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| Inés, mi sobrina, nuestra enfermera de la familia esta mañana prestando servicio en el hospital. Gracias, Inés. |
El Chorrillo, 18 de marzo de 2020
Como es menester adaptarse a las circunstancias y a los
tiempos que corren, a partir de ahora este diario de jubilado pasa a
denominarse Diario de un confinado. Espero que no sea por mucho tiempo. Jubilado
y confinado por muy especiales razones obvias, ya que según las encuestas de
fallecidos por el virus en Italia, el 99 por ciento de los fallecidos son gente
mayor. Vamos, que si a alguien ha de tocarle la lotería en este especial
primavera, es a los jubilados.
Es sorprendente la cantidad de mundos por los que un
confinado puede transitar a lo largo del día. Hoy sin más, como una de esas
jornadas en que uno atraviesa bosques, valles, asciende montes o se asoma a
collados sin número, de tal manera que cuando finaliza el día es incapaz de
reconstruir su itinerario, no sabe dónde durmió la noche previa o si aquél o el
otro pico que surgía entre la niebla, y sobre cuya cumbre se dibujó por un
momento el óbolo de un rayo de sol con sabor a helado de fresa, pertenecía a la
realidad o al sueño de una noche de verano.
En fin, que hubo incluso en la jornada hasta una
resurrección que despertó mi emoción. Pero no adelantemos acontecimientos, vamos
por orden.
Advierto que estoy leyendo actualmente unos cuentos de
Lezama Lima, así que, atendiendo a la facilidad con que en ocasiones uno se
contagia de la influencia de lo que ve u oye, espero que el contagio no sea tal
que me haga idiota de remate, algo que sucede con bastante frecuencia estos
días en las redes sociales, donde abundan listos de todos los calibres que,
acosados por el aburrimiento arremeten contra médicos, gobierno y cualquiera
que intente hacer algo por la comunidad, donde abundan aquellos que en plena
pandemia acometen a voz en grito contra los autores de las caceroladas a los
borbones diciendo que lo que pretendemos es nombrar a un Maduro para nuestro
país. Bueno, al loro, o mejor, al lío, que diría el amigo Vinches.
Lo primero en la noche-día de la jornada fue la visita
inesperada del ruiseñor que todos los años por estas fechas viene a anunciarnos
la primavera en casa. Quizás fueran las cinco o las seis de la mañana cuando
estirado como un tenorio loco de amor empezó a largar sus trinos mañaneros
sobre nuestra parcela. Y allí, envuelto yo por el sueño, corrían sin embargo
todos los recuerdos de mis madrugadas por los caminos de nuestra patria cuando recién
dejado atrás un vivac o un albergue los ruiseñores salían a mi encuentro para
acompañarme mientras me alejaba de una alameda o me acercaba a una oscura aldea
donde luces de ámbar y miel alumbraban cuatro casuchas y la fachada de una
rústica iglesia. Terminé durmiendo al arrullo de su canto.
Había mandado la noche anterior algunos guasaps para saber
de amigos con los que hace tiempo que no me veo y en la primera cantinela que
recibí del teléfono después de desactivar el modo avión, fue desde el Valle de
Arán, era Ignacio que contestaba con un todo bien por aquí, pero que tras un
punto, añadía: “Hablé hace unos días con Julio Villar y me acordé mucho de ti.
Tenemos pendiente una excursión con él, te avisaré”. ?????? No entendía, Julio
Villar, Julio, del que yo había tenido noticias de que había fallecido un años
atrás, Julio, un mito que duerme en mi inconsciente desde hace casi cincuenta
años cuando por primera vez leí ¡Eh,
petrel!, una de las más entrañables lecturas que mi memoria recuerda, el
Julio al que yo quise visitar al sur de Tarragona una vez que recorría a pie España
como quien cumple un rito religioso, resulta que no había fallecido, y no sólo
eso, que además “teníamos” pendiente una excursión con él. Era algo así como
encontrarse con Lázaro a la vuelta de la esquina. Sentí una pequeña conmoción.
Gracias, Ignacio, por la buena nueva. Me fue ineludible darme de inmediato una
vuelta por la vida última de Julio Villar, las ganas de rememorar su viaje en
solitario de cuatro años alrededor del mundo en un pequeño velero. Me sumergí
en una entrevista, a Julio le parecía imposible que él fuera aquel otro del
viaje en velero entre los años 68 y 72. “La verdad es que considero amigos a
todos los que han leído mi libro”, decía al final del artículo. Yo lo leí un
puñado de veces.
