sábado, 22 de agosto de 2026

Camino de Peñalara

 


 

Yo ya no soy yo 

Ni mi casa es ya mi casa. 

(Cancionero gitano. Lorca)  

 

Cada vez me acucia más la sensación que me empuja a decirme a mi mismo en qué época vivo. Porque seguro del todo no estoy. Disfruto, sí, nuevos descubrimientos y técnicas pero mi espíritu no va acorde con los tiempos que corren, me siento lejos, como si mi tiempo, aquel en que se desenvuelve mi vida, hubiera acabado . Lo pensaba hace un par de días subiendo a Peñalara en la oscuridad de la noche. Ni siquiera aquella ladera de Dos Hermanas era la misma. Sí lo era sin embargo la lejana media luna que ocupaba el cielo a mi espalda. También sentía que yo ya no era yo, al menos en parte. Hasta qué punto, me preguntaba, las circunstancias hacen de uno no quien es sino otro que en ocasiones reconocemos de mala gana y con reticencias. Y entonces soy yo y mis circunstancias o es que acaso he dejado de ser yo.  

Va, un rollo. Lo que me jodía es que más allá de Dos Hermanas me había parecido ver la luz de alguna linterna en la cumbre de Peñalara. ¿O eran estrellas? Vaya leñe esta de querer estar siempre solo en las cumbres. La noche, las estrellas, la soledad, todo para mí. Y no como sucedería tener que vivaquear apretado entre dos gordos maleducados que apenas dieron las buenas noches y hablaron largo y tendido como si estuvieran en un bar y fuera difícil oírse. Eso, que yo no pertenezco a esta época. Gente extraña habita la montaña. Sólo en el cielo las estrellas y la luna son las mismas.  

Sí, subí a dormir a Peñalara. Hacia tiempo ya que lo tenía en mente, un objetivo más en mi plan de recuperación. No estaba seguro del todo y me costó trabajo decidirme. Es cierto que “Yo ya no soy yo (Ni mi casa es ya mi casa)”  pero intento hacer lo que puedo. Desde luego no fue como otras veces, respirar la soledad, conectar con otras viejas ascensiones, esa intimidad que estableces con la montaña, allá a mi espalda Cabezas de Hierro, las viejas historias de los comienzos. Ahora Guadarrama no es ya el patio trasero de mi casa, un lugar que, por mucho que me despistara subiendo en plena noche sin la linterna, es ya otra cosa. Recordaba mientras caminabas cierta vez en que pernoctando en la misma cumbre intercambiaba con Julián de Salazar alguna experiencia primera, ellos, creo que con José Luís Hurtado y otros unas navidades o fin de año pernoctando en su cumbre, creo. Son tantas las veces que he vivaqueado en esa cima, tantas las rutas de acceso, que no es errado llamarlo el patio trasero de mi casa. De mi casa aunque los vándalos de los forestales del Parque se hayan empleado a fondo en desmantelar los corralillos de vivac. De fuera vendrán y de casa nos echarán.  

Recordé también a Pepe Don Pepe que durante años subió a su cumbre el último día del año para recordar a su esposa fallecida, incluida alguna nochevieja en que la nieve casi enterró su tienda. Un hecho muy especial que me conmovió cuando lo supe y que me hizo pensar en los profundos lazos que pueden unir en ocasiones a algunas parejas.  

Existen cumbres, en que ascender a ellas es como intentar recuperar el sabor de la magdalena, un lejano tiempo en que nos asomábamos a la vida como bebés que abren los ojos a un mundo nuevo.  

Quizás todo fue bien a excepción de la tiritona que me entró nada más llegar a la cumbre. Creí que estaba con fiebre, era un cuadro parecido a cuando ingresé en el hospital la última vez, un castañear de dientes que no había forma de parar. Me costó tiempo superarlo. Apretujado entre otros tres en el reducido espacio del corralillo, apenas podía moverme por miedo a molestar. Fue un vivac deslucido y sin gracia. Ya antes del amanecer mis compañeros reemprendieron su charla de la noche. Comprendo mal que personas que suben a vivaquear a esas alturas tengan apenas dos dedos de frente.  

Madrugaron, eso sí, y logré quedarme solo por un buen rato.  Bajando desde la cumbre lo hice sorpresivamente ágil, pero llegué abajo verdaderamente cansado. Es difícil saber con antelación cual va a ser el comportamiento de mi cuerpo en futuras salidas. Ahora cada semana añado cincuenta metros de desnivel a la semana anterior. Si pudiera mantener este ritmo en un par de meses lo mismo ya podría subir al Almanzor.  

 

 


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