El Chorrillo, 14 de abril de 2019
Las líneas que siguen se
refieren a la película Lo importante es
amar, de Andrzej Zulawski.
¿Es el material que usa Zulawsky
fruto de su capacidad para crear una buena película o vende su alma al diablo
introduciendo por aquí y por allá elementos que mantengan despierto al espectador,
un espectador que cada vez, acaso, necesite unas cotas mayores de violencia, de
sexo para mantenerle pendiente de la pantalla? Es una cuestión que sería
interesante saber. Cuando falta la capacidad para llevar al público al ámbito
de la emoción y se usan medios que despabilen de algún modo el sistema nervioso
mezclando churras con merinas al efecto, el espectador que llevo dentro siempre
me alerta sobre la posibilidad de que se estén aprovechando de las partes menos
loables de nuestra naturaleza humana para encajar un producto en nuestra
actitud relajada abierta a un ocio donde las defensa han bajado la guardia.
Esos chulos de barrio o caretos
al servido de una mafia que se prodigan en las últimas secuencias y en la primera,
en ésta aporreando al fotógrafo nada más empezar la película, entran con
calzador en una secuencia donde lo que se está haciendo es rodar una escena
dramática, unos simples ayudantes de rodaje que parecen tener una formación
pugilista similar a la de Classius Clay, no hace más que subrayar el hecho de que
lo que se va a cocinar a continuación necesariamente ha de contar con los
ingredientes de la violencia. ¿Un modo de entrar en calor para poner nuestro
sistema nervioso a cierta altura, acaso una tensión que junto a esa gran pasión
que está naciendo en ese instante sume unos gramos más de adrenalina a nuestro
organismo? No creo, no creo que tal sutileza cuente. Más me parece una vez más
el uso que hace el cine de su capacidad de implosionar en el interior de
nuestra sensibilidad con elementos que, como el chile den a nuestro yantar
anímico una punzada de inquietud. Probablemente técnicas corrientes para, como
en la montaña rusa, dejar en ánimo en suspenso pero que, para mí gusto, en un
tema como éste, que se anuncia como “lo importante es amar”, resulta del todo
espurio. Naturalmente poner límites o querer dirigir una obra de arte por
caminos los que sean no es de recibo, sólo que, ejerciendo cada uno la libertad
en el modo que más le plazca, o le convenga, convendría decir, que al
espectador también le cabe filtrar aquello que es auténtico o esencial de una
historia y calar bajo las motivaciones que, en el contexto de nuestro cine de
hoy y de las consecuencias del mercado, pueden estar llevándonos de nuestra
condición de amantes del buen cine al soterrado inframundo de los desagües por
dónde sólo le debería ser dado correr a Orson Wells.
Naturalmente hablamos de cine,
un mundo en que por principio cabe todo; pero habría que preguntarse, sin
embargo, si en determinado contexto, en el ámbito de determinadas historias, la
sutil relación de Romy Schneider con el fotógrafo, sin más, es correcta la
introducción de materiales que, como aldabonazos, llenan el aire de sangre o
dramáticos suicidios. Aunque no todo, porque en el momento en que entra en acción
el genial loco Klaus Kinski, la cosa la veo de manera diferente, a pesar de que arme la
de Dios porque alguien le ha rozado el abrigo. Esa breve aparición de Kinski
interpretando a Ricardo III es miel en los labios, por demás.
Claro que es correcta esa
introducción, sólo que a mí no me gusta, pese a que reconozca que desde el
punto de vista estético esa procesión de matones precedidas por la “simpática
anciana” maquillada al modo de un clown y el ganster de turno me sonaba como
eso que sucede a veces de encontrarse uno con una palabra bonita y llamativa
que, sin venir a cuento, querríamos meter en el párrafo cueste lo que cueste.
Me sonaba a eso, pero estaba bien, cumplía una función estética. No cumplía esa
función estética, sin embargo, el exceso de sangre; culpa mía quizás de nuevo, en
este caso, por la repugnancia que la tal me produce.
Cierto que todo lo anterior es la
envoltura de la idea esencial que protagonizan Romy Schneider y Fabio Testi y
que da título al film, una historia en la que, aún jugando entre las bambalinas
de la ambigüedad, o precisamente por ello, vamos viviendo los tortuosos y,
también, leves, indicios de un amor reconociendo, reconociéndonos quizás, en
los modos cómo éste se engendra. Si las historias de amor son el sustento esencial
de que se nutre la literatura y el cine, por algo será. A mi padre, que tenía
ochenta y seis años y estaba ciego, y al que surtía yo continuamente de novelas
de la ONCE, era imposible llevarle otras lecturas que no fueran historias de
amor; algo con lo que yo bromeaba de continuo con él diciéndole a la vejez viruelas, porque no me hubiera
imaginado nunca en mi padre, que se había pasado la vida leyendo novelas del
Oeste, aquella tan grande afición por los asuntos del amor. Perseguir en el cine los
gestos, los indicios, el dolor o el fuego de experiencias vividas, o soñadas,
cuando estos son interpretados por actrices como Romy Schneider, a la que vi la
pasada semana en admirables interpretaciones en Las cosas de la vida y Max y
los chatarreros, o Monica Vitti a la que pude seguir recientemente en La Aventura, de Antonioni, es un lujo
tanto para el sentido estético como para el reconocimiento de lo que somos y
sentimos y que el cine nos sirve, cuando es bueno, con una plasticidad y
realismo en que es difícil dejar de identificarse, al menos en esos nimios
detalles que tan comunes deben ser a todo el género humano. ¿Y en todo esto qué
del amor que se anuncia en el titulo? Confieso que me gustó el aplazamiento y la
intensidad que se encerraba en los prolegómenos, en los rodeos, esas secuencias
en las que un hombre y una mujer se encuentran por primera vez y en las que tanto
uno como otro son un folio en blanco para él o para ella. Huir de lo ya sabido,
aquí te pillo, aquí te mato, y quedar uno frente a otro en un limbo al que el
guionista no da fin, cambiando de inmediato de escenario, es un acierto que
posterga en nosotros el deseo de saber qué habrá por medio antes de ese
encuentro final que inevitablemente debe producirse y que sucesivamente el guión
posterga una y otra vez hasta el desenlace tras pagar el alto precio de un
suicidio y una paliza que deja al protagonista al borde de la muerte.
Ayer, cuando terminé la película, estaba algo desorientado,
necesité un tiempo para encontrar una coherencia mayor al relato. Hoy, si me
quitasen un tanto a los brabucones de por medio y el director hubiera desistido
de echar mano a un falso sobreentendido que hace de la violencia física un
ingrediente indispensable donde no han de faltar esos personajes entrenados
para aporrear y ser aporreados, probablemente mi criterio sobre esta película
habría de inmediato sido muy positivo, incluidas esas
pequeñas historias colaterales que dan relieve y escorzo a un relato.
Por cierto, que la ambientación de una de esas
minihistorias, la de un extraño amigo (“La soledad
es la higiene del alma” exclama éste ante la interpelación de su amigo), que
vive en una habitación donde los libros ocupan suelo, paredes y cama y la
actuación paradójica del marido de Schneider (Jacques Dutronc), son joyas de
excentricidad que, añadidas a la de Klaus Kinski y a la parodia de los gángsters,
que en algún momento sugieren un “esto
va de broma” aunque dejen medio muerto al protagonista, da un cariz de
complejidad al film que, sumado al tema principal y a la actuación de Romy
Schneider convierten la peli en un film sumamente interesante.

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