sábado, 28 de marzo de 2020

¿Somos hoy los mismos que hace unas semanas?






El Chorrillo, 29 de marzo de 2020

Continúo siendo pasto de las redes. Es mi balcón al mundo y, aunque desde mi ventana sólo se ve el campo desnudo y un ejército de jaramagos, esa sencilla flor amarilla que puebla el principio de la primavera, echo de menos salir todas las tarde a aplaudir y sentirme uno más entre la multitud agradecida y conmovida que reconoce en los vecinos de enfrente sus iguales en este barco sometido al embate de la pandemia.
Hace días que intento fijar una idea que se me resiste. Quizás aproximarlo por escrito me ayude a encontrar algo de claridad en la proposición. Me ronda esa sensación de que lo que siento y expreso comúnmente no es siempre lo que siento realmente en lo hondo de mi conciencia. Ello en situaciones corrientes. Sin embargo en estos días sucede algo notorio entre el antes y el después que vivimos; mi comportamiento ha variado con el confinamiento y con la cercanía que surge de compartir con mucha gente agradecimientos y emociones que nacen, ahora sí, sin los remilgos de esa epidermis que nos separan de los demás, e incluso de nosotros mismo, de nuestro ser interior, de nuestros vivos sentimientos personales, de la espontaneidad sin trabas; ese lenguaje inaceptable socialmente en tiempos en que todos parecemos blindarnos frente al exterior con alguna clase de máscara se matiza para abrirse hacia una sinceridad que parecemos estar descubriendo desde el confinamiento. Recuerdo que el vocablo persona proviene del latín máscara, es decir aquella que se usaba por un personaje teatral.
Que nacen, ahora sí, decía, sin la mediación de las barreras que nuestro yo interpone entre nosotros y los demás. Pareciera, sí, que en las circunstancias en que vivimos los comunicados con los que otros, amigos, vecinos, familia, adquirieran unos visos de autenticidad que hace semanas matizábamos como reservándonos para consumo de nuestra mismísima intimidad, como si tal fuera un relicario, una cima que guardáramos para nuestro exclusivo deleite y uso.
No sólo que mi yo no quisiera o supiera expresar o compartir sentimientos y pensamientos auténticos, sino que acaso no fuéramos conscientes de ello. ¿Expresamos realmente nuestros sentimientos cuando los compartimos con otros, cuando los expresamos por escrito, o por el contrario lo que dejamos ver es sólo una lejana reminiscencia de un esbozo de lo que pensamos, una precipitada manifestación de lo que sólo lejanamente intuimos, eso si las prisas o la inercia de los comportamientos no nos llevan a echar mano de ciertos lugares comunes porque el mundo corre muy deprisa y no hay tiempo para matizar, para verificar, para…?
Hoy los sentimientos y las emociones están en la calle y en lo balcones mucho más desnudos y auténticos que hace semanas, nuestras máscaras se han hecho translúcidas y ahora podemos ver con más nitidez el rostro de nuestros vecinos, amigos y familiares. La persona se ha desnudado de sí misma y ahora la transparencia deja ver al otro lado un poco más esa alma del otro que poco antes vivía agazapada en la armadura de bronce del anonimato o la distancia. Ahora el otro es más humano, ahora el otro atiende a enfermos, cose mascarillas, aplaude, canta en compañía de sus vecinos y defiende el entramado de esta inmensa red social en la que todos dependemos de todos. Naturalmente también en medio del drama aflora lo peor que la sociedad guarda en sus entrañas como larvas necrófagas, esos individuos, los buitres y esa turba de carroñeros a los que se refería días atrás Iñaki Gabilondo, ese detritus que sólo atiende a la corrompida moral del odio y la insolidaridad. De todo hay en la viña del Señor.
¿Soy yo más yo ahora que hace días?, me pregunto. Y dubitativo me quedo pensando y no tengo más remedio que decir que sí, que en los vectores de fuerzas que tiran de mí para uno y otro lado hay una resultante que aprecio con mayor hondura, con mayor emoción. Y es que esa resultante me ayuda a ver que esa burbuja, esa torre de castillo en que me he aislado, hace aguas y empieza a subirme por la epidermis un nuevo calor que, a modo de catalizador, está haciendo crecer en mí la esperanzada necesidad de deshacerme cada vez más de esa máscara que ciñe mi persona.
Utilizo mi yo para expresarme porque mi lenguaje tiene sus límites y no sabría hablar de hechos generales en abstracto sin que un sujeto lo sostuviera; hoy mismo volví a encontrarme con la conocida cita de Wittgenstein en las redes, “Allí donde están las fronteras de mi lengua, están los límites de mi mundo”; y por tanto esa necesidad de tener que recurrir a lenguaje circular para intentar dar forma a un pensamiento escurridizo. La primera persona del singular debe ceder necesariamente su puesto a una tercera impersonal que haga posible la generalización de un pensamiento o una idea. Quiero decir que lo que me sucede a mí en estos momentos creo que es algo bastante común a todos los que estamos masticando la tragedia en que estamos inmersos.
Cuando la tristeza es honda, cuando la muerte acecha o el aprieto en que nos hemos metido puede costarnos la vida, presiento que nuestro yo crece y se profundiza, nuestra percepción de la realidad se enriquece y la persona que fuimos fortalece sus resortes espirituales. Creo que esto es lo que en este momento está sucediendo con mucha gente. Quizás de ahí nazca esa sensación que daba título a la entrada de mi diario de hoy y que me hace pensar que a nuestro yo le sucede algo parecido a la Santísima Trinidad, que siendo una es trina, o mejor, el yo que, reclamando ser yo unívoco e individual, descubre ante situaciones comprometidas que su yo, el yo atrincherado de la vida ordinaria es mucho más rico y complejo y que las trincheras son un obstáculo no sólo para nuestra relación con los demás sino también para el enriquecimiento propio que requiere, como en las minas, profundas prospecciones para descubrir en el fondo generosas betas de humanidad. Lo escribía Ferdinand Celline: hasta en lo profundo del corazón más vil de puede encontrar una pepita de oro. Falta descubrirla y no es vana para esta tarea, creo, la situación que vivimos.







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