El Chorrillo, 1 de mayo de 2018
Bonito es un adjetivo que se me escapa de las yemas de los dedos muy a menudo últimamente. Un bonito atardecer, un bonito campo de cebada mecido por el viento, una chica bonita, un alma bonita. Días atrás reproducía aquí las enardecidas palabras de uno de los protagonistas de Nostalgia, la película de Tarkovsky. Subido sobre el pedestal de la estatua ecuestre de Marco Aurelio en medio de un apoteósico discurso se le oían estas palabras: “Las cosas grandes acaban, son las pequeñas cosas las que perduran. Bastaría observar la naturaleza para comprender que la vida es simple y sencilla”.
Hoy me entró un guasap a las cuatro de la mañana (no, no me despertaste, Carmina, el teléfono estaba en avión). Era de Carmina que me mandaba unos versos con ocasión del día de la madre. Carmina, hospitalaria amante de todo lo que se refiera a los peregrinos del Camino de Santiago, había sido nuestra anfitriona el pasado invierno en una de las jornadas de largo caminar por los dorados campos de Castilla. Victoria y yo habíamos andado una larga jornada al sur de Sahagún y aquella tarde fuimos a parar a casa de Carmina que tenía cerrado su bar restaurante hasta el mes de junio, pero que lo abrió de par en par para acogernos. Charlamos un rato, llamó al hospitalero del albergue de Cuenca de Campos y nos despedimos para recoger las llaves de éste. A la tarde sonó mi teléfono, era Carmina preguntándonos por lo que nos apetecía cenar. No admitió que cenáramos de lo que nos quedaba en el macuto. A las ocho y media estábamos en su casa. Todas las paredes estaban cubiertas por lienzos de un corte algo especial, enfrente un cuadro que mostraba un rabioso atardecer con el sol incendiando el universo y unos árboles de carbón en primer plano alzando los brazos oscuros de sus ramas sobre las ascuas de la tarde, un Cristo caído que frente al oleaje de unos acantilados, y medio sumergido en el agua, yacía ajeno al esplendor de la mañana y, por último, el que más me gustaba de todos un llamativo cuadro en donde de las entrañas de unos colores surgía una eclosión de rojos como saliendo de la boca de un volcán que lejanamente me recordó El grito de Edvard Munch: angustia, dolor inefable, incontenido espasmo de un dolor que no resistiendo más su presión salta por los aire inundando y salpicando de sangre el resto del lienzo. La autora, por supuesto, era Carmina y el título del cuadro Mi dolor. Le preguntamos por aquel estallido de dolor. Era la expresión de su alma tras el fallecimiento de su marido. En su gestación no hubo bocetos, ni apuntes previos; tomó el bastidor, tensó la tela sobre él, depositó colores sobre una tabla y sus manos, como obedeciendo al profundo dolor de la muerte del ser más querido, fueron esparciendo los colores sobre el lienzo.
Carmina es menuda, sensible, apasionada, poeta, pintora de bellos cuadros que adornan las paredes de su casa, amiga de los peregrinos. Mientras cenamos alterna sus idas y venidas a la cocina con álbumes de fotos de sus dibujos y con pequeños cuadernillos de poemas que recogen los versos de treinta, cuarenta años. Carmina no entiende de técnicas de pintura ni de métrica que pueda ordenar sus versos. Viendo sus cuadros uno no acierta a arrimarlos a ningún pintor vivo o muerto; sus pinturas salen espontáneas de su necesidad de expresarse. Y otro tanto le suceden a sus versos. En donde yo añadiría una lejana rima, una palabra que me recuerde que estoy cabalgando a lomos de una cadencia, ella se niega hacerlo porque lo que tiene en la punta de la lengua es un trozo de alma que no necesita rima ni clases de métrica. Sus palabras, de parecida manera a cómo su mano extendía el bermellón desde el centro hacia los vértices como una ola que expandiera su fuerza por encima de los roquedos, siguen el dictado de sus sentimientos.
Carmina hace años restauró una Virgen de la Soledad en una iglesia de su pueblo que había sido deteriorado por la humedad y que tiene una antigüedad de seiscientos años. Se tiro, cuenta ella, dos meses de invierno subida a un andamio con la única compañía de la lluvia. Pintora y a la vez poeta, según restauraba a su virgen la iba dedicando sus versos. Dejo más abajo su testimonio. Carmina, cuya veneración por la Madre Virgen aparece en sus versos con la fuerza evocadora de un amor llevado en el alma desde la niñez, me admira. Mi ateísmo se atempera y suaviza leyendo a esta mujer.
José Luís Moreno me regañaba ;-) el otro día en FB porque decía que siempre estoy a la que salta; él se refería a mi último post, aquel de El bomboncito de Laura, donde mi veneración por las cosas de este mundo se centraba en el bonito cuerpo de Laura y en su sonrisa angelical de picarona dispuesta a encandilar al entero género masculino. Pero la cosa es la misma, o al menos parecida, siempre el amor por las cosas bonitas de este mundo, por donde pasamos casi de refilón durante unos pocos años y nada más. Y es que cada vez que me tropiezo con una cosa bonita tengo que ponerme de hinojos y recurrir, no a Dios ni a la Virgen porque aquello sólo fue para mí un mal de infancia y preadolescencia (y que Carmina me perdone), a entonar ese Gracias a la vidapor haberme tropezado en la vida con gente como Carmina, como Beatriz, como Nuria, como el amigo Sergio o el amigo Jorge, como mi chica, por haber descubierto las bonitas montañas, el bonito mar, por haberme encontrado con una andarina de la Toscana el pasado invierno llamada Lucía, por disfrutar de los bonitos pájaros que vienen a comer frente a mi ventana, por los ruiseñores que me daban los buenos días cada mañana cuando salía de noche de algún albergue del camino. Tantas y tantas almas bonitas que pueblan el mundo y que son las que, pese a la fealdad de éste (es decir los trapicheos y la ruindad de tantos) es lo que hace apacible y digno de recordar nuestro tránsito por el camino de la existencia.
Gracias, Carmina.
Gracias, Carmina.




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