martes, 20 de enero de 2026

Pajas mentales

 


20/01/2025

Hace un rato estaba en la cima de la Covacha y poco después andaba haciéndome pajas mentales ;-) en el chozo del Cervunal, y encandilado como estoy volviendo a leer estas cosas en cierto libro que escribí hace un par de años, uno que lleva el subtítulo de 100 vivacs en las cimas de nuestras montañas, esta noche creo que voy a sustituir a Thomas Bernhard, Maestros antiguos, que comencé ayer, por los capítulos siguientes que hablan de mis vivacs en el Juraco, el Morezón, el Corral del Diablo y otras cumbres de Gredos.

Me sucede una cosa curiosa. En ocasiones cito un vivac en una cumbre, en el título, y cuando llevo un rato leyendo, aquello no alumbra ningún recuerdo relacionado con la ascensión, por el itinerario que tomé ni nada por el estilo, sino que sin más me encuentro sumido en algunas de mis habituales pajas mentales, que apenas dicen nada sobre lo que acaso deberían decir, el itinerario y sus circunstancias. Así, por ejemplo, en la entrada de la Covacha, me paso el grueso del post reseñando un libro de Martínez de Pisón, que a su vez cita el magnífico libro de Matthiessen para ilustrar la reflexión de cómo un largo itinerario por las montañas llega a ser una forma de vida y pensamiento. Y, claro, me digo, a qué liarme describiendo mi ascensión desde la laguna de los Caballeros si lo que tengo en la mente es una secuencia de brillantes ideas que tanto Eduardo como Matthiessen me han regalado mientras dejaba atrás a mi derecha la bella montaña del Juraco. Recuerdo entonces tan vivamente los últimos párrafos de Eduardo leídos junto a la laguna de los  Caballeros, que por fuerza el paisaje, risco de la Ventana y riscos Morenos al sur, casi me pasan desapercibidos. Pisón había sido atrapado por el espíritu del leopardo que el describía y hablaba de un espacio interior donde se incorporaban las grandes rocas, la nieve o los felinos. “Crezco en estas montañas como el musgo”, escribía Matthiessen. Así, siguiendo el curso de sus pensamientos, afirmaba: “Lo que diferencia a los hombres es la voz interior que da sentido a sus vidas”. Y para más abundancia, más abajo: “El yo personal no está aislado, escribe, el yo personal es como agua sumergida en el mar”. Agua dentro del agua, escribía Bataille.

De pajas mentales están mis posts llenos, eso si no son pajas mentales casi todo lo que escribo. El amigo Enrique en el último comentario a mi último post me dice que cuando me lee, le gustaría que no imitara a don Miguel (de Unamuno) y a sus masturbaciones mentales a fin de poder comprenderme sin que se disperse. ¡Ay!, le decía yo, más quisiera un servidor llegar siquiera a la planta del pie a mi admirado, controvertido, y equivocado (en los comienzos de nuestra guerra civil con su apoyo al Régimen) don Miguel.  Total, que después de encender el fuego de la chimenea me dio por hacer una loa a las pajas mentales. 

En términos generales se dice de alguien que se hace pajas mentales cuando elabora razonamientos excesivamente complicados, rebuscados o artificiosos. Hablamos de un ejercicio intelectual estéril: el pensamiento se alimenta a sí mismo, pero no produce nada fuera de él. Se diferencia de reflexionar o pensar con cierta profundidad en que el que reflexiona busca comprender mejor un asunto, mientras que el que se hace pajas mentales lo que busca (consciente o inconscientemente) es mantener el pensamiento en marcha, es decir blablabla… 

Hoy, cuando leí esa expresión en el comentario de Enrique, de repente me entró la curiosidad de abrirle las tripas a ese “hacerse una paja mental”. Quería indagar la diferencia que pudiera haber con el hecho de reflexionar. O mejor todavía, considerar si el hecho de hacerse una paja mental… Una aclaración. Quizás para seguir adelante habría que definir el concepto, un concepto que acaso para mí es una llamada de atención precisamente porque al intentar reflexionar sobre algo uno  puede perderse en las anfractuosidades de las ideas como quien camina en la niebla para terminar en un trabajo inútil por encontrar el sendero correcto. 

Y sí, quizás esa imagen sea pertinente. Le decía a Enrique, así, sin más, y de manera casi intuitiva, que la necesidad de proveerse de conocimientos “certeros” (para uno mismo, claro) -hoy más que nunca en este mundo un tanto caótico en el que vivimos, en que cada vez más impera la ley de la selva, lo que hace es contribuir a reforzar mis creencias  y en consecuencia a mantener a raya aquello que pueda contaminarlas. Y para ello, no lo dudes, le decía, es imprescindible que las pajas mentales no falten. Son la punta del bastón de ciego con la que intentamos orientarnos en la complejidad. 

Esta última afirmación se sostiene si tenemos en cuenta la frecuencia con que el pensamiento se dispersa. Hay quien tiene una facilidad asombrosa, inteligencia, preparación, conocimiento, para hilar las ideas con pulcritud y orden. No es mi caso, que necesito darles vueltas y vueltas a las ideas, como quien buscas salida en un jeroglífico, para intentar alumbrar mi propia oscuridad. 

En ese contexto diferenciar entre la paja mental y la reflexión no es fácil. Y entonces lo que para un lector ocasional puede parecer un ir y venir por las ideas sin sentido, sí tenga, en quien escribe, la razón de ser de quien tienta por aquí o por allí a la búsqueda de una solución, un sendero correcto. Naturalmente todo esto no invalida el hecho de que cosas que podamos decir o escribir sean perfectamente elucubraciones inútiles. Huelga comprender que decir a alguien que se hace pajas mentales se entiende en muchas ocasiones como una expresión pseudo cariñosa entre conocidos. Obviemente también vale lo contrario.









 


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