El Chorrillo, 13 de abril
de 2019
Hay asuntos que tienen el don de la ubicuidad, terminas por encontrártelos
tras cualquier esquina, sea ésta las páginas de un libro, un cuadro de una
exposición de pintura que visitas o los suaves recovecos del duermevela que
siguen al ese instante en que decides dar un manotazo al despertador para
sumergirte en el maravilloso mundo de la ensoñación. El asunto en cuestión es
el deseo; así, deseo en general, cualquiera de ellos sirve para ilustrar el
interrogante que coloca a éstos en el punto de mira, su nacimiento, su
gestación, la fuerza impulsora que los pone en movimiento, la energía que los
catapulta a esa circunstancia en que se hacen irresistibles; el deseo ya
bogando por medio de encrespadas olas, ascendiendo cimas, olvidando cualquier
tarea u obligación para sumergirse de lleno en el empeño de darles cumplido;
también el deseo de Teresa de Jesús de entregar su vida entera al servicio de
vivir una existencia eterna junto a su dadivoso Dios; o el de hacer
irresistible la necesidad de ver a la amada, de acariciarla, de yacer con ella;
o la simple necesidad de sentir allá fuera la caricia de la brisa o el sol; o
de rozar con los ojos las sinuosas olas; o el deseo de cruzar un desierto; o
acaso la posibilidad de ser farero junto a la rompiente de un mar siempre
encrespado. Los deseos, esa marea de necesidades en las que nos columpiamos
durante toda la vida y que nos alimentan y nos mantienen en tensión, y que los
budistas pretenden anular por miedo a sufrir a consecuencia de ellos, es decir,
muerto el perro se acabó la rabia.
El incipiente nacimiento de los deseos, revoloteando por ahí
a nuestro alrededor, insinuándose al modo de ese erotismo leve que roza como el
ala de un ave nuestro animo y al que ha de seguir, como la brisa que hinchan
las olas, el despertar de una pasión que, sustentada por el viento y la caricia
de las aguas, nos impulsará, aunque la mar comience a ser gruesa y las olas
rompan contra la amurada de proa, desde el estado de reposo a un otro mundo que
puede prometer todo tipo de paraísos; no exento el camino, sin embargo, para
llegar a ellos, de peligros y dificultades; peligros como aquellos de Escila y
Caribdis que precedieron al famoso encuentro de Odiseo con las sirenas bajo cuya
inmensa dulzura y musicalidad se accedía al reino de Tánatos. O sin ser los
caminos tan recios ni dificultosos, ni los deseos tan intensos como para que
sea necesario que nos aten al mástil de proa a fin de no sucumbir al canto de
las sirenas, éstos nos colocarán en cualquier caso en una acariciadora circunstancia
en que nuestra voluntad, ayuna de fuerzas, al decir de Sancho de boca sin
muelas será como molino sin piedra, que será como decir quedar sin la
posibilidad de mascar y considerar todo aquello que la pasión nos trujere. Que
cierto es que al enamorado, y con él todos aquellos poseídos por un deseo, no
hay razones que les valga por más que de sabios vengan.
Me temo que sigo con cierto tufillo escritoril encima
proveniente de mi reciente lectura quijotesca. Pero en fin, sigamos. “La razón de la sinrazón, que a mi razón se
hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo”, digamos, de los
deslices que el deseo, haciendo caso omiso de la razón, comete. Y si frases
como éstas hicieron perder la cordura a don Quijote, no le irá a la zaga un
servidor si persiste en no desligarse de una vez del dichoso libro para
reintegrarse a la normalidad de la escritura.
Lo intento. Hablaré ahora de Balthus, del que se exhibe en
estos días una buena colección de cuadros en las salas del Thyssen. Dice la
Wikipedia que como éste maduró a principios de la década de 1930, muchas de sus
pinturas representan a jóvenes mujeres en posiciones eróticas y voyeurísticas,
lo que parece indicar que, siendo tan jovencito como era, entre los veinte y
veintiocho años, lo lógico era que sus deseos estuvieran a la altura de lo que
la naturaleza exige a dicha edad, lo que en absoluto invalida que a la edad de
los setenta e incluso de los ochenta, como sucedía con Picasso, estando en la
fase más madura de que pueda darse cuenta, en éste y otros muchos, proliferara
su afición a plasmar en lienzos y grabados lo que el deseo y la caricia de la
sensualidad les dictaba. Que el deseo no es patrimonio de los jovencitos y sí
heredad de todos aquellos cuyos vasos sanguíneos están preparados para que por
ellos circule el hálito de Cupido, cosa que no depende de la edad sino de la
juventud de la mente y de la capacidad para degustar la belleza y los dones que
la Naturaleza ha puesto en nuestro camino… es evidente.
