jueves, 19 de marzo de 2020

Diario de un confinado: 18/3/2020

Inés, mi sobrina, nuestra enfermera de la familia esta mañana prestando servicio en el hospital. Gracias, Inés.



El Chorrillo, 18 de marzo de 2020



Como es menester adaptarse a las circunstancias y a los tiempos que corren, a partir de ahora este diario de jubilado pasa a denominarse Diario de un confinado. Espero que no sea por mucho tiempo. Jubilado y confinado por muy especiales razones obvias, ya que según las encuestas de fallecidos por el virus en Italia, el 99 por ciento de los fallecidos son gente mayor. Vamos, que si a alguien ha de tocarle la lotería en este especial primavera, es a los jubilados.

Es sorprendente la cantidad de mundos por los que un confinado puede transitar a lo largo del día. Hoy sin más, como una de esas jornadas en que uno atraviesa bosques, valles, asciende montes o se asoma a collados sin número, de tal manera que cuando finaliza el día es incapaz de reconstruir su itinerario, no sabe dónde durmió la noche previa o si aquél o el otro pico que surgía entre la niebla, y sobre cuya cumbre se dibujó por un momento el óbolo de un rayo de sol con sabor a helado de fresa, pertenecía a la realidad o al sueño de una noche de verano.

En fin, que hubo incluso en la jornada hasta una resurrección que despertó mi emoción. Pero no adelantemos acontecimientos, vamos por orden.

Advierto que estoy leyendo actualmente unos cuentos de Lezama Lima, así que, atendiendo a la facilidad con que en ocasiones uno se contagia de la influencia de lo que ve u oye, espero que el contagio no sea tal que me haga idiota de remate, algo que sucede con bastante frecuencia estos días en las redes sociales, donde abundan listos de todos los calibres que, acosados por el aburrimiento arremeten contra médicos, gobierno y cualquiera que intente hacer algo por la comunidad, donde abundan aquellos que en plena pandemia acometen a voz en grito contra los autores de las caceroladas a los borbones diciendo que lo que pretendemos es nombrar a un Maduro para nuestro país. Bueno, al loro, o mejor, al lío, que diría el amigo Vinches.

Lo primero en la noche-día de la jornada fue la visita inesperada del ruiseñor que todos los años por estas fechas viene a anunciarnos la primavera en casa. Quizás fueran las cinco o las seis de la mañana cuando estirado como un tenorio loco de amor empezó a largar sus trinos mañaneros sobre nuestra parcela. Y allí, envuelto yo por el sueño, corrían sin embargo todos los recuerdos de mis madrugadas por los caminos de nuestra patria cuando recién dejado atrás un vivac o un albergue los ruiseñores salían a mi encuentro para acompañarme mientras me alejaba de una alameda o me acercaba a una oscura aldea donde luces de ámbar y miel alumbraban cuatro casuchas y la fachada de una rústica iglesia. Terminé durmiendo al arrullo de su canto.




Había mandado la noche anterior algunos guasaps para saber de amigos con los que hace tiempo que no me veo y en la primera cantinela que recibí del teléfono después de desactivar el modo avión, fue desde el Valle de Arán, era Ignacio que contestaba con un todo bien por aquí, pero que tras un punto, añadía: “Hablé hace unos días con Julio Villar y me acordé mucho de ti. Tenemos pendiente una excursión con él, te avisaré”. ?????? No entendía, Julio Villar, Julio, del que yo había tenido noticias de que había fallecido un años atrás, Julio, un mito que duerme en mi inconsciente desde hace casi cincuenta años cuando por primera vez leí ¡Eh, petrel!, una de las más entrañables lecturas que mi memoria recuerda, el Julio al que yo quise visitar al sur de Tarragona una vez que recorría a pie España como quien cumple un rito religioso, resulta que no había fallecido, y no sólo eso, que además “teníamos” pendiente una excursión con él. Era algo así como encontrarse con Lázaro a la vuelta de la esquina. Sentí una pequeña conmoción. Gracias, Ignacio, por la buena nueva. Me fue ineludible darme de inmediato una vuelta por la vida última de Julio Villar, las ganas de rememorar su viaje en solitario de cuatro años alrededor del mundo en un pequeño velero. Me sumergí en una entrevista, a Julio le parecía imposible que él fuera aquel otro del viaje en velero entre los años 68 y 72. “La verdad es que considero amigos a todos los que han leído mi libro”, decía al final del artículo. Yo lo leí un puñado de veces.

