7 de agosto de 2026
Estoy
en la isla de Borneo, en la selva de Kinabalú.
Encantado, sí, con la lectura. Hoy me pasé con
los ejercicios y la caminata y no sé si voy a
ser capaz de llegar a la prevista cumbre de La Najarra a echar el sueñecito de la noche. De todos modos sigo
los desvaríos de cierto viaje por Borneo tras dejar atrás Filipinas. Quizás termine saliendo del amodorramiento en un momento a otro.
¡Qué buen tesoro ahora el de haber juntado tantas palabras alrededor de mi inquietud de viajero, un viajero recién
salido de las garras de la necesidad de ganarse el pan y que llegado
al fin de la vida laboral, gozosamente se lanza al mundo a libar la miel de otras culturas y
paisajes!
Cierto
que apenas se encuentra en esos libros de viajes que escribí descripciones o referencias turísticas; para eso están las
guías de viajes. Tampoco en ellos
se profundiza sobre la historia o aspectos que interesan a los
historiadores y estudiosos; más bien son anotaciones sirven para recoger la
impronta que el viaje va dejando en el espíritu del viajero, en su ánimo, el encuentro de éste con la realidad circundante de donde surgen día a día
ese montón de notas que, como los hitos
de Garbancito, fueron dejando en su
momento su rastro sobre el disco duro de un viejo portátil.
Defensa
si se quiere de un modo de viajar en el que lo que cuenta, como el roce del
fósforo con el rascador, es la llama que
surge de esta breve hermandad. Del roce del viajero con la calle, los mercados, la gente, surgen reflexiones y
estados de ánimo que las rutinas y la vida diaria en casa harían imposible.
Estos
días me alimento del pasado. Ya lo dije en más de una ocasión, escribo, entre otras cosas, para recordar que existo, que tengo que seguir
existiendo pese a esa colección de achaques en que me veo metido
últimamente.
Preveo que si mis achaques me dejan
el próximo otoño me desquito y me voy a correr mundo. Y escribirlo aquí
es un modo de reforzar un deseo que no querría que cayera en el olvido. Nada nuevo. Me repito. No queda más
remedio. Por otra parte como
la vida misma que no es mucho más que darle vueltas
a unos pocos asuntos, a los que se suma la necesidad de seguir sumando y sumando palabras
con las que llenar el molesto silencio de un vacío que de tanto en
tanto amenaza con engullirme. Cuando las
motivaciones menguan y además gran parte de lo
que te rodea tiene pinta de una gastada
repetición de lugares comunes, de espurias razones tras las que se
esconden la zafia necesidad de medrar, lo que resulta es una acumulación de escepticismo que amenaza con hacer de ti un apático e indiferente ciudadano sin esperanza.
Y sin
embargo, pese a todo, sigue vivo ese llamado que nace del fondo
de tu alma que trata de sobreponerse a los males propios y
ajenos buscando acaso una salida de compromiso que poco o mucho quiere alimentarse de los cantos de sirena del pasado intentando
levantar sobre ellos algún hilo de
esperanza.
Esperanza.
Quizás sea ese término el que me ronda sucintamente por dentro desde hace
tiempo. La esperanza de sentirme vivo de nuevo retomando la vida que
dejé atrás antes de pasar por el quirófano. Algo que requiere más que una leve determinación. De la misma
manera que perdí diez kilos de peso y
gran parte de la musculatura, que me va a costar
recuperar meses o incluso años, algo más debió de
sucederle a mis motivaciones que poco a poco les cuesta despertar de un letargo invernal. De momento la pasada
semana volví a mis hábitos de vivaquear en cumbres de nuestras montañas, llegué hasta la cima del Cerro San Pedro un poco cansado, pero
era un cansancio tolerable. No se me dio mal. Pensé que no
llegaría, pero sí. Fue un bonito encuentro conmigo mismo, con ese yo del que tan lejano me encontraba y al que poco
a poco me voy aproximando. Sí, mi yo me
había abandonado hasta
el punto que en
algún momento pensé que no le volvería a encontrar; sin embargo ahí
estaba incipiente, decidido a no dejarme en la estacada. Total, que recuperado
del cansancio del pasado viernes, ya estoy
preparando el macuto para esta tarde, que finalmente no será esta tarde porque, ahora lo recordé, mañana temprano tengo nueva cita en el
hospital.
Las montañas y sus noches al raso…
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