El Chorrillo, 2 de mayo de 2018
Y el placer de la lectura, que no es placer que es otra cosa, que es la convivencia con la rudas realidades y la sutil comprensión de las emociones y los deseos, y que si es placer más se parece a quien descubre entre las palabras y los párrafos un maravilloso mundo de densas verdades que viven arropadas fuera de la vista de los comunes mortales pero que el asombrado lector que las descubre mira atónito diciéndose ¿será posible? ¿será posible que alguien con la sola ayuda de las palabras pueda exprimir tanto el alma como para hacer de su duro trabajo un conocimiento neto, cabal, lleno por demás de la fuerza de que están hechos todos lo surcos que el arte va abriendo en la tierra inerme y en donde se depositarán las semillas que, una vez germinadas, trascenderán los límites del conocimiento y del mismo arte llevándonos así de la ramplona prosa del que vive para comer y defecar a acaso la comprensión de las pasiones posibles, los amores posibles, la comprensión mediana de qué es esto de vivir?
Los orfebres de la palabra, aquí Borges el traductor y Faulkner el autor, asumen en Palmeras salvajes, el papel de quien como Dante paseando con Virgilio por el Purgatorio, muestra no lo que sucede ante la crasa inmediatez de lo hechos, para lo cual sólo se necesita no ser ciego o sordo, sino otras sumas realidades, las que alimentan el fuego interno de la vida, la escurridiza realidad que mueve nuestras aspiraciones y deseos más profundos. Pero no es un trabajo técnico, de concordancias e interpretación de lo que vemos, por mostrar o simplemente queremos adivinar, es la tarea de quien exprime la realidad con fuerza tiránica para sacar de ella el alma, esas gotas de esencia que son la vida pero que se esconden como las piedras preciosas bajo la envoltura de una crasa mediocridad.
Luego están los larguísimos párrafos que, como si se partiera de un bloque de mármol, el autor va tallando con vocación de orfebre tratando de encajar a golpes de cincel en las concavidades de la piedra el alma de las cosas; la sucinta existencia de una burguesía adormecida por sus rentas; la vida que corre inadvertida por la densa floresta en que nos movemos desde el momento del nacimiento hasta el instante final y cuya complejidad y densa profundidad el resto de los mortales apenas somos capaces de alumbrar con nuestro candiles de llama débil y oscilante; ese diálogo interior que se viste de cursiva en cualquier parte del relato para dar cabida a la heterogeneidad de los actores con sus sentimientos y pensamientos encontrados, a un rico mundo que quiere salvarse, como Moisés de las aguas del mar Rojo, de la mediocridad de haber vivido como un muerto en un mundo donde era posible proteger la llama de la vida alentarla y llevarla hasta el final con dignidad y alteza de miras. Un inciso. Escribiendo lo anterior descubro en aquella secuencia de Nostalgia, de Tarkovsky, que comentaba días atrás aquí, un significado posible que exigía una larguísima secuencia en que el protagonista, alter ego del director, trata de atravesar el espacio de una ruinosa piscina de balneario con un cabo de vela encendido. Por dos veces el cabo de vela se apaga en la travesía. Sólo en una tercera ocasión Gorchakov logra alcanzar el otro extremo de la piscina sin que aquél se apague. Hoy aquella secuencia me parece una clara interpretación de los cuidados que necesita la vida para que ésta brille durante el tránsito de la travesía.
Faulkner no te permite levantar la cabeza del libro o distraerte con cualquier pensamiento que se levante al flujo de una idea que sugiere la lectura. Si lo haces estas perdido, deberás dar marcha atrás para retomar el hilo donde tu atención vaciló. Distraído como me acerco muchas veces a las lecturas acaso buscando la continuación del propio diálogo interior, o el surgimiento de una idea que corrobore un pensamiento una idea propia, al encontrarme con Faulkner tengo que decidir entre optar por mis propias ensoñaciones o por el libro que estoy leyendo; no hay medias tintas posible con este autor. Y me alegro de ello, porque en los dos días que llevo con él ni siquiera mi habitual siesta ha sido capaz de perturbar mi lectura. Un mundo en el que se entra como quien se sumerge en un lugar encantado y a la vez difícil de atravesar, pero que constantemente te está ofreciendo un delicado placer que exige una atención constante. Los párrafos larguísimos donde los incisos son tantos que casi se necesitan los dedos de la mano para colocarlos allí donde estos comienzan y poder retomar el hilo de la idea principal, son los que degusto con más placer. Reconozco que durante años he sido un mal lector, un lector distraído al que las ideas que van apareciendo en un párrafo le llevan a algo personal, entreabren el hueco de la rendija de una puerta de por donde se cuela una sugerencia que acaso contrasta con la que está leyendo. Sucede que la lectura sea también una disculpa para escucharse a uno mismo, contrastar los pensamientos propios. Interpretar la realidad que te sugiere la lectura suple a la que aparece en el libro y, cuando me quiero dar cuenta, ya ni te acuerdas de qué iba lo que estabas leyendo. Así que cuando se trata de una obra densa, ese tipo de novelas en que sus párrafos están construidos al modo de Faulkner o Musil, no queda más que apencar y tomárselo con cariño y dedicación… que la merecen.
De momento he leído estoicamente los primeros capítulos. Tenso. El acostumbrado amodorramiento de después de la comida ha desaparecido del todo motivado por la tensión de la lectura. Me agarro al libro con la fuerza con que me agarraría a un tronco del que dependería mi salvación. Mi entera voluntad está en sus páginas, en lo pensamientos del doctor y su esposa, en lo que intuyen en el comportamiento de sus inquilinos, en esa pasión que ha surgido entre Harry y Carlotte y que está empezando a tropezarse con los primeros imponderables.
A esta situación han llegado Harry y Carlotte cuando el primero propone abandonar un idílico lugar de Alkansas ante el apremio de unos dólares que están a punto de extinguirse. Esto dice Carlotte: “Nos hemos acostumbrado a trabajar antes de saber para qué. Esto es lo que hemos comprado, lo que estamos pagando: estar juntos y comer juntos y dormir juntos todas las noches; no comer y defecar y dormir abrigados para levantarnos y comer y trabajar y defecar para volver a dormir abrigados!” La opción entre vivir y amar y alimentar el círculo vicioso de las necesidades que acaso acumulamos en exceso, terminan por hacer difícil el equilibrio de las aspiraciones de la pareja Harry-Charlotte, que al final optarán por amar aunque este amor les lleve a la miseria. Pero todavía no llegué a ese punto...
Sigo con la lectura de Las palmeras salvajes. Buenas noches.

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