viernes, 19 de abril de 2019

Recuerdo de una peregrinación a Notre Dame




  
El Chorrillo, 18 de abril de 2019

Por toda montura, sólo las piernas,
Por toda riqueza, sólo los ensueños,
Seres hoscos y harapientos que así van
Por el camino de la aventura.
(Verlaine)

Así me recordaba yo cierta mañana de otoño a la orilla del Sena mientras pasaba de madrugada junto a la sombra espectral de Notre Dame, bien que ni hosco ni harapiento fuera ni mi ánimo ni mi porte. Había dormido junto a los clochards bajo los arcos de uno de los puentes del río y al amanecer, temiendo ser molestado por la policía, había recogido mi saco de dormir y había enfilado mis pasos hacia el norte buscando las afueras de la ciudad donde hacer auto-stop. Me dirigía a Italia pasando por Alemania; no tenía prisa y, de parecida manera a como un año después haría auto stop en Navidad con la idea de ver algunos cuadros de Mantegna y de Andrea de Sarto en Milán y Bérgamo, mi paso por París tenía en aquella ocasión, entre otros motivos, su razón en la novela de Víctor Hugo donde los capítulos de La corte de los Milagros y las aventuras de Quasimodo trepando por las torres de Notre Dame, en Nuestra Señora de París, ambos de reciente lectura entonces, habían dejado en mí ese rastro romántico que te impele a recorrer el lugar de los hechos con parecida devoción a quien se dispone a visitar los lugares Santos de Jerusalén tras una repentina conversión al cristianismo. Así, convertido previamente no sólo a la pasión catedralicia de Notre Dame, sino también a otras de parecido estilo, nacidas acaso de la película de Tarkovsky Andrei Rubliov y con ello del climax de la construcción de antiguos edificios góticos y del recogimiento y esplendor de estos templos, mi viaje, siempre subiendo y bajando de coches que me ofrecían su hospitalidad, primero peregriné a la catedral de Anguleme donde una mañana entré, como quien entra en la casa del Señor, mientras las notas de un órgano ensayaban hasta poner los pelos de punta una desconocida música religiosa sobrecogido por un ataque de misticismo que un rayo de luz proveniente de los vitrales laterales del crucero depositaba sobre el suelo de piedra de un altar lateral insinuando el rastro ese luminoso que cae sobre el ángel de la Anunciación de Fray Angélico; y más tarde, continuando la peregrinación, esta vez en el asiento delantero de un dos caballos en donde en la parte trasera viajaba un enorme perro peludo como un oso blanco que se pasó quinientos kilómetros lamiéndome el cogote, hasta París y su catedral, que tras aquella visión de madrugada en la que las torres oscilaban graciosas y tranquilas en reflejos espectrales sobre las aguas del Sena, dejé atrás camino de otra catedral, la catedral de Ulm donde sus vidrieras eran entonces el motivo siguiente de mi peregrinación, esta vez acompañando a un joven alemán que acaso viéndome con cara de hambre, lo cual era verdad porque con el trajín del auto stop no había probado bocado en muchas horas, me invitó a desayunar en una cafetería de la carretera.

La catedral de Ulm, espigada como una nave espacial de la Nasa dispuesta para salir disparada hacia Saturno, sólo me quedó el recuerdo de la cruda luz del mediodía que dejaba en el interior el juego de los colores de sus altos vitrales. La continuación de aquella peregrinación, que concluiría en Múnich a altas horas de la noche, fue un viaje relámpago a través de las autopistas alemanes en un Mercedes cuya aguja del cuentakilómetros yo miré durante varias horas con el alma en vilo. Aquella noche el peregrino durmió bajo un toldo a la puerta de una frutería. Llovía, no llevaba comida y tenía una sed de mil demonios. Terminé sacando mi pañuelo y usándolo a modo de filtro para beber el agua de un charco que se había formado entre la calzada y la acera.

A la mañana siguiente, caminando como un zombi, me alejé del centro de la ciudad hasta ser recogido en las afueras por Osvaldo, un simpático alemán con el que pude hablar en italiano y al que debí de caer tan bien con las historias de mi peregrinaje Madrid – Anguleme – París – Múnich, como para que antes de despedirse de mi en el paso del Brenero se empeñara en llevarse una foto de ese loco veinteañero que estrenaba oficio de peregrino. Nos despedimos como dos amigos entrañables que saben que no volverán a verse. Meses después recibiría en casa una copia de la fotografía de nuestra despedida.

Italia me esperaba. Tarde día y medio en atravesar las Dolomitas de Brenta y el macizo de la Presanella y Adamello. El último coche me dejó en la bifurcación de la Val Camonica con la carretera de Cevo, el pueblo donde viviría hasta la primavera siguiente, con un intermedio en Suiza a donde me desplace para trabajar la temporada de esquí en Saint Moritz. Aquello también fue una peregrinación, en este caso al inframundo que habita los sótanos de los grandes hoteles donde españoles e italianos dormían apiñados como en una galera de remeros, donde una madrugada apareció un feto en un contenedor de basura, donde un suizo encargado de los vinos miraba con desprecio a los emigrantes hasta que alguien le hizo saltar un par de dientes de un puñetazo, donde por la puerta principal entraban príncipes árabes y millonarios de todo el mundo y por la de detrás el lumpen y los desheredados de la Europa Mediterránea.

Yo no era ni hosco ni harapiento, pero hoy, recordando al calor del desastre de la catedral de Notre Dame aquellos días de peregrinaje, los primeros de mi deambular por el mundo a pie o en auto-stop con ese sentimiento que expresan los dos primeros versos de Verlaine:

"Por toda montura, sólo las piernas,
Por toda riqueza, sólo los ensueños…"

éstos tuvieron la capacidad de transportarme a través de medio siglo al otro extremo de esa vida de vagabundo que ejerzo durante una gran parte del años caminando por los Alpes o por las tierras de España. 

Hablar de Notre Dame en estos días se ha convertido en algo tan tópico que da cosa nombrarla, que las llamas de la catedral están sirviendo a muchos para inventar el mundo y un socialismo de nuevo cuño en donde uno no podrá tomarse tranquilo una cerveza porque al momento en las redes tendremos un puñado de individuos preguntando por qué en vez de tomarme una cerveza no destino el valor de la misma a ayudar a los niños desnutridos de esa Biafra permanente que es el Tercer Mundo. Pero tópico o no el hecho de que en mí primer viaje por Europa en auto-stop se reuniera la lectura de Víctor Hugo, Notre Dame, los vagabundos que dormían bajo los puentes del Sena y un lechoso amanecer de silencio en el que la silueta de la catedral surgía sobre las aguas del río como un espectro por el que yo imaginaba al deforme y solitario Quasimodo trepando por sus torres, debió de ejercer sobre mis postadolescencia recién estrenada un efecto cautivador.

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