6/06/2026
Una
cosa buena que tienen los viajes es que tarde o temprano suscitan reflexiones y observaciones que estando en casa no se producirían. Jünger está de crucero por el mundo y por tanto su diario
es prolijo en esos días.
Tengo
ante mí su libro Pasados los setenta . El ventilador ronronea con toda su fuerza. Hace realmente calor hoy. Llevo un rato contemplando la portada en
donde Jünger observa sobre su dedo pulgar un insecto,
probablemente una mantis religiosa. Jünger está de viaje.
No me
decido a continuar la lectura, miro fuera el
campo soportando el bochornoso calor de la tarde mientras mi pensamiento va de aquí para allá, especialmente dándole vueltas a las posibilidades de la
edad mientras recuerdo las últimas páginas
leídas, Jünger y su esposa embarcados en un crucero que les lleva
alrededor del mundo. El libro es una mirada contemplativa sobre la vida en donde se mezcla lo cotidiano y lo trascendente y en donde la naturaleza está constantemente presente. Los bosques, los jardines, los insectos —era un gran
entomólogo— y las estaciones del año aparecen en su libro una y otra vez como
fuente de conocimiento.
Quizás
su lectura tenga que ver con la indagación sobre la edad en que me encuentro
estos días. Querría estar
dentro de la piel de este autor cuando tenía mi edad, en la de él, en la de Carlos
Soria o en la de Eduardo Martínez de Pisón. Es como si hasta ahora no hubiera sido consciente del significado real que supone cumplir ochenta años y ahora repentinamente quisiera acercarme a esa edad como buscando acomodo en ella con todo lo que ello pueda significar. Jünger apenas habla
sobre su edad en lo que llevo leído. Es un hombre
inquieto preocupado especialmente por asuntos
relacionados con la cultura, el arte o la naturaleza. Parece vivir completamente al día, en el presente.
Un
asunto que me llama últimamente la atención es su referencia a
la fisiognómica, un término que en
absoluto conocía de antes y que se define como
el intento de descubrir el
carácter profundo de las personas, los objetos y las épocas a partir de su
aspecto exterior, de los gestos o de los detalles. Una mirada científica
pregunta: «¿Qué es esto?», mientras que la mirada fisiognómica pregunta: «¿Qué revela esto de su naturaleza más
profunda?». El término es realmente
seductor porque apunta, por encima de una mirada superficial del mundo y sus hechos, a aquello que depurado
del entorno social, político o económico del momento, constituye parte esencial del pensar y el vivir. Contemplado y reducido el mundo a medida y número, al imperio de la razón, la realidad global se empobrece, de ahí que contemplar el mundo
desde una mirada fisiognómica buscando el sentido profundo de las cosas, se convierta en una
mirada necesaria cuando uno pretende convivir con una realidad que no se esfume entre las venalidades del mundo que nos envuelve. Mirada profunda que no por ello ha de substraerse a la ciencia y que invita ampliar nuestra capacidad
para acercarnos a una realidad que la ciencia por si sola no puede abarcar.
¿Que
qué tiene que ver esto con las posibilidades
de la edad que mencionaba al principio? De entrada, por mucho que se
diga que el futuro no existe, que sólo es real
el presente, lo cierto es que no es fácil vivir sin una visión
aproximada de qué podremos hacer con nuestras vidas sin salir de la
incertidumbre de lo que nos espera mañana o de las posibilidades que el futuro próximo nos ofrece. Profundizar más hondo en el significado de nuestros actos, de los cambios profundos que se producen en el mundo, de los porqués que nos mueven constantemente al acercarnos a la comprensión de la realidad, unido a la dinámica
que nos empuja a apreciar la vida como un regalo, podrá, sin
lugar a dudas,
ponernos en una situación mucho más favorable a la de quien ve pasar los días como el pasajero del tren que mira
distraído tras la ventanilla el tránsito de un paisaje corriente.
En fin…

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