viernes, 2 de enero de 2026

Silphium laciniatum

 

Silphium laciniatum

2/01/2026

La sensibilidad con la que nos acercamos a lo que nos rodea, pienso hoy leyendo a Aldo Leopold, tiene mucho de inconsciencia causada por la inmediatez de otras realidades que impiden una percepción mas amplia. Me explico. Muchas veces he pensado en lo que era nuestra parcela en los primeros años a partir del momento en que instalamos los aspersores. Enseguida nuestra tierra se convirtió en un vergel. Daba la impresión de que toda la flora de los alrededores, maltratada por el arado y por la carencia de agua, se hubiera trasladado entonces a nuestra recién adquirida parcela. Crecían las flores con una fuerza y una magnífica exuberancia. Recuerdo haber hecho pasillos en la parcela para desplazarnos entre aquella bienvenida explosión primaveral, caminillos que eran como pasear por un pequeño jardín botánico.

Cuenta Aldo Leopold de una flor, la Silphium laciniatum, que inaccesible en un cementerio a la guadaña, crecía allí cada primavera como resto magnífico de una antigua vida vegetal que poco a poco fue desapareciendo por las autopistas, el pastoreo y la agricultura en general. El antiguo paisaje floral de las praderas del lugar se había empobrecido, y en parte desaparecido casi totalmente debido a estas circunstancias. Multitud de especies habían sido exterminadas.

La historia del lugar, tantas especies que poblaron desde siempre un espacio, parece como si no interesara a nadie. La desaparición de determinadas plantas nos resulta poco dolorosa, escribe Leopold, a condición de ignorarlo todo sobre ella. Sólo hacemos duelo por lo que conocemos. La desaparición de la Silphium en aquel cementerio no es causa de sufrimiento alguno, si sólo se lo conoce como un nombre en un libro de botánica.

 La relectura de Una ética de la tierra me ha hecho reflexionar esta noche sobre algo en que estoy plenamente implicado en la actualidad, mi relación con la tierra y sus criaturas; la idea de que no soy propietario de una tierra sino usufructuario con animales y plantas del entorno en donde vivo, uno más entre los carboneros, los gorriones, las lombrices de tierra, los mirlos, las tórtolas, los erizos, las carpas, las pequeñas violetas o los sauces llorones a los que éstos días libero de la muerte a manos de las hiedras, sensibiliza mi percepción y relación con mi entorno.

Ignorar de fondo la existencia y el conocimiento de las criaturas entre las que vivimos hoy se me presenta como una falla en mi comportamiento y atención a ellas. Las plantas, tantas flores que vinieron espontáneamente a nuestra parcela porque allí encontraron condiciones idóneas para su existencia, los pájaros y otros animales que igualmente se instalaron aquí cuando la vegetación empezó a ser exuberante en el lugar, y que hicieron su hogar entre las ramas de los cipreses o en el enjambre vegetal de la madreselva o la hiedra; a todas estas criatura, que ciertamente merecieron mi atención, hoy les falta la compañía de muchas otras especies que en determinado momento desaparecieron cuando nuestro interés por plantar césped en toda la parcela se nos impuso. Plantar césped implicó a su vez la irrupción del cortacésped que decapitaba cualquier planta que pudiera levantar un centímetro sobre el suelo. Siguieron creciendo otras plantas, pero año tras año prácticamente terminaron por desaparecer. Salen algunas en primavera, el diente de león, algunas margaritas, el cerastio o la espigada aquilegia y en ocasiones trato de esquivarlas con el cortacésped, pero al final tarde o temprano terminan sucumbiendo a la rutina de su cuchilla.

Días atrás mi cuñado Luis Enrique me contaba algo relacionado con esto de su casa en Moralzarzal. Él, perseguido por el deseo de conocer todas las especies que pueblan su parcela, al retirar las malas hierbas había decidido perdonar la vida a un ejemplar de cada especie con el objeto de llegar a conocer y nombrar todas las plantas que nacían espontáneamente en su parcela. Nada más oírle me pareció una buena idea y enseguida pensé en hacer algo parecido. Ahora, después de leer a Aldo Leopold, encuentro que sus palabras caen en un terreno, mi ánimo, totalmente dispuesto a recibir y a hacer germinar en él una nueva disposición hacia todas las plantas que puedan nacer en nuestra parcela sin excepción. El pasado otoño estercolé toda ella con la finalidad de regenerar toda la tierra y ahora, aparte de que pueda plantar césped en algún lado espero con curiosidad y ganas ver qué plantas puedan nacer a su aire y que mi estado de ánimo dará la bienvenida con gusto. A su aire y que harán compañía a todas las flores que ahora crecen lentamente en mis semilleros y en los bancales preparados meses atrás.

Resumiendo. Un paso más en el reconocimiento de los seres entre los que convivo y a los que me he propuesto facilitar la vida y convertir por demás en parte de mi recreo personal.

 


 


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