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| Nueva Zelanda. Cathedral Cove |
El Chorrillo, 23 de septiembre de 2019
Ayer, charlando con mi familia a
los postres de una reunión familiar, ante la idea de determinar qué mueven
muchos de nuestros impulsos, yo defendía un tanto burlonamente que los humanos
somos como las amebas, vamos de un lado para otro movidos por imprecisos
estímulos que de un modo u otro terminan llevándonos, como a aquel que no
habiendo comido en una semana ve en ambiguas formas muslos de pollo como el
Carpanta del TBO, a asuntos relacionados con nuestros pensamientos más
recurrentes. Me sucedió esta tarde con un comentario que hizo Julio Gosan que
había colocado bajo las líneas de un post mío que hablaba de Tamara Lunger y de
las bondades que puede ofrecer al hombre el recuerdo de hechos de una vida
intensa dedicada a la montaña. En mí
aparece tan a menudo esta idea, que por aquí y por allá salpica mucho de lo que
escribo, que casi a veces estoy por afirmar que uno de los principales
incentivos que me mueven a escribir con cierta constancia se relaciona con esa
capacidad que tiene la escritura para, Julio lo definiría poéticamente
recurriendo a la etimología del verbo recordar, suscitar el reencuentro con viejas emociones y con trozos de pasado que dieron en ser una joya en la vida
de uno.
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| Puerto de San Glorio. Picos de Europa |
El estímulo, pues, de estas me
vinieron del siguiente comentario de Julio:
“De nuevo un escrito tuyo
Alberto lleno de acierto y precisión a la hora de describir esas emociones que
nos produce la montaña. Me veo absolutamente reflejado en esa idea que comentas
de que, al subir montañas vivimos la intensidad del momento pero a su vez
agrandamos nuestro patrimonio existencial, enriquecemos nuestro futuro, cuando
entre salida y salida al monte repasamos lo vivido, cada cima, cada amanecer,
cada noche de vivac, la compañía de los amigos y los momentos de soledad
buscada y disfrutada. Yo sabía cuando empecé a andurrear por el monte que en un
futuro me iba a gustar recordar (me encanta esta palabra.. Del latín re cordaris,
traer de nuevo al corazón) cada instante
vivido. Como mi fuerte no era ni es el arte de juntar palabras con estilo, pues
empecé con algo en apariencia más sencillo, haría fotos. Sólo buscaba plasmar
el momento, para que luego esa foto sirviese de incentivo al cerebro... que
debería hacer el resto. Gran acierto. Hoy en día tengo un archivo fotográfico
inmenso, tengo todo tipo de situaciones plasmadas en imágenes que de vez en
cuando me gusta revivir…”
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| Georgia |
Dos buenas apreciaciones me trae
tu comentario, le escribía a Julio, esas palabras que bien vale atesorar para
que no olvidemos dónde están esas pocas cosas esenciales que nos sirven y han
de ayudarnos a vivir con los ojos llenos del gusto por la vida. Una es esa de
"agrandar nuestro patrimonio existencial", que puede sonar a asunto engolado,
pero que es la pura verdad, tener un confortable patrimonio existencial, aunque
nos presentemos en el último día desnudos como la mar, que decía Machado,
alimenta lo mejor que tiene dentro de sí el ser humano. Y la otra es esa
aclaración que haces del significado primero de recordar (re cordaris), traer de nuevo al corazón, y que viene a resucitar el
significado profundo del hecho de recordar para que de algún modo nos podamos
confesar a nosotros mismos, mirando atrás en los años de la madurez, aquello
que Neruda estampó como título en sus memorias: "Confieso que he
vivido", un título que me gusta sobremanera y que viciosamente usé en
exceso en algunos post ya porque representa en sí un deseo implícito de
construir la vida al modo de un artista que tiene de la obra en la que está
trabajando, su propia vida, tan alto concepto como para, primero, entender que
vivir es un arte que requiere todo nuestro ingenio y creatividad a fin de que
la obra sea estética y vitalmente hermosa, y en segundo lugar, porque
tratándose de algo bello, si tal fuere, bien merece nuestra reiterada
contemplación, nuestro “traer de nuevo al corazón” no solamente lo que hemos
querido y amado con fuerza sino también nuestro propio vivir pasado, que en
definitiva es un modo de estar en sí con nosotros mismos, nuestros actos y
nuestro hacer pasado, como si todo formara parte de un presente continuo en
donde los momentos más intensos de una existencia se aglutinan al punto de sentir
que aquellos versos de Walt Whitman, Canto a mí mismo, fueran hechos
para ti y los años más preciados de tu vida.
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| Viétnam |
Una tercera apreciación tuya,
continuaba mi comentario, se refiere a que, sabiendo que en el futuro te
gustaría “traer de nuevo al corazón” lo mejor de tus vivencias, buscaste
plasmar el momento con la cámara para que luego esas fotos sirviesen de
incentivo al cerebro... que debería hacer el resto, dices; es decir, ayudarte a
reconstruir punto por punto el momento de la emoción primera. Y cuanta razón
tiene Julio cuando junto a la capacidad de las palabras para redondear nuestros
recuerdos y emociones coloca el arte de la fotografía que, con su fuerza gráfica,
sus colores, la magia del blanco y negro, puede llegar a reflejar la sustancia
del alma humana de cuantos países recorriste, incluso algo más de lo que viste
en un instante cuando ajustabas el zoom y el enfoque sobre el rostro de una
anciana o un niño en un remoto lugar de China o de Camboya, en que no teniendo
tiempo en ese instante más que para los aspectos técnicos, cuando llegaste a
casa y te metiste en la oscuridad del laboratorio aquel rostro volvió a
resucitar en la cubeta del revelado con una inusitada fuerza, una empatía y un
sentimiento que ahora contemplas con el corazón palpitando de gozo por haber
sido capaz de recoger en unas décimas de segundo un trozo del alma de un anónimo
ser humano que se prestó a ser fotografiado; que puede llegar a recoger aquí y
allá todos los pedazos de belleza que el mundo encierra desde la humildad de
una flor, los colores pastel de un atardecer, el incendio de un crepúsculo, las
bellas formas que la erosión ha esculpido en el granito, hasta el tránsito de
nosotros mismos enrolados en una ventisca o detenidos en la silueta de un amanecer
que empieza a inundar el mundo con los colores cálidos del alba.
Y entonces tener una selección a
nuestra disposición de palabras e imágenes que hablan del mundo que amamos, de
su belleza, de nuestro encuentro con sus rincones más entrañables, se
convierte, se convertirá, en un acto realmente de vuelta, de regreso de nuevo a
nuestro corazón.
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