Al poco suena el guasap; es de Valencia, ayer falleció el dueño del bar que frecuentaba mi amiga. Una hora después, otra vez desde Valencia, en un grupo de familia cercana de seis, entre ellos una abuela de 78 años, dos infectados.

El Whatapp es la calle, la plaza del pueblo donde todos nos encontramos. En un grupo alguien había subido un vídeo de un médico que arremetía apasionado sin piedad contra la irresponsabilidad del gobierno, de la oposición y de algunas cadenas de televisión; y lo hacía con el vocabulario de la calle que nos sale del alma cuando alguien atenta contra lo más profundo de nuestra lógica. Y hay gente a la que, parece,  determinadas palabras no le gusta, a la que determinadas arremetidas contra programas de televisión que frecuentan les llenan de indignación, en fin, que en vez de sumar, restamos y desde el confort de nuestro aislamiento disparamos a matar. Pues sí, me indigné vía guasap y arrastré mi enfado durante media mañana mientras con la desbrozadora, a falta de cortacésped, despelucaba la parcela. Sí, contesté, creo que en estos días hay que contestar en las redes o en donde sea todo aquello que reste y que no esté al servicio de la campaña de contención de la pandemia: “Pienso que algunos estáis desbarrando y que en circunstancias como éstas no es procedente hablar de esa manera ni tergiversar la intervención de un médico que con su iniciativa intenta evitar la propagación del virus. Me sorprende mucho el tono de vuestras palabras desde la distancia del espectador que saca el látigo para fustigar a un profesional de la sanidad que lo único que hace es aportar ideas para aliviar la propagación de la pandemia… Con todos los respetos”.

Los guasaps llegan y van de continuo, familia, amigos a los que hace tiempo que no vemos. También llega la hora de la videoconferencia. Nos congregamos todos a la hora fijada, mis hijos, sus chicas y chicos, nuestros nietos. ¿Os acordáis, les digo nada más verlos aparecer a todos por la pantalla del teléfono, cuándo fue la última vez que tuvimos un encuentro similar? Todos se acuerdan. Fue hace veinte años, nosotros viajábamos por Asia, Mario andaba en Calcuta en la Institución Madre Teresa cuidando enfermos terminales, Guillermo trabajaba en Irlanda y Lucía andaba por Madrid. Fue un encuentro emocionante, nuestros hijos se habían hecho mayores, nosotros habíamos iniciado un viaje de medio año y después de dos o tres meses era la primera vez que pudimos conectar cuatro ordenadores para besarnos y decir cuánto nos echábamos de menos unos a otros. Hoy, de cinco que éramos, la familia ha crecido hasta el número de doce. Era bonito ver a Ainara, lectora infatigable de las aventuras de Harry Potter sobre un fondo de aterciopelado color tabaco, a Rosa, a Guille; unas calles más allá a Lucía, a Quique, a Malela, la musicista de la familia; algo más lejos, en Valdemanco, a Mario, a su chica Andrea, a Manuela, la guapa de los carrillos bermejos. Faltaba Manuel, con el que hablaríamos más tarde. Era entrañable aquel encuentro.

También videohablé con el amigo Paco de Hoyos del Espino. Sensación de cercanía, de intereses comunes; sus últimas escapadas para hacer esquí de montaña en Bulgaria, el cine, el virus. Y mientras hablábamos y oía al buen conversador de Paco, yo le daba a los pedales de la bici estática, contento por estar estos días tan cerca de amigos y seres queridos. Esa ola que nos va llevando a unos y a otros, mientras nos protegemos de la pandemia, hacia un contacto más humano y un conocimiento de un modo de hacer mucho más acorde con lo que debería ser una vida más plena.

Santiago Pino me despabiló de un comienzo de siesta con las novedades del día, Victoria caminó diez kilómetros dando vueltas y vueltas alrededor de la parcela, felicitamos el cumpleaños a María José, allá por Mazarrón, intercambiamos chascarrillos y noticias durante todo el día, nos reímos, meneamos la cabeza con preocupación después de saber que a Madrid no llega material de protección desde hace dos días, yo curré un poco en el jardín y al fin, después del inútil esfuerzo de leer durante una semana, al fin conseguí hincarle el diente a alguno de los cuentos de Lezama Lima. Tengo que añadir que no fui capaz de mantenerme al margen de las noticias que la prensa y el Twitter fueron dando a lo largo del día.

Buenas noches.



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