciosos.
Y la estampa de un cisne en un estanque de patos, que
sugiere el príncipe, es también la de la belleza frente a la general fealdad. Y
es que al príncipe también las concomitancias de lo que ve se funden en un solo
enunciado. La belleza de una mujer, la del amanecer que se entreabre en el
cielo por encima del humo de los cañones, la valentía y la cordura de los que
quieren despertar al pueblo dormido, se funden con la fealdad más burda, la de
un general que ha cambiado de bando y se mofa de cientos de fusilamientos, la
de la gente de bien que baila, juega a las cartas y se burla de aquellos que en
su día convertirán a Italia en una nación con Garibaldi. Mientras amanece y
burgueses, aristócratas y militares salen del palacio algo borrachos camino de
sus casas y los campesinos se entregan a sus tareas de labranza, en la lejanía
se oyen los disparos de los fusilamientos. La efímera esperanza de la
avanzadilla de Garibaldi ha sido pospuesta.
De Léxico familiar
confieso que hacía la mitad estuve en un tris tras de dejarlo, pero aguanté, me
adapté a la vida cotidiana de la familia Levi, sus decires y manías, su vida diaria
y al final terminé comprendiendo que habiendo sido inducido a saber de una
familia a través del ojo de una cerradura por donde sólo se me mostraba aquello
que podía oír o ver, la autora había conseguido de mí una actitud de empatía
que me invitaba a interesarme por todo un puñado de personajes alrededor de los
cuales bullía el fascismo de Mussolini, la guerra, la persecución de los
judíos, los males que, como la peste negra, era necesario atravesar, no sin
pagar el precio de algunas muertes cercanas, desde la conciencia de esos
vínculos esenciales que unen a las personas por encima de los graves
acontecimientos, es decir la familia, a amistad, los vecinos, los colegas. La
guerra y los horrores del fascismo sólo son enunciados; afectan de una manera
esencial a la vida de todos, está ahí como un mal inevitable en donde la
resistencia va ocupar un lugar importante, pero será algo sobre lo que el
relato flotará consciente de que la esencia de la vida está, estará siempre en
esa cotidianidad que es la familia, los amigos, el entorno de los hechos
diarios. En la familia nacen los hijos, después vienen los nietos, mueren los
abuelos, pero mientras tanto las vidas de todos van dejando un viviente rastro
de humanidad, pesares, ilusiones, amores. La urdimbre de las relaciones de unos
con otros, las distintas maneras de pensar, las diferentes inquietudes forman
un formidable fresco humano que se cierra hacia el final de la novela, y
faltando a la norma con que el relato nos va informando de sucesos, bodas,
muerte, con un pequeño retrato de Cesare Pavese que, reconocido por mí entre la
multitud de personajes anónimos, como uno de los autores más estimados de la
literatura italiana, hace sentirme al fin con un grado de realidad similar al
que descubriera en un viejo álbum de fotografías familiar individuos que
pertenecen al ámbito de nuestro propio entorno y que por tanto acercan el
relato general de la novela al mundo propio del lector.
Escribir ayuda a ver con mayor claridad, y a sentir con
mayor intensidad, aquello que de un modo u otro van rozando nuestra propia
historia. Nuestras emociones, el gozo estético, el descubrimiento de otras
vidas que, siendo distintas a las nuestras, complementan con su conocimiento en
esa hora de la tarde, mientras el sol lánguidamente se va acercando a la línea
del horizonte, nuestra propia percepción de la realidad, son un buen bagaje
para llegar al final del día con la tranquila paz de quien observa la vida. Una
paz que no siempre es posible, como es el caso del príncipe Fabrizio, en las
últimas secuencias de El gatopardo,
en que la reposada experiencia de la existencia se hace resignación, consciencia de ese mundo en el que todo quiere
cambiar para no cambiar absolutamente nada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario