miércoles, 18 de marzo de 2020

18 de marzo de 2020


Esto era días atrás caminando por Fuerteventura. El tiempo lima las aristas y cubre de humildad la altivez de las montañas. 



El Chorrillo, 18 de marzo de 2020

Qué difícil me está siendo desprenderme de las redes y las portadas de los periódicos. Esta mañana fue lo primero que me propuse a fin de salir de esa obsesión, “el sueño de la razón produce monstruos”, que nos acorrala a todos, pero me está siendo imposible. Se me hace difícil abrir un libro, miro con desatención la película de ayer, una obra meritoria como sembrada por los colores de pintores de la edad de Oro, La Portuguesa, salgo a recoger del taller el cortacésped, nos acercamos al super para la compra de la semana, pero todo es inútil. Después de comer me he sentado en el sillón junto a la ventana que da a sur de nuestra parcela y he mirado largamente el árbol del amor con sus flores rosas dispuestas ya abrirse, me he detenido en los amentos como farolillos chinos colgados del arce que preside nuestra antigua huerta, he contemplado el verde tierno de las primeras hojas de las acacias. Después he cerrado los ojos y he decidido, como esta mañana, que tendría que salir de las aguas estancas en que he quedado varado desde hace días después de dos retenciones de orina que me han llevado al hospital, que tendría que salir de esta situación en que la hecatombe del virus nos está sumiendo a todos. Sí, esta mañana la sonda que llevo puesta no ha impedido que dedicara un rato a bailar y a meterme bajo el chorro de la ducha de agua fría. Todo fue mejor después de eso. Volví tras el desayuno a mis ejercicios de espalda, a las tareas de casa y, sobre todo, a la voluntad de no dejarme llevar por ese hilo de tristeza con que me había despertado esta mañana.

La certeza del absurdo de este mundo que vivimos, que diseñamos día a día con nuestros hábitos y nuestra errada concepción de la realidad con esa lista de prioridades en donde tener y no ser ocupa los primeros escaños, empieza a llegar, vía el encierro y el coronavirus, a mis vecinos, a las redes, a las páginas de los periódicos como una revelación parecida a aquella que sufriera san Pablo cuando se cayera del caballo. Leo en Twitter y Face una corriente de pensamientos de esporádicos amigos virtuales que me es sumamente cara; allá, tras la amenaza de la enfermedad y la muerte, espíritus lúcidos empiezan a encariñarse con la esperanza de que después de este trance estemos abocados a salir de él mejores personas, más buenos –sí, como cuando éramos niños–, más comprensivos con los otros, más amorosos, más solidarios, acaso con la voluntad de construir un mundo diferente, muy diferente al que tan afanosamente nos apuntamos cada día; un mundo más austero con TIEMPO PARA VIVIR más que para consumir, con tiempo para la amistad, para la creatividad, el recreo, el ocio, la meditación, los amigos, la familia, los hijos, la pareja.

Y leo todos estos mensajes y me emocionan tanto como todas esas pequeñas anécdotas que leemos todos los días, los vecinos de un bloque de pisos cantando por la ventana el cumpleaños feliz a la señora María, que vive sola y cumplía casi noventa años ayer, los agradecimientos a los sanitarios, los pequeños gestos de solidaridad, el hecho de que a los vecinos de enfrente, los de arriba o los de debajo de repente los veamos con otros ojos, esa sensación de comunidad que surge desde las entrañas de la cuarentena a través de los resquicios de nuestros hogares aislados.

Caro diario: estoy jodidamente triste. ¿Sabes?, esta mañana mientras iba al súper por la pista de tierra que lleva a Griñón, me paró la guardia civil. Sí, iba hablando por teléfono porque me urgía recoger el cortacésped y le pedía al mecánico que me lo tuviera en la puerta del taller para evitar contactos; sí, iba sin el cinturón de seguridad puesto porque pocos metros más allá, donde comienza el asfalto, teníamos que depositar la basura. ¿Pero hombre?... Sí, no me eches la bronca, que ya lo sé. El guardia civil: que dónde iba, que me tenía que multar por lo del teléfono y lo del cinturón. Me cabreé bastante, le expliqué mis razones, les dije que se estaban extralimitando en sus funciones, que en una situación como la que estábamos viviendo, etc… Sí, algo me pasé; el poli  se fue con mi DNI hasta su compañero que estaba junto al coche, cruzaron dos palabras y el otro se nos acercó, no, que no se estaban extralimitando, que… entendí enseguida que su sentido del deber prioritario estaba en su disposición. Tuve que disculparme, lo siento, estoy nervioso, nervioso y algo jodido. Nos despedimos cortésmente. No hubo sanción. Después, cuando volvía del súper, deseé vehementemente encontrarme con ellos de nuevo y pedirles disculpas otra vez, dándole las gracias, además, por el trabajo que estaban haciendo en pro de la comunidad. No estaban.  

Vamos, que sentí de repente una enorme y emocionada simpatía por la guardia civil. Ese sentimiento de agradecimiento que estos días arranca desde dentro de tanta gente por aquellos que velan por nuestra seguridad, salud o el abastecimiento de productos de primera necesidad. Carajo, tanto que se me humedecen los ojos pensando en ello.



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