Un aspecto destacado de la pintura de Balthus es la posición
obligada de voyeur en que constantemente coloca el pintor al que contempla alguno
de sus cuadros. Los motivos de adolescentes desnudas frente a un espejo frontal
y transparente a través del cual es espectador las observa como mirándose en él
pero en realidad contemplándose en la mirada de quien observa el cuadro, no
ofrecen duda sobre la realidad subyacente que esta mirada encierra. Reproduce
la Wikipedia unas líneas de Vicente Molina Foix que califica de irónicas, pero
puntuales: "Balthus no llegó a pecar, y estoy seguro de que era, como le
gustaba a él decir, un pintor religioso. ¿No es, al fin y al cabo, la religión
el ejercicio de una mirada fija y persistente a un punto inalcanzable? El culto
misterioso de las niñas". El culto misterioso de las niñas de Balthus, que
puede ser el culto de las muchachas en flor de Proust en En busca del tiempo perdido, que serían posiblemente el culto a la
mujer y a lo femenino que durante toda la historia de la humanidad el hombre ha
plasmado en piedra, lienzos o poemas y que es expresión tanto de un motivo de
belleza como de ese culto misterioso hacia la mujer que, en su expresión más
pasional es deseo. El Camino de perfección,
que en Balthus comienza en las adolescentes que él pinta, empieza a madurar
en las muchachas en flor de Proust y se hacen belleza y perfección sin
paliativos en la Venus de Milo, en El
nacimiento de Venus, de Boticcelli, en la Olimpia de Manet, en la Venus
de Urbino, de Tiziano, etc., etc.
Viendo los cuadros de Balthus en algún momento tengo la
sensación de que el pintor está fustigando a latigazos la moral burguesa de su
tiempo de un modo tan sibilino y embaucador que, éstos, sacados momentáneamente
de forma subrepticia por el pintor de sus esquemas formales de moral, no son
capaces de apercibirse de ello, hasta el punto de poder sorprenderlos
ensimismados en un acto de voyeurismo que su condición y moral rechazarían,
pero que siendo un cuadro les permite dar rienda suelta a un deseo escondido
que, de ser consciente, perturbaría su conciencia.
Y estaríamos ante esa ironía que tan a menudo reviste los
actos de personas que, rechazando de plano, o de boquilla, determinados
comportamientos o exhibición de imágenes de “dudosa moralidad”, de hecho son
traicionadas, bajo cuerda de contemplar una obra de arte, por, en este caso, un
acto de voyeurismo en el que pueden encontrar gran complacencia sin que les
fustigue la presión social del momento.
El deseo que, el arte implícitamente nos sirve en
soportes tan dispares, baña la literatura, la escultura o incluso la música, con
una enorme diversidad de manifestaciones. Si entre todas ellas el deseo erótico
es el que responde más universalmente a lo que entendemos por deseo, será,
imagino, porque tanto la naturaleza del hombre como la mujer están llamadas a
culminar el deseo más significativo que la especie impone férreamente en los
genes con la evidente finalidad de reproducirnos. Sin embargo, atareado como
está uno en contemplar lo que le rodea, incluido el guirigay de los pajaritos
preparando el nido y todo aquello que llama a las puertas de la naturaleza, no
deja de pensar que eso que llamamos deseo tiene un porqué en el comportamiento
humano tan esencial que, de faltar, con toda probabilidad nos moriríamos de
aburrimiento y tedio. No tener deseos a punto, curiosidades que satisfacer,
porqués que te obligasen a salir de la cama cada día seguro que nos haría morir
de aburrimiento.
En su origen los deseos son como ese perfume leve que se
levanta de un vallado de madreselva o el aroma que trae la brisa de un limonero
cercano; después es cosa de alimentarlos poco a poco, cuidarlos, mimarlos, así
hasta que vayan creciendo y creciendo hasta que se apoderen de todo nuestro ser
y nos inviten a hacer locuras, estado perfecto en que la vida jamás será
indiferente. Dicen que en épocas pasadas una ardilla podía cruzar la Península
de parte a parte saltando de un árbol a otro, cosa incierta del todo, por
cierto; pues algo así con la vida, los árboles serían los deseos, la Península
la longitud de la vida y nosotros, off
course, la ardilla.






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