sábado, 22 de agosto de 2026

¡Mamá, teta…!

 


22 de agosto de 2026 

Pues sí, repaso mis últimos post y encuentro que satisface bien una parte de su cometido, que es sacarme del adormilamiento. Sí, que en ocasiones no querría otra cosa que dormir indefinidamente, más o menos como sucede a una buena parte de los sapiens aunque ellos no se den cuenta. Dejar de pensar, dejar de interrogarte, ese mundo feliz en el que uno no parece enterarse de otra cosa que no sea alimentarse, dormir o ver un partido de fútbol. 

Ser feliz, que a uno le toque la lotería y pueda pasarse el resto de la vida rascándose la tripa, lo que Unamuno llamaba la fe del carbonero. La verdad es que no estaría nada mal practicar por largas temporadas esa fe. ¿Te duele el mundo o a tú mismo? Pues a dormir se ha dicho. Quizás cuando despiertes se te ha pasado, los estúpidos de este mundo, algunos que lo gobiernan, han desaparecido, acaso tus endorfinas, tu dopamina, esas cosas, han estabilizado tu animo y ahora ya puedes disfrutar de la cálida brisa de la tarde. “No leer, / No sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / Y vivir como un noble arruinado / Entre las ruinas de mi inteligencia». Siempre me parecieron excesivamente pesimistas estos versos de Gil de Biedma. Ahora no me lo parecen tanto. ¿Por qué será?, me digo irónicamente.  

Es una tarde cualquiera de finales de agosto. Nunca en los últimos veinte años he pasado el verano en casa. Un automóvil para que marche necesita gasolina, y si no ese trasto no se mueve. A los sapiens, o al menos a mí, les sucede algo parecido. Mi carburante está bajo mínimos, los Alpes quedan lejisimos, las motivaciones… blablablabla. Ojo, tío, que estás en mal camino. O lo dejas aquí o te buscas otro sendero menos transitado.  

Ayer tuve tres citas médicas y el lunes serán cinco, y para primeros de septiembre tendré que pasar tres veces por quirófano… Ya, ya, vale.  

Hoy caminé por los alrededores de casa, la ruta larga, unos ocho kilómetros con subidas y bajadas. Llegué derrengado, mucho más que días anteriores subiendo a Peñalara. Esto no lo entiende ni Dios. Así que mi ánimo dio un bajón. Ahora trato de meterme en el coco que la próxima semana tengo que vivaquear en la cumbre del Morezón, pero no llego a creérmelo del todo. En su lugar me pregunto si eso de los vivacs no será una fijación infantil, el chupete al que recurren los bebés para calmar su inquietud. Quizás seamos todos unos bebés a la búsqueda de nuestro chupete correspondiente. Fijaros si no en ese señor, el tal Trump constantemente pidiendo un chupete, un portaviones con su nombre, un museo , un aeropuerto, etcétera. Ya lo retraté en una ocasión con un chupete y rodeado de juguetes propios de bebé.  

Los psicólogos, muy concienzudos ellos, ponen nombres complicados a estas cosas, pero no nos engañemos. Así que a esta altura de mi texto ya estoy pensando que lo único que me pasa es que la clase de chupete que yo quiero no está a la venta y entonces lo que toca es la rabieta correspondiente.  

 

 


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