Al poco suena el guasap; es de Valencia, ayer falleció el
dueño del bar que frecuentaba mi amiga. Una hora después, otra vez desde
Valencia, en un grupo de familia cercana de seis, entre ellos una abuela de 78
años, dos infectados.
El Whatapp es la calle, la plaza del pueblo donde todos nos
encontramos. En un grupo alguien había subido un vídeo de un médico que
arremetía apasionado sin piedad contra la irresponsabilidad del gobierno, de la
oposición y de algunas cadenas de televisión; y lo hacía con el vocabulario de
la calle que nos sale del alma cuando alguien atenta contra lo más profundo de
nuestra lógica. Y hay gente a la que, parece, determinadas palabras no le gusta, a la que determinadas
arremetidas contra programas de televisión que frecuentan les llenan de
indignación, en fin, que en vez de sumar, restamos y desde el confort de
nuestro aislamiento disparamos a matar. Pues sí, me indigné vía guasap y
arrastré mi enfado durante media mañana mientras con la desbrozadora, a falta
de cortacésped, despelucaba la parcela. Sí, contesté, creo que en estos días
hay que contestar en las redes o en donde sea todo aquello que reste y que no
esté al servicio de la campaña de contención de la pandemia: “Pienso que
algunos estáis desbarrando y que en circunstancias como éstas no es procedente
hablar de esa manera ni tergiversar la intervención de un médico que con su
iniciativa intenta evitar la propagación del virus. Me sorprende mucho el tono
de vuestras palabras desde la distancia del espectador que saca el látigo para
fustigar a un profesional de la sanidad que lo único que hace es aportar ideas
para aliviar la propagación de la pandemia… Con todos los respetos”.
Los guasaps llegan y van de continuo, familia, amigos a los
que hace tiempo que no vemos. También llega la hora de la videoconferencia. Nos
congregamos todos a la hora fijada, mis hijos, sus chicas y chicos, nuestros
nietos. ¿Os acordáis, les digo nada más verlos aparecer a todos por la pantalla
del teléfono, cuándo fue la última vez que tuvimos un encuentro similar? Todos
se acuerdan. Fue hace veinte años, nosotros viajábamos por Asia, Mario andaba
en Calcuta en la Institución Madre
Teresa cuidando enfermos terminales, Guillermo trabajaba en Irlanda y Lucía
andaba por Madrid. Fue un encuentro emocionante, nuestros hijos se habían hecho
mayores, nosotros habíamos iniciado un viaje de medio año y después de dos o
tres meses era la primera vez que pudimos conectar cuatro ordenadores para
besarnos y decir cuánto nos echábamos de menos unos a otros. Hoy, de cinco que
éramos, la familia ha crecido hasta el número de doce. Era bonito ver a Ainara,
lectora infatigable de las aventuras de Harry Potter sobre un fondo de
aterciopelado color tabaco, a Rosa, a Guille; unas calles más allá a Lucía, a
Quique, a Malela, la musicista de la familia; algo más lejos, en Valdemanco, a
Mario, a su chica Andrea, a Manuela, la guapa de los carrillos bermejos. Faltaba
Manuel, con el que hablaríamos más tarde. Era entrañable aquel encuentro.
También videohablé con el amigo Paco de Hoyos del Espino.
Sensación de cercanía, de intereses comunes; sus últimas escapadas para hacer esquí
de montaña en Bulgaria, el cine, el virus. Y mientras hablábamos y oía al buen
conversador de Paco, yo le daba a los pedales de la bici estática, contento por
estar estos días tan cerca de amigos y seres queridos. Esa ola que nos va
llevando a unos y a otros, mientras nos protegemos de la pandemia, hacia un
contacto más humano y un conocimiento de un modo de hacer mucho más acorde con
lo que debería ser una vida más plena.
Santiago Pino me despabiló de un comienzo de siesta con las
novedades del día, Victoria caminó diez kilómetros dando vueltas y vueltas
alrededor de la parcela, felicitamos el cumpleaños a María José, allá por
Mazarrón, intercambiamos chascarrillos y noticias durante todo el día, nos
reímos, meneamos la cabeza con preocupación después de saber que a Madrid no
llega material de protección desde hace dos días, yo curré un poco en el jardín
y al fin, después del inútil esfuerzo de leer durante una semana, al fin
conseguí hincarle el diente a alguno de los cuentos de Lezama Lima. Tengo que
añadir que no fui capaz de mantenerme al margen de las noticias que la prensa y
el Twitter fueron dando a lo largo del día.
Buenas noches.


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