El Chorrillo, 29
de marzo de 2020
Continúo siendo
pasto de las redes. Es mi balcón al mundo y, aunque desde mi ventana sólo se ve
el campo desnudo y un ejército de jaramagos, esa sencilla flor amarilla que
puebla el principio de la primavera, echo de menos salir todas las tarde a
aplaudir y sentirme uno más entre la multitud agradecida y conmovida que
reconoce en los vecinos de enfrente sus iguales en este barco sometido al embate
de la pandemia.
Hace días que
intento fijar una idea que se me resiste. Quizás aproximarlo por escrito me
ayude a encontrar algo de claridad en la proposición. Me ronda esa sensación de
que lo que siento y expreso comúnmente no es siempre lo que siento realmente en
lo hondo de mi conciencia. Ello en situaciones corrientes. Sin embargo en estos
días sucede algo notorio entre el antes y el después que vivimos; mi
comportamiento ha variado con el confinamiento y con la cercanía que surge de
compartir con mucha gente agradecimientos y emociones que nacen, ahora sí, sin
los remilgos de esa epidermis que nos separan de los demás, e incluso de
nosotros mismo, de nuestro ser interior, de nuestros vivos sentimientos
personales, de la espontaneidad sin trabas; ese lenguaje inaceptable socialmente
en tiempos en que todos parecemos blindarnos frente al exterior con alguna
clase de máscara se matiza para abrirse hacia una sinceridad que parecemos
estar descubriendo desde el confinamiento. Recuerdo que el vocablo persona proviene
del latín máscara, es decir aquella que se usaba por un personaje
teatral.
Que nacen, ahora
sí, decía, sin la mediación de las barreras que nuestro yo interpone entre
nosotros y los demás. Pareciera, sí, que en las circunstancias en que vivimos
los comunicados con los que otros, amigos, vecinos, familia, adquirieran unos
visos de autenticidad que hace semanas matizábamos como reservándonos para
consumo de nuestra mismísima intimidad, como si tal fuera un relicario, una
cima que guardáramos para nuestro exclusivo deleite y uso.
No sólo que mi
yo no quisiera o supiera expresar o compartir sentimientos y pensamientos
auténticos, sino que acaso no fuéramos conscientes de ello. ¿Expresamos
realmente nuestros sentimientos cuando los compartimos con otros, cuando los
expresamos por escrito, o por el contrario lo que dejamos ver es sólo una
lejana reminiscencia de un esbozo de lo que pensamos, una precipitada
manifestación de lo que sólo lejanamente intuimos, eso si las prisas o la
inercia de los comportamientos no nos llevan a echar mano de ciertos lugares
comunes porque el mundo corre muy deprisa y no hay tiempo para matizar, para
verificar, para…?
Hoy los
sentimientos y las emociones están en la calle y en lo balcones mucho más
desnudos y auténticos que hace semanas, nuestras máscaras se han hecho
translúcidas y ahora podemos ver con más nitidez el rostro de nuestros vecinos,
amigos y familiares. La persona se ha desnudado de sí misma y ahora la
transparencia deja ver al otro lado un poco más esa alma del otro que poco
antes vivía agazapada en la armadura de bronce del anonimato o la distancia.
Ahora el otro es más humano, ahora el otro atiende a enfermos, cose mascarillas, aplaude, canta en compañía de sus vecinos y defiende el entramado de
esta inmensa red social en la que todos dependemos de todos. Naturalmente
también en medio del drama aflora lo peor que la sociedad guarda en sus
entrañas como larvas necrófagas, esos individuos, los buitres y esa turba de
carroñeros a los que se refería días atrás Iñaki Gabilondo, ese detritus que
sólo atiende a la corrompida moral del odio y la insolidaridad. De todo hay en
la viña del Señor.
¿Soy yo más yo
ahora que hace días?, me pregunto. Y dubitativo me quedo pensando y no tengo
más remedio que decir que sí, que en los vectores de fuerzas que tiran de mí
para uno y otro lado hay una resultante que aprecio con mayor hondura, con
mayor emoción. Y es que esa resultante me ayuda a ver que esa burbuja, esa
torre de castillo en que me he aislado, hace aguas y empieza a subirme por la
epidermis un nuevo calor que, a modo de catalizador, está haciendo crecer en mí
la esperanzada necesidad de deshacerme cada vez más de esa máscara que ciñe mi
persona.
Utilizo mi yo para expresarme porque mi lenguaje tiene sus límites y no sabría hablar de hechos generales en
abstracto sin que un sujeto lo sostuviera; hoy mismo volví a encontrarme con
la conocida cita de Wittgenstein en las redes, “Allí donde están las fronteras
de mi lengua, están los límites de mi mundo”; y por tanto esa necesidad de
tener que recurrir a lenguaje circular para intentar dar forma a un pensamiento
escurridizo. La primera persona del singular debe ceder necesariamente su
puesto a una tercera impersonal que haga posible la generalización de un
pensamiento o una idea. Quiero decir que lo que me sucede a mí en estos
momentos creo que es algo bastante común a todos los que estamos masticando la
tragedia en que estamos inmersos.
Cuando la
tristeza es honda, cuando la muerte acecha o el aprieto en que nos hemos metido
puede costarnos la vida, presiento que nuestro yo crece y se profundiza,
nuestra percepción de la realidad se enriquece y la persona que fuimos
fortalece sus resortes espirituales. Creo que esto es lo que en este momento
está sucediendo con mucha gente. Quizás de ahí nazca esa sensación que daba
título a la entrada de mi diario de hoy y que me hace pensar que a nuestro
yo le sucede algo parecido a la Santísima Trinidad , que siendo una es trina, o
mejor, el yo que, reclamando ser yo unívoco e individual, descubre ante situaciones comprometidas que su yo, el yo atrincherado de la vida ordinaria es
mucho más rico y complejo y que las trincheras son un obstáculo no sólo para
nuestra relación con los demás sino también para el enriquecimiento propio que
requiere, como en las minas, profundas prospecciones para descubrir en el fondo
generosas betas de humanidad. Lo escribía Ferdinand Celline: hasta en lo profundo
del corazón más vil de puede encontrar una pepita de oro. Falta descubrirla y
no es vana para esta tarea, creo, la situación que vivimos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario